domingo, 10 de enero de 2010

Traficantes de altruismo


Eran tiempos duros los que estaba pasando, sin trabajo y sin perspectivas económicas de futuro. Aquella mañana llegué a las oficinas de la Consejería de Asuntos Sociales casi a la par de abrir las puertas al público y ya había una larga cola de personas que se disponían a solícitar ayudas sociales del gobierno autónomo andaluz. Los Juegos Olímpicos de Barcelona se preparaban para dar el pistoletazo de salida y en Sevilla, a poco más de 100 Km. de mi ciudad, la Exposición Universal mostraba al mundo un país moderno, dinámico y con un futuro mucho más esperanzador y halagüeño que el mío. Estaba claro que no todo era dinamismo en aquel país que se trataba de vender al exterior, claro que "al burro hay que ponerlo lo más inteligente posible para venderlo", si no, ¿que comprador, o inversor, se atrevería?

La gente continuaba llegando con la misma intención, la de solicitar ayudas económicas, a aquellas oficinas especialmente instaladas para tal función, la de atender a tantos desempleados y necesitados por aquellos días. Los rostros de la mayoría de los solicitantes lo decían todo, era la expresión de la necesidad, de la desesperanza, la de los padres y madres que no sabían con qué alimentar a sus hijos aquel día de primavera. Cada vez que alguien llegaba se ponía en funcionamiento la misma pregunta, ¿quién es el último? E idéntica respuesta por parte del aludido, ¡Yo! Así una y otra vez. Mientras tanto el silencio se instalaba entre miradas perdidas de los presentes y el movimiento de papeles sellados en el mostrador de recogida de documentos.

Aquel hombre grueso, obeso, con bigote y portapapeles, entró con voz decisiva, ¿el último? Preguntó, y después de obtener respuesta de turno se acercó hacia donde yo me situaba desde hacía ya un buen rato. Al contrario que los demás, su mirada parecía impaciente, como queriendo examinar todo lo que mostraba aquella aglomeración de necesitados, entre los que yo me situaba, al igual que él mismo. El hombre se mostraba inquieto, intranquilo, y como si me conociera de tiempo atrás comenzó a expresar comentarios impropios y nada agradables: "no esperaba que hubiera tanta gente esperando", "quizás mejor venir otro día... con las cosas que tengo que hacer", "tanta gente pidiendo en lugar de estar buscando trabajo por hay... parásitos". En voz baja estuvo profiriendo sandeces en contra de todos cuantos allí nos encontrábamos. No sé porqué razón fue a mí al que se dirigía, y no a otro, quizás lo hacía pensando que yo no pertenecía a aquel grupo de excluidos desempleados que demandaban ayuda, cuando él se suponía que estaba allí por la misma razón que los demás.

Pasó el tiempo y a mí se me olvidó aquel desagradable y casual encuentro con aquel tipo grueso, que tenía pinta de no haber doblado la espalda desde muchos años atrás. No recuerdo con exactitud si fue al día siguiente o varios días después cuando encontré en los anuncios del diario local una oferta de trabajo, se trataba de una asociación de minusválidos que demandaba personal, comerciales, y no perdí el tiempo en llamar. Me dieron cita para el día siguiente y me personé en las dependencias a la hora acordada. La tarde era calurosa, la recuerdo muy bien, y era a las 4 cuando tenía concertada la entrevista para el empleo. Fue una grata sorpresa porque, quien me esperaba era una vieja amiga de la adolescencia, no me imaginaba que se dedicara a aquellos menesteres sociales, yo la recordaba vendiendo seguros y empleos por el estilo. El empleo era mío, era una asociación que vendía productos por los pueblos de la provincia, puerta por puerta, y de cada producto vendido me llevaba una comisión, el 40%, ambientadores, almanaques, imágenes religiosas, llaveros... No parecía nada agradable patear cada calle, hiciera sol o lloviera a cantaros, para vender como mínimo 35 de aquellos productos que cada día nos daban a la llegada al pueblo de turno, nos asignaban una zona y nos reuníamos a una hora determinada de la tarde para regresar a la ciudad. No era el empleo más apetitoso pero mi situación no me dejaba otra opción que la de aceptar.

Con los días aquel empleo se convirtió en un infierno. Lo que se ganaba era mínimo y además había que descontarle los gastos del almuerzo, por lo que muchos días trabajaba sólo por la comida, y más aún cuando fui descubriendo que aquella asociación era una farza que se aprovechaba de los discapacitados físicos, psíquicos y sensoriales, para enriquecerse con el altruismo de las buenas personas que compraban aquellos productos, sólo por la creencia de que ayudaba a otros necesitados. La sede nacional de aquella asociación estaba en Mislata, un pueblo de Valencia, y se trataba de una asociación creada por un avispado sin escrúpulos, que en su nombre había creado grupos por todo el país y a todos les proporcionaba aquellos productos, vendiéndoselos a un precio determinado, luego el responsable de cada grupo nacional se quedaba con otro tanto por ciento y el restante para el vendedor. Para los minusválidos sólo se destinaba una aportación minima, una vez al año el creador del negocio sufragaba los gastos de una excursión a un grupo de niños discapacitados en Valencia.

Sin duda se trataba de un negocio redondo, apoyado en la beneficencia, el altruismo de las personas y el vacío legal que la justicia ofrecía en ese tema. No obstante, no les parecería suficiente trafico de buenas conciencias, al que aquella amiga de la adolescencia parecía haberse entregado sin escrúpulos, que al poco tiempo puso en práctica otra idea importada también de la misma asociación fraudulenta, se trataba del comercio de ropa usada. Por aquel entonces el novio de Matilde, así se llamaba mi amiga, era un holandés instalado en Marbella, había puesto una boutique de ropa cara en Puerto Banus y no parecía ser un negocio rentable, por lo que se hizo cargo de la ropa de segunda mano y se olvidó del glamour marbellí. El holandés me llamó un día y me ofreció trabajar para él en el nuevo negocio, invitación que acepté por el sólo hecho de escaparme de aquella mala conciencia que me creaba la venta de los falsos "productos benéficos". Pero pronto descubrí que aquel nuevo negocio era más de lo mismo y que se cimentaba en el engaño, en el altruismo y generosidad de las personas, que entregaban sus ropas y zapatos usados creyendo que en otro lugar del mundo serviría para cubrir las necesidades de otros más pobres. No tardé mucho tiempo en abandonar y rechazar aquel trabajo de la recogida de ropa usada, la gota que colmó el vaso fue el día que acudí con el holandés a una nave en un polígono industrial de la ciudad, donde se almacenaba toda la ropa recogida, los trabajadores eran todos emigrantes, probablemente sin dar de alta en la seguridad social, sin documentación en regla y seguramente con sueldos míseros, el encargado sí parecía español, y en lo alto, como en un altillo acristalado desde donde todo se divisaba, se dejaba entrever un tipo grueso con bigote, era el mismo que encontré aquella mañana de primavera en las oficinas de asuntos sociales. Era el dueño de todo aquel entramado que no sólo abusaba del altruismo de los demás y de los emigrantes sin derechos, si no que además era tan miserable que acudía como otro excluido más para aprovecharse de las ayudas a los necesitados en desempleo.

El negocio creado en todo el mundo con las prendas de vestir usadas es uno de los más rentables. Lo que en los países desarrollados o industrializados desechamos se destina a los países más pobres del planeta, que ven cómo, aún siendo usada, no les queda más remedio que comprarla a precios que cuestan varias jornadas de trabajo para adquirirlas, mientras los usureros traficantes se hacen de oro negociando con la beneficencia. Paradójicamente, la mayoría de esas prendas usadas que se venden en el tercer mundo se fabricaron varias temporadas atrás en los mismos lugares, donde las grandes compañías multinacionales fabrican a bajo precio, con sueldos irrisorios, y una vez que ganaron con su venta en el primer mundo lo recogen otros usureros y se los venden ya usados a precios casi como ellos mismos lo fabricaron. Doble abuso, doble injusticia.

1 comentario:

  1. maestro,gracias por sus palabras y su voto!lei lo que escribiste...y fue como un relampago,que anuncia el trueno ver reflejada mi ciudad,mi pais,en tu relato...lo que me lleva a pensar:sera que el mundo acabara con solo dos estratos sociales?percibo que hacie ahi vamos!
    un abrazo amigo
    buen trabajo como todos!
    lidia-la escriba
    http://www.deloquenosehabla.blogspot.com

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