domingo, 17 de octubre de 2010

Malditos en el nombre de Dios (2ª parte)


Si ya es difícil vivir en cualquiera de los países en desarrollo, con todas las carencias y necesidades que sufre la población, más cuesta arriba se pone poder sobrevivir dignamente para el colectivo de enfermos mentales, que se encuentra entre los grupos más marginados de la sociedad. Como expongo en la primera parte de esta mirada, además del rechazo que sufren públicamente, apartados de la sociedad como si de apestados se tratara y, en el mejor de los casos, aislados con ese sobrenombre vergonzoso que llevan como añadido a su lamentable realidad, "endemoniados", también padecen el olvido y la exclusión que les brindan las políticas de desarrollo destinadas a la reducción de la pobreza. Una evidente realidad que denuncia la OMS, la Organización Mundial de la Salud.

En un informe que divulgó la ONU hace unos meses, afirma que más del 80% de los enfermos con desórdenes mentales y discapacidades intelectuales carecen de tratamientos adecuados a sus condiciones o necesidades, y mucho menos tienen oportunidad de acceder a actividades educativas y laborales para desarrollar sus potenciales como seres humanos. Es una penosa e injusta realidad la que viven estos maldecidos por la sociedad y por los dioses que veneramos, que son víctimas de la ignorancia y el fundamentalismo religioso, además del problema familiar que, como un estigma, supone convivir con este duro padecimiento mental en alguno de sus componentes.

Si el apartado sanitario, el de los tratamientos medicinales y centros hospitalarios adecuados, es deficitario en los países pobres o subdesarrollados, el educativo y laboral no es menos alarmante, en mi opinión de la misma importancia que el hospitalario o medicinal, o quizás más. Aún hoy se desconocen la mayoría de las causas que provocan estas dolencias mentales provenientes del cerebro, un autentico desconocido en la medicina de nuestro tiempo. De igual manera, el apartado laboral va unido al educativo, es parte de esos tratamientos psicológicos, además de la importancia económica que tiene para los enfermos que no disponen de otra fuente económica que les permita sobrevivir. Referente a estos datos laborales, también la ONU indica en el mismo documento que la tasa de desempleo de las personas que padecen enfermedades mentales alcanza el 90%. Las organizaciones sanitarias mundiales y los que trabajan en materia de desarrollo deben de volcar sus energías en revertir estos datos, deben de prestar una mayor atención a esta realidad que sitúa a los enfermos mentales en el escalafón más bajo de cuantos están por debajo de los límites de la dignidad humana.

Desde luego que se trata de un reto enorme, el de revertir esta situación en la que viven muchas personas en el mundo, un reto de gran importancia, si tenemos en cuenta que una de cada cuatro personas en el mundo padece algún tipo de trastorno mental a lo largo de su vida. Así mismo, el informe de la ONU resalta que este tipo de enfermedades representan entre el 8,8% y el 16,6% de las dolencias en los países de ingresos bajos y medios, respectivamente.

Siguiendo el ejemplo de Nicaragua, que daba pie a este artículo referente a quienes sufren de algún tipo de trastorno mental, continuaré con otro país que le arrebata el protagonismo en cuanto a pobreza se refiere en Latinoamérica. Haití es el país más pobre de todo el continente y esto también se refleja en la calidad de vida de sus enfermos mentales. Desde que la capital, Puerto Príncipe, fue destruida el 12 de enero, uno de los mayores centros públicos para enfermos psiquiátricos, el hospital Mars & Line, se ha convertido en una perrera, en una pocilga donde malviven algunos de los internos que no tienen familiares que se hagan cargo de ellos. De los 80 internos que albergaba el edificio, la mayoría se fueron con sus familias, casi todos a vivir en la calle, donde duermen la mayor parte de la población desde que el terremoto los dejó sin viviendas. Sin embargo, algunos de ellos no tienen a donde ir, ni quienes los cuiden, los protejan o los reclamen y han continuado viviendo entre las ruinas del antiguo hospital.

Siete hombres y una mujer, casi todos menores de 30 años, duermen bajo las ruinas que quedan en pie, sobre los escombros que cubren el solar de lo que un día fue el centro que los acogía. Expuestos a que un nuevo temblor termine por sepultarlos en algunas de las habitaciones, donde un puñado de profesionales les siguen atendiendo en lo que pueden. Es fácil de entender que no disponen de medicinas u otras necesidades médicas... si ni siquiera tienen para comer y alimentarse cada día. Ahora, el jardín de la entrada al psiquiátrico se ha convertido en el hogar de muchas personas que no tienen donde ir, viviendo bajo los sombrajos que instalaron meses atrás. Paradojas de la vida, tienen que suceder estas tragedias para que los enfermos mentales se pongan a la misma altura social de quienes no sufren este tipo de trastornos.



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