sábado, 13 de marzo de 2010

De la fidelidad canina y nuestra despiadada ingratitud


"El atardecer de aquel día de febrero era relativamente frío, en Andalucía tenemos un refrán que dice cómo se porta este segundo mes del año en cuestión de temperatura, "en febrero busca la sombra el perro y el marrano el aguadero, y no a lo último si no a lo primero", lo que señala claramente que en estos primeros días del mes las temperaturas suelen ser atípicas para formar parte del invierno. Había dado fin a la jornada laboral y seguía la dirección de mi casa, como cada tarde, pero algo diferente sucedería para agradecer a la providencia, no soy creyente religioso pero sí creo en lo que la fortuna nos deja ante nuestra elección, para que decidamos con nuestras actitudes. Al pasar por delante de la casa de mi amiga Queti la vi que conversaba junto a otra mujer y varios niños, me acerqué hacia ella con la intención de saludarla, sólo de paso, no pensaba detenerme, y al hacerlo me llamó la atención el cachorro canino que sujetaba entre sus brazos. -¡Hola Queti!- le dije, al tiempo que caminaba. -¡Hola Antonio!- me respondió mientras acariciaba al cachorro- ¡ven, mira que cosa más tierna!


Me acerqué hacia donde estaban y efectivamente era todo ternura, un cachorro de no más de dos meses, color canela y con los ojos claros, que tiritaba de miedo, no de frío, era el miedo lo que la atenazaba y lo que le hacía babear. -¿Qué le pasa, por qué tiembla, tiene frío?- pregunté. ¡No! Lo que tiene es miedo- respondió la mujer que acompañaba a Queti. Aquella mujer colaboraba con una asociación de animales maltratados y esperaba a una vecina para ofrecerle a Lana en acogida, había sufrido malos tratos por parte de un cazador dueño de una reala para cazar y como no encontró en ella las condiciones para la cacería la dejó días sin comer y acabó por abandonarla. No tardé en reaccionar, me ofrecí a ello y le dije que a mí no me importaría hacerme cargo de ella. Así que se la quité de los brazos a Quetí y continué con Lana el camino hacia mi casa. Cuando llegamos la dejé en el suelo y nada más hacerlo rápidamente buscó un refugio debajo de un sillón, de donde no salió hasta cerca de las dos horas, para acercarse a la mesa camilla, al calor del bracero eléctrico. Allí se quedó sobre un cojín que le puse, junto al agua y algo de comida, hasta el día siguiente que nos fuimos al amanecer hacia el trabajo.

Donde trabajo, en mi taller de restauración, comparto patio con otros dos talleres de platería, y allí encontró, además de espacio al aire libre, el cariño de casi todos los trabajadores compañeros que le daban juego y caricias, a cambio ella nos correspondía regalándonos cada día su amistad y agradecimiento en forma de alegría. Digo de casi todos porque también allí encontró a su peor enemigo. En ocasiones uno piensa que nuestro sino está marcado desde antes de nacer, y que tarde o temprano acabamos por sucumbir ante lo que la vida nos tiene preparado, porque si un cazador le dio mala vida al poco tiempo de nacer, otro asesino de animales acabó con su existencia como parte de su maldición.

Lana estuvo con nosotros tres años, el tiempo suficiente como para darnos cuenta del agradecimiento y fidelidad que demuestran los animales a cambio de nada, desinteresadamente, los perros no sólo son nuestros mejores amigos si no que también llegan a formar parte de nuestra familia, como un miembro más. El asesino de Lana es un cazador despiadado, como todos los cazadores, porque no concibo que alguien mate animales por puro placer, son sicópatas en potencia que desprecian la vida de cualquier ser vivo. Una cosa es la supervivencia del ser humano y otra bien distinta es saciar el instinto depredador para alimentar la prepotencia más miserable.

Este asesino de animales llegó una mañana con un cachorro de varias semanas, y aunque Lana tenía buen carácter, con las personas y con otros perros, con aquel bretón no parecía querer cuentas, no era por celos pues otros perros también estuvieron en el patio ocasionalmente y siempre fue amigable el encuentro, pero parece que el olor a su raza no le traería buenos recuerdos de cuando vivió sus peores momentos, hasta entonces, en la reala en que la maltrataron , y siempre rehuía de él cuando se le acercaba. Esta actitud por parte de Lana no gustó en nada a su asesino, quien comenzó a darle golpes, a pegarle cada vez que Lana gruñía, tratando de evitar la presencia del bretón. Ante esta actitud le reproché que no lo hiciera más y su respuesta fue la de cualquier matón de barrio, amenazándome con golpear a Lana cada vez que le viniera en gana y no sólo a ella, también a mí.

Yo soy un hombre pacífico, nunca usé la violencia ni nunca me vi envuelto en ella, siempre la evité, pero mi reproche fue la excusa para imponer su supremacía chulesca matando a Lana. A los dos días de aquella discusión Lana comenzó a vomitar y a no comer, primero pensé que se había purgado, de tarde en tarde comía algunas hierbas para limpiarse y provocar el vómito, pero pasaban los días y me decidí a llevarla al veterinario. Éste me dijo que tenía síntomas de envenenamiento, que algo había comido que le había dañado el estomago. La cuidé durante una semana a base de yogur y un jarabe que me recomendó el veterinario y comenzó a comer de nuevo. Pero a los dos días siguientes la vi que salía de uno de los otros talleres con un mendrugo de pan en la boca, al rato de habérselo comido comenzó a vomitar de nuevo y nunca más volvió a comer. Murió de inanición, de debilidad por no poder comer ni beber. Fueron unos días terribles viendo cómo sufría la pobre Lana, con el estomago destrozado por el veneno, ajena a la maldad de los humanos que ella creía sus amigos. Todos los que trabajamos allí somos concientes de que fue envenenada por este asesino de animales, que no sólo mató por rabia, por venganza, si no que nos robó a los demás el derecho de poder continuar disfrutando de la amistad que nos ofrecía la perrita".

Había decidido no escribir esta historia sobre el triste final de Lana, quería olvidarme de este episodio desagradable lo antes posible, por el dolor que me causa el recuerdo de sus últimos días, llena de tristeza y sufrimiento su mirada. Quiero eliminar de mi recuerdo sus últimos momentos y conservar sólo su alegría, pero es inútil, cada vez que abro la puerta del patio del taller la recuerdo saltando, haciéndome fiestas y jugando a mi alrededor, entonces me embarga la tristeza. Este mal no ha provocado en mí venganza alguna, sólo dolor, pena, no denuncié el asunto porque estas maldades humanas nunca dejan pruebas evidentes que les puedan culpar a los malhechores. Se sabe del delito pero rara vez del delincuente, como la noticia que me animó a escribir sobre Lana, la pasada en esta semana en Vitoria, donde más de una docena de dueños de perros han denunciado el hallazgo de veneno en forma de comida en un parque público, donde van a pasear a los caninos. Una actitud deleznable y despiadada del ser humano que nos aleja del verdadero desinterés con el que ellos se nos ofrecen.

Como muestra está el caso del perro Canelo, de Cádiz, que estuvo quince años esperando en la puerta del hospital a que saliera por ella su cuidador, un hombre que padecía una enfermedad renal, y uno de tantos días que acudió al hospital murió en él, pero Canelo esperó fielmente día tras día durante quince años a que saliera por aquella puerta. Sólo la abandonó cuando el infortunio lo visitó y fue arrollado por un automóvil cuando cruzaba por el paso de peatones frente a la entrada del hospital. Como agradecimiento a su fidelidad, el pueblo de Cádiz, su ayuntamiento, le dedicó una calle con su nombre, como a los nombres ilustres, con todos los honores, como ejemplo de lo que los humanos deberíamos de hacer por ellos.

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2 comentarios:

  1. Pues que decirte Antonio una vez mas tu publicación me ha llegado, y pues te diré que mi primera reacción fue el llanto, por dos razones... la primera por la tristeza de la muerte de Lana, se lo importante que es un amig@ canino para nosotros.. (bueno los que verdaderamente valoramos la vida de los animales, y que agradecemos por su compañía y cariño sin medida).. pero la otra razón de mi llanto fue de rabia.. si porque existe en el mundo gente tan mala, gente sin corazón.. sin respeto por la vida a los seres humanos.. gente así simplemente merece dejar de existir en este mundo, si no corrigen sus errores...

    pero bueno creo que al final lo mas importante es valorar esa fidelidad del animal hacia nosotros.. es crear conciencia en las personas del trato justo y cariñoso que se les debe de dar a la mascota, al amigo. al compañero fiel.. aquel que esta con nosotros en las buenas y las mala.. y nos quiere y valora igual siempre...

    recientemente vi una película que se llama "siempre a tu lado" cuyo protagonista en Richard Guire y un bello ejemplar de can... te la recomiendo mucho, va muy relacionada a tu publicación.. saludes cariñosos desde Nicaragua.. :-D

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