domingo, 11 de abril de 2010

Muerte en femenino


De lo que sí estoy seguro es de que estábamos en la estación veraniega, cuando tuve la primera evidencia del maltrato hacia la mujer como víctima de género, no así de la edad que tenía, pero podría apostar que no había pasado los siete años de edad, por lo tanto corría la década de los 60 a mediados, quizás algo más. Recuerdo aquel día ir de la mano de mi madre a la compra, no era como hoy, no existían supermercados en el pueblo ni nada que se le pareciera, para no haber no había ni dinero con que comprar. Tampoco plazas de abastos, todo lo más eran algunas pequeñas tiendas, colmados, donde se encontraba de casi de todo, desde pasamanería, bacalao salado y juguetes, hasta cuadernos; varias carnecerías y un solo puesto de pescado fresco, donde no siempre se vendía y cuando se ofrecía no eran más de los dedos de una mano las variedades de especies que se podían contar extendidas sobre las viejas cajas de tablas de madera medio cubiertas con paños blancos, para evitar que las moscas jugaran al "aquí te pillo aquí te mato" sin ruborizarse ante la clientela que contaba cada céntimo de peseta para calcular a cuantas sardinas o boquerones tocaban para cada miembro de la familia.

Esperábamos el turno en "Casa Lorencito", era donde el pescado, y las mujeres departían en confianza pues casi todas se conocían de toda la vida, como una gran familia, cuando llegó Isabelita y miró el pescado que había a la venta aquel día. Preguntó a cómo estaba el precio de los boquerones y sin más se despidió con un -¡Luego más tarde me paso, ahora hay mucha cola! Mientras que Isabelita estuvo presente las clientas enmudecieron, sólo después de irse comenzaron a soltar improperios contra quien se suponía le había puesto el ojo morado a la mujer. -¡La pobre! -¡Hay que ver la vida que le está dando el malasangre! -¡Tenía que reventar como un triquitraque el malnacido!

Como niño que era mi curiosidad no tenía límite ni sentido de la discreción, la que me empujó a preguntarle a mi madre -¿Mamá, quién le ha pegado a esa mujer en el ojo? A lo que mi madre me respondió -Nadie, se ha caído sola. Entiendo que mi madre solucionó discretamente tener que explicarle a un niño delante de más mujeres malhumoradas que el marido de aquella señora la maltrataba cada vez que le venía en ganas.
Si digo que era en verano es por recordar que jugaba con mi prima Quiteria en los escalones que daban al patio de la casa de mi abuela Angelita, cuando ésta y dos de sus hijas, mi madre y mi madrina Manoli, comentaban que la pobre Isabelita iba aquella mañana otra vez con el ojo morado por alguna paliza del marido, que por otro lado no era nada de extraño en él, actuar así de ruin contra su esposa.

Aquella conversación provocó en mí una curiosidad por saber cuál era el motivo por el que el marido le pegaba palizas a su mujer, y en cuanto tuve oportunidad le hice a mi padre una pregunta casi obligada, -¿por qué le pegan los maridos a sus mujeres? Y la respuesta de mi padre fue contundente, -a las mujeres no se les pone la mano encima. Eso no lo hacen los hombres con vergüenza. Me sobraron las razones, estaba claro que mi padre puso por encima de todo que nunca existen razones para pegar a una mujer. No cabe duda que no todos tuvieron la suerte de tener un padre respetuoso y pacífico como lo tuve yo, que siempre me enseñó a ser tolerante y respetuoso con los demás, pobre y con mínimos estudios básicos, lo que demuestra que la pobreza y el analfabetismo no son sinónimos de estos males que muchas veces se achacan a las clases sociales marginales, si no que va con los principios y los valores inculcados desde la infancia.

Para muchos, el problema que me trae a reflexionar, el maltrato doméstico, o de género, quizás no tenga mucha concordancia con los asesinatos y desapariciones de Ciudad Juárez, en el estado mexicano de Chihuahua, donde la vida de las mujeres parece no tener mucho valor, pero para mi punto de vista todo entra en el mismo saco, las mujeres son víctimas por el sólo hecho de pertenecer al sexo femenino, otra cuestión es la de si la actitud del victimario es más o menos deleznable por pertenecer a la misma familia de la víctima.
Tan asesinos son unos como otros y la misma hombría los mide, ninguna, pero para lo que sucede en Ciudad Juárez ya no existen calificativos, ni la rabia e impotencia permite encontrar definiciones con que catalogar este feminicidio que no parece tener fin, todo lo contrario, el problema se agranda y se expande como la mala hierba.

Desde que fue encontrada la primera víctima, la niña Alma Chavira Farel, en enero de 1993, son más del millar el número que se estima han sido víctimas en estos diecisiete años, entre asesinatos y homicidios de mujeres ocurridos en Ciudad Juárez, por lo general mujeres jóvenes y pobres, desde los 10 a los 35 años de edad, torturadas, violadas y mutiladas antes de matarlas. Siempre son violadas, acompañadas por un sadismo fuera de lugar, algunas aparecen con las uñas arrancadas, desfiguradas, descuartizadas. Las cifras más recientes al respecto son las de 388, las niñas y mujeres asesinadas en el transcurso del pasado año, en 2009. Los lugares que tienen el siniestro honor en la mayoría de los cuerpos encontrados son Lote Bravo, Granjas Santa Elena, colonia La nueva Hermila, las faldas del Cerro del Cristo y el Puente Libre que une a Juárez con El Paso, Texas.

Sin embargo, esta patología social parece que comenzó en este punto de la frontera mexicana con Estados Unidos, pero que su exportación como mal se extiende a pasos agigantados por otros estados de México, donde ya hay varios de ellos donde las cifras se multiplican superando a las de Ciudad Juárez. En México, el 67% de las mujeres han sufrido algún tipo de violencia, donde el mayor problema sigue siendo la impunidad. De todas las mujeres asesinadas no existe ningún responsable, ningún acusado por una sola víctima, siempre el silencio cómplice de las autoridades. Solamente una sentencia en contra del Estado mexicano, en el juicio celebrado en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en la que se condena a México por ser responsable, por la falta de una investigación adecuada, de la muerte de tres jóvenes, Esmeralda Herrera Monreal, de 15 años; Claudia Ivette González, de 19, y Laura Berenice Ramos, de 17. Tres chicas que desaparecieron en el año 2001 en Ciudad Juárez, cuyas familias trataron de averiguar sobre su paradero y fueron a la policía para obtener información sobre las investigaciones al respecto, donde encontraron como respuesta: "Señora, vaya y búsquela usted. Pregunte a ver qué le dicen, y según lo que usted investigue, pues viene y nos lo dice".

Pero como resaltaba anteriormente, el mal se extiende y no sólo por tierras mexicanas, porque si sobrecogen las cifras de homicidios y asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, agárrense, porque en Guatemala, sólo en el 2009, fueron asesinadas 847 mujeres, y en los últimos diez años son 5.027 el número de mujeres guatemaltecas que han muerto de manera violenta, y no se trata de violencia doméstica a puerta cerrada, si no de mujeres que fueron asesinadas y torturadas en lugares públicos. El triangulo de la violencia, como describe las Naciones Unidas a la zona entre Guatemala, El Salvador y Honduras, tiene la tasa más alta de feminicidios de toda la región. El primer puesto referente a los asesinatos de mujeres, en los últimos años, recaía sobre Guatemala, pero ahora es Honduras el que recibe el indecoroso reconocimiento, seguido de El Salvador y Guatemala, que ha pasado al tercer puesto, y no porque hayan mermado los asesinatos, si no porque ha sido superada por sus otros dos vecinos.

1 comentario:

  1. La violencia contra la mujer es algo a lo que me opongo, me duele y combato en todo momento. Pero me parece que lo ocurrido en ciudad Juárez ha sido oscurecido por la política, desde la adopción del término "feminicidio" como el asesinato por razones de género, “El femicidio, parte del bagaje teórico feminista, procede tanto de las autoras Diana Russell y Jill Radford en su obra "Femicide. The politics of woman killing" como por Mary Anne Warren en 1985 en su libro "Gendercide: The Implications of Sex Selection". Ambos conceptos fueron castellanizados por la política feminista mexicana Marcela Lagarde como ‘feminicidio’, siendo adoptado este término, tras un largo debate, frente al término ‘genericidio’”( http://es.wikipedia.org/wiki/Feminicidio). Cuando se hablaba de "Las Muertas de Juárez", en el periodo que algunos informes refieren 1060 casos en 14 años (http://es.wikipedia.org/wiki/Feminicidios_en_Ciudad_Ju%C3%A1rez), han ocurrido homicidios de hombres, en la misma cantidad generalmente también jóvenes y pobres y nadie habla de los ‘muertos de Juárez’, sencillamente son ubicados en el rubro general de homicidios. Sé que existen muchísimos casos, en donde no sólo ha sido la desaparición o la aberrante forma, en que fue atacada la joven mujer y posteriormente el abandono de su cadáver en el desierto aledaño a Ciudad Juárez, sino el maltrato y las mentiras vergonzosas de todas las autoridades en los tres niveles de gobierno a los familiares que en su dolor y desespero han formado redes ciudadanas de ayuda y defensa propia, algo admirable. En este, como en otros casos, incluso en la reciente retirada del ejército de Ciudad Juárez, refleja la falla de los tres niveles de gobierno, fracaso pues del Estado mexicano. Todo lo anterior necesario es importante decirlo, pero no suplanta la necesidad de definir la naturaleza de los hechos, desde la perspectiva de la sociología criminal y la misma criminología. Sin una definición correcta de los hechos, poco se puede hacer para esclarecerlos. Sé que decir lo anterior es "políticamente incorrecto" pues el denominado "feminicidio" se ha convertido en el sancto sanctorum de muchas personas, que han hecho de esta tragedia, el medio para fijar diversas agendas políticas, pero no el esclarecimiento histórico y jurídico de los terribles actos cometidos contra estas mujeres y sus familias. Hay que empezar desde el principio, desde la definición de la naturaleza de los hechos, sin rostro o bandería política.

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