sábado, 22 de mayo de 2010

El Binomio regidor


Demetrio es algo mayor que yo, casi una década, esto quiere decir que ronda los 60 años de edad. Nació en un pueblo del norte de la provincia de Córdoba, a pocos kilómetros de la provincia de Badajoz, y cuando recuerda en voz alta su niñez, en el pueblo y de monaguillo, es como si desempolvara imágenes ya desgastadas por el tiempo que reflejan la realidad de la postguerra en la España profunda de aquellos días. Algunas jornadas acudimos a trabajar juntos al edificio donde desempeñamos nuestra labor, él de jefe de obras y yo de restaurador subcontratado, una hora de ida y otra de regreso que dan para mucho, un tiempo de conversación donde caben muchas anécdotas, muchas historias que, mientras conduce, cuenta y yo escucho como usurpador que absorbe toda esa sabiduría mundana que él ha vivido.

No es de pensamiento radical, más bien diría que está dentro de lo estándar, ni mucho para la izquierda ni tampoco para la derecha, pero con antecedentes históricos familiares apegados a los derrotados, a los perseguidos y represaliados, como la mayoría de los españolitos pobres de por entonces, porque si alguien fue perdedor, si alguien pagó las consecuencias del binomio regidor de la dictadura, justicia y religión, no fue otro que el español pobre.

Hace unos días me contaba cómo el cura de su pueblo los chantajeaba y cómo se libraban de las travesuras que cometían en el pueblo. Siempre corrían a refugiarse a la iglesia, al párroco. Les defendía ante la guardia civil y los propios vecinos diciéndoosles:"No os preocupéis. De los muchachos me encargo yo". Era su protector ante las chiquilladas cometidas, nada más allá que juegos de niños. El cura los protegía y algunos domingos les daba parte del cepillo para repartir, a cambio, los chiquillos no decían ni pío de lo que ocurría muchas veces entre el cura y las solteronas beatas del pueblo en la sacristía y durante las horas de siesta en el verano. También cuenta que en más de una ocasión, ya de adolescentes, monaguillos y sacerdote, se fueron de parranda a pagar hembra de burdel como otro grupo más de amigos. Eso no escandalizaría si no fuera porque la iglesia censuraba esas actitudes y, además, lo hacían con el dinero que los feligreses daban para los pobres más necesitados, que eran muchos.

Pero mi escrito de hoy no tratará, o al menos con esa idea comencé a escribir, de las historias siempre interesantes y amenas de Demetrio, si no de la herencia que nos dejó la dictadura, atado y bien atado dejó el franquismo el futuro de esa España negra que hoy, entre destellos coloridos, se deja entrever grisácea y rancia como en sus peores días. Ese binomio que aún rige nuestra sociedad, aparentemente democrática, y que continúa moviendo los hilos de la justicia, bajo palio, que aunque no se pasee en procesión de penitencia como antaño si nos hacen comulgar con ruedas de molino, dejándonos impotentes y atónitos todavía y de vez en cuando, al comprobar que la iglesia católica continúa mangonoteando los derechos y libertades de los ciudadanos de esta España democrática en las formas, pero que no en el contenido.

Los religiosos siguen siendo perversos, viciosos y maliciosos, al tiempo que persiguen el derecho de cada uno a elegir la condición política, sexual o religiosa, que nos venga en gana, eso sí, siempre con dinero del contribuyente. Al igual que la justicia, partidista y con intereses propios, hoy no está al servicio de la dictadura pero sí de sus cachorros, los que cada día vemos pasearse con sonrisas y gestos festivos ante la acusación que los tachan de corruptos. Hemos visto recientemente cómo han ido a la caza y captura del único juez decente que la democracia nos ha traído, quizás algunos más se podrían salvar, aunque la mayoría del tribunal supremo (en minúscula) continúan bajo la toga franquista con la que juraron fidelidad al régimen y a su dictador. Sin embargo, lo que no vemos o pasa desapercibido, quizás por la costumbre, es el acoso continuo y sistemático contra esas libertades del individuo.

Esta mañana he leído en el diario Público una noticia con olor a rancio, por varias razones, por el tiempo que hace que ocurrió y por supuesto por el contenido. Javier Krahe es un conocido cantautor de línea claramente progresista, al que siempre relaciono con Joaquín Sabina y viceversa por el doble álbum en directo que editaron hace ya varias décadas, creo que al principio de los 80. Resulta que, según público, el 15 de diciembre de 2004 el programa Lo + plus de Canal Plus emitió unas imágenes del video realizado por Krahe y Enrique Seseña en los años 70, titulado "Cómo cocinar un crucifijo". El crucifijo era troceado, untado en mantequilla y metido en un horno, "saliendo al tercer día en su punto". La emisión del corto parece que tocó los hilos más sensibles del Centro Jurídico Tomás Moro, que según sus estatutos, tiene como fin "la defensa de la dignidad de la persona, de la familia y de los derechos humanos, y en especial la protección del derecho a la vida del nasciturus y del embrión humano". Creo que esto lo dice todo, no hay que aportar nada más al respecto.

Los defensores de tanta dignidad y humanidad presentaron una querella criminal, por entonces, y por escarnio de las creencias religiosas. Ahora, casi seis años después, el juzgado de Instrucción de Colmenar Viejo acuerda la apertura del juicio oral contra Krahe y la productora del programa por un delito contra los "sentimientos religiosos". Yo, personalmente, me pregunto si no será mayor escarnio el de engañar a los creyentes con falsas teorías religiosas que no la creen ni quienes las predican. Esto podría sonar a chiste, si no fuera porque tiene tintes peligrosos, fascistoides, en una ola que atraviesa las instancias judiciales de nuestra piel de toro y que llevan a cabo el binomio de antaño, la justicia franquista de Falange Española de las Jons y los asotanados servidores de cristo.

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