sábado, 12 de junio de 2010

Bophal: Crónica de una noche trágica.


Aquella noche, la del 2 al 3 de diciembre, no debería de ser muy distinta a otras en la ciudad de Bophal, en la zona central de la India. La pobreza y el hambre eran males endémicos de una nación inestable y convulsa, aguas revueltas propicias para pescar sin escrúpulos las grandes compañías multinacionales ante el vacío jurídico y la vulnerabilidad que sufría la población hindú. La gran Indira Gandhi recién había sido asesinada el 31 de octubre por sus dos guardaespaldas de origen sijs, que ironía, con 31 disparos y a tres meses de su reelección en 1984, cuando acudía a una entrevista con el actor Peter Ustinov. Su hijo Rajiv le había relevado y ocupaba el puesto de ministro dirigente del país. Es de suponer que la esperanza del pueblo hindú estaría en suspense, con las ilusiones frustradas por un futuro que se desvanecía ante la muerte de su líder política y con la incertidumbre de lo que su sucesor y primogénito les podría ofrecer.

Doy por seguro que el hambre supera a cualquier otra necesidad del ser humano, aunque desconozco si cuando éste se acostumbra a padecerla pasa a un estado de hibernación que, a fuerza de costumbre, le sitúe en otros escalafones por debajo del principal. El ser humano es sorprendente e imprevisible y cualquier reacción se puede dar ante la adversidad. Los míseros barrios se extendían por la ciudad y muchos de sus habitantes acababan de cenar, los que tenían que llevarse algo a la boca, otros sucumbían ante el sueño y muchos se disponían a hacerlo, a dejarse llevar por el acogimiento de un humilde catre. Nadie podría imaginarse, ni despierto ni entre sueños, que aquella fatídica noche supondría el fin para muchos de ellos y el calvario para la mayoría de la población que padeció las secuelas por algún tiempo o de por vida, como resultado de la mayor catástrofe ocurrida en el mundo por la industria química, una tragedia conocida para muchos como "la Hiroshima de la industria química".

Al margen de las muchas necesidades y problemas que acuciaban a los ciudadanos, la fábrica de pesticidas que poseía instalada en la ciudad la compañía multinacional Unión Carbide funcionaba insolente y siempre amenazante, produciendo los productos tóxicos que matarían a muchas plagas dañinas para la agricultura. La planta ya había sufrido números accidentes con resultado de un trabajador muerto y 25 más incapacitados de por vida a consecuencia de los escapes derivados de instalaciones sin mantenimiento. Pero lo que sucedería aquella noche no sólo no tendría comparación con lo acontecido en los accidentes anteriores en la planta de Bophal, si no que nada igual, ni siquiera parecido, había sucedido hasta entonces en el mundo.

El escape de unas 42 toneladas de gases tóxicos, principalmente de isocianato de metilo, comenzó a extenderse por toda la ciudad a ras de suelo. Antes de que la sirena alarmara a la población y creara el caos, los responsables de la fábrica apagaron la alarma para que el pánico no se apoderara de toda la ciudad, sin embargo, el resultado de aquella imprudencia fue de unas proporciones aterradoras. El isocianato tomó contacto con el aire y reaccionó con otros productos en aerosol, formando una mezcla de gases, entre los que abundaban el ácido cianhídrico, muy calientes y originando una nube ardiente que destruía cualquier ser vivo a su paso. La población despavorida trataba de escapar de aquella trampa mortífera en la que se había convertido la ciudad y sus alrededores. Mucha gente murió en la cama, al salir de sus casas, con el tenedor en la mano mientras cenaba... Se calcula que murieron más de 4.000 personas en el instante y unas 8.000 en las siguientes 48 horas, 12.000 en las 72 horas y casi 25.000 fallecieron en las siguientes semanas.

La tragedia continuó evidenciándose en las secuelas que trajo consigo el accidente, más de 150.000 personas siguieron padeciéndolas, niños naciendo con malformaciones congénitas, histerectomía a causa de cáncer, los suelos y las aguas contaminadas, los animales y las plantas que acumulan todavía, 25 años después, ingentes cantidades de productos tóxicos. También hoy en día continúan apilados en la fábrica, abandonada a su suerte y tras el accidente por la propia compañía Unión Carbide, los sacos de pesticidas, los vertidos de mercurio y otros productos contaminantes. Demasiadas imprudencias continuadas que no se entenderían si no hubiera sucedido en un país pobre, donde el concepto de la vida, para estos directivos sin escrúpulos, es muy diferente al que se tiene en los países desarrollados. Esta catástrofe jamás hubiera ocurrido en la planta matriz norteamericana, en la fábrica del pesticida Sevin en Virginia (Estados Unidos), sus estrictas medidas de seguridad y control no son las mismas que en Bophal, en la que el recorte de gastos puso por encima de la seguridad de las personas a los beneficios de producción, saltándose las normas de seguridad que las leyes hindúes obligaban por entonces.

Tras la tragedia, Unión Carbide fue absorbida por el holding Dow Chemical, acordando con el gobierno hindú una compensación de 470 millones de dólares a cambio de que el gobierno rechazara cualquier reclamación, la sexta parte de lo que reclamaban las asociaciones de víctimas. Para entender estos acuerdos habría que remontarse hasta aquellos tiempos y a las circunstancias políticas y sociales que acorralaban al país, un acuerdo nada rentable ni justo, al menos para los afectados, pero una puerta abierta dejada por parte del gobierno de Rajiv Gandhi para que continuaran invirtiendo en suelo hindú las grandes compañías de todo el mundo.

Las indemnizaciones no llegaron a todos los damnificados, a día de hoy sólo a los familiares de 11.267 fallecidos, a unos 1.500 dólares por persona fallecida, no así a quienes sufrieron las horrorosas secuelas físicas y los graves problemas mentales.
El 3 de noviembre de 2008 un tribunal estadounidense aceptó la demanda que los afectados interpusieron, e instó a la actual compañía propietaria de la fábrica, Dow Chemical, a correr con los gastos que suponen las obras de limpieza y descontaminación. Los índices de mercurio presentes en el medio son entre 20.000 y 6.000.000 veces superior a los niveles tolerables.
Recientemente, un tribunal de la India ha condenado a dos años de cárcel a siete directivos de Unión Carbide y a una multa de 500.000 rupias, unos 8.900 euros, una ridícula sentencia que insita a que otras tragedias por el estilo sucedan en cualquier otro país pobre, donde la vida de sus habitantes no tiene un valor suficiente, al menos para estos desalmados sin escrúpulos que se lucran a costa de sus vidas.



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