lunes, 28 de marzo de 2011

Mesoamérica: el escenario geográfico


Si desde la lejanía miramos a Mesoamérica, geográficamente puede que nos confundamos y saquemos una conclusión equivocada al encontrar su situación en la zona tropical o subtropical, aproximadamente entre los paralelos 10ºN y 22ºN. Hay que acercarse para descubrir la gran diversidad topográfica y ecológica del territorio, que hace de esta región americana un espacio rico en contrastes climáticos. Topográficamente está conformada por varias cadenas montañosas y nudos que, en parte, dan lugar al llamado Cinturón de Fuego del Pacífico. Pero si nos adentramos en la península de Yucatán, hacia el norte de las tierras altas, se esfuman las serranías como por arte de magia y la decreciente altitud se transforma en una planicie calcárea, y en selvas bajas y caluroso clima en su extremo más septentrional.

Para comprender la geografía de esta porción territorial del continente americano, es preciso aceptarla o entenderla como una posición diacrónica, que fluye de una civilización compartida por diversos pueblos indígenas de distintos componentes étnicos, nunca como una realidad política. Las fronteras de esta realidad dinámica no tiene sus límites ni corresponden con ningún país moderno, sino que van en concordancia con la de aquellos pueblos que formaron parte de la esfera de la civilización mesoamericana. Durante el periodo Clásico, la época de mayor avance hacia el norte, el límite mesoamericano incluía la sierra Madre Occidental de Durango y Zacatecas, la sierra Gorda, el Tunal Grande y la sierra de Tamaulipas. Los factores que influyeron favorablemente en este avance dentro del continente se debieron a las condiciones climatológicas que permitieron la agricultura y la expansión demográfica concentrada en núcleos urbanos, así como en la creciente importancia de las rutas comerciales o de intercambio entre Oasisamérica y Mesoamérica, que atravesaban las zonas de la altiplanicie Mexicana. En el siglo VIII d. C. la elasticidad de la frontera de las sociedades del norte tomó un nuevo retroceso por las prolongadas sequías y las distintas crisis políticas, lo que propició el abandono paulatino por parte de los mesoamericanos, al tiempo que los territorios eran ocupados nuevamente por nómadas de Aridoamérica.

Al sur y al oriente, los límites fronterizos de Mesoamérica se situaron más estáticos, más estables. Aún así, durante el Preclásico Tardío y el Clásico Temprano, entre los siglos IV a. C. y VII a. C., los pueblos del sur mesoamericano sufrieron cambios en sus manifestaciones en relación con los otros pueblos de la zona, alejándose de las pautas que los identificaban culturalmente. En esta época, la región de Centroamérica se distanció de la esfera cultural de la América Media. Sin embargo, para el final de esta etapa se volvieron a restablecer los lazos culturales con Mesoamérica, reforzados por las migraciones de grupos otomangueanos, chorotegas y mangues, y pipiles y nicaraos del grupo uto-azteca. La conquista española situó en un nuevo contexto a la geografía mesoamericana. Los pueblos de la región fueron incorporados al virreinato de la Nueva España que, a la vez, la Corona Española incluyó también a otros grupos culturalmente diferentes, como los nómadas de Aridoamérica, de Oasisamérica y de la baja América Central.

Las tierras bajas
Las que son llamadas tierras bajas de Mesoamérica están situadas por debajo de los 1.000 metros de altitud, son las llanuras costeras y las faldas montañosas o piedemontes. En estas zonas bajas generalmente encontraremos una temperatura cálida, y una mayor humedad y exuberante vegetación si nos desplazamos hacia la costa atlántica. La gran planicie calcárea cercana a nivel del mar que compone la península de Yucatán, tiene compartido con Honduras una temporada de precipitaciones lluviosas que se agudizan por los meses entre mayo y diciembre. Esta zona de la costa atlántica mesoamericana es tan abundante en agua que, hasta que la acción del hombre no se hizo patente con la devastación llevada a cabo, los humedales eran parte importante del paisaje, para muestra podemos tomar como ejemplo el ecosistema de los Pantanos de Centla. También la lluvia es elevada algo más al norte, en las estribaciones de la sierra Madre Oriental, donde los denominados aluviones, los ríos que bajan por las vertientes pronunciadas hacia la costa del Golfo de México, se desbordan con frecuencia. Algo parecido a lo que ocurre también en la sierra de los Tuxtlas, en el centro del actual estado de Veracruz.

En cuestión de temperaturas existe una relativa similitud en ambas costas, tanto en la atlántica como la del Pacífico la temperatura no sufre contrastes elevados o distantes durante todo el año, con una media considerada cálida. También los huracanes son compartidos en los litorales costeros, que golpean cada año el territorio mesoamericano. La vertiente occidental, la del Pacífico, a diferencia de la oriental es angosta en cuanto a la llanura costera, y que al igual que en la parte atlántica existen regiones, en los estados de Nayarit y Sinaloa, en las que los humedales tienen su importancia, pero del mismo modo que en la costa oriental el deterioro por la acción del ser humano es una evidencia.

Sin embargo, no todas las modificaciones sufridas en las regiones tropicales mesoamericanas se le pueden achacar a la época poshispánica, sí es verdad que en esta etapa última de la civilización en Mesoamérica se ha acelerado el deterioro en algunas regiones y ecosistemas, en parte, además de nuestra depravada forma de vida consumista, a los cultivos foráneos como el plátano o la caña de azúcar, que en la actualidad son tan característicos en Mesoamérica pero que no existían anterior a la llegada de los españoles, han ayudado a ese cambio o modificación sufrido por los ecosistemas. Sustituyendo a otras especies comunes, autóctonas, como el cacao, de tanta importancia en la economía y gastronomía mesoamericana, o el mangle y la ceiba, árbol sagrado en la cosmogonía mesoamericana, especialmente en la maya. Anteriormente a la conquista española también existieron estos abusos ecológicos por parte de las sociedades indígenas prehispánicas. Alargándonos en el tiempo encontramos que los olmecas, en las costas de Tabasco, crearon técnicas de cultivo consistentes en drenar el agua y trasladar tierra donde sólo había lodo, y algo más cercano en la historia se ha comprobado que los mayas causaron tanto deterioro ecológico con la tala de árboles en el Petén para construir sus ciudades, así como en otras regiones de los estados actuales de Chiapas y Campeche, que tuvieron que abandonar los núcleos urbanos; pasado el tiempo la naturaleza volvió a regenerarse y a cubrir la selva de vegetación.

Las tierras altas
Basta con echar mano de la historia y recordar la manera tan expresiva que tuvo Hernán Cortés para describir ante el monarca español Carlos V el paisaje mexicano para imaginarse el relieve topográfico. El conquistador español cogió un papel entre sus manos y, arrugándolo, lo dejó caer sobre la mesa, mostrándole de esta forma cuál era la topografía de las tierras de la Nueva España. En cierto modo bien pudiera ser una exageración, aunque habría que ver hasta qué punto de arrugado quedó el papel. En la actualidad sólo es necesario mirar un mapa mesoamericano para darnos cuenta de lo accidentado del terreno. Si comenzamos por México, la línea que marca la sierra Madre Occidental se extiende paralela al Pacífico, desde Sonora hasta Jalisco. Desde Colima, atravesando México, el eje Neovolcánico nos llevará hasta el golfo, hasta encontrarnos con la sierra Madre Oriental, en el escudo Mixteco. Hacia el sur, y bordeando la costa del Pacífico entre Michoacán y Oaxaca, la sierra Madre del Sur se adueña de la zona costera de tal manera que casi se hace litoral. De repente, y casi tímidamente, aparece el istmo de Tehuantepec como permitiéndonos un respiro, pero no da tiempo a confiarse, el falso espejismo se vuelve realidad dando comienzo las regiones montañosas de América Central.

Siguiendo la costa del Pacífico aparece ante nosotros la sierra Madre de Chiapas y la Cordillera Centroamericana que se extiende por Guatemala, El Salvador y se adentra en Honduras. En la parte oriental son los montes mayas los que se sitúan al sur de Belice, al oriente de las tierras bajas de el Petén. Ya en territorio nicaragüense, aún siendo menos abrupto, da comienzo por la costa del Pacífico la cordillera Volcánica, donde se ubican algunos volcanes como el Cerro Negro o la isla de Ometepe, en el lago Cocibolca o Nicaragua. Por último, Costa Rica aparece en el recorrido geográfico del Pacífico para poner fin al territorio mesoamericano en los confines sureños, y lo hace con la Cordillera de Guanacaste.

La cercanía entre unas y otras cadenas montañosas superiores a los 1.500 metros, entre las que se encuentran los valles altos, podría confundirnos en variedad ecológica, tanto es así que la diversidad es una de las características que definen a Mesoamérica. Para hacernos una idea de esta diversidad existente en cortos espacios, sólo hay que echarle un vistazo al Citlaltépec y comprobar que por el talud oriental el volcán tiene un clima de agradable temperatura y lluvias abundantes, y al otro lado, después de atravesar la sierra Madre Oriental, las lluvias son pocas y el paisaje se torna árido, en los llanos de San Juan y el valle de Tehuacán.

No sólo por la altitud quedan marcadas las condiciones ecológicas en Mesoamérica, también influyen otros factores como la latitud y la topografía del terreno. El clima del norte es generalmente más árido que el de la parte sur, cercano al del semidesierto de Zacatecas y San Luis Potosí, territorios que antaño estuvieron dentro del mapa geográfico mesoamericano. También la región norteña de el Bajío se presenta tímida en lluvias, sin embargo, el propio río Lema y sus afluentes alivian la sequedad del territorio. La mayor altitud en suelo mexicano la encontramos en el centro del país, en el valle de Toluca, con un clima más lluvioso y frío que en el valle de México. Por otro lado, son pocas las diferencias existentes en clima y altitud entre el otro tercer gran valle del centro de México, el Poblano-Tlaxcalteca, y el valle de Anahuác. En cambio, diferente clima es el que ofrece el Valle de Morelos, al sur del Ajusco, semejante al de las tierras tropicales.

Los volcanes
Desde la época prehistórica mesoamericana los volcanes fueron objeto ferviente de culto. De la misma manera que los mayas, otros importantes pueblos prehispánicos de la región reconocían las características geológicas que permiten definir o constatar la existencia de un volcán, sólo les bastaba con analizar la composición de los suelos para determinar que se erguía ante ellos una poderosa deidad volcánica. Localizar un volcán, estuviera activo o no, para los antiguos pobladores mesoamericanos era el equivalente a tener un encuentro con una deidad integrante de la propia naturaleza.

De los 20 picos volcánicos que se elevan en México sólo podríamos dejar fuera de los límites de Mesoamérica al Tres Vírgenes y al San Andrés. Los otros 18 restantes son: Sangangüey, Tequila, Nevado de Colima, Paricutín, Tancítaro, Jorullo, Nevado de Toluca, Ajusco, Popocatéptl, Xitle, Izcaccíhuatl, La Malinche, Cofre de Perote, Pico de Orizaba, San Martín, Chichonal y Tacaná.

Para hacerse una idea de cómo de volcánico puede ser el territorio guatemalteco, basta con saber que son 324 focos eruptivos los que se encuentran en todo el país. Algunos de ellos son grandes volcanes y otros pequeños, apagados en su mayoría y conocidos en muchos casos como cerros. Son tantos que ni siquiera se ponen de acuerdo a la hora de reconocerlos, porque si la Federación Nacional de Andinismo reconoce 37 volcanes, el Instituto Geográfico Nacional estima solamente 32. Lo cierto es que de todos ellos únicamente tres se consideran activos en la actualidad. El Agua, el Fuego y el Acatenango posiblemente sean los tres más conocidos, o al menos los más fotografiados de Guatemala, vigilantes gigantes en el horizonte de la ciudad colonial Antigua. De estos tres sólo el Fuego sigue en activo. El Pacaya es otro de los que con su exhibición constante de nubes de ceniza y flujos de lava nos recuerda que es impredecible. Los guatemaltecos consideran al Santa María como el más hermoso de todos los volcanes que se alzaron en su territorio, formando un transfondo encantador para la ciudad de Quetzaltenango; así como al Santiaguito el más joven y peligroso. Tolimán, Atitlán y San Pedro son los nombres de los tres volcanes majestuosos que dominan el hermoso lago Atitlán.

El nudo volcánico de Guatemala y El Salvador deja en el horizonte de este último país las siluetas del Santa Ana o Lamatepec, Izalco, San Salvador y el Picacho, San Vicente o Chichontepec y la de San Miguel o Chaparrastique; termina con el Cosigüina, en el extremo oeste de Nicaragua. El paisaje nicaragüense del Pacífico está marcado por la impresionante cadena de 25 volcanes que atraviesan esta zona del país, aunque la mayoría están dormidos. Los más importantes, además del Cosigüina son: San Cristóbal, Telica, Cerro Negro, El Hoyo, Momotombo, Apoyeque, Masaya, Apoyo, Maderas, Concepción y Mombacho. En Costa Rica cierran el Cinturón de Fuego el Miravalles, Tenorio y Arenal.





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