sábado, 31 de diciembre de 2011

Cultura Purépecha


El hecho de que a la llegada de los españoles los purépechas fueran el grupo dominante en la región, ayudó a que fuese el más conocido de todos los pueblos de Occidente. Esta circunstancia, de que por aquellas fechas estuvieran en todo su apogeo cultural, también hizo que muchas de las fuentes históricas de este pueblo se conservaran. Esto no quiere decir que los conquistadores españoles respetaran sus costumbres y les permitieran que conservaran sus tradiciones, no fue así, de igual manera que otros mesoamericanos este pueblo sufrió brutalmente la irrupción cultural y militar de los españoles. Sin embargo, no todo lo referente a los purépechas está claro, quedan algunos enigmas por aclarar, como su origen étnico, a los que muchos especialistas sitúan en Sudamérica, y su afiliación lingüística, la que no muestra relación alguna con otras lenguas mesoamericanas.

A los purépechas se les conoce también por otros gentilicios, quizás el más extendido de todos ellos sea el de tarascos, que tiene varias versiones en cuanto a su procedencia. Una de ellas es la que concede a los españoles la autoría de dicha denominación, los que comenzaron a llamarles de esta manera. Según Luis Mario Fuentes Chagolla: Cuando los españoles llegaron en el siglo XVI a la zona lacustre de Mechuacan (lugar entre lagos), los pobladores locales, lejos de conflagar contra los nuevos "invasores", los vieron como sus aliados al haber derrocado al Imperio Azteca, por lo tanto los locales pacíficamente regalaron a los españoles a sus hermanas como obsequio para que viajaran con ellos en sus nuevas expediciones hacia el sur del país; por lo cual cuando los españoles se despedían de los pueblos purhépechas; ellos los despedían diciéndoles "Jurhákiria tarase" que significaba adiós cuñados... Por lo cual los españoles les decían los tarases o los tarascos, porque al no entender el idioma de ellos solo escuchaban que mencionaban esta palabra en repetidas ocasiones. "tarase, tarase, Jurhákiria tarse".

Por otro lado está la versión que aseguraba Sahagún, que decía: "Su Dios que tenían se llamaba Taras, del cual, tomando su nombre de los michoacanos, también se dice tarasca; y este Taras, en lengua mexica se dice Mixcóatl...". Y como no hay dos sin tres, también Pedro Ponce de León, contemporáneo de Sahagún, dejó otra teoría para engrosar el desacuerdo: "Huitzilopochtli, igual a Taras, dios de los Mechuaca".

Purépecha procede de P'orhépecheo o Purhépecherhu, que significa "lugar donde viven los p'urhé". A su vez, p'urhé o p'uré significa "gente o persona". Este grupo étnico fue el más tardío de todos cuantos se asentaron en la zona Occidente. Los uacúsechas, como se denominaban los antiguos purépechas, llegaron a los alrededores del lago de Pátzcuaro, en el actual estado mexicano de Michoacán, hacia el año 1.200 d. C. Como ya apunté anteriormente, es muy probable que llegaran de Sudamérica, pues su lengua no pertenece a ningún tronco lingüístico mesoamericano, en cambio sí muestra marcadas semejanzas fonéticas con otras lenguas de América del sur.

Fray Jerónimo de Alcalá, al que se le atribuye la autoría de la Relación de Michoacán, dice en su obra referente a los purépechas que eran un pueblo de chichimecas bárbaros, cazadores que llegaron a la región guiados por un personaje al que le llamaban Ticátame. Curiosamente los uacúsechas tenían en común con los mexicas la creencia de haber sido elegidos y guiados por su dios, Curicaveri.

La historia del Imperio Purépecha cuenta que fue en la ciudad de Pátzcuaro, la que habían fundado anteriormente, donde nacieron los hermanos Veáspani y Puácame, fuertes y poderosos dueños de un gran territorio. A ellos se les culpa de haber probocado la ira de Curicatén, el señor de las ciudades de las islas de Zarácuaro y Pacandan en el lago Pátzcuaro, cuando robaron una mujer de sus dominios. Aquella mujer robada fue la que engendró un hijo de Puácame, Tariácuri, quien con el tiempo llegó a convertirse en un héroe cultural para los purépechas, comparable al Quetzalcóatl de los toltecas.

El "sacerdote del viento", traducción de Tariácuri, nació en el siglo XIV y tuvo una estricta educación religiosa. Se proclamó rey de Michoacán cuando se adueñó del territorio, después de vender a sus primos que trataban de traicionarlo con sus enemigos, y es considerado el padre del Imperio Purépecha. Durante su mandato el pueblo purépecha se consolidó como un poderoso imperio cuya influencia se expandió enormemente por la región mesoamericana.

Al final de su vida, Tariácuri dividió administrativamente su imperio en tres reinos, que repartió entre su hijo, Hiquíngare, y sus dos sobrinos, Hirípan y Tangáxoan. En cada uno de los reinos se estableció su capital, Pátzcuaro, Ihuatzio y Tzintzuntzan. A la historia del Imperio Purépecha va ligado el nombre de Moctezuma I, quien había comenzado su extensión con las guerras de conquista de los pueblos aledaños. Los mexicas ya habían conquistado un vasto territorio cuando decidieron adueñarse de los dominios purépechas, pero no lograron consumar su ambición.

El imperio, aun dividido, se había convertido en una autentica potencia militar y económica de primera magnitud en Mesoamérica, que resistieron el empuje de los mexicas y consiguieron derrotarlos. El éxito purépecha estuvo en su alianza con los matlatzincas, quienes recibieron una porción de tierra como botín de guerra, donde fundaron las ciudades de Udameo y Charo.

Para 1.450 Tzintzuntzan había acaparado el poder en la región, con Tzizipandacúare como su gobernante más destacado, que consiguió extender su poderío. Zuangua era el gobernante en el poder a la llegada de los españoles, pero fue su sucesor, Tangaxoan II, el que se rindió a los conquistadores. Apenas presentó resistencia a los invasores, a quienes se les presentó mal vestido en señal de sumisión. Los mexicas, al verlo entregarse de esa manera comenzaron a llamarle Catzonzin, que significa "Señor sandalia vieja". El último rey purépecha murió a manos de los españoles, quienes mandaron matarlo al no encontrar en la región el oro que iban buscando.


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jueves, 29 de diciembre de 2011

Cultura de Mezcala


Los avances arqueológicos que en los últimos años se están llevando a cabo, los estudios y descubrimientos que se van sacando a la luz en toda Mesoamérica, en muchos casos están cambiando las estimaciones o creencias que se tenían respecto a un territorio o cultura determinada, en otros casos se reorientan los organigramas según van apareciendo nuevos datos. Esto sucede con el área de Guerrero, que tradicionalmente ha estado encuadrada en Occidente, pero que los últimos hallazgos le están dando un protagonismo propio. Mucha culpa de esto la tiene la cultura de Mezcala, cuya fuerte identidad califica al territorio como un área cultural independiente.

La subárea de Guerrero ocupa una extensión de 25 mil kilómetros cuadrados, lo que esta cultura ocupó en su época de mayor esplendor, poco menos de la mitad de la superficie del estado mexicano del mismo nombre. La cultura de Mezcala tuvo su desarrollo durante los periodos Preclásico y Clásico, entre los años 200 a. C. y 1.000 d. C. Sobre la procedencia de los miembros de esta cultura existen opiniones que los sitúan como hablantes de cuitlateco, o al menos a una parte de ellos.

Geográficamente, el Guerrero mesoamericano se divide en tres partes o regiones con características diferentes. La región del norte es la más importante de las tres en cuanto a la geografía regional. La depresión del río Balsas es de clima cálido y escasas lluvias, lo que convierte al río y sus afluentes en el contrapeso a la sequedad ambiental. La parte central se localiza en la Sierra Madre del Sur, una región rica en minerales pero pobre respecto a sus cualidades agrícolas. La parte sur la constituye una llanura angosta, costera, donde predominan los anglares y palmeras, expuesta al azote de los huracanes que llegan del océano Pacífico.

Los vestigios más antiguos encontrados en el área Guerrero datan de una edad aproximada a los 3.500 años. Son los restos hallados en Puerto Marqués. Algunas de las figurillas encontradas entre Jaleaca y Acapulco son anteriores incluso a los olmecas, en el lado opuesto del territorio mesoamericano. En la cultura de Mezcala se observa una influencia más o menos directa con la cultura olmeca, especialmente en la región del río Mezcala. No obstante, de Guerrero son las primeras tradiciones alfareras mesoamericanas. La cuenca del río Balsas tomó una importante relevancia para los olmecas durante el Preclásico. En este periodo, esta zona se convirtió de vital importancia para el desarrollo de la cultura del Golfo de México, prueba de ello son las huellas de su presencia que dejaron en sitios como Teopantecuanitlán y las grutas de Juxtlahuaca.

Posteriormente aparecieron algunos rasgos relacionados con la cultura teotihuacana, que mezclados con caracteres locales dio como resultado un estilo que, aunque propio, se puede catalogar como teotihuacanoide. De la época más reciente son las fuertes influencias procedentes de la zona mixteca. También de una época más reciente procede la tradición escultórica caracterizada por su tendencia a la geometrización del cuerpo humano. Este estilo de escultura tan peculiar fue llamado por Covarrubias como estilo Mezcala.

La forma más característica de la cerámica de Mezcala es trípode, en la que predomina la decoración geométrica, en colores negro o negro y anaranjado. También de épocas recientes se han encontrado pintaderas de un estilo procedente del Altiplano central. La escultura es la expresión más relevante de la cultura de Mezcala, además de sus figuras tipos olmecoide o teotihuacanoide, tienen una importante trascendencia otras series escultóricas en piedras verdes o grises, cuya particularidad es su cortante y fina talla, con planos perfectamente pulimentados y a veces difuminados. Las figuras aparecen casi siempre representadas con las manos apoyadas sobre el vientre y en actitud de oración.

La zona arqueológica de La Organera Xochipala, está considerado el centro urbano más representativo de esta cultura surgida poco después de la olmeca. En La Organera también se puede apreciar el estilo propio arquitectónico de los mezcalas. En sus edificaciones los basamentos y habitaciones están decorados con hileras de piezas circulares de piedra. Cabe destacar los techados con lajas que conforman un sistema de bóveda falsa y producen un efecto en forma de arco salido, llamados saledizas, por las losas salientes que dan por resultado una superficie escalonada. Esta técnica de arquitectura está claramente relacionada con algunas edificaciones mayas.



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jueves, 22 de diciembre de 2011

Cultura Aztatlán (II)


Autlán, Tuxcacuesco y Zapotitlán

Sobre esta amplia región de Occidente, Autlán, Tuxcacuesco y Zapotitlán, que comprende fundamentalmente el curso medio y bajo del río Ayuquita, no se tiene mucha información respecto a los primeros pobladores que se asentaron en el territorio. Los pocos conocimientos que llegan hasta nosotros son los que se basan en los trabajos realizados por Kelly entre los años 1.950 y 1.960. Los estudios también incluyen en este área las zonas de Sayula-Zacoalco.

En la zona Tuxcacuesco-Zapotitlán encontramos la fase más antigua de todas, la que se denomina Tuxca-cuesco, que comparte tiempo con el periodo más antiguo de Chametla y que apenas se vislumbran relaciones con la región de Sayula-Zacoalco. Las muestras encontradas de esa fase recogen figuritas macizas similares a las de Los Ortices y otras representaciones en hueso de perros al estilo de Colima, además de un tipo de cerámica en rojo, con o sin incisiones, y en negro sobre rojo.

El periodo Medio de la región coincide con el inicio de la influencia tolteca, que deja sus muestras en las figurillas de estilo Mazapa, fabricadas huecas, en moldes, y que destacan en importancia. Especialmente bellas son las de la zona Ameca-Zacoalco, elaboradas en arcilla color crema y terminadas con fino pulimento. Sus representaciones recogen el ejercicio de actividades cotidianas, con algunos detalles en común, cabezas y narices alargadas y finas, así como labios delgados. De este periodo destacan fundamentalmente dos estilos de cerámica: el Cofradía, en la zona de Autlán, y Corralillo, en la Tuxcacuesco-Zapotitlán. Del primer estilo subrayamos algunos estilos de cerámica con distintos tonos de colores, rojo sobre marrón, anaranjado, y varios diseños con decoración incisa. Las formas cerámicas del estilo Corralillo muestran dos tipos, con pie anular o con tres soportes, con decoración pintada en rojo simplemente o rojo sobre marrón.

En el último periodo, en el Reciente, se distinguen tres tipos cerámicos diferentes. En la región de Autlán, la cerámica del Complejo Milpa muestra una decoración del tipo policromo o en rojo y negro. Por el contrario, el Complejo Tolimán ofrece más variedad en cuanto a sus decoraciones, que van desde el gris, negro, rojo, y rojo sobre marrón, hasta las formas claramente procedentes del Complejo Autlán, cuyas decoraciones son en rojo o blanco sobre rojo. En contraste con el periodo anterior, las figurillas de esta fase son de inferior calidad y surgen nuevas influencias Hohokan, como los cuencos de piedra y las hachas de cobre.

Cerámica de Colima

La historia prehispánica de Colima nos cuenta que en el territorio que actualmente ocupa este estado mexicano se asentaron varios grupos humanos que llegaron a tener un importante protagonismo cultural en el Occidente de México. Hasta la llegada de los conquistadores españoles varios señoríos entraban en disputa por un interés común, convertirse en el grupo dominante del territorio. Al principio del siglo XVI fueron los purépechas los consiguieron extender sus dominios hasta las salitreras de Tzacoalco, territorio de los tecos, colimas ó colimecas. El Señorío o Reino de Colliman, cuya capital Caxitlán se situaba en el Valle de Tecomán, tenía por entonces al que fuese su último rey, Tlatoani Colimotl.

Aquella invasión territorial por parte de los purépecha provocó en el monarca una actitud de enfrentamiento, levantándose en armas ante el pueblo invasor en lo que pasó a llamarse Guerra de la Salitre. El caudillo teco ganó la guerra y conquistó Sayula, Zapotlán y Amula, e incluso extendió sus dominios hasta Mazamitla, lo que le permitió al señorío de Colima convertirse en el grupo dominante. Colima proviene del náhuatl, de la palabra Colliman: Colli significa cerro, volcán o abuelo, y Maitl mano o dominio. Lo que se traduce en: "Lugar donde domina el dios viejo o el dios del fuego".

Este fragmento de la historia prehispánica es parte del periodo más reciente de Colima, el área geográfica de uno de los centros más brillantes de la rica y variada estatuaria del Occidente de México. Por esta expresión cultural se conocen otros datos históricos mucho más antiguos, una información que, sin duda, sería mucho más complicada de obtener sin los hallazgos arqueológicos en la región.

Los valles de Colima y Tecoman, junto con algunos sitios de la costa, son los que más evidencias han revelado referentes a los primeros asentamientos llevados a cabo en la región. Las figurillas de barro encontradas en estos enclaves han permitido conocer muchos detalles de la forma de vida de aquellas personas, de sus vestimentas, sus adornos y muchas otras costumbres y actividades, incluso sobre la existencia de distintos estratos sociales.

Como ya es costumbre, también en este caso los restos cerámicos encontrados son los que han marcado la evolución cultural de la región. Por medio de la cerámica se han establecido varios periodos o estilos. El más antiguo de ellos es el llamado de Los Ortices, al que Kelly sitúa contemporáneo a Teotihuacan II y III. Otras voces, como es el caso de Covarrubias, colocan las primeras esculturas de cerámica en el periodo Formativo de Zacatenco-Ticomán, sobreviviendo en el tiempo hasta coincidir en época con Teotihuacan. El más atractivo y característico de los estilos de figurillas coincide con la fase de Armería y el más reciente, conocido con el nombre de Periquillo, muestra claramente las influencias tolteca y mixteca.

Las estatuillas humanas colimenses tienen un estilo muy particular, muy propio. En su elaboración casi se olvidan de la anatomía real y en cambio se vuelcan en expresividad, en movimiento. Sus representaciones muestran una gran variedad de actitudes, entre las que se recogen guerreros, prisioneros, jorobados, músicos, mujeres muertas, acróbatas, caciques, aguadores, madres amamantando a sus hijos, y otras muchas más costumbres cotidianas. Por otro lado, la amplia representación animal expresa la importancia de la naturaleza para esta cultura. En su fuerte naturalismo abundan la representaciones de animales como: tigres, tortugas, garzas, patos, camaleones, tiburones, caracoles marinos, cangrejos, arañas, armadillos, tejones, monos, y por encima de todos ellos los perros, una gran variedad de figurillas de perros sin pelo. Algunos de los canes tienen cabeza humana, mascaras, o fueron representados en actitudes humanas.

Las opiniones sobre el significado de estos perros humanizados se podría decir que son generalizadas, prácticamente todas concuerdan en que sus representaciones tienen que ver con el tótem de los difuntos, encontrados en las tumbas acompañando a los restos humanos. La relación de estos animales, o su misión, respecto a las personas que acompañaban no era otra que la de acompañantes mágicos, los que trasladarían el alma al más allá, en su viaje a Mictlan.

También habría que resaltar, en contraste con otras culturas mesoamericanas, las representaciones fálicas o eróticas, que encuentran una semejanza con las de la cultura Mochica del Perú. Así como otras de hombres y mujeres que se escapan de la norma general, tratados de un modo solemne, lo que se interpreta como divinidades.


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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cultura Aztatlán


El área de Sinaloa es la más noroccidental de Mesoamérica, en ella florecieron un gran número de culturas prehispánicas que llegaron a alcanzar un alto grado de desarrollo. Sin embargo, son pocos los estudios arqueológicos que se han realizado sobre los numerosos sitios con restos en las sierras bajas de la vertiente oeste de la Sierra Madre Occidental. Los mejores investigados son cuatro: Chametla, Culiacán, Guasave (en la costa) y Tacuichamoná (en la región de la sierra). Algunos de estos lugares estuvieron ocupados desde el periodo Clásico, pero fue en el Postclásico cuando alcanzaron su mayor esplendor. Muchos arqueólogos afirman que las culturas prehispánicas de Sinaloa fueron una extensión de las nayaristas, y que la planicie sinaloense fue un corredor de comunicación por donde circularon influencias culturales en distintas direcciones, entre Mesoamérica y los grupos del norte.

A esta región se le denomina Aztatlán y a su arqueología se le conoce especialmente por los trabajos arqueológicos que realizaron Elizabeth T. Kelly y Gordon F. Ekholm. Tras los estudios llevados a cabo, cada uno de los tres lugares de la costa presentaron unos estratos arqueológicos distintos, con estilos locales muy marcados, pero que en momentos determinados muestran unas conexiones evidentes entre sí. De distinta manera es lo que se extrae en relación con las regiones vecinas, especialmente con el sudoeste de los Estados Unidos, que son mínimas o prácticamente nulas. Las influencias exteriores más importantes fueron recibidas desde el Altiplano Central, especialmente en la época del complejo Aztatlán y de culturas del tipo tolteca, Mazapa y Cholulteca.

Chametla

El sitio de Chametla se localiza cerca de la desembocadura del río Baluarte y su antigüedad data del año 300 d. C. En este poblado del sur del estado de Sinaloa se han encontrado indicios de que fue habitado por un grupo humano muy numeroso, que vivía de la pesca y de la agricultura principalmente. Fabricaban objetos de cerámica y construyeron un cementerio donde además de enterrar a sus muertos levantaron pequeñas construcciones que emplearon como adoratorios. Las terrazas construidas a lo largo del cauce del río, donde cultivaban maíz, chile, calabaza y algodón, demuestran que los conocimientos de sus pobladores estaban bien desarrollados.

Los restos arqueológicos encontrados en el sitio de Chametla son más antiguos que los del complejo Aztatlán. Los estudios concluyen en una posible contemporaneidad de la fase más antigua de Chametla con los últimos periodos de Teotihuacan. La cerámica de esta época se caracteriza por ser de tipo policromo. En cambio, la etapa media presenta una mayor riqueza, además del policromo en negro y rojo sobre crema y a veces blanco y naranja, se realizan otros grabados con borde festonado, blanco sobre marrón o este último color muy pulido. En el periodo tardío se observan mezcladas las influencias del complejo Aztatlán y del complejo El Taste-Mazatlán. En el primer caso, a las características anteriores se le añaden los vasos con borde decorados en rojo o con pintura en negro sobre marrón. En el segundo caso las influencias son las propias de la policromía del estilo de El Taste y de Mazatlán, y por una decoración con borde rojo, además de una multitud de estilos particulares relacionados con los anteriores.

Culiacán

Los vestigios descubiertos en el sitio de Culiacán revelan existencia humana desde el año 900 d. C. hasta la llegada de los conquistadores españoles. El área ocupada por estos asentamientos se localiza entre los ríos Mocorito y San Lorenzo. Las viviendas de aquellos pobladores se construían con materiales perecederos como lodo, varas y paja. Eran agricultores, cazaban y pescaban. Sus vestimentas eran de gamuza y de algodón, y se adornaban con objetos de metal, turquesa y concha. Sus armas: el arco y la flecha, la lanza, la macana y el escudo. El nivel de desarrollo cultural de este pueblo lo encontramos en su rica alfarería, una actividad productiva que no sólo estuvo ligada a la vida, también con la muerte, pues para enterrar a sus muertos los colocaban dentro de grandes ollas de barro.

En el yacimiento de Culiacán se ha encontrado una influencia clara proveniente del complejo de Aztatlán. La cerámica de este sitio en el periodo Antiguo I presenta, además de las típicas de Aztatlán, otras características, con borde pintado en rojo o de tipo policromo, grabado o inciso, con borde en rojo y negro, etc. En el periodo Antiguo II son las incisiones las que predominan por encima de cualquier otro tipo de decoración. En el periodo Medio es la cerámica parda, y el comienzo de la cerámica estriada, la que predomina en detrimento de la de tipo de decoración incisa, cuya producción comienza a disminuir. Para el último periodo de Culiacán, el Reciente, el tipo de cerámica predominante es la estriada.

Guasave

Complejo Aztatlán se le llama al lugar donde más vestigios de esta cultura se han encontrado, que se caracteriza por la belleza de sus formas y la policromía de sus vasijas y otros objetos de cerámica. El complejo, el más septentrional de toda la zona, se difundió por la planicie sinaloense al sur de Guasave y los territorios que hoy forman el estado de Nayarit, entre los años 700 y 1.300 d. C. El núcleo central del complejo Aztatlán lo sitúan los arqueólogos en Guasave, o al menos es aquí donde se han encontrado los mejores restos, entre ellos un conjunto de enterramientos, formando paquetes o bultos en el interior de ollas, que contenía gran cantidad de ofrendas, algunas de una gran belleza, como vasijas trípodes de barro, recipientes de ónix y de alabastro, pipas de barro, malacates, silbatos y hachas ranuradas.

Las construcciones que se hallaron de esta época son los montículos que se levantaban con fines defensivos o con carácter religioso. Las casas probablemente se construirían de barro y los cimientos de piedra. En el complejo Aztatlán llama la atención el contraste existente, en cuanto a calidad se refiere, entre la brillantez de su cerámica y la pobreza en el trabajo en piedra. Las muestras de este arte que se han encontrado se limitan a puntas de obsidiana, hachas y otros objetos de pobre factura.

Tacuichamoná

Este yacimiento arqueológico se localiza en las montañas bajas del mismo nombre, cercanas a la costa occidente de la Sierra madre Occidental, cerca del río Piaxtla. La descripción se la debemos a Sauer y Brand, quienes hicieron un reconocimiento de superficie, sin que se hayan realizado trabajos posteriores o excavaciones formales. A este lugar se le ha considerado marginal de la cultura Aztatlán por no poseer cerámica decorada con la calidad de los otros sitios de la costa de Sinaloa. Sin embargo, y aunque tosca, había un tipo de recipientes policromos en rojo, guinda y negro. Además de las pipas, objetos típicos de esta cultura, que se decoraban con punciones, cuyas depresiones están llenas de pintura blanca, semejantes a las que se encuentran en Durango.


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sábado, 17 de diciembre de 2011

Cultura Capacha ( II )


El Opeño

Enclavado en el Valle de Zamora, en el municipio de Jacona de Plancarte, Michoacán, se localiza el yacimiento arqueológico conocido por El Opeño, que da nombre a una cultura precolombina contemporánea a la cultura Capacha y anterior a la cultura de Chupícuaro. La importancia del conjunto arqueológico del El Opeño radica en su antigüedad y en la amplia difusión de su estilo. Estas cámaras mortuorias son las más antiguas de Mesoamérica, datan del siglo XVI a. C. aproximadamente. Es importante resaltar que no se enredan ni se entremezclan con otras fechas y culturas significativas mesoamericanas, sino que anteceden a la llamada cultura madre de Mesoamérica, al desarrollo de la cultura olmeca. No cabe duda que el descubrimiento de las culturas de Occidente ha creado muchos interrogantes que dejan en el aire otras teorías que ya teníamos asimiladas como inamovibles. Atribuir a los olmecas la fundación cultural de Mesoamérica queda en tela de juicio por los datos revelados en El Opeño.

Los entierros localizados en este complejo arqueológico comparten las mismas características, tradición de las tumbas de tiro, que se distinguen en toda la superárea por su excepcionalidad. Las doce tumbas descubiertas en El Opeño muestran indicios de planificación arquitectónica, organizadas en torno a un plan global. La arquitectura de esta cultura cuenta con unas características muy particulares que no se dieron en ninguna otra zona de Mesoamérica, ni antes, ni tampoco se retomaron después en las necrópolis más tardías de Jalisco, Colima y Nayarit. Lo que nos dicen sus enterramientos es lo que sabemos de este pueblo enigmático, del que hasta el momento no se han hallado restos algunos de materiales de las poblaciones donde habitaban.

Lo que conocemos de su forma de vida es lo que nos proporcionan las ofrendas funerarias, sus cerámicas especialmente. La falta de restos de las poblaciones creó algunos conceptos de los pobladores que se fueron derrumbando por su propio peso, como la posibilidad de que se tratara de un pueblo que se encontraba en la transición hacia el sedentarismo agrícola, que caracterizó a las sociedades urbanas de Mesoamérica en el Preclásico Medio. Sin embargo, tanto la cerámica como los restos óseos encontrados en las tumbas revelan que no fue así, sino que se trataba de un pueblo claramente sedentario, como lo demuestra su estratificación social, reflejado en las diferentes ofrendas a los muertos.

Chupícuaro

El vocablo Chupícuaro proviene derivado del purépecha chupicua, planta del género Ipomoea, que se usa para teñir de azul, y el término ro, lugar, lo que se traduce como "lugar azul". La zona arqueológica de Chupícuaro se localiza en las lomas cercanas al río Lerma y su afluente el río Coroneo o Tigre, en el estado mexicano de Guanajuato. Gran parte del complejo arqueológico quedó anegado por la Presa de Solís, a 7 kilómetros del municipio de Acámbaro. La cultura de Chupícuaro es una gran desconocida, poco se conoce de este asentamiento que se dio entre las ciudades actuales de Acámbaro y Tarandacuao, entre los años 500 a. C. y 300 d. C. Las estimaciones al respecto indican que se trataban de grupos nómadas chichimecas, guamares y guachichiles, que llegaron del actual estado de San Luis Potosí. Aquellos primeros pobladores fueron cazadores-recolectores que vivían de lo que les proporcionaba el río Lerma y su entorno, y de algunos conocimientos agrícolas que desarrollaban eventualmente.

Sus primeros cultivos fueron de maíz, calabaza y frijol, a los que cabe la posibilidad de añadirle chile y tomates silvestres. La aldea la conformaban un grupo de chozas construidas sobre plataformas revestidas de piedra y con pisos de lodo. La cerámica también nos revela el tipo de vestimenta que usaban y descubrimos que se pintaban la cara y el cuerpo, que usaban sandalias, bragueros, collares, orejeras, ajorcas y aretes. Así como que las mujeres gustaban de adornar su cabellera con elaborados peinados.

El gran desarrollo cultural que tuvo este pueblo influyó en tradiciones alfareras de otras áreas alejadas del núcleo central, llegando a perdurar hasta más allá del final del Periodo Clásico. Su cultura, o la tradición Chupícuaro, se expandió por un amplio territorio que abarcaba Guanajuato, Michoacán, Guerrero, Estado de México, Hidalgo, Colima, Nayarit, Querétaro y Zacatecas. Algunas estimaciones sitúan su expansión hasta el sur de los Estados Unidos. Una influencia cultural en Occidente y Noroeste de México comparable a la cultura olmeca en el resto de Mesoamérica.

Su alfarería fue reconocida en toda Mesoamérica como una de las mejores, por su decoración y fino acabado. Sus vasijas se trabajaban con múltiples formas y colores, e incluso con dibujos geométricos. Los motivos con los que adornaban sus piezas abarcaban un amplio abanico que iban desde las deidades, la lactancia y las personas y sus adornos, hasta los animales y los vegetales. Sus formas monocromáticas fueron múltiples, así como una variedad de tres colores policroma (rojo, crema y negro) con dibujos geométricos piramidales o zig-zag. Las técnicas utilizadas para la elaboración de las figurillas de arcilla fueron las de pastillaje y figuras huecas. Utilizaron concha, hueso y piedra.

El declive de la cultura olmeca marcó el Preclásico Tardío y trajo consigo una diversificación cultural asimilando las influencias que generaron en cada pueblo mesoamericano. Una regeneración de tradiciones que propició varias de las más importantes, entre las que se hallan la de Cuicuilco en el sur del valle de México, que llegó a convertirse en la mayor ciudad de Mesoamérica y principal centro ceremonial del valle de México, y la Chupícuaro. Las dos mantuvieron relaciones durante esta floreciente etapa cultural para ambas. La emergencia de Teotihuacan coincidió con el declive de Cuicuilco, en lo que influyó directamente la erupción del volcán Xitle, provocando la emigración de sus pobladores hacia el norte del valle de México.




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martes, 13 de diciembre de 2011

Cultura Capacha ( I )


La información a nuestra disposición sobre la cultura Capacha de Colima y en otras partes del Occidente indica que la gente que dejó los restos de esta cultura llegó de afuera e introdujo en este lugar y en gran parte de Occidente, anteriormente habitada sólo por gente que vivía de la caza y recolección, una nueva forma de vida más sedentaria, basada en el cultivo de ciertas plantas domesticadas como el maíz, el frijol y la calabaza. -Joseph B. Montjoy, "Capacha: una cultura enigmática del Occidente de México".

El núcleo central de la cultura Capacha se sitúa a seis kilómetros al noroeste de la ciudad de Colima, en el estado mexicano del mismo nombre, aunque su radio se extiende entre la Sierra de Jalisco y el valle de Colima. Una zona donde nueve sitios arqueológicos tienen relación con el complejo Capacha. Elementos de la cultura Capacha se han encontrado en Nayarit, Jalisco, Sinaloa, Guerrero, Morelos, Michoacán y el estado de México. Fue la primera con rasgos complejos que se desarrolló en la región, aproximadamente entre los años 2.000 a. C. y 1.200 a. C. El nombre de esta cultura le viene dado por la arqueóloga estadounidense Isabel Truesdell-Kelly, quien en 1.939 la descubrió mientras realizaba unas excavaciones en la zona de Colima.

Al tiempo que se desarrollaba la Capacha también lo hacían otras culturas importantes de Mesoamérica, como El Opeño, en Michoacán, y la primera fase de Tlatilco, en el valle de México. Su seña de identidad más importante, la cerámica, se extendió por toda la costa del océano Pacífico, entre los estados de Sinaloa, por el norte, y Guerrero, por el sur. También son de suma importancia los entierros que Gordon F. Ekholm descubrió en Guasave, Sinaloa.

La relación cerámica existente entre los tipos rojo zonal y rojo guinda/crema, o las semejanzas entre las estatuillas encontradas en los complejos arqueológicos de Capacha y El Opeño, revelan que existió una relación cultural muy cercana. Así mismo, los restos cerámicos hallados en la zona de Tuxpan - Tamazula - Zapotlán vienen a corroborar esta teoría de acercamiento entre las dos culturas. Como sucede también en otros lugares de Jalisco, donde fueron descubiertas tumbas de tiro semejantes a las de El Opeño con vajillas tipo Capacha en su interior. Las estimaciones sobre estas dos culturas, referentes a que recorrieron un desarrollo cultural de la mano, a la par, se acentúan cuando salen a relucir datos suficientes como para certificar que sus influencias y relaciones culturales tuvieron contactos que se extendieron mucho más allá de sus límites territoriales, como Tlatilco en el centro de México (1.300 y 900 a. C.).

La personalidad de la cultura de Colima, y de otras de esta subárea mesoamericana, es tan clara que ha propiciado opiniones situándola como una de las culturas principales de Mesoamérica. Todos los arqueólogos reconocen a la olmeca como la cultura madre, sin embargo, el hecho de no haber encontrado nada teotihuacano o típicamente "mesoamericano" deja abierta la puerta a muchas conjeturas. Son evidentes las diferencias culturales entre lo "mesoamericano" y lo "occidente", sus costumbres, reflejadas en la cerámica que acompaña a los entierros de las tumbas de tiro, son las de una sociedad más libre e igualitaria, de carácter familiar y doméstico, nada que ver con las expresiones artísticas de otras sociedades mesoamericanas. Las excavaciones arqueológicas más recientes permiten conocer al menos dos raíces, tan antiguas como la olmeca.

Cronología cultural

La cronología de la cultura de Occidente en Colima queda dividida en siete fases, nombradas por los sitios donde se realizaron descubrimientos arqueológicos:

• Fase Capacha: (1.500 - 1.000 a. C.) En esta fase la cerámica se asociaba a ritos funerarios, con una vasija acinturada conocida como guaje o bule.
• Fase Ortices: (500 a. C. - 500 d. C.) Entre estos años surgen las tumbas de tiro y sus vasijas características son antropomorfas y zoomorfas.
• Fase Comala: (100 - 700 d. C.) Durante este tiempo la cerámica alcanzó su máximo desarrollo estético.
• Fase Colima: (400 - 600 d. C.) En esta fase comienza la cuenta atrás de la tradición en las tumbas de tiro y surgen las ciudades, cuyos planteamientos recogen plazas y montículos. Las figuras de piedra toman protagonismo y por el contrario la cerámica cambia belleza por utilidad.
• Fase Armería: (500 - 1.000 d. C.) El diseño de la cerámica se vuelve geométrico, más simple y lineal.
• Fase Chanal: (600 - 1.500 d. C.) Aparecen las influencias puramente mesoamericanas y ciudades semejantes a las del altiplano, como El Chanal, con elementos de piedra que representan a dioses. Comienzan a fabricarse artefactos de metal y las figuras de cerámica se elaboran macizas.
• Fase Periquillos: (1.000-1.500 d. C.) En esta fase el poder militar y comercial recae sobre tres señoríos, Alimán, Coliman y Cihuatlán-Tepetitango. La cerámica toma un retroceso y se vuelve tosca, con rasgos más estilizados y apariencia primitiva.

Aspectos culturales

El Occidente de México no destaca por grandes obras arquitectónicas, a esta región se le conoce culturalmente más por las "artes menores" que recogen los museos que por las visitas a los sitios arqueológicos. La cerámica, metalurgia, plumaria y lítica (ornamentos en piedras duras y conchas) es lo más destacado en su producción artística. Los aspectos culturales más importantes de la tradición Capacha se dividen en tres principalmente: La cerámica, las tumbas de tiro y las relaciones con América del Sur.

• Las características originales de la cerámica Capacha se basa principalmente en dos tipos específicos. Por un lado está el modelo, al que se le conoce como Bule, cuya forma es la de dos vasijas globulares apiladas una sobre la otra. El otro tipo de cerámica también consiste en dos vasijas globulares puestas una sobre otra, con la diferencia de estar interconectadas por dos o tres tubos. Una forma semejante a la tradición ceramista con asas de estribo de América del Sur.

• La cerámica de Colima y las tumbas de tiro están relacionadas entre sí directamente, pues principalmente se depositaban en su interior como ofrendas. La característica principal de estas cámaras funerarias representativas de esta cultura es que se accede a ella por un tiro, de ahí su nombre. Por lo general estas tumbas se hacían en tepetate, toba volcánica, cuya profundidad estaba condicionada a la dureza del suelo. A veces con escalones y otras veces con un conducto vertical circular con un diámetro entre 1,20 y 1,40 m., como acceso a una, dos o tres pequeñas bóvedas donde se depositaban las ofrendas que acompañaban al difunto. Estas ofrendas consistían en piezas de cerámica adornadas con diferentes motivos relacionados con la actividad que el personaje había llevado en vida, piezas de uso diario, de ornamentación y su nahual. Se sellaban con losas de piedra o metates y los tiros rellenados con tierra. Esta tradición se dio desde el Preclásico Medio hasta el Clásico Temprano, época en la que comenzaron a llegar grupos emigrantes provenientes del altiplano. También las tumbas de tiro tienen semejanza con otras encontradas en Colombia.

• Las similitudes entre las culturas de Colima y las de otros países lejanos de Sudamérica como Perú, Ecuador o Colombia revelan que existieron elementos comunes entre unos y otros. La vía marítima por navegación de cabotaje parece ser la más lógica, ejemplo de ello son las pruebas encontradas en la Playa del Tesoro, en Colima. Otro rasgo común que los relaciona son los nahual incluidos en las tumbas, cuyas figuras de varios animales son muy parecidos a los de la cultura mochica del Perú.


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lunes, 12 de diciembre de 2011

Subáreas culturales mesoamericanas: Occidente de México ( II )


En la región de Occidente no encontraremos culturas que en su día fueron constituidas como grandes estados. Salvo los purépecha o tarascos, la organización de estos pueblos se constituyó a un nivel inferior, en cacicazgos. Esto no significa que fuesen sociedades jóvenes en comparación con otras subáreas mesoamericanas, la presencia humana en la zona se remonta al Cenolítico inferior, la prueba son los hallazgos arqueológicos en forma de puntas de proyectil que se localizaron en Sinaloa, cuenca de Zacoalco y el territorio de huicholes en Jalisco. Al margen de este tipo de objetos, otros artefactos hallados en la región podrían datarse de fechas más tempranas aún, como son anzuelos, agujas o punzones, que se fabricaron con huesos de animales ya extinguidos. Los fósiles pertenecientes a los animales que vivieron en el Pleistoceno nos permiten imaginar la rica fauna existente en una etapa en la que la agricultura aún no había hecho su aparición como modo o sistema de supervivencia.

Los primeros cazadores recolectores convivían con una fauna muy diferente a la que actualmente nos encontramos en el territorio, grandes cérvidos, llamas, caballos, bisontes, mastodontes y mamuts se paseaban en grandes manadas, al tiempo que en ríos y lagos abundaban grandes lagartos y gliptodontes. Este era el hábitat en el que se desenvolvía el ser humano hace 12.000 años aproximadamente en el Occidente de México. También en las costas, esteros y marismas, los habitantes de esta región encontraron un alimento importante para su dieta, los bivalvos. Son frecuentes los llamados concheros, montículos formados por miles de cubiertas calcáreas, aunque hay que aclarar que no todos los concheros pertenecen a la época prehispánica, algunos se formaron durante la Colonia.

Las primeras influencias culturales entraron probablemente en el Formativo Temprano, alrededor del año 2.000 a. C. Para ese tiempo las corrientes culturales procedentes del Golfo de México llevaron consigo la primera agricultura, la elaboración de la cerámica y la talla de la piedra, dedicaciones en las que los olmecas ya contaban con un bagaje cultural importante. No obstante, que la primera influencia en llegar fuese la de la cultura madre, la olmeca, otras culturas también marcaron su paso en los prolegómenos de las culturas de Occidente. Al margen de la cerámica andina, también de esta región sudamericana se encuentra cierta influencia de la cultura Chavín, Perú, en las lápidas encontradas en el estado de Guerrero, así como en el uso de las terrazas de cultivo.

Estas claras influencias culturales que defienden muchos historiadores se basan en la teoría que deja abierta la posibilidad de una corriente migratoria procedente de América del Sur a través de la Barra de Zacatula. Estos primeros grupos humanos, que fueron mezclándose con los primeros cazadores recolectores, tuvieron como primer destino Nayarit, donde se establecieron para más tarde adentrarse en Jalisco, Michoacán y Guanajuato, Colima y algunas partes de Guerrero y Zacatecas.

En lo referente a sus enterramientos, la costumbre de construir sus tumbas también se extendió por la región. Su peculiar forma de construirlas, labradas de tepetate, de pozo y cámara adyacente, llegó hasta finales del Preclásico. A las estancias mortuorias se llegaba a través de un pozo estrecho, que a su vez, cuenta con pequeños túneles por los que se penetra a una o varias cámaras donde descansan los difuntos caciques, entre ofrendas en formas dispares: objetos de piedra y barro como metates o vajillas, estatuillas zoomorfas y antropomorfas, etc.

El Clásico Tardío deja ver la aparición de rasgos teotihuacanos en el desarrollo de las culturas de Occidente, que se manifiesta en la cerámica decorada con colores embutidos, como las lacas de Uruapan (conocidas por cloisonné) o las ánforas de Juquila, Michoacán. El estudio cultural del Occidente de México se ha llevado a cabo geográficamente, teniendo en cuenta los actuales estados, sin embargo, el estudio de la cerámica nos permite analizar sus culturas específicamente, como Capacha, Chupícuaro o Aztatlán.


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lunes, 5 de diciembre de 2011

Subáreas culturales mesoamericanas: Occidente de México


A pesar de ser una de las zonas mesoamericanas menos conocida, el Occidente de México comprende una extensa región que abarca casi en su totalidad los actuales estados de Nayarit, Colima, Jalisco, Sinaloa, Michoacán, y partes de otros como Guanajuato, Aguascalientes y Querétaro. Además, algunos investigadores también incluyen al estado de Guerrero dentro de esta subárea mesoamericana, que tiene rasgos culturales distintos a los del resto. No debemos olvidar y tener en cuenta que su arqueología es difícil de encasillar dentro de los marcos de clasificación existentes.

El paisaje de Occidente es muy variado, encuadrado por las laderas de la Sierra Madre Occidental, una parte de la Sierra Madre del sur y la cuenca media y baja del río Lerma. En su espacio geográfico se encuentran sierras, valles y barrancas, montañas y mesetas, ríos, lagos, marismas y esteros; costas y altiplano; bosques tropicales y de altura; pastizales, nopaleras. Tierras ricas y pobres que varían entre el clima frío de la montaña en el oriente de Michoacán y el tropical de las costas de Jalisco y Nayarit.

Hasta no hace mucho tiempo, a esta región se le consideraba como una zona marginal a la gran superárea, una especie de puente entre las culturas mesoamericanas y Oasisamérica, motivado por la ausencia de arquitectura monumental (al margen de las tumbas de Tiro), uno de los rasgos característicos más importantes de Mesoamérica. Una creencia que ha cambiado en los últimos años debido al descubrimiento de nuevas zonas arqueológicas de cierta importancia, que nos han revelado que también en estas culturas occidentales se levantaron centros ceremoniales, aunque de menores dimensiones que en otras áreas.

De la misma manera que en los apartados climáticos y geográficos, el Occidente de México es una región muy variada en cuanto a sus influencias culturales. Una diversidad que le es propicia, además de por las relaciones con pueblos de la propia subárea y con otras de Mesoamérica, por los grupos nómadas del Norte de México y con el suroeste de los Estados Unidos. Aparte de todas estas influencias más o menos cercanas, hay que tener en cuenta un rasgo característico de la cerámica capacha, que muestra cierto parecido con las del llamado estilo Tlatilco y la trascendente semejanza con los materiales de la región andina de Sudamérica. Una similitud que constituye una nueva evidencia de la existente comunicación entre esas dos regiones del continente americano en épocas más tempranas. Un tiempo en el que el Occidente de México recibía influencias de culturas sudamericanas por vía marítima a través del Pacífico y que más tarde penetraron en el interior.

El hecho de que no se hayan encontrado grandes obras monumentales o de arquitectura de gran tamaño que indicaran mucha mano de obra, como sucede con el Área Maya u otros sitios como Teotihuacan y Monte Albán, no significa que su población fuese menor. El patrón de asentamiento fue disperso y sin grandes concentraciones humanas, eso quiere decir que no existieron grandes ciudades. Se asentaron junto a los recursos que necesitaban y conformaron unidades político-sociales que controlaban territorios no muy amplios. La población fue abundante si consideramos la suma de todas las unidades menores.

Las referencias más antiguas que se tienen en cuanto a los primeros asentamientos en el Occidente de México son evidencias de vida agrícola, de Puerto Marqués, entre el 2.400 y 140 a. C., en el estado de Guerrero. El Complejo Matanchén de Nayarit, en el 2.000 a. C., también muestra el sedentarismo existente orientado a la recolección de moluscos. En el periodo Formativo, 1.400 a. C., surge en la costa de Colima el Complejo Capacha, caracterizado por sus cerámicas con formas básicas de tecomates y jarras con asa estribo, que tienen conexión directa con culturas de la costa de Ecuador y Perú.

La marginalidad que se le atribuía a esta área se sustentaba en que se trataba de una zona que había recibido más de lo que recibió, como de un área carente de raíces propias y de un desarrollo cultural tardío. Pero como mencionaba anteriormente, este concepto era fruto del desconocimiento. Los primeros pueblos que habitaron la región de habla auto-azteca, como los coras, huicholes y tepehuanos, se fueron incorporando muy gradualmente a la esfera de la civilización mesoamericana y los cambios que se dieron en el resto de la superárea tampoco fueron tan significativos en Occidente. Esto propició que culturas del Preclásico como la de Colima, Jalisco y Nayarit o la de las Tumbas de Tiro sobrevivieron hasta bien entrado el periodo Clásico. De todas las culturas de Occidente, de sus sociedades humanas, sin duda la purépecha o tarasca fue la más relevante, que llegó a rivalizar con el poderío de los mexicas en el siglo XV.




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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Cultura maya (XII)


Calendarios

De todos los logros culturales mayas el calendario podemos considerarlo el más importante. Tanto es así que para esta civilización todo sucedía en torno a su sistema calendárico, consistente en tres cuentas de tiempo diferentes que transcurren simultáneamente. El calendario sagrado (tzolkin o bucxok), el civil (haab) y la cuenta larga. Lo que hace a este calendario un sistema preciso es que se basa en una cuenta continua, cíclica, de los días a partir de una fecha cero inicial. Este día de inicio corresponde en nuestro sistema (calendario gregoriano) al 11 de agosto del 3.114 a. C., el 0.0.0.0. 04 ajau, u 8 cumkú en notación maya. Para esta fecha tan puntual no existen datos que revelen el acontecimiento que lo marca, probablemente está relacionado con la astronomía.

Los conocimientos astronómicos y matemáticos de los mayas estaban en posesión de la casta religiosa. Los sacerdotes eran quienes se encargaban de su interpretación de acuerdo con su cosmovisión religiosa, los años que iniciaban y el destino del hombre. Unos destinos que parecen ya establecidos desde los olmecas, con los que algunos estudiosos relacionan los inicios del calendario maya. Así mismo, las similitud que muestra con el calendario mexica, nos hace pensar que se utilizó en toda Mesoamérica. Sin embargo, para otros especialistas este sistema calendárico es propio de los mayas. Lo cierto es que, el conocimiento ancestral que sobre él tenían, guiaba a esta civilización y era muy poco lo que se escapaba a su influencia. Hoy conocemos que llevaban varias cuentas, independientemente de la sincronización de los días (kin), y que el tzolkin de 260 días y el haab de 365 eran las más importantes.

Tzolkin: el hecho de que la vida del hombre maya estuviera predestinado por la fecha de su nacimiento, del día del tzolkin al que correspondía, hacía de este calendario de 260 días el más utilizado. Es el más usado por todos los pueblos del mundo maya. Por él se rigen los tiempos agrícolas en las cosechas, el pronóstico de la llegada de lluvias y su duración, el periodo de cacería y pesca, el ceremonial religioso, las costumbres familiares y el destino de las personas. Existen dos teorías sobre el tiempo en que consiste el tzolkin (la cuenta de los días), mientras que algunos sugieren que está relacionado con la duración de la gestación humana, otros lo relacionan con el planeta Venus. Esta cuenta consiste en ciclos de 13 meses de veinte días cada uno. Tanto los días como los meses tenían nombres de varias deidades y se asociaba a cada uno de ellos con un glifo de manera única.

Haab: se basa en el recorrido anual de la tierra alrededor del sol. La similitud existente con el calendario gregoriano no tiene nada que ver con él. Los meses son únicamente divisiones del año solar, ninguna relación con el concepto que se tiene del calendario actual que nos regimos. Esta cuenta se utilizaba para regir el calendario religioso colectivo y marcaba el ritmo de la comunidad. Los 365 días del haab se dividían en 18 meses (winal) de 20 días cada uno y uno corto con los cinco días sobrantes (wayeb), se consideraban nefastos, vacacionales, y aunque eran fechados se excluían de los registros cronológicos. El primer día del mes se representaba con el cero. Cada uno de ellos se escribe usando un número del 0 al 19 y el nombre del winal representado con un glifo, con excepción de los wayeb, que se acompañan con los números del 0 al 4.

La rueda calendárica: la combinación de los calendarios de 260 y 365 crean un ciclo mayor de 18.980 días (el mínimo común múltiplo de las dos cuentas calendáricas). Durante este tiempo de la rueda calendárica, sus cuatro elementos, numeral-glifo de los días y numeral-glifo de los meses, no se repiten. Muchos de los monumentos mayas solamente registran la fecha de este ciclo. Ninguno de los dos calendarios mayas marcaban el año, pues no era necesario al no repetirse o coincidir cada fecha en los 52 años que marcaba la rueda calendárica.

La rueda está conformada por tres círculos que da como resultado 18.980 días, donde cada uno de los días del tzolkin coincide con uno del haab. El más pequeño de los círculos está conformado por 13 números; en el mediano son los veinte signos correspondientes a cada uno de los días del tzolkin; el más grande de los tres círculos lo componen los 365 días del calendario haab. Cada ciclo completo de la rueda calendárica son equivalentes a 52 vueltas del haab y a 73 del tzolkin, al término de ambas cuentas vuelven al mismo punto. En comparación con el calendario gregoriano podríamos decir que el "siglo maya" estaba compuesto de 18.980 días, 52 vueltas del haab, era cuando se celebraba la ceremonia del fuego nuevo.

La cuenta larga: el sistema vigesimal de los mayas también tenía nombres específicos para contar los días. Su unidad básica era el kin o día solar, pero para designar diferentes lapsos de tiempo utilizaban los siguientes múltiplos: unial = 20 kines; tun = 360 kines; katún = 7.200 kines; baktún = 144.000 kines. Para representar las notaciones de los años mayas en cuenta larga se hace con números separados por puntos. Para escribir esta fecha 3.10.10.0.5, como ejemplo, sería de la siguiente manera: 3 baktunes, 10 katunes, 10 tunes, 0 uniales y 5 kines. Para obtener el número de días habríamos de multiplicar cada uno de los números por su equivalente en días y sumar los productos obtenidos. Además de los indicados, también tenían otros términos de mayor duración de tiempo, pero raras veces utilizados: piktún = 20 baktunes; kalabtún = 20 piktunes; kinchinltún = 20 kalabtunes; y alautún = 20 kinchinltunes.

Astronomía

Los meses sinódicos de la luna, el año trópico y los ciclos de los eclipses son algunos de los periodos astronómicos conocidos en esta cultura. En el periodo sinódico de la Luna, preciso por medio de un proceso corrector, observamos la importancia que ésta tenía para el pueblo maya. Observaron el desajuste en los cálculos de su calendario lunar respecto a las fases de la luna y para corregir este desajuste, por la fracción de día que excede a los 29,5 días, contaban dos meses consecutivos de 30 días. Los estudios astronómicos de los mayas dieron como resultado cálculos exactos de los periodos, además de la Luna, del Sol, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, de estrellas como las Pléyades, de las que creían eran originarios.

El astronómico era un campo de estudio en el que los sacerdotes poseían todos los conocimientos. La clase sacerdotal era la que conducía la vida de todos de acuerdo a sus predicciones, que el pueblo respetaba y aceptaba. Sus conocimientos les permitían predecir acontecimientos tan impactantes como los eclipses y el curso del planeta Venus, lo que utilizaban para controlar a la población relacionándolos con las deidades.

Matemáticas

El sistema de numeración de base veinte y de base cinco fue el utilizado por los mayas, al igual que otras civilizaciones de Mesoamérica. El cero como lo conocemos hoy en día fue usado por los mayas en el Preclásico, alrededor del año 36 a. C., lo que significa que este concepto se estuvo usando siglos antes en América que en el viejo mundo. El sistema de numeración maya fue ideado más pensando en la astronomía que en las matemáticas. Esto se refleja en la manera de ver que tienen con el calendario, con sus días, meses y años. Para representar gráficamente los números, del 0 al 19, idearon un sistema con tres modalidades: el sistema numérico de puntos y rayas; una numeración cefalomorfa (variantes de cabeza) y una numeración antropomorfa (mediante figuras completas). Las cantidades son agrupadas de 20 en 20, del 0 al 19, y al llegar al 20 hay que poner un punto en el siguiente nivel. De esta manera en el primer nivel se escriben las unidades y en el segundo nivel se tienen el grupo de veintenas y así sucesivamente.

Sus símbolos básicos son tres: el punto, cuyo valor es 1; la raya, equivalente a 5; y el caracol o semilla es 0. El punto no aparece más de cuatro veces, así como la raya no se aglutina más de tres. Para representar un número mayor de veinte se utilizan los mismos símbolos, pero dependiendo de la posición cambia su valor. En el primer orden, o de abajo, se escriben las unidades y en el segundo se representan los grupos de 20 elementos. En el segundo nivel cada punto valdría 20 y cada raya 100.




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domingo, 27 de noviembre de 2011

Cultura maya ( XI )


Escritura

El ocaso del periodo Clásico también significó para los mayas la decadencia generalizada de su cultura. El siglo X de nuestra era marcó una etapa decadente en la que el esplendor de siglos anteriores fue decayendo, sus señas culturales de identidad se fueron apagando hasta desaparecer en muchos aspectos, se dejaron de construir edificios públicos, el levantamiento de estelas, altares y otros monumentos, y por supuesto también este revés o retroceso cultural lo sufrió la escritura, hasta el punto de que cuatro siglos más tarde, para cuando los españoles arribaron a tierras americanas ya apenas se tenía conocimiento del sistema de escritural de los mayas. El cronista español Diego de Landa así lo expone en su obra Relación de las cosas de Yucatán, donde señala que para entonces solamente algunos individuos de la élite la sabían leer y escribir y por eso eran más connotados. Uno de ellos, Gaspar Antonio de Chi, fue quien ayudó al religioso a crear un alfabeto.

La escritura maya se desarrolló y utilizó durante todo el periodo Clásico, la etapa de mayor esplendor en esta cultura mesoamericana, y aparece principalmente en dinteles, altares y estelas, acompañando a los acontecimientos reales que sucedieron como los ascensos y muerte de gobernantes, sus hazañas militares, o señalando algún acontecimiento astronómico de importancia.

Para Diego de Landa, el apoyo de Gaspar Antonio Chi supuso una ayuda de incalculable valor, ante la dificultad del español de comprender otra forma que no fuese la fonética del alfabeto. En la escritura maya no funciona de la misma manera que en el castellano, donde las consonantes tienen nombres sílabos.

La escritura maya también es conocida como jeroglífica, por el leve parecido con la escritura del antiguo Egipto, pero si acaso el maya fuese comparable con algún otro sistema este sería el chino, por su estructura pictográfica, donde los ideogramas pueden anidarse para formar conceptos más complejos, a la vez que funcionar sólo como representaciones fonéticas. El sistema de escritura maya no es alfabética como creía Diego de Landa, ni silábica como el castellano, sino logoideográfica. Una combinación de símbolos fonéticos e ideogramas.

No se puede culpar a los conquistadores españoles de la desaparición que supuso el conocimiento de la escritura del pueblo maya pues, como ya apunto anteriormente, hacía siglos que había entrado en una fase de desaparición definitiva. Sin embargo, sí se puede censurar la actitud que tomaron los misioneros españoles respecto a este tema, que por su afán de imponer sus costumbres y religiosidad entre los indígenas ordenaron la quema de todos los libros mayas poco tiempo después de la conquista. Sin lugar a duda fue un duro golpe contra la herencia cultural que los antepasados mayas dejaron. De todas maneras, las inscripciones de símbolos escriturales en piedra aún sobreviven, en parte gracias a que la mayor parte de las ciudades mayas habían sido abandonadas siglos antes de que llegaran los conquistadores españoles.

Diferente sucede con el Posclásico, del que existen una considerable cantidad de textos, la mayoría escritos con caracteres latinos después de la conquista. En esta nueva etapa los mayas aprendieron y comenzaron a registrar su historia con el nuevo alfabeto, unas veces en lenguas mayenses y otras en castellano. Al menos no se perdió en su totalidad la historia de este pueblo, ya recogieron parte de la literatura oral de sus antepasados.

El estudio de la escritura maya marca dos versiones diferentes. Por un lado están los epigrafistas, abanderados por Costantin Rafines, que fue el primero en descifrar los glifos numerales en 1.832. Más tarde, en 1.952, fue el ruso Yuri Knórozov quien realizó un estudio descifrando la lengua maya. La otra corriente la representa el Doctor Ramón Arzápalo Marín, filólogo y mayista. El trabajo de los epigrafistas han permitido que se puedan leer las estelas y otros documentos, su desciframiento ha significado un largo y laborioso proceso. A finales del siglo XIX y principios del XX se dio un importante paso adelante en descifrar algunas partes, en su mayoría relacionadas con números, el calendario y astronomía, sin embargo, fue entre las décadas de 1.960 y 1.970 cuando se aceleraron los conocimientos, permitiendo que en la actualidad la mayoría de los textos pueden ser leídos en su idioma original.

Literatura y códices

Entre los manuscritos mayas que se conocen en la actualidad están los conocidos como Chilam Balam, de Maní, de Tizimín, de Chumayel, y otros. Aproximadamente son una veintena de manuscritos los que se conocen, con el nombre del lugar donde se encontraron. Estos textos indígenas son nativos transcritos al español después de la conquista, se basan en la tradición oral y recogen una realidad que abarca desde principio del Posclásico. Son de carácter mítico-épico y suponen una gran fuente de información para entender mejor la organización sociopolítica, la ideología y la historia de los grupos mayas prehispánicos.

El Chilam Balam, el Popol Vuh y los Anales de los Cakchiqueles son tres libros que fueron escritos en maya yucateco, quiché y cakchiquel respectivamente, pero utilizando el alfabeto latino. El Chilam Balam es el nombre de varios libros que relatan la historia de la civilización maya, escritos por autores anónimos entre los siglos XVII y XVIII, en la Península de Yucatán. Cada uno de estos libros recibe el nombre del poblado que lo escribió, por lo que existen el Chilam Balam de varias localidades. Entre los más importantes están: Maní, Tizimín, Chumayel, Kaua, Ixil, Tusik, Tekax, Nah (Teabo), Yaxkukul y el Códice Pérez. En el caso de este último cabe señalar que se trata de una recopilación fragmentaria de varios de los libros chilambalames.

El Popol Vuh es conocido también por el sobrenombre de Libro Sagrado o La Biblia de los mayas Kichés. Traducido al quiché significa "Libro del Consejo" o "Libro de la Comunidad". El Popol Vuh es una recopilación de varias leyendas de los quichés, el pueblo de la cultura maya de mayor alcance demográfico en Guatemala, y tiene un gran valor histórico y espiritual. No se conoce el autor de este libro, escrito en lengua quiché con el alfabeto latino a mediados del siglo XVI, permaneció oculto hasta 1.701, año en el que los maya quiché de la comunidad de Santo Tomás Chuwila se lo mostraron a Fray Francisco Ximénez y éste lo tradujo al idioma español.

A los Anales de los Cakchiqueles también se le conoce por otros nombres, como Anales de los Xahil, Memorial de Tecpán-Atitlán o Memorial de Sololá. Sus autores fueron miembros del linaje Xahil, entre ellos Francisco Hernández Arana Xajilá (de 1.560 hasta 1.583) y su nieto, Francisco Rojas (de 1.583 hasta 1.604). Desde su creación permaneció guardado junto al lago de Atitlán, en la ciudad de Sololá, hasta que en 1.884 se encontró en los archivos del convento de San Francisco de Guatemala y traducido posteriormente por el abad Charles Étienne Brasseur de Bourbourg en 1.855. Los Anales de los Cakchikeles cuentan la historia y la mitología de este pueblo mayense.

Los códices son uno de los cimientos importantes, junto a la arqueología y las estelas, para el conocimiento de la cultura maya. Las estelas son los documentos escritos más antiguos que se tienen de los mayas prehispánicos, en los que aparecen grabados jeroglíficos y signos de calendario. En cuanto a los códices, solamente son cuatro los que se salvaron de la destrucción que llevaron a cabo los misioneros religiosos de la Conquista y que han llegado hasta nuestros días. El Códice Dresden, el Códice Madrid, el Códice París y el Códice de Grolier.

• Códice Dresden: Es el considerado más importante y el más elaborado de los cuatro existentes. Es un calendario que muestra a los dioses que influyen en cada día, detalles del calendario y el sistema numérico maya. Algunos historiadores opinan que probablemente fue escrito por escribas poco tiempo antes de que llegaran los conquistadores españoles a tierras americanas, entre los años 1.200 y 1.500, y cuya procedencia sitúan en Chichén Itzá. Este manuscrito está elaborado en papel de amate, en una tira que mide 3,54 m., que se dobla en forma de biombo y crea 39 hojas escritas en ambos lados. Se desconoce cómo llegó a Europa, fue vendido en 1.739 a la librería real de la corte de Sajonia en Dresden. Se conserva en dicha ciudad alemana en la Sächsische Landesbiblithek.

• Códice Madrid (Tro-Cortesiano): Este códice se conserva en la capital española, en el Museo de América. Sus autores son ocho escribas mayas diferentes y su contenido es principalmente adivinatorio, habla sobre horóscopos y tablas astrológicas. Los expertos opinan que se confeccionó en el siglo XV, probablemente en las tierras bajas del sureste mexicano y Guatemala. El papel amate es el utilizado para su elaboración, en una tira de 6,82 m. y doblada en forma de biombo que forman 56 hojas pintadas por ambos lados. Sus 112 páginas se separan en dos secciones, conocidas como el Códice Troano y el Códice Cortesano. Los historiadores opinan que fue enviado al rey de España, Carlos I, por Hernán Cortés junto al Quinto Real. El conquistador extremeño describe en su primera carta de relación: "más dos libros de los que acá tienen los indios".

• Códice París (Peresiano): Este códice se encuentra actualmente en el Fonds Mexicain de la Biblioteca Nacional de Francia, antiguamente Biblioteca Imperial de París, donde fue descubierto en una esquina polvorienta de su chimenea. Al igual que los otros dos anteriores también está elaborado en una tira de papel de amate, de una longitud que ronda los 145 cm. De la misma manera que el Dresden y el Madrid, el códice de París se dobla en forma de biombo, que compone 12 hojas, en donde dos de las cuales se han perdido completamente todos los detalles. La fecha de creación la sitúan los historiadores entre los siglos XIII y XIV, y lo relacionan con la pintura de Tulum y Mayapán. Bruce Love señala, en "El Códice de París: Manual para un sacerdote Maya", que su contenido se refiere a temática o cuestiones rituales, que corresponden a sus dioses, rituales, ceremonias y profecías. Un calendario de ceremonias y un zodiaco dividido en 364 días.

• Códice de Grolier: Sobre este códice existen muchas discrepancias entre los estudiosos, unos opinan sobre él que se trata de una falsificación y otros en contra lo consideran un cuarto códice maya. Es el único de los cuatro que se conserva en tierras americanas, actualmente se halla en un museo de México. A pesar que la datación por radiocarbono del documento ha calculado que pertenece al siglo XII se duda de su autenticidad, por el simple hecho de estar escrito solo por el anverso de sus páginas. El Códice de Grolier fue encontrado en 1.965 en una cueva de la Sierra de Chiapas. El doctor José Sáenz fue quien se lo mostró al mayista Michel Coe en el Club Grolier de Nueva York, de ahí el nombre por el que se conoce el documento. En realidad se trata de un fragmento de 11 páginas de lo que parece haber sido un libro de 20. Cada página mide 18 cm. de alto por 12,5 de ancho. Una de las voces discordantes sobre su autenticidad es la de la doctora Laura Elena Sotelo, especialista en códices mayas del Centro de Estudios Mayas del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, que ha estudiado el documento y sostiene que: "las evidencias apuntan a que está hecho en 1.960, aunque aún existen controversias al respecto".