domingo, 4 de abril de 2010

Dios avergonzado


La primavera entró sin llamar y se ha instalado por estas tierras que llora y festeja la crucifixión de Jesús como si las dos cosas fueran una sola, una fiesta pagana en el nombre de Dios que muestra la idiosincrasia de este pueblo mío, nuestro, que para muchos tiene un pelín a regusto cínico, esquizofrénico, y para otros un agrio sabor a racismo. Para unos porque se contradicen las dos emociones que salen juntas y cogidas de la mano a pasear en la Semana Santa andaluza, con el dolor por el crucificado y con la alegría de recibir a la primavera con los brazos abiertos, ésta especialmente después de un invierno lluvioso como no se recordaba, también para otros muchos que nos visitan queda el rechazo que les producen los capirotes, los nazarenos al estilo del Ku-klux-klan, claro que habría que recordarles que la tradición viene de la inquisición, era de esta guisa cómo iban los penitentes a morir en el nombre de Dios, aunque no sabe uno por cual de las dos posibilidades se sentiría Dios más avergonzado, si por el ku-klux-klan o por la "santa inquisición".

A este servidor de ustedes no le preocupa mucho lo que Dios pensaría al respecto, está claro que el altísimo dejó de tomar en cuenta tanta perversión y abuso como se lleva a cabo aquí abajo y en su nombre, me preocupa más mi conciencia y el dolor por las víctimas que producen "los gobernantes de Dios" que la indiferencia que muestra el rey del cielo por los abusos de sus ministros eclasiásticos. Uno, siempre respetuosamente, trata de dejar a un lado en lo que no cree y dedicarme a lo mío, que son otras cuestiones mundanas y mortales, pero que el casillero de mis sentimientos donde se guardan las creencias religiosas esté vacío no quita que en el del respeto reine la tolerancia por el que sí tiene creencias en ese sentido. Por eso quizás a mí no me parezca tanta contradicción que en Semana Santa los andaluces salgamos a la calle en masa, con nuestros mejores ropajes, como una fiesta que es. Las calles se visten de colorido, de alegría, de paseo y de tristeza pasajera, de representación teatral, de pasos engalanados mostrando pasajes de la crucifixión del hijo de Dios, con el chirriar del suelo por la cera derramada de los cirios quemados y oliendo a agua de colonia de marca, a incienso y a azahar de los naranjos en flor sembrados en las aceras de la ciudad cordobesa.

No soy muy amigo de las aglomeraciones, así que siempre trato de rodear los tumultos al paso de las hermandades con sus tronos y buscar otras alternativas para pasear. Ayer por la tarde fui a visitar a mi amigo Placido, a su bar de la Plaza de la Corredera, estaba feliz, claro que por estos días hay pocos hosteleros de Córdoba que no estén contentos con la avalancha de turistas que visitan la ciudad. Me senté en su terraza, al solecito y a la suave brisa que corría, y me tomé un cafecito que me supo a gloria, malos días los escogidos por el Mesías para morir en la cruz, en unos días así sólo se puede pensar en disfrutar de la vida.

No me pregunten porqué, a veces nos viene a la memoria asuntos o personas que nada tienen que ver con lo que uno está haciendo en ese preciso momento, talvez sería porque Curro, como le llamábamos, era cliente asiduo del bar y aunque hacía muchos meses que no lo veía, desde que se trasladó a la nueva residencia, lo eché en falta. A la primera oportunidad que tuve, cuando Placido pasó con bandeja en mano cerca de donde yo estaba sentado, le pregunté por él. -¿Y Curro, hace tiempo que no le veo, cómo le va?- le pregunté mientras trataba de esquivar los rayos de sol que salían por detrás de su cabeza como un aura, como si fuese el mismísimo Mesías. -¿Curro? Murió hace unos meses- me respondió sin parar de realizar su trabajo y mostrando la sensación de haber superado su pérdida hace ya algún tiempo. No lo esperaba, no es que uno piense que los hay inmortales, no, sólo que de las buenas personas nos cuesta mucho más aceptar su perdida, que se fueron para siempre.

Curro había nacido en el año 1933, tendría por tanto 77 años, una edad para no sorprenderse, pero uno se había hecho cómplice de sus deseos y me quedé con la sensación de que la vida no fue justa con él, ni la vida ni Dios, soy de los que piensan que de esta vida nadie nos vamos sin rendir cuentas, pero se ve que en el caso de Curro no fue así. Cuando comenzó a visitar el bar de Placido sería por el 2003, aproximadamente, cuando se vino a la residencia para ancianos de Regina, todas las mañanas iba a tomarse un café y si le invitaban una copita de anís detrás también se la tomaba. Siempre llevaba simpatía, agradable al trato y respetuoso con todos. Un hombre menudo, sencillo, que cuando estaba escribiendo mi primera novela, De Par en Par, me enseñó y descubrí que se trataba de un gran hombre, con unas vivencias duras, pero que lejos de haberle marcado una personalidad agria la vida lo forjó tolerante y rebosante de humanidad.

Recuerdo que fue él quien se ofreció a que contara su vida, comentaba con Placido el contenido de lo que estaba escribiendo y Curro me dijo -¿por qué no cuentas mi historia?- y cuando me dejó entrever lo que había vivido no lo dudé, la pena fue que no se merecía sólo parte del capítulo XI, como le dediqué, si no todo un libro. La infancia de Curro transcurrió en un orfanato, en el hospicio de Córdoba, huérfano de víctimas de la guerra civil española, y aunque nada tiene que ver con los abusos y casos de pederastia que hoy salen a la luz pública en un estallido y a borbotones de curas pedófilos, sí tiene relación con los abusos que él me contó, en este caso de monjas, incluidos las relaciones con una de ellas, perteneciente a las congregación de San Vicente de Paul, las que regentaban el internado. Los abusos sexuales con los menores internados no parecen que fueran casos aislados si no que en más de una ocasión las "hermanitas" se quedaron embarazadas de adolescentes que se quedaban internos hasta su marcha al servicio militar, para después tener que abortar y evitar el escándalo, el propio Curro me contó que tuvo relaciones sexuales con una de las monjas en su adolescencia.

Supongo que Dios debe de estar avergonzado, de tanta perversión como cubre a su iglesia, Ya sabemos que no es nada nuevo, pero de un tiempo a esta parte los casos con nombre y apellidos salen a las páginas de los periódicos por cientos, por todos los puntos cardinales. De curas y de monjas, desde los niños del coro del que es responsable el mismísimo hermano del Papa, hasta los abusos a menores en un colegio para discapacitados que regentaban las monjas de la Orden de las Hermanas de la Caridad, en Austria. En Irlanda, en Alemania, España, Estados Unidos, México, Chile... por todos los rincones y las instituciones de esta rancia secta religiosa los abusos son generalizados. La perversión no parece que sea un problema de unos pocos si no que se trata del condicionante principal de estos ministros de Dios. El propio Papa parece estar ahora contra las cuerdas, ya iba siendo hora de que no solo a Dios les rindieran cuentas, también las leyes de los hombres miden la honestidad y decencia de los abusadores contra los indefensos, en este caso los niños y niñas, que se preguntan si eso que le obligan a realizar no es pecado, dejándoles un problema psicológico como pago de sus acciones miserables. Tres ciudadanos estadounidenses están tramitando una denuncia, desde Kentucky, Estados Unidos, contra el santo padre, por ocultación y complicidad del delito, por callar y ocultar, por esconder a pederastas ante el escándalo cuando él era el responsable de estos asuntos. Los abogados del Vaticano se apresuran en preparar la defensa del sucesor de Pedro, alegando que el Papa es un jefe de estado de un país soberano y por tanto tiene inmunidad diplomática, y uno se pregunta, ¿y la dignidad, responsabilidad y complicidad de abusos sexuales a menores, acaso esto puede tener inmunidad? Acaso Dios no estaría avergonzado por mucha inmunidad política que se tenga en su nombre. A veces pienso que Andalucía somos un pueblo inteligente, por tomar la crucifixión de Cristo como nos la tomamos y de la manera que la expresamos, porque la iglesia no es más que un circo, donde las fieras quedan impunes atacando a sus víctimas en el nombre de Dios.

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