sábado, 17 de diciembre de 2011

Cultura Capacha ( II )


El Opeño

Enclavado en el Valle de Zamora, en el municipio de Jacona de Plancarte, Michoacán, se localiza el yacimiento arqueológico conocido por El Opeño, que da nombre a una cultura precolombina contemporánea a la cultura Capacha y anterior a la cultura de Chupícuaro. La importancia del conjunto arqueológico del El Opeño radica en su antigüedad y en la amplia difusión de su estilo. Estas cámaras mortuorias son las más antiguas de Mesoamérica, datan del siglo XVI a. C. aproximadamente. Es importante resaltar que no se enredan ni se entremezclan con otras fechas y culturas significativas mesoamericanas, sino que anteceden a la llamada cultura madre de Mesoamérica, al desarrollo de la cultura olmeca. No cabe duda que el descubrimiento de las culturas de Occidente ha creado muchos interrogantes que dejan en el aire otras teorías que ya teníamos asimiladas como inamovibles. Atribuir a los olmecas la fundación cultural de Mesoamérica queda en tela de juicio por los datos revelados en El Opeño.

Los entierros localizados en este complejo arqueológico comparten las mismas características, tradición de las tumbas de tiro, que se distinguen en toda la superárea por su excepcionalidad. Las doce tumbas descubiertas en El Opeño muestran indicios de planificación arquitectónica, organizadas en torno a un plan global. La arquitectura de esta cultura cuenta con unas características muy particulares que no se dieron en ninguna otra zona de Mesoamérica, ni antes, ni tampoco se retomaron después en las necrópolis más tardías de Jalisco, Colima y Nayarit. Lo que nos dicen sus enterramientos es lo que sabemos de este pueblo enigmático, del que hasta el momento no se han hallado restos algunos de materiales de las poblaciones donde habitaban.

Lo que conocemos de su forma de vida es lo que nos proporcionan las ofrendas funerarias, sus cerámicas especialmente. La falta de restos de las poblaciones creó algunos conceptos de los pobladores que se fueron derrumbando por su propio peso, como la posibilidad de que se tratara de un pueblo que se encontraba en la transición hacia el sedentarismo agrícola, que caracterizó a las sociedades urbanas de Mesoamérica en el Preclásico Medio. Sin embargo, tanto la cerámica como los restos óseos encontrados en las tumbas revelan que no fue así, sino que se trataba de un pueblo claramente sedentario, como lo demuestra su estratificación social, reflejado en las diferentes ofrendas a los muertos.

Chupícuaro

El vocablo Chupícuaro proviene derivado del purépecha chupicua, planta del género Ipomoea, que se usa para teñir de azul, y el término ro, lugar, lo que se traduce como "lugar azul". La zona arqueológica de Chupícuaro se localiza en las lomas cercanas al río Lerma y su afluente el río Coroneo o Tigre, en el estado mexicano de Guanajuato. Gran parte del complejo arqueológico quedó anegado por la Presa de Solís, a 7 kilómetros del municipio de Acámbaro. La cultura de Chupícuaro es una gran desconocida, poco se conoce de este asentamiento que se dio entre las ciudades actuales de Acámbaro y Tarandacuao, entre los años 500 a. C. y 300 d. C. Las estimaciones al respecto indican que se trataban de grupos nómadas chichimecas, guamares y guachichiles, que llegaron del actual estado de San Luis Potosí. Aquellos primeros pobladores fueron cazadores-recolectores que vivían de lo que les proporcionaba el río Lerma y su entorno, y de algunos conocimientos agrícolas que desarrollaban eventualmente.

Sus primeros cultivos fueron de maíz, calabaza y frijol, a los que cabe la posibilidad de añadirle chile y tomates silvestres. La aldea la conformaban un grupo de chozas construidas sobre plataformas revestidas de piedra y con pisos de lodo. La cerámica también nos revela el tipo de vestimenta que usaban y descubrimos que se pintaban la cara y el cuerpo, que usaban sandalias, bragueros, collares, orejeras, ajorcas y aretes. Así como que las mujeres gustaban de adornar su cabellera con elaborados peinados.

El gran desarrollo cultural que tuvo este pueblo influyó en tradiciones alfareras de otras áreas alejadas del núcleo central, llegando a perdurar hasta más allá del final del Periodo Clásico. Su cultura, o la tradición Chupícuaro, se expandió por un amplio territorio que abarcaba Guanajuato, Michoacán, Guerrero, Estado de México, Hidalgo, Colima, Nayarit, Querétaro y Zacatecas. Algunas estimaciones sitúan su expansión hasta el sur de los Estados Unidos. Una influencia cultural en Occidente y Noroeste de México comparable a la cultura olmeca en el resto de Mesoamérica.

Su alfarería fue reconocida en toda Mesoamérica como una de las mejores, por su decoración y fino acabado. Sus vasijas se trabajaban con múltiples formas y colores, e incluso con dibujos geométricos. Los motivos con los que adornaban sus piezas abarcaban un amplio abanico que iban desde las deidades, la lactancia y las personas y sus adornos, hasta los animales y los vegetales. Sus formas monocromáticas fueron múltiples, así como una variedad de tres colores policroma (rojo, crema y negro) con dibujos geométricos piramidales o zig-zag. Las técnicas utilizadas para la elaboración de las figurillas de arcilla fueron las de pastillaje y figuras huecas. Utilizaron concha, hueso y piedra.

El declive de la cultura olmeca marcó el Preclásico Tardío y trajo consigo una diversificación cultural asimilando las influencias que generaron en cada pueblo mesoamericano. Una regeneración de tradiciones que propició varias de las más importantes, entre las que se hallan la de Cuicuilco en el sur del valle de México, que llegó a convertirse en la mayor ciudad de Mesoamérica y principal centro ceremonial del valle de México, y la Chupícuaro. Las dos mantuvieron relaciones durante esta floreciente etapa cultural para ambas. La emergencia de Teotihuacan coincidió con el declive de Cuicuilco, en lo que influyó directamente la erupción del volcán Xitle, provocando la emigración de sus pobladores hacia el norte del valle de México.




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