jueves, 22 de diciembre de 2011

Cultura Aztatlán (II)


Autlán, Tuxcacuesco y Zapotitlán

Sobre esta amplia región de Occidente, Autlán, Tuxcacuesco y Zapotitlán, que comprende fundamentalmente el curso medio y bajo del río Ayuquita, no se tiene mucha información respecto a los primeros pobladores que se asentaron en el territorio. Los pocos conocimientos que llegan hasta nosotros son los que se basan en los trabajos realizados por Kelly entre los años 1.950 y 1.960. Los estudios también incluyen en este área las zonas de Sayula-Zacoalco.

En la zona Tuxcacuesco-Zapotitlán encontramos la fase más antigua de todas, la que se denomina Tuxca-cuesco, que comparte tiempo con el periodo más antiguo de Chametla y que apenas se vislumbran relaciones con la región de Sayula-Zacoalco. Las muestras encontradas de esa fase recogen figuritas macizas similares a las de Los Ortices y otras representaciones en hueso de perros al estilo de Colima, además de un tipo de cerámica en rojo, con o sin incisiones, y en negro sobre rojo.

El periodo Medio de la región coincide con el inicio de la influencia tolteca, que deja sus muestras en las figurillas de estilo Mazapa, fabricadas huecas, en moldes, y que destacan en importancia. Especialmente bellas son las de la zona Ameca-Zacoalco, elaboradas en arcilla color crema y terminadas con fino pulimento. Sus representaciones recogen el ejercicio de actividades cotidianas, con algunos detalles en común, cabezas y narices alargadas y finas, así como labios delgados. De este periodo destacan fundamentalmente dos estilos de cerámica: el Cofradía, en la zona de Autlán, y Corralillo, en la Tuxcacuesco-Zapotitlán. Del primer estilo subrayamos algunos estilos de cerámica con distintos tonos de colores, rojo sobre marrón, anaranjado, y varios diseños con decoración incisa. Las formas cerámicas del estilo Corralillo muestran dos tipos, con pie anular o con tres soportes, con decoración pintada en rojo simplemente o rojo sobre marrón.

En el último periodo, en el Reciente, se distinguen tres tipos cerámicos diferentes. En la región de Autlán, la cerámica del Complejo Milpa muestra una decoración del tipo policromo o en rojo y negro. Por el contrario, el Complejo Tolimán ofrece más variedad en cuanto a sus decoraciones, que van desde el gris, negro, rojo, y rojo sobre marrón, hasta las formas claramente procedentes del Complejo Autlán, cuyas decoraciones son en rojo o blanco sobre rojo. En contraste con el periodo anterior, las figurillas de esta fase son de inferior calidad y surgen nuevas influencias Hohokan, como los cuencos de piedra y las hachas de cobre.

Cerámica de Colima

La historia prehispánica de Colima nos cuenta que en el territorio que actualmente ocupa este estado mexicano se asentaron varios grupos humanos que llegaron a tener un importante protagonismo cultural en el Occidente de México. Hasta la llegada de los conquistadores españoles varios señoríos entraban en disputa por un interés común, convertirse en el grupo dominante del territorio. Al principio del siglo XVI fueron los purépechas los consiguieron extender sus dominios hasta las salitreras de Tzacoalco, territorio de los tecos, colimas ó colimecas. El Señorío o Reino de Colliman, cuya capital Caxitlán se situaba en el Valle de Tecomán, tenía por entonces al que fuese su último rey, Tlatoani Colimotl.

Aquella invasión territorial por parte de los purépecha provocó en el monarca una actitud de enfrentamiento, levantándose en armas ante el pueblo invasor en lo que pasó a llamarse Guerra de la Salitre. El caudillo teco ganó la guerra y conquistó Sayula, Zapotlán y Amula, e incluso extendió sus dominios hasta Mazamitla, lo que le permitió al señorío de Colima convertirse en el grupo dominante. Colima proviene del náhuatl, de la palabra Colliman: Colli significa cerro, volcán o abuelo, y Maitl mano o dominio. Lo que se traduce en: "Lugar donde domina el dios viejo o el dios del fuego".

Este fragmento de la historia prehispánica es parte del periodo más reciente de Colima, el área geográfica de uno de los centros más brillantes de la rica y variada estatuaria del Occidente de México. Por esta expresión cultural se conocen otros datos históricos mucho más antiguos, una información que, sin duda, sería mucho más complicada de obtener sin los hallazgos arqueológicos en la región.

Los valles de Colima y Tecoman, junto con algunos sitios de la costa, son los que más evidencias han revelado referentes a los primeros asentamientos llevados a cabo en la región. Las figurillas de barro encontradas en estos enclaves han permitido conocer muchos detalles de la forma de vida de aquellas personas, de sus vestimentas, sus adornos y muchas otras costumbres y actividades, incluso sobre la existencia de distintos estratos sociales.

Como ya es costumbre, también en este caso los restos cerámicos encontrados son los que han marcado la evolución cultural de la región. Por medio de la cerámica se han establecido varios periodos o estilos. El más antiguo de ellos es el llamado de Los Ortices, al que Kelly sitúa contemporáneo a Teotihuacan II y III. Otras voces, como es el caso de Covarrubias, colocan las primeras esculturas de cerámica en el periodo Formativo de Zacatenco-Ticomán, sobreviviendo en el tiempo hasta coincidir en época con Teotihuacan. El más atractivo y característico de los estilos de figurillas coincide con la fase de Armería y el más reciente, conocido con el nombre de Periquillo, muestra claramente las influencias tolteca y mixteca.

Las estatuillas humanas colimenses tienen un estilo muy particular, muy propio. En su elaboración casi se olvidan de la anatomía real y en cambio se vuelcan en expresividad, en movimiento. Sus representaciones muestran una gran variedad de actitudes, entre las que se recogen guerreros, prisioneros, jorobados, músicos, mujeres muertas, acróbatas, caciques, aguadores, madres amamantando a sus hijos, y otras muchas más costumbres cotidianas. Por otro lado, la amplia representación animal expresa la importancia de la naturaleza para esta cultura. En su fuerte naturalismo abundan la representaciones de animales como: tigres, tortugas, garzas, patos, camaleones, tiburones, caracoles marinos, cangrejos, arañas, armadillos, tejones, monos, y por encima de todos ellos los perros, una gran variedad de figurillas de perros sin pelo. Algunos de los canes tienen cabeza humana, mascaras, o fueron representados en actitudes humanas.

Las opiniones sobre el significado de estos perros humanizados se podría decir que son generalizadas, prácticamente todas concuerdan en que sus representaciones tienen que ver con el tótem de los difuntos, encontrados en las tumbas acompañando a los restos humanos. La relación de estos animales, o su misión, respecto a las personas que acompañaban no era otra que la de acompañantes mágicos, los que trasladarían el alma al más allá, en su viaje a Mictlan.

También habría que resaltar, en contraste con otras culturas mesoamericanas, las representaciones fálicas o eróticas, que encuentran una semejanza con las de la cultura Mochica del Perú. Así como otras de hombres y mujeres que se escapan de la norma general, tratados de un modo solemne, lo que se interpreta como divinidades.


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