lunes, 28 de marzo de 2011

Mesoamérica: el escenario geográfico


Si desde la lejanía miramos a Mesoamérica, geográficamente puede que nos confundamos y saquemos una conclusión equivocada al encontrar su situación en la zona tropical o subtropical, aproximadamente entre los paralelos 10ºN y 22ºN. Hay que acercarse para descubrir la gran diversidad topográfica y ecológica del territorio, que hace de esta región americana un espacio rico en contrastes climáticos. Topográficamente está conformada por varias cadenas montañosas y nudos que, en parte, dan lugar al llamado Cinturón de Fuego del Pacífico. Pero si nos adentramos en la península de Yucatán, hacia el norte de las tierras altas, se esfuman las serranías como por arte de magia y la decreciente altitud se transforma en una planicie calcárea, y en selvas bajas y caluroso clima en su extremo más septentrional.

Para comprender la geografía de esta porción territorial del continente americano, es preciso aceptarla o entenderla como una posición diacrónica, que fluye de una civilización compartida por diversos pueblos indígenas de distintos componentes étnicos, nunca como una realidad política. Las fronteras de esta realidad dinámica no tiene sus límites ni corresponden con ningún país moderno, sino que van en concordancia con la de aquellos pueblos que formaron parte de la esfera de la civilización mesoamericana. Durante el periodo Clásico, la época de mayor avance hacia el norte, el límite mesoamericano incluía la sierra Madre Occidental de Durango y Zacatecas, la sierra Gorda, el Tunal Grande y la sierra de Tamaulipas. Los factores que influyeron favorablemente en este avance dentro del continente se debieron a las condiciones climatológicas que permitieron la agricultura y la expansión demográfica concentrada en núcleos urbanos, así como en la creciente importancia de las rutas comerciales o de intercambio entre Oasisamérica y Mesoamérica, que atravesaban las zonas de la altiplanicie Mexicana. En el siglo VIII d. C. la elasticidad de la frontera de las sociedades del norte tomó un nuevo retroceso por las prolongadas sequías y las distintas crisis políticas, lo que propició el abandono paulatino por parte de los mesoamericanos, al tiempo que los territorios eran ocupados nuevamente por nómadas de Aridoamérica.

Al sur y al oriente, los límites fronterizos de Mesoamérica se situaron más estáticos, más estables. Aún así, durante el Preclásico Tardío y el Clásico Temprano, entre los siglos IV a. C. y VII a. C., los pueblos del sur mesoamericano sufrieron cambios en sus manifestaciones en relación con los otros pueblos de la zona, alejándose de las pautas que los identificaban culturalmente. En esta época, la región de Centroamérica se distanció de la esfera cultural de la América Media. Sin embargo, para el final de esta etapa se volvieron a restablecer los lazos culturales con Mesoamérica, reforzados por las migraciones de grupos otomangueanos, chorotegas y mangues, y pipiles y nicaraos del grupo uto-azteca. La conquista española situó en un nuevo contexto a la geografía mesoamericana. Los pueblos de la región fueron incorporados al virreinato de la Nueva España que, a la vez, la Corona Española incluyó también a otros grupos culturalmente diferentes, como los nómadas de Aridoamérica, de Oasisamérica y de la baja América Central.

Las tierras bajas
Las que son llamadas tierras bajas de Mesoamérica están situadas por debajo de los 1.000 metros de altitud, son las llanuras costeras y las faldas montañosas o piedemontes. En estas zonas bajas generalmente encontraremos una temperatura cálida, y una mayor humedad y exuberante vegetación si nos desplazamos hacia la costa atlántica. La gran planicie calcárea cercana a nivel del mar que compone la península de Yucatán, tiene compartido con Honduras una temporada de precipitaciones lluviosas que se agudizan por los meses entre mayo y diciembre. Esta zona de la costa atlántica mesoamericana es tan abundante en agua que, hasta que la acción del hombre no se hizo patente con la devastación llevada a cabo, los humedales eran parte importante del paisaje, para muestra podemos tomar como ejemplo el ecosistema de los Pantanos de Centla. También la lluvia es elevada algo más al norte, en las estribaciones de la sierra Madre Oriental, donde los denominados aluviones, los ríos que bajan por las vertientes pronunciadas hacia la costa del Golfo de México, se desbordan con frecuencia. Algo parecido a lo que ocurre también en la sierra de los Tuxtlas, en el centro del actual estado de Veracruz.

En cuestión de temperaturas existe una relativa similitud en ambas costas, tanto en la atlántica como la del Pacífico la temperatura no sufre contrastes elevados o distantes durante todo el año, con una media considerada cálida. También los huracanes son compartidos en los litorales costeros, que golpean cada año el territorio mesoamericano. La vertiente occidental, la del Pacífico, a diferencia de la oriental es angosta en cuanto a la llanura costera, y que al igual que en la parte atlántica existen regiones, en los estados de Nayarit y Sinaloa, en las que los humedales tienen su importancia, pero del mismo modo que en la costa oriental el deterioro por la acción del ser humano es una evidencia.

Sin embargo, no todas las modificaciones sufridas en las regiones tropicales mesoamericanas se le pueden achacar a la época poshispánica, sí es verdad que en esta etapa última de la civilización en Mesoamérica se ha acelerado el deterioro en algunas regiones y ecosistemas, en parte, además de nuestra depravada forma de vida consumista, a los cultivos foráneos como el plátano o la caña de azúcar, que en la actualidad son tan característicos en Mesoamérica pero que no existían anterior a la llegada de los españoles, han ayudado a ese cambio o modificación sufrido por los ecosistemas. Sustituyendo a otras especies comunes, autóctonas, como el cacao, de tanta importancia en la economía y gastronomía mesoamericana, o el mangle y la ceiba, árbol sagrado en la cosmogonía mesoamericana, especialmente en la maya. Anteriormente a la conquista española también existieron estos abusos ecológicos por parte de las sociedades indígenas prehispánicas. Alargándonos en el tiempo encontramos que los olmecas, en las costas de Tabasco, crearon técnicas de cultivo consistentes en drenar el agua y trasladar tierra donde sólo había lodo, y algo más cercano en la historia se ha comprobado que los mayas causaron tanto deterioro ecológico con la tala de árboles en el Petén para construir sus ciudades, así como en otras regiones de los estados actuales de Chiapas y Campeche, que tuvieron que abandonar los núcleos urbanos; pasado el tiempo la naturaleza volvió a regenerarse y a cubrir la selva de vegetación.

Las tierras altas
Basta con echar mano de la historia y recordar la manera tan expresiva que tuvo Hernán Cortés para describir ante el monarca español Carlos V el paisaje mexicano para imaginarse el relieve topográfico. El conquistador español cogió un papel entre sus manos y, arrugándolo, lo dejó caer sobre la mesa, mostrándole de esta forma cuál era la topografía de las tierras de la Nueva España. En cierto modo bien pudiera ser una exageración, aunque habría que ver hasta qué punto de arrugado quedó el papel. En la actualidad sólo es necesario mirar un mapa mesoamericano para darnos cuenta de lo accidentado del terreno. Si comenzamos por México, la línea que marca la sierra Madre Occidental se extiende paralela al Pacífico, desde Sonora hasta Jalisco. Desde Colima, atravesando México, el eje Neovolcánico nos llevará hasta el golfo, hasta encontrarnos con la sierra Madre Oriental, en el escudo Mixteco. Hacia el sur, y bordeando la costa del Pacífico entre Michoacán y Oaxaca, la sierra Madre del Sur se adueña de la zona costera de tal manera que casi se hace litoral. De repente, y casi tímidamente, aparece el istmo de Tehuantepec como permitiéndonos un respiro, pero no da tiempo a confiarse, el falso espejismo se vuelve realidad dando comienzo las regiones montañosas de América Central.

Siguiendo la costa del Pacífico aparece ante nosotros la sierra Madre de Chiapas y la Cordillera Centroamericana que se extiende por Guatemala, El Salvador y se adentra en Honduras. En la parte oriental son los montes mayas los que se sitúan al sur de Belice, al oriente de las tierras bajas de el Petén. Ya en territorio nicaragüense, aún siendo menos abrupto, da comienzo por la costa del Pacífico la cordillera Volcánica, donde se ubican algunos volcanes como el Cerro Negro o la isla de Ometepe, en el lago Cocibolca o Nicaragua. Por último, Costa Rica aparece en el recorrido geográfico del Pacífico para poner fin al territorio mesoamericano en los confines sureños, y lo hace con la Cordillera de Guanacaste.

La cercanía entre unas y otras cadenas montañosas superiores a los 1.500 metros, entre las que se encuentran los valles altos, podría confundirnos en variedad ecológica, tanto es así que la diversidad es una de las características que definen a Mesoamérica. Para hacernos una idea de esta diversidad existente en cortos espacios, sólo hay que echarle un vistazo al Citlaltépec y comprobar que por el talud oriental el volcán tiene un clima de agradable temperatura y lluvias abundantes, y al otro lado, después de atravesar la sierra Madre Oriental, las lluvias son pocas y el paisaje se torna árido, en los llanos de San Juan y el valle de Tehuacán.

No sólo por la altitud quedan marcadas las condiciones ecológicas en Mesoamérica, también influyen otros factores como la latitud y la topografía del terreno. El clima del norte es generalmente más árido que el de la parte sur, cercano al del semidesierto de Zacatecas y San Luis Potosí, territorios que antaño estuvieron dentro del mapa geográfico mesoamericano. También la región norteña de el Bajío se presenta tímida en lluvias, sin embargo, el propio río Lema y sus afluentes alivian la sequedad del territorio. La mayor altitud en suelo mexicano la encontramos en el centro del país, en el valle de Toluca, con un clima más lluvioso y frío que en el valle de México. Por otro lado, son pocas las diferencias existentes en clima y altitud entre el otro tercer gran valle del centro de México, el Poblano-Tlaxcalteca, y el valle de Anahuác. En cambio, diferente clima es el que ofrece el Valle de Morelos, al sur del Ajusco, semejante al de las tierras tropicales.

Los volcanes
Desde la época prehistórica mesoamericana los volcanes fueron objeto ferviente de culto. De la misma manera que los mayas, otros importantes pueblos prehispánicos de la región reconocían las características geológicas que permiten definir o constatar la existencia de un volcán, sólo les bastaba con analizar la composición de los suelos para determinar que se erguía ante ellos una poderosa deidad volcánica. Localizar un volcán, estuviera activo o no, para los antiguos pobladores mesoamericanos era el equivalente a tener un encuentro con una deidad integrante de la propia naturaleza.

De los 20 picos volcánicos que se elevan en México sólo podríamos dejar fuera de los límites de Mesoamérica al Tres Vírgenes y al San Andrés. Los otros 18 restantes son: Sangangüey, Tequila, Nevado de Colima, Paricutín, Tancítaro, Jorullo, Nevado de Toluca, Ajusco, Popocatéptl, Xitle, Izcaccíhuatl, La Malinche, Cofre de Perote, Pico de Orizaba, San Martín, Chichonal y Tacaná.

Para hacerse una idea de cómo de volcánico puede ser el territorio guatemalteco, basta con saber que son 324 focos eruptivos los que se encuentran en todo el país. Algunos de ellos son grandes volcanes y otros pequeños, apagados en su mayoría y conocidos en muchos casos como cerros. Son tantos que ni siquiera se ponen de acuerdo a la hora de reconocerlos, porque si la Federación Nacional de Andinismo reconoce 37 volcanes, el Instituto Geográfico Nacional estima solamente 32. Lo cierto es que de todos ellos únicamente tres se consideran activos en la actualidad. El Agua, el Fuego y el Acatenango posiblemente sean los tres más conocidos, o al menos los más fotografiados de Guatemala, vigilantes gigantes en el horizonte de la ciudad colonial Antigua. De estos tres sólo el Fuego sigue en activo. El Pacaya es otro de los que con su exhibición constante de nubes de ceniza y flujos de lava nos recuerda que es impredecible. Los guatemaltecos consideran al Santa María como el más hermoso de todos los volcanes que se alzaron en su territorio, formando un transfondo encantador para la ciudad de Quetzaltenango; así como al Santiaguito el más joven y peligroso. Tolimán, Atitlán y San Pedro son los nombres de los tres volcanes majestuosos que dominan el hermoso lago Atitlán.

El nudo volcánico de Guatemala y El Salvador deja en el horizonte de este último país las siluetas del Santa Ana o Lamatepec, Izalco, San Salvador y el Picacho, San Vicente o Chichontepec y la de San Miguel o Chaparrastique; termina con el Cosigüina, en el extremo oeste de Nicaragua. El paisaje nicaragüense del Pacífico está marcado por la impresionante cadena de 25 volcanes que atraviesan esta zona del país, aunque la mayoría están dormidos. Los más importantes, además del Cosigüina son: San Cristóbal, Telica, Cerro Negro, El Hoyo, Momotombo, Apoyeque, Masaya, Apoyo, Maderas, Concepción y Mombacho. En Costa Rica cierran el Cinturón de Fuego el Miravalles, Tenorio y Arenal.





lunes, 21 de marzo de 2011

Mesoamérica: el concepto.


La palabra Mesoamérica proviene del griego, mesos, que traducido al español significa "intermedio". El término designado a esta región americana es relativamente joven y se le debe a Paul Kirchhoff, quien en 1.943 comenzó a llamarla de esta manera. Geográficamente, comprende la mitad meridional de México; los territorios de Guatemala, El Salvador y Belice; así como el occidente de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. El área mesoamericana queda delimitada al norte por el río Sinaloa, en el estado del mismo nombre, baja hasta la cuenca del río Lerma haciendo forma de U y sube nuevamente hacia el río Soto La Marina, en Tamaulipas (México); al sur por el río Ulúa, en Belice, en el Golfo de Honduras, cruzando por los ríos de Nicaragua hasta la península de Nicoya, en Punta Arenas, Costa Rica; al este por el Golfo de México, en el Atlántico, y hacia el oeste por el Océano Pacífico. El territorio tiene una extensión aproximada de 1.000.000 de kilómetros cuadrados, donde se recoge una diversidad geográfica enorme, desde zonas desérticas a bosques tropicales de exuberante vegetación y desde zonas de alta montaña a planicies costeras.

Pero el concepto Mesoamérica no es una definición meramente geográfica, más que esto se trata de una superárea cultural donde sus fronteras no quedaron estáticas, sino que fueron y vinieron, se contrajeron y ampliaron con el devenir de los acontecimientos o procesos históricos. Este dinamismo inquieto se produjo más por la frontera norte, conocida como la Gran Chichimeca u Oasis de América; no así tanto por el sur, donde parece que los límites culturales quedaron más estáticos.

El enorme desarrollo que fraguaron las distintas civilizaciones indígenas se dieron en un mosaico de gran diversidad étnica y lingüística. Una tras otra se sucedieron una serie de culturas con una gran cantidad de rasgos comunes que coexistieron en el mismo área, aunque no siempre en buena armonía. La rica diversidad cultural con sus diferentes rasgos se extendió por los distintos estados que caracterizó a cada cultura y sus habitantes. Estos rasgos de la unidad cultural de los pueblos mesoamericanos los definió Paul Kirchhoff como "el complejo mesoamericano", que en su tiempo sirvió para diferenciar a los pueblos indígenas vecinos del norte y del sur. Una definición de lo que se recoge no siempre bien aceptada, de donde brotan con frecuencia discusiones y voces discordantes, en desacuerdo con esos rasgos comunes. Sin embargo, casi siempre se acaban por aceptar puntos en común que sirven de base para todas las culturas de la superárea.

Se quiera o no, lo cierto es que las distintas culturas de Mesoamérica comparten una serie de rasgos comunes, que van desde la utilización de dos calendarios (uno ritual de 260 días y otro civil de 365); los sacrificios humanos, los panteones y las pirámides como parte de la expresión religiosa; la esclavitud o la toma de cautivos; los cultivos de la trinidad agrícola (maíz, frijol y calabaza) y la importancia cultural en torno al maíz; la tecnología lítica y la ausencia de metalurgia; el sistema social basado en el prestigio; el cacao como moneda de uso comercial y la práctica del juego de pelota, entre otros.

De todas, parece que hay que hacer hincapié en la importancia que tiene la cultura madre, la olmeca, para así entender el desarrollo de todas cuantas se sucedieron y de esta manera resaltar o subrayar el reconocimiento a cada una, entre ellas las más importantes, la maya y la azteca. El pasado esplendoroso de estas culturas siempre se puede encontrar en su historia y la arqueología, además de en sus tradiciones que hasta hoy llegan con toda su energía. Si algunas de estas culturas importantes como la olmeca, azteca, maya, tolteca, o algunas más dejaron la prueba evidente de su esplendor en forma de edificaciones o esculturas pétreas, la mayoría de los pueblos mesoamericanos no dejaron más que las tradiciones orales pasadas de generación en generación, es por eso de la importancia de conservar esas costumbres y mantenerlas en uso como parte de un legado histórico, que al fin y al cabo es la base, la raíz, y el sentido de la sociedad mesoamericana actual.

A pesar de la irrupción de la cultura europea, española en mayor grado, en el escenario cultural amerindio o indígena, Mesoamérica ha ido progresando ampliamente a través del tiempo, fusionándose, sincretizándose, en el que cada pueblo ha tenido sus avances en sus relaciones políticas, comerciales y económicas, contribuyendo así al crecimiento de cada cultura, de cada sociedad, manteniendo la mayoría de las veces sus rasgos propios, que en el ámbito general forman parte de una realidad cultural común en la actualidad.

lunes, 14 de marzo de 2011

La agricultura en Mesoamérica: productos y técnicas de cultivos prehispánicos.


Aunque a priori pudiera aparentar que el maíz fue el primer producto agrícola que se cultivó en Mesoamérica, debido a la fuerte influencia que tuvo para los pueblos indígenas y que aún hoy mantiene en la actualidad, no parece que fuera así. Algunos investigadores, como es el caso de Girad, opinan que la agricultura mesoamericana dio comienzo con otro cultivo diferente, la yuca (manikot esculenta), junto a otras raíces como el camote y la jícama. La llamada trinidad agrícola surgió más tarde: la calabaza comenzó a cosecharse hace 7.500 años aproximadamente; el maíz 7.000 y los frijoles 4.500.

Hace 3.500 años, la agricultura se había extendido por todo el territorio mesoamericano y sus habitantes se habían vuelto sedentarios totalmente. Los cultivos les obligaron a asentarse más tiempo en los mismos lugares y aparecieron las primeras aldeas, construían sus viviendas y adoratorios y fabricaban cerámica que cocían en hornos. También en este periodo de tiempo se intensificaron otras labores, la fabricación de cestería, cordeles, redes, textiles; y se perfeccionaron las técnicas de pulido de piedra, que se aplicaban de igual modo a collares, pipas, etc.

El grupo étnico denominado Popoloca jugó un papel muy importante en el desarrollo de la agricultura mesoamericana. Según los estudios llevados a cabo en 1.964 por MacNeish, los antiguos popolocas, los proto-otomangues, iniciaron la cultura agrícola hace 7.000 años, lo que hasta entonces era un paisaje natural se convirtió en uno cultivado. Junto a las raíces como la yuca, el camote o la jícama, comenzaron a cultivarse el chile, el amaranto, aguacate, calabaza, izote, nopal, ciruela, maguey, mezquite, etc. Para el siglo VIII de nuestra era los popolocas ya conocían y domesticaban todas las plantas y animales que conocían todos los pueblos mesoamericanos ocho siglos más tarde, cuando llegaron los españoles al continente.

El desarrollo de los popolocas en el campo agrícola se extendió a la ingeniería, construyeron terrazas, canales y pequeños depósitos a manera de jagüeyes. Además, se les considera uno de los pueblos pioneros en la fabricación de la cerámica mesoamericana. Por la prueba del carbono 14 se conoce que su antigüedad data de entre los años 2.300 y 1.500 antes de nuestra era.

No podemos entender qué tipo de culturas y sociedades conformaban los antiguos habitantes de Mesoamérica sin antes conocer qué tipo de cultivos se daban principalmente. Para este estudio los arqueólogos pueden detectar esos productos cultivados por distintas vías o métodos. Sus descubrimientos se basan en el estudio de las zonas donde vivían y cultivaban, donde encuentran restos carbonizados de sus cosechas. De igual manera sacan sus conclusiones en el análisis microscópico de las muestras de tierra de las excavaciones, detectando el polen generado por especies concretas de plantas. Para los arqueólogos, los fitolitos son un mundo extinto al descubierto. Estos minúsculos objetos minerales que producen algunas plantas en el lugar donde crecieron y que permanecen en la tierra, se revelan como un ideario sociológico de entonces, dejan al descubierto cuáles eran las cosechas que se daban por aquel tiempo pasado y, por lo tanto, cuál era la base de la dieta de los pobladores.

Hasta hace poco tiempo, los arqueólogos aseguraban que la mayoría de los cultivos de los mayas era del tipo de tala y quema, pero según Holmul, ya no se piensa igual y parece que la tala y quema se daba a menor escala. El resultado de nuevas investigaciones nos revelan que la mayoría de las ciudades, tanto del Preclásico como del Clásico, usaban la agricultura intensiva, se valían de terrazas rellenas de lodos de los bajos, que eran más fértiles, así como el uso del drenaje en los bajos, canales de irrigación, cultivo de árboles, uso de árboles como el huixil (Leucaena-Leucocephala), y otras sustancias como abono para nitrogenar la tierra.

Según Tom Sever: "los mayas no podían hacer pozos, ya que el agua se encuentra a unos 150 m. de profundidad en el Petén, así que ellos dependían de la lluvia". Aunque la selva tropical experimenta una estación seca cada año, y los árboles absorben agua del suelo, Sever asegura que en la región del Petén, los mayas se servían del agua de lluvia que recogían en pantanos llamados bajos, que cubren un 40% del paisaje. Hoy esta lluvia se evapora antes de que alguien la use, pero las excavaciones e imágenes de satélite revelan una red de canales entre los cibales o bajos hechos por los mayas. De la misma manera, Sever opina que usaron los canales para reusar y controlar el agua de lluvia, lo que permite imaginar a los antiguos agricultores ocupados todo el día en la agricultura intensiva. De no haber utilizado estos bajos, parece casi imposible haber podido mantener a la densa población de aquel tiempo en la región del Petén. Los mayas tenían entonces un 40% más de tierra más fértil que el otro 60%, una gran contribución a su producción alimenticia.

También en los lagos del Petén, los arqueólogos han estudiado las muestras de polen tomadas, estos estudios dan como resultado una fuerte deforestación hace unos 1.200 años, pero no causada por la tala y quema en la agricultura, como se pensaba hasta hace no mucho tiempo, sino por el cambio climático y la producción de estuco para sus ciudades. La evaporación y erosión fue tan rápida que destruyó el sistema agrícola en uso durante 2.000 años.

Por otra parte, los aztecas que llegaron tardíamente al valle tuvieron que conformarse y adaptarse a vivir en las islas. Tuvieron que idearse un método por el que producir los cultivos que sería la base de su alimentación, para ello se valieron de las islas artificiales o chinampas, lo que les permitió hacer frente a sus necesidades básicas alimenticias del crecimiento demográfico que vivieron. La ingeniería asociada al agua también resultó ser un arma muy valiosa a la hora de incrementar la producción agrícola y, para tal causa, construyeron muchos aochpango o acueductos, entre ellos, los más impresionantes se encontraban en la capital del imperio, Tenochtitlán. Las cosechas aztecas no se diferenciaban mucho de los gustos mayas, así mismo sus preferencias estaban en el maíz, calabaza, frijol, chile, amaranto, cacao, ají, tabaco, chía, tomate y otros, cultivos que desarrollaban con una única herramienta llamada coa, un palo con extremo puntiagudo.

Los aztecas utilizaban distintas técnicas de cultivos, como la roza, que consistía en limpiar la tierra, y las terrazas, áreas cultivadas sobre una ladera retenidas por un pequeño muro. Las chinampas, usadas en el valle de México, tenían un sofisticado sistema que permitía a los campesinos aprovechar el suelo de las zonas lacustres de forma intensiva. Entre todos sus cultivos, especialmente dos de ellos se diferenciaban de los pertenecientes a la alimentación, el algodón, cuya producción era el pilar principal para la fabricación de sus vestimentas, y el maguey, con el que elaboraban una bebida ceremonial y embriagadora llamada pulque.



sábado, 5 de marzo de 2011

La primera transición: de la recolección a la agricultura.


Entre las teorías que los demógrafos defienden existe un punto de encuentro que no tiene discución alguna, todos apoyan las repercuciones biológicas que tuvieron en los individuos y las sociedades, en el apartado de salud y el aumento de la fecundidad, los descubrimientos o hechos culturales que repercutieron en el desarrollo tecnológico. Una variable determinante en el aumento de la población y el cambio demográfico. Buorgois-Pichat (1969) defiende que algunos hechos tan relevantes como el descubrimiento del fuego, la invención de la agricultura y de la máquina de vapor, marcaron tres transiciones demográficas diferentes de gran repercución en la población mundial. Del mismo modo, Livi Bacci (1990) sostiene que la difusión de la agricultura permitió que la población se multiplicara varias veces al aumentar el límite de recursos alimenticios que la naturaleza ofrecía a los recolectores cazadores.

Sin embargo, y según Lourdes Márquez Morfín y Patricia Hernández Espinoza en La transición demográfica y el surgimiento de la agricultura en Mesoamérica, en esta primera transición demográfica que la agricultura marcó como proceso cultural de gran importancia para el crecimiento de la población, existen dos teorías. Dos brechas abiertas por los demógrafos que llevan a un punto de discrepancia o desacuerdo en cuestión de salud, no así en la fecundidad y la multiplicación de la población. Una de ellas, la clásica, parte del supuesto de que una mayor aportación alimenticia o nutricional permitió que acelerara el crecimiento de la población, apoyada por el sistema agrícola y el descenso en la mortalidad. Por contra, la segunda teoría defiende que la sedenterarización a la que evolucionó la población supuso un cambio brusco en la alimentación, disminuyó la calidad alimenticia, y aumentó los riesgos de transmisión de enfermedades infecciosas que, a una mayor densidad y posibilidad de contacto, también habría aumentado la mortalidad.

No obstante, entre una y otra teoría, lo compartido es que la sedentarización facilitó la crianza de los hijos y disminuyó los tiempos entre los nacimientos, lo que permitió el aumento de la población. Respecto a esta cuestión, Livi-Bacci dice que, el desarrollo de la agricultura habría aumentado la mortalidad, pero aún más la fecundidad propiciando el aumento de la población. Sin embargo, existen otras voces discrepantes con estas dos teorías, como la de Robert McCaa (2002), que opina que "la agricultura no fue la maquinaria sostenible de la transformación demográfica en la prehistoria de América, pues existen evidencias de que algunos grupos no horticultores experimentaron aumentos en la fecundidad".

De todas maneras, queda una evidencia arqueológica clara sobre el periodo entre el 8.000 y 4.000 a. C., y dependiendo de la región, que hubo un cambio en la economía de subsistencia inclinado a los productos que producía la agricultura, aunque se mantuviera la combinación con lo obtenido en la caza, pesca y recolección. Cohen y Amelagos (1.984) sostienen que al producirse más alimentos y tener excedentes se podía asegurar la alimentación de un número más elevado de personas, de la misma manera que se podían guardar los granos y semillas para otros periodos de escasez, sequía u otros problemas medioambientales.

La agricultura permitió una mayor cantidad de alimento para un mayor número de personas y existen argumentos por parte de investigadores para defender que al estar mejor nutridos y más sanos se reducía la mortalidad en edades más prematuras y se elevaba el potencial productivo, lo que permitía crecer y multiplicar la población. Sin embargo, queda la duda si, además de cantidad, con la agricultura también se superó la calidad alimenticia. Queda en evidencia que los dos grupos, los recolectores-cazadores y los agricultores, tenían hábitos alimenticios distintos. La dieta de los primeros era más equilibrada que la de los segundos; según Brown y Konner (2.000), se componía de una cantidad suficiente de proteínas (34 %), carbohidratos (45 %), grasas (21 %), vitaminas y minerales. Por el contrario, la alimentación basada en la agricultura estaba apoyada fundamentalmente en los hidratos de carbono, en el caso de Mesoamérica en el grano del maíz. Sumado a esto, la forma de vida sedentaria cambió el modo de vida nómada y con ello la salud y el tipo de enfermedades infecciosas que sufrieron.

En Mesoamérica, el desarrollo de la agricultura se había extendido totalmente 3.500 años atrás, durante el periodo Preclásico. Se produjo de manera paulatina y diferenciada en las distintas regiones. En las que se han investigado hasta el momento, especialmente en territorio mexicano, en la Cuenca de México, la región zapoteca y el área maya se estima una población baja, eso sí, con un crecimiento constante desde el periodo Temprano al Terminal (1.500 a 0 a. C.), continuando hasta finales del Clásico (0 a 900 d. C.). Según Martínez Muriel (1.993), durante el preclásico se fueron desarrollando multitud de aldeas con pocos centenares de personas, pero es en el Clásico Medio donde al parecer se dan los datos más elevados de población, en ciudades como Teotihuacan, en la Cuenca de México, Tikal en el área maya y Monte Albán en el Valle de Oaxaca.

En este intervalo de tiempo fue importante el desarrollo tecnológico en el cultivo y la domesticación de las plantas, tanto fue así que para el Periodo Clásico se tenía una dependencia total de granos como el maíz y el frijol. Las repercusiones sufridas en las pequeñas aldeas se tradujeron en hacinamiento que fueron formando barrios donde se alojaban decenas de individuos organizados en familias. Los tiempos en que se dedicaban al autoconsumo habían quedado atrás y pasaron a desarrollar actividades y labores diversas y a obtener el alimento por los nuevos patrones socioeconómicos desarrollados. La climatología fue favorable y permitió la proliferación de cultivos, dando como resultado una mayor longevidad de los adultos y el aumento en el tiempo para concebir en las mujeres. En definitiva, factores decisivos para el crecimiento de la población mesoamericana.