sábado, 8 de mayo de 2010

Ignominia contemporánea


La ignominia es una afrenta pública, así lo dice la RAE, el diccionario de la Real Academia Española, y no cabe duda de que la esclavitud lo es, pero no sólo para quien la sufre directamente, también para los que desde una posición más contemplativa vemos cómo aún hoy se da la esclavitud en muchos lugares del mundo, especialmente en los países pobres o no desarrollados, donde la pobreza es un aliado insustituible para los esclavistas que, sin escrúpulos algunos, tratan a otras personas como si de mercancía se tratara. Un animal de carga para enriquecerse a su costa. Aunque también habría que especificar, porque no todo el que esclaviza es rico ni latifundista, los hay pobres entre ellos cuyos esclavos son los más pobres de los pobres, los miserables. Y entre todas estas víctimas, son los niños y las mujeres los más vulnerables.

Cuando pensamos en la esclavitud se nos vienen al pensamiento escenas de ficción vividas en el cine, directamente la relacionamos con la raza negra y con una época de la humanidad a la que mejor ni recordar, por lo que tiene de vergonzosa, no así olvidarla para no repetirla. Sin embargo, aunque la esclavitud del comercio transatlántico fue abolida la noche del 22 al 23 de agosto de 1791 en la isla de Santo Domingo, hoy Haití y República Dominicana, no fue erradicada del todo, aún quedan muchos rincones en el mundo donde muchas personas son esclavos de diferentes maneras, es la esclavitud contemporánea y tan reprochable y mezquina como la que trataba a las personas de raza negra de la misma manera que al ganado.

Es bueno recordar el día internacional dedicado a la esclavitud, pero mejor lo es hacerlo más a menudo, para que no se convierta en un trámite burocrático más, sino como una práctica que hay que perseguir con todas las de la ley, y con todas las que la dignidad del ser humano exige. Se estima que son alrededor de 12.000.000 de personas las que hoy en día sufren la esclavitud en el mundo, de distintas maneras: trabajos en condiciones de servidumbre, trabajos forzosos, explotación sexual de menores con fines comerciales, reclutamientos obligatorios, tratas o tráfico de seres humanos, matrimonios forzados, niños adoptados, turismo sexual, trabajo infantil o la esclavitud tradicional.

La pobreza y la falta de empleo es el caldo de cultivo donde estos desaprensivos esclavistas echan sus redes, casi siempre con falsas promesas de un mundo mejor o una simple oportunidad para salir de ese mundo mísero donde viven las víctimas, aunque también los hay que ya nacieron en esas condiciones, en la de la esclavitud, y aún no conocen la libertad de poder elegir como cualquier persona. En América Latina se calculan que existen más de 1,3 millones de esclavos, un comercio que mueve más de 30.000 millones de dólares anuales. Durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, en Brasil, fueron 8.000 los esclavos liberados por la Policía Federal y el Ministerio de Trabajo, pero más reciente, en el gobierno de Lula, han sido 30.000 los puestos en libertad. En la Región Norte de Brasil, en la Región Sudeste (Río y Sao Paulo) y hasta en Río Grande do Soul, tanto en el campo como en la ciudad, la esclavitud es una realidad que nadie desconoce. Los campesinos pobres son atraídos con falsas promesas de trabajo bien remunerado en lugares distantes de sus pueblos con los gastos pagados, pero acaban siendo sometidos a sus patrones por un sistema de endeudamiento perpetuo, sin poder elegir con libertad entre quedarse o regresar con sus familias, bajo las amenazas de armas de fuego u otros medios intimidatorios. Esta práctica esclavista es denunciada en Brasil desde hace más de 20 años por la Comisión Pastoral de la Tierra, y desde los años 70 existen registros de esos abusos criminales, pero es como gritar en el desierto, no existen leyes eficaces para luchar contra eso, la justicia no es competente para perseguir y castigar a los criminales porque muchos de ellos tienen asiento de legisladores en el Congreso Nacional.

La esclavitud no es seña de identidad de una cultura o de un país, la historia de la humanidad está llena de episodios en todas las épocas y en todas las razas. La esclavitud es todo aquel trabajo mal remunerado o muy mal pagado en el que los seres humanos laboran privados de garantías y de libertad. Son muchas las muchachas mexicanas que viajan a Israel para trabajar en lo mismo que hacen en su país, en tareas domésticas, que son engañadas por sus patrones que les ofrecen sueldos muy por encima de lo que cobran en su tierra, hasta más de diez veces mayor. Una vez en Israel "no es tanto oro lo que reluce", les retiran sus documentos y les impiden salir a la calle para que no sean deportadas.

No obstante, no hay que alejarse mucho de nuestras fronteras tan desarrolladas y tan del primer mundo, en España como en Inglaterra abundan los talleres clandestinos de emigrantes chinos que son tratados como los esclavos de otras épocas pasadas por sus mismos compatriotas. Vienen de sus países asiáticos con la esperanza de encontrar el futuro deseado y se encuentran con que todo lo prometido es falso, los amontonan en locales ocultos donde trabajan y duermen por turnos, confeccionando tejidos sin salir al exterior durante meses y años, durante el tiempo que tardan en cubrir el precio del viaje desde sus países de origen y la manutención, un tiempo que se convierte en interminable y sólo recuperan la libertad cuando la policía los descubre y deporta a los esclavos a sus lugares de origen, y a los criminales los mete entre rejas para que cumplan castigo.

Otro ejemplo de esclavitud contemporánea es el que también se da en países subdesarrollados o en desarrollo, y que tiene que ver con la infancia y el abuso sexual. Son niños y niñas que trabajan en la calle y que son explotados por adultos u otros niños mayores que ellos, los tienen en condición de esclavos con jornadas interminables de trabajo y sin remuneración económica. Son explotados por algo de alimento y un techo donde duermen todos juntos.

Otro ejemplo sangrante es el del Chaco boliviano. El que me ha empujado a escribir sobre la esclavitud actual después de leer el artículo de Santiago O'Donnell en Página 12. Cerca de la frontera con Argentina y Paraguay viven actualmente unas 600 familias guaraníes en condiciones de esclavitud, una denuncia echa por la CIDH, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Según la comisión esas prácticas esclavistas se vienen dando desde hace más de un siglo, ante la pasividad de las autoridades regionales e internacionales. Ni siquiera el gobierno actual de Evo Morales, el primer gobierno con presidente indígena de América Latina, ha podido acabar con esta situación, aún llevando a cabo la reforma agraria más radical de la región. No voy a negarle los intentos al presidente Morales por erradicar la esclavitud en su propio país, pero es una muestra de lo arraigada que está esta práctica criminal en muchos lugares de la tierra.

La propia comisión detalla y pone en valor la cantidad de iniciativas al respecto que ha puesto en marcha el gobierno de Bolivia en favor de los guaraníes chaqueños, pero de igual manera pone en evidencia los distintos factores y actores que conspiran contra esas medidas hasta ponerlas prácticamente de inútiles o contraproducentes, para los supuestos beneficiarios. Esos enclaves donde viven en esclavitud los guaraníes, están situados en territorio controlado políticamente por la oposición, los que impiden que se lleven a cabo las reformas que perjudican a los latifundistas. Los opositores se oponen a la distribución de tierras en favor de los guaraníes, con mucho interés por su parte, pues muchos de estos hacendados forman parte de la clase política que gobierna la región.

Según la CIDH, estas prácticas esclavistas en el chaco fueron alentadas durante décadas por el propio gobierno boliviano, despojando a los guaraníes de sus tierras y dándoselas a los latifundistas blancos. Durante la reforma agraria de los 50 Bolivia sufrió una gran transformación, salvo en el Chaco, donde pasó casi inadvertida y la elite local consiguió preservar todos sus derechos.





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