viernes, 25 de junio de 2010

Hijos robados


Mi único hermano es ocho años más joven que yo, nació en el último cuarto de la década de los 60, en plena dictadura franquista y cuando el país comenzaba tímidamente a abrir las puertas al exterior, a los turistas que acudían a ponerse como cangrejos en nuestras playas. Yo recuerdo cuando nació, sí, recuerdo con exactitud el alumbramiento de mi madre, aunque tengo que especificar que no tengo recuerdos de imágenes, sólo de sonido. Me explicaré. En el mismo dormitorio estaba la cama de mis padres y la mía, paralelas y opuestas en orientación, éramos pobres y todo nuestro universo se concentraba en aquella habitación. Me faltaban tres días para cumplir los ocho años y aquella noche de invierno sentí murmullo en la madrugada y a mi madre quejarse, abrí los ojos al despertarme y sólo vi la espalda de mi madrina que ayudaba a la partera o comadrona asistiendo a mi madre en el parto. De nuevo cerré los ojos rápidamente y no volví a abrirlos hasta que desperté por la mañana. Mi madre descansaba con mi hermano junto a ella y acudí a verlo cuando me dijo: -Mira Antoñin, el hermanito que te ha traído la cigüeña mientras dormías.

Como si no hubiera escuchado nada, yo me mostré ajeno e ignorante a lo acontecido, al tiempo que mi madre me decía que había entrado por la ventana con él envuelto en un trapo y colgando del pico. Como no lo vi continué creyéndola, incluso recuerdo cómo mi imaginación volaba hasta el momento en que la cigüeña se colaba por entre los barrotes horizontales de la ventana. Con el tiempo comprendí a qué se debía tanto alboroto aquella noche y se me desveló el misterio del ave entrando por entre la reja.

Pocos días después ingresaron a mi hermano en el hospital. Nació prematuro, débil, y a esto se le unió la complicación de problemas gástricos e intestinales. Los médicos le dijeron a mi madre que no tuviera muchas esperanzas de que pudiera seguir adelante y fue hasta pasada la celebración de Reyes Magos cuando por fin regresaron los dos a casa y él recuperado. Digo los dos porque durante todos esos días que estuvo internado en materno-infantil mi madre no se movió de su lado, siempre sin quitarle ojo a la cuna donde estuvo. Quizás podría haber descansado por la noche en la casa y durante el día ir al hospital, pero no, no se movió de su lado, por aquellos tiempos los robos de niños recién nacidos estaban a la orden del día y, aunque no había nada oficial, era un secreto a voces el que los niños desaparecían recién nacidos de los hospitales.

En el mismo escrito que el juez Baltasar Garzón justificó el abandono de la instrucción sobre el franquismo aprovechó para sacar a la luz uno de los capítulos más oscuros de la dictadura, el robo de los hijos de las presas republicanas encarceladas. Tanto los expertos como garzón exponen que sucedió como en Argentina pero aún peor. El magistrado reveló que en los prolegómenos de su fallida instrucción había encontrado documentos que permiten arrojar claridad a esos episodios, que durante 60 años no se han investigado y que ocurrieron a pesar de lo extraño que le pudiera parecer a algunos. Pero no sólo a las presas republicanas les robaron los hijos durante la dictadura franquista, también en los hospitales les robaban a sus madres los hijos para adoptarlos por otras familias supuestamente aliadas del régimen, donde la complicidad partía desde los mismos médicos y enfermeras que los atendían en el hospital.

Este asunto pudiera resultar rancio para algunos, que quizás piensen que ya pasaron muchos años para destapar tanta maldad oculta en aquellos tiempos y por parte de los dominantes, pero la realidad es que se trata de un tema vigente, tan actual como los propios familiares, padres y hermanos de esos niños robados que hoy serán personas mayores y que habrán vivido ajenos e ignorantes de quienes fueron realmente sus padres.

Sin embargo, como digo, no se trata de un asunto del pasado, hace unos días saltó la noticia de que un fiscal de Cádiz indaga si 12 bebés dados por muertos fueron robados de un hospital. Todo comenzó con la declaración pública realizada por dos hermanas residentes en Irún, en la que consideran que fueron unas circunstancias extrañas las que envolvieron la muerte de su hermano al poco de nacer en el Hospital de la Línea de la Concepción. Las hermanas García Carrasco aseguran que el día 5 de noviembre de 1965 algo raro ocurrió en el hospital cuando su madre fue anestesiada para dar a luz y nunca vio a su hijo. Cuando los médicos le comunicaron que había fallecido, su abuela quiso ver a su nieto difunto y le entregaron un bebé que no reflejaba señales de haberlo extraído con ventosas, tal como le habían dicho, además de ser demasiado grande para ser un niño recién nacido. Durante muchos años la familia siempre tuvo la sospecha de que a su hermano lo vendieron en adopción cuando nació. Pero las sospechas se tornaron rocambolescas cuando, al fallecer la madre, el hermano del niño supuestamente robado, quiso poner en la lápida de la tumba de su madre la fecha de defunción del niño y al preguntar en el registro se encontró con que en el registro del cementerio no contaba la muerte de ningún niño por esas fechas.

Otro caso es el ocurrido más cercano en el tiempo. El fotógrafo de 51 años, Antonio Reyes, se llevó una tremenda sorpresa cuando en el 2004 el ayuntamiento de Málaga ordenó vaciar una fila de nichos del cementerio por riesgo de derrumbe. Cuando rompieron la lápida con las iniciales de su hijo el ataúd tenía la tapa hundida por la humedad, pero dentro de él no habían restos humanos de ningún tipo. Sólo un paño quirúrgico y una toalla verde fue lo que encontraron dentro. Desde que descubrieron la inexistencia del cadáver no ha dejado de arrepentirse ni un solo día, de no haber levantado la tapa del ataúd para ver los restos de su hijo difunto porque no se encontraba con ánimos suficientes para hacerlo, mientras la madre se recuperaba en el Hospital de la Línea de la Concepción de una infección puerperal.

Sólo en la Línea de la Concepción se han denunciado seis casos similares y parten de una docena de familias afectadas, para lo que al fiscal Cisneros le resulta complicado, que las pesquisas lleguen a una conclusión final. Las investigaciones siguen su curso para conocer si existe algún registro de nacimientos y defunciones de los ya desaparecidos hospitales donde se produjeron las supuestas irregularidades. De los dos médicos responsables uno de ellos ya falleció, el otro declaró que no sabe nada al respecto. Mientras tanto, ¿cuantas madres vivieron el resto de sus vidas con la incertidumbre y la duda sobre el paradero de sus hijos robados?



viernes, 18 de junio de 2010

Vivir en la calle o morir en ella


"Vivir en la calle o morir en ella, pero nunca regresar a casa". Estas son palabras de Ulises Eugarrios Cárcamo, un caso especial de cuantos niños de la calle que no terminan sus días de forma trágica, un mirlo blanco, un ejemplo de lucha por escapar de una vida llena de sin sabores, de malos tratos, de abandono y abusos por parte de su familia, de su entorno más inmediato. Son muchos, demasiados, los niños en América Latina que sufren estas consecuencias injustas, fruto de una sociedad subdesarrollada, sumida en la pobreza más absoluta y víctimas de la carencia de educación, de protección por parte de las autoridades y por la falta de responsabilidad de sus progenitores.

Hace unos días encontré una noticia en El Nuevo Diario de Nicaragua de las que reconfortan, levantan los ánimos y nos prepara para enfrentarnos con energía renovada a la nueva jornada que recién se despereza. Se agradece encontrar alguna noticia positiva que nos ayude a pensar que otro mundo es posible, aunque esto no deje de ser una utopía constante. La infancia no sólo es la etapa más importante del ser humano, durante la que se desarrolla y apuntala los cimientos del futuro, si no que también es la base humana y social de un país, por eso nada hay más importante que protegerla y preservarla de las garras de la injusticia que sembramos con nuestras actitudes, al permitir que ocurran situaciones que lleven o arrastren a los niños a vagabundear, a vivir y morir en la calle como si no formara parte de nuestras responsabilidades, como sociedad y como seres humanos.

Ulises es originario de la ciudad de Diriamba, cuna del Güegüense, la primera obra teatral desde la llegada de los españoles al continente y fruto de las dos culturas encontradas. Viene de una familia de doce hermanos de padres diferentes y desde niño sufrió las irresponsabilidades de una madre inestable que a cada año tenía nuevo compañero y un único aliciente en su vida, el guaro, el alcohol. Vendió su hogar para continuar con su adicción y desde entonces sus vidas nómadas se vieron vagabundeando de un lado para otro. Desde pequeño salía cada día con sus hermanos mayores a mendigar, para alimentarse toda la familia, y según cuenta, lo utilizaban a él por ser el más pequeño y el que más lastima daba. Recuerda cómo cada día acudían al mercado de Jinotepe a pedir verduras, hueso y otras cosas que la gente no vendía cuando cerraban los tramos, y a las comiderías a que les dieran alimentos.

Ulises narra que estuvieron en esas circunstancias hasta que su hermana mayor de 14 años se escapó para no saber nunca más nada de ella. Después fue otro hermano el que se marchó con su abuela y se quedó junto a su hermano Juan Carlos, quien acabaría suicidándose cuando tenía 23 años. Su madre continuaba con el guaro y teniendo hijos de sus nuevos padrastros, hasta que un día los dejó olvidados en Jinotepe. Les tomó el dinero que habían recogido y se fue a beber alcohol, ese fue el primer día que durmieron sin la compañía de ella.

Sin embargo, aquí, en Jinotepe, su suerte comenzó a cambiar, cuando un matrimonio estadounidense los acogió en su casa durante un tiempo, a él lo llevaron a Texas y hasta aprendió algo de inglés, luego tuvieron que regresar, y se reencontró con su hermano y su madre en Managua. A los siete años de nuevo comenzó su vida en la calle y a pedir dinero para alimentarse y para la madre, siempre amenazándolos y diciéndole que si se volvieran a marchar se mataría o regalaría a su nuevo hermanito.

En la nueva zona donde se fueron a vivir, en Managua, cerca del Estadio Nacional, era la menos idónea para desarrollar sus vidas, donde imperaba la prostitución, la delincuencia y el huele pega. Sus amigos hacían lo mismo que ellos, salir a pedir comida en los semáforos o en las casas, y cuando le preguntaban dónde estaba su madre y que llegara hasta ellos para darle trabajo no sabían que decir.
Los malos tratos por parte de su madre y sus padrastros eran continuados, aunque les llevaran dinero, castigándolos de manera cruel, poniéndolos de rodillas sobre arena o maíz, colocándoles adoquines en la cabeza y poniéndolos bajo el sol abrazador, hasta que finalmente decidieron que no volverían con su madre, que vivirían y morirían en la calle.

Sin embargo, la suerte les acechaba, especialmente a Ulises, que también cuenta en el artículo cómo conocieron a Zelinda Roccia, su ángel guardián y directora del centro de protección infantil Los Quinchos, en el hospital donde estaba internado su hermano. En la actualidad Ulises tiene 22 años, cursa el quinto año de secundaria y ya piensa en la carrera de Ingeniería Industrial o Sociología. Cursó computación, estudió teatro en Italia, es artesano y trabaja la carpintería y las manualidades, asiste entre 60 y 80 niños de La Chureca, el mayor vertedero de Latinoamérica, tratando de rescatarlos de la calle, de la pobreza y de los malos tratos, al igual que hicieron con él, ofreciéndoles una oportunidad para vivir dignamente.

Una historia con un final feliz, pero, como apuntaba al principio, se trata de un caso especial, la mayoría de los niños de la calle mueren prematuramente, faltos de cariño, atenciones primarias, y con todos los males de la sociedad como compañeros de viaje.
Según la Oficina Internacional Católica para la Infancia (BICE), unos 200.000 niños, niñas y adolescentes menores de 18 años están detenidos o presos en América Latina, es el resultado de una infancia marginal. Para estos niños pobres, abandonados o huérfanos no hay educación ni atención médica, son víctimas vulnerables sin protección y muchos de ellos son parte de las matanzas de niños y jóvenes marginados que se dan en algunos países, como Guatemala, Honduras, Colombia y Brasil, llevadas a cabo por los escuadrones de la muerte.

Fuentes del Ministerio de la Familia de Nicaragua informan que más de 830.000 niños y niñas están fuera del sistema escolar y 253.000 los menores que trabajan.
Estos datos son significativos, dicen mucho del futuro. En la mayor parte de los países latinoamericanos las nuevas generaciones de niños y niñas de hogares modestos no estarán capacitadas para enfrentarse al mercado de trabajo cuando lleguen a la mayoría de edad, no estarán formados, con bajos niveles educacionales e intelectuales. No es sólo el futuro de una generación lo que está en juego, ni de un país, ni siquiera de un continente, es el futuro de la sociedad del siglo XXI, el mismo mal que arrastramos generación tras generación.

sábado, 12 de junio de 2010

Bophal: Crónica de una noche trágica.


Aquella noche, la del 2 al 3 de diciembre, no debería de ser muy distinta a otras en la ciudad de Bophal, en la zona central de la India. La pobreza y el hambre eran males endémicos de una nación inestable y convulsa, aguas revueltas propicias para pescar sin escrúpulos las grandes compañías multinacionales ante el vacío jurídico y la vulnerabilidad que sufría la población hindú. La gran Indira Gandhi recién había sido asesinada el 31 de octubre por sus dos guardaespaldas de origen sijs, que ironía, con 31 disparos y a tres meses de su reelección en 1984, cuando acudía a una entrevista con el actor Peter Ustinov. Su hijo Rajiv le había relevado y ocupaba el puesto de ministro dirigente del país. Es de suponer que la esperanza del pueblo hindú estaría en suspense, con las ilusiones frustradas por un futuro que se desvanecía ante la muerte de su líder política y con la incertidumbre de lo que su sucesor y primogénito les podría ofrecer.

Doy por seguro que el hambre supera a cualquier otra necesidad del ser humano, aunque desconozco si cuando éste se acostumbra a padecerla pasa a un estado de hibernación que, a fuerza de costumbre, le sitúe en otros escalafones por debajo del principal. El ser humano es sorprendente e imprevisible y cualquier reacción se puede dar ante la adversidad. Los míseros barrios se extendían por la ciudad y muchos de sus habitantes acababan de cenar, los que tenían que llevarse algo a la boca, otros sucumbían ante el sueño y muchos se disponían a hacerlo, a dejarse llevar por el acogimiento de un humilde catre. Nadie podría imaginarse, ni despierto ni entre sueños, que aquella fatídica noche supondría el fin para muchos de ellos y el calvario para la mayoría de la población que padeció las secuelas por algún tiempo o de por vida, como resultado de la mayor catástrofe ocurrida en el mundo por la industria química, una tragedia conocida para muchos como "la Hiroshima de la industria química".

Al margen de las muchas necesidades y problemas que acuciaban a los ciudadanos, la fábrica de pesticidas que poseía instalada en la ciudad la compañía multinacional Unión Carbide funcionaba insolente y siempre amenazante, produciendo los productos tóxicos que matarían a muchas plagas dañinas para la agricultura. La planta ya había sufrido números accidentes con resultado de un trabajador muerto y 25 más incapacitados de por vida a consecuencia de los escapes derivados de instalaciones sin mantenimiento. Pero lo que sucedería aquella noche no sólo no tendría comparación con lo acontecido en los accidentes anteriores en la planta de Bophal, si no que nada igual, ni siquiera parecido, había sucedido hasta entonces en el mundo.

El escape de unas 42 toneladas de gases tóxicos, principalmente de isocianato de metilo, comenzó a extenderse por toda la ciudad a ras de suelo. Antes de que la sirena alarmara a la población y creara el caos, los responsables de la fábrica apagaron la alarma para que el pánico no se apoderara de toda la ciudad, sin embargo, el resultado de aquella imprudencia fue de unas proporciones aterradoras. El isocianato tomó contacto con el aire y reaccionó con otros productos en aerosol, formando una mezcla de gases, entre los que abundaban el ácido cianhídrico, muy calientes y originando una nube ardiente que destruía cualquier ser vivo a su paso. La población despavorida trataba de escapar de aquella trampa mortífera en la que se había convertido la ciudad y sus alrededores. Mucha gente murió en la cama, al salir de sus casas, con el tenedor en la mano mientras cenaba... Se calcula que murieron más de 4.000 personas en el instante y unas 8.000 en las siguientes 48 horas, 12.000 en las 72 horas y casi 25.000 fallecieron en las siguientes semanas.

La tragedia continuó evidenciándose en las secuelas que trajo consigo el accidente, más de 150.000 personas siguieron padeciéndolas, niños naciendo con malformaciones congénitas, histerectomía a causa de cáncer, los suelos y las aguas contaminadas, los animales y las plantas que acumulan todavía, 25 años después, ingentes cantidades de productos tóxicos. También hoy en día continúan apilados en la fábrica, abandonada a su suerte y tras el accidente por la propia compañía Unión Carbide, los sacos de pesticidas, los vertidos de mercurio y otros productos contaminantes. Demasiadas imprudencias continuadas que no se entenderían si no hubiera sucedido en un país pobre, donde el concepto de la vida, para estos directivos sin escrúpulos, es muy diferente al que se tiene en los países desarrollados. Esta catástrofe jamás hubiera ocurrido en la planta matriz norteamericana, en la fábrica del pesticida Sevin en Virginia (Estados Unidos), sus estrictas medidas de seguridad y control no son las mismas que en Bophal, en la que el recorte de gastos puso por encima de la seguridad de las personas a los beneficios de producción, saltándose las normas de seguridad que las leyes hindúes obligaban por entonces.

Tras la tragedia, Unión Carbide fue absorbida por el holding Dow Chemical, acordando con el gobierno hindú una compensación de 470 millones de dólares a cambio de que el gobierno rechazara cualquier reclamación, la sexta parte de lo que reclamaban las asociaciones de víctimas. Para entender estos acuerdos habría que remontarse hasta aquellos tiempos y a las circunstancias políticas y sociales que acorralaban al país, un acuerdo nada rentable ni justo, al menos para los afectados, pero una puerta abierta dejada por parte del gobierno de Rajiv Gandhi para que continuaran invirtiendo en suelo hindú las grandes compañías de todo el mundo.

Las indemnizaciones no llegaron a todos los damnificados, a día de hoy sólo a los familiares de 11.267 fallecidos, a unos 1.500 dólares por persona fallecida, no así a quienes sufrieron las horrorosas secuelas físicas y los graves problemas mentales.
El 3 de noviembre de 2008 un tribunal estadounidense aceptó la demanda que los afectados interpusieron, e instó a la actual compañía propietaria de la fábrica, Dow Chemical, a correr con los gastos que suponen las obras de limpieza y descontaminación. Los índices de mercurio presentes en el medio son entre 20.000 y 6.000.000 veces superior a los niveles tolerables.
Recientemente, un tribunal de la India ha condenado a dos años de cárcel a siete directivos de Unión Carbide y a una multa de 500.000 rupias, unos 8.900 euros, una ridícula sentencia que insita a que otras tragedias por el estilo sucedan en cualquier otro país pobre, donde la vida de sus habitantes no tiene un valor suficiente, al menos para estos desalmados sin escrúpulos que se lucran a costa de sus vidas.



sábado, 5 de junio de 2010

La evidencia manipulada


No hace mucho tiempo escribí sobre lo que la percepción puede significar en lo que a seguridad ciudadana se refiere. En aquella ocasión me refería a la ola de violencia que azota a México, especialmente a Ciudad Juárez. Comentaba, ejemplarizando, cómo en Nueva York, ante la violencia generalizada y el gamberrismo que asolaba la ciudad de los rascacielos, al cambiar la percepción en la ciudadanía el trabajo de la policía para implantar el orden se hizo más fructífero. Pero primero hubo que empezar por generar confianza, una confianza que no sólo beneficia a la tranquilidad de los ciudadanos, si no que también tiene doble efecto, al persuadir e incomodar a los violentos e incívicos gamberros, que ven cómo su hábitat idílico se transforma en poco atractivo para sus fechorías. A partir de ahí es otro cantar, el trabajo está aún todo por hacer, pero no cabe duda que al enfrentarse a él se hace con otro espíritu, con más confianza en lo que se acomete y, sobre todo, porque la percepción en la ciudadanía de que algo está cambiando lo convierte en confianza, en apoyo.

Claro que esto de la percepción se puede tornar en un arma de doble filo. Digo esto porque si al hecho de que los ciudadanos estemos asqueados y, en ocasiones, hasta el hartazgo de que nos las den con queso, le sumamos las a veces turbias intenciones por parte de la justicia y de las fuerzas de seguridad por tratar de que esa percepción les repercuta puntos a favor manipulando hechos para evidenciar el buen hacer de su trabajo y generar confianza, el mal se convierte en crónico e irremediablemente irremitible.

Para continuar seguiré instalado en México, donde la justicia y las fuerzas de seguridad están vapuleadas en lo que a confianza se refiere, la ciudadanía desconfía de su justicia, del orden público, la corrupción es un hecho generalizado y, aunque cuesta entenderlo ante tanta violencia, nadie cree en la justicia, es más, me atrevería a decir que cuando los mexicanos piensan en ella la ven tan delictiva como a los propios narcotraficantes, secuestradores o asesinos, entre otras razones, o la principal, porque desde los jueces hasta los policías forman parte de esas bandas organizadas que tanto daño le hacen al país, a los ciudadanos.

De igual manera, hace algunos meses, escribí sobre otro asunto policial, también en México y referente a otro secuestro. Se trataba de Doña Jacinta, una humilde indígena que fue condenada a 20 años de cárcel, junto a otras dos mujeres más, por el secuestro de seis corpulentos agentes de la Policía Federal en Querétaro, en el mercadillo dominical, sin una sola prueba que pudiera corroborarlo el juez las mandó a prisión, después se comprobó que aquellas mujeres indígenas, y en el caso de Doña Jacinta, no hicieron otra cosa que coincidir casualmente vendiendo helado y agua fría en su puesto mientras los corruptos policías trataban de quedarse con los artículos que los pobres vendedores ponían a la venta para darles de comer a sus familias, con la escusa de ser ilegales. Los comerciantes se revelaron y retuvieron a los policías corruptos, hasta que un superior, que fue requerido por los propios comerciantes, se hizo cargo de la situación esperpéntica. La mala suerte de Doña Jacinta fue que salió en la foto de los diarios al día siguiente, en tercera o cuarta fila, detrás del barullo de gente, y esa fue la única prueba que los policías utilizaron para culparla de haber participado en dicho secuestro.

Pero como decía anteriormente, tratar de ganarse las simpatías de los ciudadanos anotándose hechos que evidencian un éxito policial deteniendo a criminales o secuestradores, como es en el caso de Florence Cassez, se puede convertir en un arma de doble filo, y es lo que está sucediendo recientemente con el arresto de esta ciudadana francesa que, sin comerlo ni beberlo, se ha visto envuelta en un mediático y turbio secuestro que le ha llevado a la prisión de Tepepan con una condena de 60 años, de los que ya ha cumplido 5. Sin lugar a duda, las fuerzas de seguridad y la justicia trataron de vender un éxito a los ciudadanos para que esa percepción positiva tan necesaria les reportara confianza, pero lo que mal empieza mal acaba y el supuesto éxito se está tornando en un negro asunto que evidencia más manipulación y corrupción.

Todo comenzó el 9 de diciembre del 2005, aún no había amanecido cuando en el informativo matutino de Televisa, el de mayor audiencia, el periodista Carlos Loret de Mola dio paso al reportero Pablo Reinah, que con voz entrecortada comentaba su situación, a las puertas de un rancho al pie de la carretera México- Cuernavaca. Las primeras imágenes que se retransmiten bien podrían pertenecer a una película de acción al mejor estilo estadounidense, los policías de élite de la Agencia Federal de Investigación tomaban posiciones, mientras que el reportero explicaba en riguroso directo lo que iba a suceder en breves instantes, un golpe policial a una banda de secuestradores, con detalles muy precisos. Pablo Reinah continúa diciendo: "allí dentro, en esa cabaña, se encuentran cautivas tres personas, entre ellas, una madre y su hijo. Sus captores son un tipo de nacionalidad mexicana y su esposa, una mujer de origen francés".

Seguidamente las imágenes emitidas muestran a los policías irrumpiendo en la cabaña y deteniendo a los secuestradores y liberando felizmente a los rehenes. La supuesta secuestradora y esposa del ciudadano mexicano aparece en primer plano cubriéndose la cabeza y llevada por los policías, al tiempo que el reportero comenta: "Esta mujer que vemos tapada es la mujer de origen francés". A continuación una mano aparece para retirar la tela que la cubre y mostrar su rostro asustado. El reportero se le acerca y le pregunta: -¿Cual es su nombre?- y la mujer responde- Florence. No tengo nada que ver, no sabía nada... No soy su esposa.

Poco después se rompe la conexión, tras las últimas imágenes de secuestradores, rehenes y eficaz policía mexicana. Sin duda un éxito de la justicia, compartido, en vivo y en riguroso directo, nadie podrá negar tanta evidencia. Sin embargo, cuando la evidencia se manipula corre el riesgo de ser evidenciada doblemente, es lo que parece ser ha sucedido en este caso, si nos atenemos a lo que últimamente está resultando. Falso directo, situación prefabricada, secuestro de supuesta secuestradora por parte de la propia policía, falsos testigos, amenazas por parte de la policía... un sin fin de manipulaciones que han sumado descrédito al que ya disfrutaban la justicia y la fuerza pública de seguridad.

Después de la puesta en libertad de los rehenes y la detención de los supuestos secuestradores, la periodista Yuli García no se quedó satisfecha de lo emitido, pero sí con la sensación de que algo fallaba entre tanto éxito operativo. Habló con su jefa Denise Maerker y las dos se propusieron esclarecer lo opaco, así fue cómo descubrieron que lo que había presentado Pablo Reinah no era más que un montaje. La retransmisión televisiva mostraba cómo, un segundo antes de que irrumpieran los policías en la cabaña, un hombre con abrigo negro les habría la puerta, ese hombre resultó ser Luis Cárdenas Palomino, hombre de confianza de Genaro García Luna, director de la Agencia Federal de Investigación (AFI) y actualmente secretario de Seguridad Pública. De igual manera se puede comprobar en las imágenes cómo la televisión está encendida dentro de la cabaña y mostrando la retransmisión en directo, así como fotografías de los familiares de los secuestradores por toda la estancia a ojos de los rehenes, algo que ningún secuestrador haría.

Ante las pruebas, las dos periodistas, deciden invitar al programa televisivo al jefe de la AFI y les muestran las contradicciones halladas. García Luna no tuvo más remedio que aceptar lo que evidenciaban las imágenes y confirmar que lo que ofrecieron en directo no rea más que una recreación. Podría haber acabado el programa de esta manera y tal vez la opinión pública hubiera aceptado, pero no fue así, en el último momento del programa Denise Maerker dio paso a una llamada: -¿A quién tenemos? ¿Desde la casa de arraigo? Sí, dígame, adelante. Florence Cassez, ¿tiene algo que decir?- a lo que contestó Florence- Sí, que fui detenida el día 8 en la carretera y me secuestraron en una camioneta. No fui arraigada el 9. Me detuvieron el 8 de diciembre a las once de la mañana...

Florence cuenta en su libro que ha publicado en Francia y que pronto verá la luz en México, que: "Unos sujetos me suben a la camioneta. Me obligan a bajar la cabeza y me quitan mi teléfono. Siento dolor, tengo miedo. Luego me llevan a otra camioneta. Está a oscuras. Me dicen que llevan siguiendo a Israel desde hace meses, que es un secuestrador, pero que ellos saben que yo no tengo nada que ver. Tengo pánico, pero también cierta tranquilidad porque sé que soy inocente... Al día siguiente me llevaron al rancho. Ahí ya me trataban como a una secuestradora. Las cámaras me enfocan. Estoy aterrorizada... Sólo acierto a decir que no sé nada..."

Todo indica que fue un montaje, que la policía mexicana fabricó a unos culpables para cubrir a otros, de igual manera se cree que los rehenes no estuvieron secuestrados en dicha cabaña. Por último, un supuesto secuestrador que identificó a Florence como miembro de "Los Zodiacos", y que al principio dijo no conocerla de nada para después confirmar su complicidad en el secuestro, ahora se retracta de todo lo dicho en el vídeo y asegura que no conoce de nada a la francesa, sosteniendo que lo hizo después de haber sido torturado con golpes y descargas eléctricas y de amenazarlo con secuestrar a su mujer y a su hijo si no lo hacía. "Fui secuestrado por desconocidos enmascarados que se hicieron pasar por narcotraficantes. Más tarde comprendí que eran policías... Luego me comenzaron a indicar qué era lo que querían que declarara, proporcionándome los nombres de Israel Vallarta (el antiguo novio de Florence Cassez) y de la francesa".