sábado, 29 de agosto de 2009

Trece rosas, trece mujeres, trece vidas


"Roux, Cardinal y el pálido habían comido opíparamente en el Ritz y se sentían alegres (...). Una hora antes les había llegado la orden de elegir a quince mujeres, preferentemente menores de edad, para conducirlas a juicio. Ya en comisaría, una señora, que se sentía agradecida porque habían liberado a su hija, le regaló al Pálido un ramo de rosas. Eran quince... El Pálido lo cogió y, mirando a Cardinal y a Roux, dijo: "Señores, ha llegado el momento de decidir quiénes van a ser las quince de la mala hora. Bastará con ponerle un nombre a cada una de las rosas... Empezaré yo', dijo tomando una flor. 'Y bien, esta rosa de pasión se va a llamar Luisa. No conseguí que esa bastarda pronunciara una sola palabra en los interrogatorios. Por poco me vuelvo loco'. 'Y ésta, Pilar', dijo Cardinal. 'Y ésta se va a llamar Virtudes', susurró el Pálido con precipitación. 'Y ésta, Carmen', dijo Cardinal. 'Lo merece más que nadie. Nunca me miró bien esa condenada'. 'Y ésta, Martina', anunció Roux. 'Está siempre ausente. Seguro que ni siquiera se va a dar cuenta de que a muerto". Esta posibilidad literaria, novelada, bien podrían ser los diálogos reales de como sucedieron los hechos, para llevar a las Trece Rosas a la ejecución, ante las tapias del cementerio del Este, en Madrid, el 5 de agosto de 1939. Éste es un extracto sacado del libro Las Trece Rosas, de Jesús Ferrero. En este relato de ficción, el escritor, le dedica un capítulo a cada una de las muchachas fusiladas en la posguerra civil española. Uno de los episodios más conmovedores de aquel tiempo de odio fratricida y fascismo. La mitad de las trece mujeres, junto a los 43 hombres, que fueron ejecutados aquel día, eran menores de edad, entonces establecida en los 21 años. Fue por eso, por lo que comenzaron a llamarle las trece rosas, por su juventud.

Ana López Gallego, Victoria Muñoz García, Martina Barroso García, Virtudes Gonzáles García, Luisa Rodríguez de la Fuente, Elena Gil Olaya, Dionisia Manzanero Sala, Joaquina López Laffite, Carmen Barrero Aguado, Pilar Bueno Ibáñez, Blanca Brisac Vázquez, Adelina García Casillas y Julia Conesa Conesa. Así se llamaban y eran modistas, sastras, amas de casa, pianistas, todas militantes de la JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) menos una, Blanca Brisac. Una respuesta del régimen franquista por los asesinatos del comandante de la Guardia Civil, Isaac Gabaldón, su hija y su chófer, el día 27 del mes anterior. Aún así, no fue más que un detalle vengativo, Franco se había propuesto acabar con todos los no fascistas de este país, no sólo comunistas y socialistas, de igual modo con los liberales y con todos los que de alguna manera el recuerdo los relacionara con la convivencia en una España libre. La JSU nació de la unión de dos organizaciones progresistas, en marzo de 1936, entre la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas. Sin embargo, en 1939 la organización estaba prácticamente deshecha, sus líderes encarcelados y sólo contaban con el coraje de sus miembros y las ganas de luchar por la libertad y la República. De todas maneras, la JSU representaba un autentico peligro para los intereses del dictador, eran jóvenes en su mayoría y eso significaba un futuro de oposición y una constante de problemas para el régimen fascista, Franco tenía claro que tenía que hacerla desaparecer de raíz.

Habían pasado cuatro meses desde que terminó la Guerra Civil y Madrid, como el resto del país, era un inmenso decorado destruido, en ruinas, triste y desolador, de hambre, miseria y opresión. El nuevo régimen fascista limpiaba cada rincón, cada ciudad, cada pueblo, cada calle y cada casa; los delatores y espías servidores de los vencedores estaban en cualquier parte y posición, las denuncias de vecinos, familiares y amigos eran constantes y los procesos de depuración en la Administración, en la Universidad, en las empresas... Mientras tanto el dictador advertía en sus discursos voceando en las radios de Madrid: "Juro aplastar y hundir a quien se interponga en nuestro camino", Franco tenía claro que la barbarie no había dado fin con el final de la contienda, quedaba la parte más importante de su plan fascista, aniquilar a cientos de miles, a millones de españoles quizás, fusilados en las tapias de los cementerios, en las afueras de los pueblos, en los caminos... "Españoles, alerta. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España, con el favor de Dios, sigue en marcha, una, grande, libre, hacia su irrenunciable destino". Según Pedro Montoliú, en su libro Madrid en la posguerra, 1939-1946. Los años de la represión: "Los peores meses fueron junio, con 227 fusilados; julio, con 193; septiembre, con 106; octubre, con 123, y noviembre, con 201. Por días, los más sangrientos fueron el 14 de junio: 80 fusilados; 24 de junio, 102; 24 de julio, 48; 5 de agosto, 56..." Ese día fueron fusiladas las Trece Rosas, entre 18 y 23 años, que habían intentado reconstruir la JSU en la clandestinidad.

Uno de los mejores conocedores de este episodio, si no el mejor, el periodista Carlos Fonseca, y en su libro Trece rosas rojas, puso al descubierto los testimonios de reclusas que por aquellos días estaban encarceladas en la prisión de Ventas, de Madrid, de familiares, detalles del sumario, experiencias relacionadas directamente con el fusilamiento de aquellas jóvenes. Pero no sólo Fonseca, también otros publicaron trabajos al respecto: Dulce Chacón, Jorge Semprún...; largometrajes y documentales como Que mi nombre no se borre de la historia; incluso su historia fue llevada a escena por la Compañía de Danzas y teatro Arrieritos. Algunos de esos testimonios que quedaron recogidos en distintos trabajos nos dejan la piel de gallina, se nos eriza, y el alma se nos desmorona por los suelos. "Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas" (María del Pilar Parra). "Algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: ¿es que a mí no me matan?" (Mari Carmen Cuesta). "Si fue terrible perderlas, verlas salir, tener que soportarlo con aquella impotencia, más lo fue ver la sangre fría de Teresa Igual relatando cómo habían caído. Entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres (con sus maridos y sus novios, también condenados) antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados" (Carmen Machado).

Para finalizar este recuerdo, cuando ya han pasado algunos días desde el homenaje dedicado a las Trece Rosas, al cumplirse los 70 años del horrible asesinato, cruel y despiadado, dejaré dos cartas, las últimas palabras la noche antes de ser fusiladas y que iban dirigidas a sus seres queridos. Las primeras palabras son de Julia Conesa, de 19 años, dicen así: "Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar... Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia".
La otra misiva es la dirigida a su hijo Enrique por Blanca Brisac, en la que le dice: "Voy a morir con la cabeza alta... Sólo te pido que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor... Enrique, que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la cimentaron a mí... Hijo, hijo, hasta la eternidad...".





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martes, 25 de agosto de 2009

La leyenda de la cacica infiel


La avaricia y la ambición desmedida del ser humano nos ha llevado a protagonizar a los de nuestra especie los episodios más impresionantes que se puedan imaginar, escritos en las páginas de la historia están reflejadas aventuras increíbles, casi de ciencia ficción, pero que en un principio se apoyaron en argumentos casi infantiles, para acabar en el mayor de los mitos y rodeados de leyendas grandiosas. Sin lugar a dudas es el ser humano el único capaz de crear, prácticamente de la nada, una enorme espiral fantasiosa y elevarla a lo inimaginable, por el deseo y la necesidad de alimentar su egolatría, su avaricia, la ambición de poder que le sitúe por encima de cualquiera, de reyes y de dioses, de sabios y de genios. El oro es el símbolo de ese poder, de cualquier poder, en todas las culturas el metal amarillo, de una u otra manera, ha servido para exhibir una supremacía subyugante con el único fin de dominar a los pueblos, era el símbolo de preponderancia, que no necesitaba de otros condicionantes; por sí solo el oro era sinónimo de grandeza y a cuanto más brillo más poderío.

Una de las épocas de la historia en la que la ambición dispuso de mayor desenfreno y donde un mayor espacio se encontraba disponible, repleto de posibilidades para conseguir saciar la avaricia humana, fue la colonización del continente americano. Las nuevas tierras se prestaban a la fantasía como ninguna otra conocida, precisamente por ese motivo, por el desconocimiento de un continente inmenso, donde el ansia devoradora de muchos los llevó a dejar sus vidas en busca de un tesoro, una mina de oro o un hallazgo único y de valor inigualable e incalculable. Cualquier sueño es posible en una tierra virgen, repleta de riquezas y completa por descubrir. Es lo que hizo a muchos colonizadores arriesgarse a la aventura del nuevo continente, la posibilidad de encontrar el tesoro que los pudiera convertir en el hombre más poderoso de la tierra conocida hasta entonces.

El oro continúa siendo el metal símbolo del poder, pero quizás, y desde esa época, la definición más usada sea la de El Dorado. Ha pasado a convertirse en la manera de definir cualquier relación con el poder, la ambición, y por supuesto con la avaricia. Decir El Dorado es decir el sueño de grandeza que cada cual llevamos dentro, como parte misma de nuestra existencia, de nuestro ser, la necesidad de poder va con cada uno de nosotros y a todos nos gustaría encontrar El Dorado en forma de lotería, de herencia o de negocio fructífero. El Dorado es nuestro sueño, nuestra esperanza de no tener que levantarnos temprano nunca más para acudir al trabajo, de poder vivir en la casa que siempre deseamos, con todas las comodidades, de satisfacer los deseos y necesidades de familiares, amigos, paliar el hambre en el mundo, las enfermedades... El Dorado lo es todo, la llave para dar rienda suelta a nuestros deseos y que nuestras esperanzas queden complacidas y satisfechas. Me atrevería a decir que no existe confusión alguna relativa al significado de El Dorado, aunque no tanto así a lo que se atribuye la definición.

Para la mayoría continúa siendo una ciudad perdida, envuelta en leyendas fantasiosas y que aún está por descubrir, tipo a los templos malditos o las ciudades de ficción que Indiana Jones acostumbra a descubrir y en las que siempre encuentra el tesoro, la joya, o el símbolo que representa a El Dorado. Pero nada más lejos de la realidad, ninguna relación tiene con esas fantasías míticas de otros mundos casi imposibles, pertenecientes más a la imaginación del ser humano que a la realidad de cualquier otro tiempo pasado.

No obstante, como todas las leyendas, ésta tiene su punto de partida y, como apuntaba al principio, lo que empezó como ofrenda para después convertirse en ritual, acabó en uno de los mayores mitos que la historia del ser humano conoce. No fueron pocas las vidas que se cobró El Dorado, ni tampoco las expediciones que se emprendieron con la esperanza de encontrarlo y que a la postre sirvieron para dar con otros descubrimientos, nuevas tierras y nuevos pueblos. Al principio lo buscaron por los Andes, cerca de Colombia, pero al no encontrar nada de lo que buscaban pusieron sus puntos de mira en otros lugares. En 1535 partieron dos expediciones en busca de lo que se pensó, se imaginó, que sería una ciudad repleta de oro, donde el valor que se le daba por los indígenas no era el mismo que le otorgaban los colonizadores recién llegados, la fantasía se desbordaba y los datos se diversificaban y se convertían en fantasiosas, alimentadas por la imaginación de quienes desconocían la realidad y la soñaban de proporciones descomunales.

Por un lado fue Sebastián de Belalcázar, conquistador español que había viajado con Colón y Francisco Pizarro, el que lo buscó por el sur-occidente de Colombia; el mismo año fue Nicolás Federmann, explorador y cronista alemán que participó en la conquista española de Venezuela y Colombia, el que encabezó otra expedición pero sin ningún resultado positivo. Un año más tarde fue Gonzalo Jiménez de Quesada el que decidió ir en su busca, después de haber derrotado a los muiscas y haber declarado a Bogotá como capital del Nuevo Reino de Granada, como se atrevió a llamar a las nuevas tierras conquistadas; pero al igual que sus predecesores su búsqueda fue infructuosa, lo único que encontró fue que Belalcázar y Federmann también reclamaban las mismas tierras que él, a los que tuvo que convencer para regresar a España y solucionar el asunto. Pero de todas las aventuras expeditivas en busca de El Dorado, quizás la de Francisco de Orellana y Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, fue la más famosa, en 1541, que acabó en un desastroso viaje por el Amazonas. Después de dividirse en dos grupos, Gonzalo Pizarro y sus hombres regresaron a Quito y Orellana continuó la expedición que descubrió y dio nombre al río Amazonas, pero por supuesto de El Dorado no encontró ni un solo brillo. Al igual que tantas otras expediciones a lo largo de los años posteriores y en distintos siglos.

Pero el mito de El Dorado había comenzado años atrás, en 1530, en los Andes de lo que hoy es Colombia, en la tierra de los muiscas, donde Jiménez de Quesada los encontró por primera vez. En un lugar conocido como el Altiplano Cundiboyacense. La historia y costumbres de los rituales muiscas se mezclaron con otros rumores fantasiosos, en Quito y por los hombres Belalcázar, donde dieron pie a la leyenda de El Dorado, "el hombre dorado", "el rey dorado", terminando por imaginar una ciudad, un reino de oro. La narración original de este ritual muisca está recogida en El Carnero, obra impresionante de Juan Rodríguez Freyle, en 1636.

Esta versión se la dedicó a su amigo Don Juan, el cacique gobernante de Guatavita, y dice así: " coronada de indios y encendida por toda la circunferencia... en aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían... A este tiempo estaba toda la laguna, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas... Desnudaban al heredero (...) y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos... Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas... Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita... Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe."

Esta narración de Rodríguez Freyle, dio motivo a que incluso se llegara a intentar desaguar la laguna abriendo un canal, cosa que se llevó a cabo años más tarde, pero el oro que se encontró no fue suficiente ni para sufragar los gastos de ingeniería para el atrevimiento. Pero parece que este ritual no era sólo celebrado en la laguna de Guatavita, si no en otras lagunas en el departamento de Cundinamarca, en las que también se encontraron piezas de oro y que se exhiben en el Museo del Oro de Bogotá. En él se encuentra una de las figurillas más representativa del ceremonioso ritual descrito por Freyle y que dio motivo al mito de El Dorado, la balsa muisca de Pasca, que representa el rito y que fue encontrada en la campiña cercana al pueblo de Pasca.

Sin embargo, la leyenda de El Dorado, el rito muisca, tiene un origen bien distinto y que se conoce por la leyenda de la cacica infiel. La leyenda cuenta que un cacique llamado como la laguna, Guatavita, uno de los más poderosos muiscas, tenía una hermosa mujer a la que desatendía en atenciones, ésta le era infiel con un indígena de su pueblo y en cierta ocasión la pilló infraganti con su amante. Al atrevido contrincante lo mandó empalar y a su esposa la obligó a comerse el miembro sexual asado y delante de todos los habitantes, enloquecida agarró en brazos a su hija y huyó corriendo hacia la laguna, donde se arrojó. El cacique mandó encontrarla y sólo encontraron el cuerpo de su hija, sin vida y sin ojos. Desde entonces los muiscas convirtieron a la cacica en su diosa de la laguna, a la que ya rendían culto, al agua, desde los orígenes de su cultura. Las ofrendas eran a la diosa, de la que se decía que salía en forma de serpiente y de tiempo en tiempo, para que le tributaran ofrendas, para renovar su fe, otorgar el perdón y recibir su generosidad quienes la veneraban.




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viernes, 21 de agosto de 2009

La reina cruel

Está claro que los reyes son parte de otro tiempo, aunque aún hoy continúen ejerciendo algunos como tal y curiosamente en países en los que las democracias se han hecho fuertes y han permitido a sus ciudadanos elegir a sus representantes políticos, lo que los sitúa en una posición casi de adorno, más que en auténticos jefes de Estado con peso especifico sobre los destinos de sus países. Los tiempos les han obligado a adaptarse a lo exigido, a respetar las decisiones de los ciudadanos por encima de soberanías y magnificencias sucesorias y hereditarias. Pero aún así, forzados por los tiempos que corren, algunas de las monarquías europeas se resisten a perder sus privilegios heredados, inteligentemente, eso sí, de otra manera el resultado habría sido adverso para más de una de las casas reales que aún sobreviven enganchadas a lo que representaron siglos atrás. Los reyes han pasado a ser figuras casi míticas, algunas, perversas y crueles otras, y decadentes y nefastas para la población de sus países muchas de ellas, pero para bien o para mal todos los personajes reales han pasado a la historia de sus pueblos, cada uno con el estigma que le corresponde, porque a pesar del poder que disfrutaron y desplegaron la historia los pone a cada uno en su sitio. La historia no es partidista ni partidaria, es justicia, y tarde o temprano pone a cada uno en el lugar que le corresponde, aunque este sea el olvido, que también es un lugar ventajoso dependiendo de cómo se mire.

La realeza española tiene donde escoger, el catalogo de monarcas, reyes y reinas, es extenso y rico en personajes verdaderamente apasionantes, los hay para todos los gustos y de distintas características. Por supuesto que yo tengo mis preferidos, los que me resultan más simpáticos, que son los menos, los más crueles, el más inteligente, el más generoso y el menos considerado con su pueblo. Pero no voy a enredarme en catalogaciones, quizás en otra ocasión los baje de sus pedestales para desempolvarlos y dejar a las claras mis puntos de vista sobre cada uno, mientras tanto pondré mi mirada sobre una reina, que no lo fue de España pero si de Inglaterra e Irlanda, reinó con el nombre de María I pero también fue conocida por el sobre nombre de María la Sanguinaria (Bloody Mary en inglés). Fue protagonista de una de las épocas más sangrientas de la historia inglesa, su lucha sin cuartel contra los protestantes y en defensa del catolicismo dejó marcado con sangre su reinado, fue el azote de herejes, persiguió con saña a los contrarios al catolicismo, a simpatizantes de los protestantes, llenó de prisioneros la Torre de Londres y ajustició a centenares de seguidores de Calvino. Una de las reinas más crueles que la historia nos dejó para asombro de quienes miramos esa época desde lejos y sin el temor de que nos afecte en lo meramente político, aunque nos dejé asombrados en lo religioso.

Habría que empezar diciendo que era nieta de Isabel la Católica, esto dice mucho de ella y de su extirpe, perversidad y crueldad a partes iguales, solo hay que remontarse hasta su abuela, a la que la iglesia católica está empeñada en hacer santa, para comprobar la crueldad de sus genes. Hija de Catalina y Enrique VIII, vio como la separación de sus padres la privaron de su condición de heredera para pasar a manos de su hermanastro Eduardo VI, pasó recluida y bajo un estado constante de vigilancia parte de su vida, defendiendo a su madre, lo que hizo que su personalidad se forjara contra los que le habían privado del derecho sucesorio, entre ellos los protestantes, a los que culpaba prácticamente de su desheredado acceso directo al trono. Enrique VIII, en 1533, logró que el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, dictaminase el divorcio sobre su matrimonio, lo que aceleró la ruptura con el Vaticano y la creación de la iglesia anglicana un año más tarde. Para María, el catolicismo se convirtió en la seña de identidad, se aferró en su defensa con uñas y dientes, en medio de un ambiente cada vez más adverso para ella y rodeada de herejes y enemigos que en más de una ocasión fueron maquiavélicos y cautelosos para su eliminación física, sólo una parte de la nobleza que defendía el catolicismo y se negaban a aceptar la implantación del protestantismo y su primo, el rey de España, Carlos V, estuvieron de su parte y quizás eso le salvó de un final trágico y prematuro. En 1547 murió su padre y el trono lo ocupó su hermanastro Eduardo VI, lo que supuso el avance del protestantismo, las destrucciones de imágenes religiosas y otras actitudes represivas contra los católicos le valieron al nuevo rey para recoger las efusivas felicitaciones de Calvino. Mientras tanto María Tudor seguía a lo suyo, recluida en su cárcel de oro y víctima de varias enfermedades que le fueron afectando hasta convertirse en crónicas, y desposeída del título de Princesa de Gales. No obstante tuvo suerte, porque tres años antes de morir su padre llegaron a la reconciliación gracias a la intercesión de una de sus esposas, Jane Seymour, que había sido dama de compañía de su madre, esto le hizo mantener la línea sucesoria tras Eduardo VI y éste no tardó mucho en, como se dice vulgarmente, irse para el otro barrio por culpa de la tuberculosis y dejarle a María el camino libre de obstáculos hacia el trono de Inglaterra.

De todas maneras no lo tuvo fácil, antes debió enfrentarse a una conspiración por parte del partido protestante, cosa que resolvió con el apoyo popular de los londinenses. Tampoco perdió el tiempo, su venganza se sirvió fría y se desquitó de toda la ira que la reconcomía, en pocos días reinstauró el catolicismo y la represión contra los protestantes fue clara y directa, se restableció la misa en latín, los sacerdotes católicos sustituyeron a los protestantes, destituyó a los sacerdotes casados y mandó a prisión, a la Torre de Londres, a más de uno de sus enemigos, entre ellos a Cranmer, que tanto daño le hizo con el divorcio de sus padres. Tampoco podía dormirse en los laureles y dejar placidamente que todo transcurriera con la implantación del catolicismo, de sobra sabía que sus detractores estaban al acecho y a la mínima de cambio volverían por sus fueros, lo que la forzó a buscar descendencia para mantener lo que tanto le había costado, y claro está, antes que descendencia tendría que buscar marido, que no era fácil, aunque con su estatus social no le costó, otra cosa es el parecer que le resultó al futuro marido, su primo Felipe II. Su tío Carlos V le ofreció que se casara con su hijo, viudo desde poco tiempo atrás, 11 años menor que ella, y ésta aceptó; obviamente los protestantes se opusieron pero nada pudieron hacer frente a los deseos e intereses de María, que vio en el enlace con su primo el arma necesaria para enfrentarse a sus enemigos y continuar con sus intenciones católicas. Dicen los historiadores que, mientras se negociaban las capitulaciones para el trono en caso de que él enviudara sin descendencia, ella pidió un retrato del que se iba a convertir en su marido y desde Madrid le enviaron un retrato que Tiziano le pintó, nada más ver la pintura la reina se enamoró perdidamente, enamoramiento que le duró hasta el final de sus días, otro asunto es el perecer de Felipe II, que se negó en principio a la unión, pero que forzado por su padre no tuvo otro remedio que aceptar, María rondaba los 40 años y ya había perdido la belleza que en otro tiempo de juventud poseía, además de la mayoría de los dientes por su afición desmedida a los dulces, aunque era una mujer culta y de fuerte personalidad.

Desde luego que no encontraría un pretendiente mejor para sus intereses, claro que a su tío Carlos V tampoco le venía mal la unión, al contrario, los intereses del emperador no eran otros que los de unir bajo una misma bandera los territorios de Flandes, Borgoña e Inglaterra, para defenderse de las intenciones continentales de los franceses, pero para conseguir tal propósito se necesitaba un descendiente que colmara los deseos de ambas partes, a lo que sin tregua, el matrimonio se entregó a los placeres carnales en busca del heredero. Pero pocas semanas antes de la boda, en julio de 1554, la reina tuvo que enfrentarse a una rebelión de protestantes que se negaban a la unión con el príncipe español, a sabiendas de que ese sería el fin del protestantismo si se llegaba a celebrar. Pero no le tembló la mano a la hora de sofocarla, ordenó ejecutar a todos los cabecillas, por su parte, "el demonio del mediodía", como llamaban a Felipe II, buscaba la manera de contentar a los ingleses, se llevó un millón de ducados y los repartió entre la población, participó en algunas costumbres como los torneos o beber cerveza negra, e incluso aprendió algunas palabras en inglés. El mismo año de la boda, en noviembre, se restauró oficialmente el catolicismo y, aunque tranquilizó a la nobleza con no reclamar y respetar las propiedades que habían expropiado a la iglesia católica, movida por la venganza, dispuesta a defender su trono y quizás sintiéndose reforzada por su matrimonio, emprendió una cruzada contra los protestantes y, tras lograr que el parlamento aprobase las leyes contra la herejía, se lanzó con ahínco a la ardua tarea de acabar con el protestantismo. Los arrestos y las ejecuciones de obispos y representantes protestantes fueron sucediéndose y ante sus iglesias fueron quemados vivos, después de ser torturados, entre ellos al que siempre culpó de traidor y causante de todos sus males, Thomas Cranmer. Pero no sólo los máximos representantes sufrieron el azote de "Bloody Mary", de igual manera fueron miles los arrestados y ejecutados, por simpatizar con los represaliados o simplemente por sentir compasión o condolencia.

Mientras tanto, y ante tal represión desmedida, Felipe II envió cartas a los obispos católicos pidiéndoles complacencia, benevolencia y tolerancia, sin otra intención que la de ganarse las simpatías de los ingleses, e interfirió a favor de su cuñada Isabel, a la que su hermana, su esposa, la había encerrado acusandola de conspiración. El único motivo existente era el recelo que sentía contra su hermana y a la que pretendía apartar de la línea sucesoria eliminándola. Lo que no imaginaba es que su cuñada, a la que posiblemente le salvo la vida interfiriendo por ella, en el futuro se convertiría en una de sus mayores enemigas. Pero la frustración de la reina se agigantaba al no quedarse embarazada, aunque sus deseos eran tan pronunciados que llegó a pensar que lo estaba, no tenía menstruación, sufría mareos, el vientre hinchado, y hasta llegaba a asegurar que sentía los movimientos del feto. Tan convencida estaba de ello que se pasaba las horas sentada en el suelo y con las rodillas bien apretadas, tratando de acelerar el parto. Pero llegó la fecha prevista para el alumbramiento y su vientre se desinfló, la frustración y el fracaso del no alumbramiento llevó a algún fanático a culpar a los protestantes, como castigo divino, lo que enfureció a la iracunda y sanguinaria reina a desplegar de nuevo todas sus maldades contra los protestantes. Pero no fue castigo divino, ni siquiera su naturaleza histérica la que le propició sus partos sicológicos, si no un tumor en los ovarios que estaba acabando con su vida. Por otro lado, su marido, se desengañaba por la falta de herederos y cansado de su matrimonio de conveniencia se fue distanciando de ella y compartiendo cama con las jóvenes cortesanas que le rodeaban. Al año de casarse y tras la excusa de las abdicaciones del emperador, Felipe II viajó a Flandes, al tiempo que María se desesperaba inmersa en la tristeza, cada vez más sola, rodeada de enemigos, sin heredero y el hombre a quien amaba no le correspondía. No volvieron a verse hasta el año próximo, una sola vez, y fue para pedirle hombres y dinero para su guerra contra Francia. Después nunca más se encontraron, pero ella, desesperada y envuelta en la locura, le envió un emisario a los pocos días de su partida, asegurándole que estaba embarazada, cosa que nunca ocurrió. Murió a los 42 años, en noviembre de 1558.






Texto perteneciente al libro: Miradas Impacientes II
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

lunes, 17 de agosto de 2009

De Zalamea, Fuente Obejuna, y los traficantes de derechos


A vueltas con la cultura y con lo que pertenece a lo popular, siempre existen las discordias respecto a los derechos de autor, si hace unos días publicaba en el blog un artículo sobre los especuladores del arte, hoy vuelvo a las andadas con la critica, a la defensa de la cultura que es derecho y propiedad del pueblo. La discrepancia sobre el tema siempre está servida, la línea que divide la creación entre los derechos de la propiedad intelectual y el derecho y disfrute de estas obras por el pueblo se dibuja en trazos suaves, tenues, hasta el punto que en ocasiones, en muchas, se confunden esos derechos de unos y de otros. Para mí siempre están más del lado del pueblo que de los autores, porque si es verdad que sin creadores la maquinaria de la cultura se ralentizaría, también es cierto que el pueblo es el generador de la cultura, los autores no son nada sin lo que le rodea, no somos nada, la inspiración viene de lo que vemos, de lo que se desarrolla ante nuestros ojos, ante nuestros sentidos, entonces lo plasmamos en soportes diferentes y en formatos adecuados a nuestro gusto, pero aquí no existe cuestión como el del huevo y la gallina, aquí se sabe que primero fue el pueblo y después el creador. Así que, ante esta disyuntiva, uno se pregunta: ¿A quien les corresponde los derechos de la cultura, a los que la generan o a los que la recogen y la dejan reflejada para que otros la disfruten?

Estoy seguro que un numero elevado de los que acaben de leer este razonamiento estarán pensando que se me fue la olla, pero no es así, aún no sufrí un golpe de calor que me dejara medio turumba, ni razoné a tontas y a locas, la cultura la crea el pueblo y al pueblo le pertenece, otro asunto es el reconocimiento a quien sacó partido de esas costumbres y supo plasmarlas de manera original, ese es el artista: por eso los derechos no se los debe de atribuir solo el creador, al menos en obras determinadas en las que estas reflejaron los hechos acontecidos en cualquier formato y que no son otros que la propia historia, sería como arrebatarle los derechos del pueblo a su historia y otorgárselos a quienes recogieron esos hechos para crear una obra original. En estos casos creo que el autor siempre tiene sus derechos adquiridos, salvo cuando quien los usa y disfruta es el pueblo, porque está haciendo uso de su propia historia. Son los casos de El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca, y Fuenteovejuna, de Lope de Vega, las dos obras reflejan la historia de esos pueblos, hechos ocurridos en otro tiempo y que los dos autores supieron plasmar maravillosamente, hasta el punto de convertirse en dos tesoros literarios del barroco español.

De todas maneras, podrían estar pensando mientras me leen la reflexión, en estos dos casos ya no existe el problema legal por los derechos a autor, porque tanto el Alcalde de Zalamea como Fuenteovejuna pasaron a ser de dominio público hace muchos años, pues esto ocurre a los 70 años de la muerte de los autores y tanto Calderón de la Barca como Lope de Vega pasaron a mejor vida muchos más lustros atrás de los requeridos. Pero e aquí cuando los traficantes del arte, de la cultura, se apropian, se apoderan o se adueñan de unos derechos con lo que mal llamamos adaptaciones. Hay cosas que no se entienden por más vueltas que uno les de y esto me sucede cuando trato de comparar un plagio con las adaptaciones, porque, ¿que es una adaptación? Si no una copia con retoques. Resulta que copiar es ilegal pero si se retoca o se trabaja sobre esa obra deja de serlo para convertirse en adaptación, entonces adquiere derechos propios y lo que era patrimonio del pueblo unos avispados lo aprovechan para sacarle partido, claro, dirán algunos, como es derecho de todos yo hago mi derecho al uso, con lo que a uno se le queda cara de bobo y pensando que quien hizo la ley hizo la trampa. Así que dependiendo de cómo unos son plagiadores, usurpadores de lo creativo, y otros adaptadores de obras clásicas. Luego, y en medio de toda esta fauna devoradora de derechos, están los que trafican y viven de esos derechos, que son asociaciones privadas y por lo tanto andan lejos de lo estrictamente obligatorio, pero es tanto el abuso que diera la sensación que estamos ante una mafia descaradamente descarada y que, lejos de estar apoyando a la cultura, se manejan entre bufetes de abogados arrebatando los derechos del pueblo a la cultura, le hacen un mal favor a la cultura en general, el pueblo dejará de consumir arte y se empobrecerán los pueblos, mientras, los traficantes de derechos intelectuales, y en nombre de la cultura, llenan sus alforjas a costa del pueblo y sus costumbres.

La SGAE, Sociedad General de Autores y Editores, no deja de sorprendernos cada día, se ha convertido en una asociación antipática por sus actuaciones impopulares y sus malas maneras, apoyados por el actual gobierno progresista han conseguido que la cultura deje de ser un derecho gratuito del pueblo a cobrar canon por todo lo que esté relacionado con la cultura, sí, relacionado, no solo por la cultura, desde el polémico y controvertido canon en los CD, hasta por la celebración de bodas o enlaces matrimoniales, en cualquier fiesta o celebración que se tercie aparecen los carroñeros mafiosos obligando el pago por el uso de la cultura, puede resultar dura la comparación con la mafia, pero es el mismo método, "te obligan a pagar para tener derecho a la cultura, para su protección", y con respecto al CD te obligan a pagar el canon, aunque el disco no lo uses para copias piratas si no para tus archivos personales, porque curiosamente el canon es obligatorio pero la copia es ilegal, una contradicción que no tiene vuelta de hoja. Todo esto sin olvidarnos de que la SGAE es sociedad privada y que todo lo recaudado no va en beneficio de la cultura, si no de sus asociados, que no son, o somos, todos los creadores. Entiendo que no siempre se puede contentar a todos y, aunque simpatice con el gobierno, este es uno de los temas en los que discrepo y que no comparto, más bien son maneras de gobierno conservador o de derechas, donde la privatización es su palabra favorita y los derechos de los ciudadanos van siempre de la mano, y sólo, con los que pueden costeárselos.

El contenido de esta crítica se dirige a las últimas apariciones que la SGAE ha hecho sobre la escena cultural española, como delincuentes, al menos así me lo parecen y a otros muchos, han entrado a saco, al popular, al que los pueblos de Zalamea de la Serena, Badajoz, y Fuente Obejuna, Córdoba, representan teatralmente en sus municipios, que son las obras de Calderón y de Lope, que las representan sus vecinos cada año sin ánimo de lucro, y que es una de las maneras, quizás de las más hermosas, de enseñar los encantos de sus pueblos al exterior, exhibiendo su historia a manera de interpretación. El chantaje cultural ha saltado a la palestra de nuestra piel de toro exigiendo al ayuntamiento de Zalamea, con una población cercana a los 4.000 habitantes, el pago de 24.075 euros pendientes desde 1998, en concepto de la representación que cada año se lleva a cabo y a verbenas y conciertos celebrados durante los últimos once años, de los cuales son 14.000 euros los que corresponden al teatro que representa el pueblo, que son los vecinos los propios actores, más de 600 personajes, que no cobran un céntimo por sus interminables horas dedicadas al ensayo y representación de la obra que Calderón escribió sobre hechos históricos que ocurrieron en el mismo lugar. Todos los gastos de la representación recaen sobre el ayuntamiento, las aportaciones privadas, venta de entradas, y de los mismos vecinos, que se vuelcan para que en sus fiestas de agosto, entre los días del 20 al 23, desde las 10 de la mañana hasta las 4 de la madrugada, sirvan de reclamo y promoción al exterior. La exigencia de la SGAE se basa en que la representación se lleva a cabo sobre una adaptación de Francisco Brines.

Pero el asunto no quedó aquí, a los pocos días salió a relucir el pueblo cordobés de Fuente Obejuna, por el mismo asunto, la exigencia de 32.000 euros por lo que la SGAE cree que el ayuntamiento mellariense debe abonar a sus arcas privadas. En este caso, en el de la obra de Lope de Vega, Fuenteovejuna, fue en 1935 cuando se representó por primera vez en el municipio y durante la mitad del siglo pasado hubo algunas representaciones más, hasta la década de los noventa, cuando se instauró la tradición por las mismas fechas que en Zalamea, del 19 al 23 de agosto. La cantidad reclamada por la sociedad de autores relativa al teatro asciende a 11.600 euros por las representaciones de 2004 y 2006, años en las que fueron adaptaciones de Javier Osorio y Emilio Goyanes, los actores son también los mismos vecinos, en este caso rondan los 300 y al igual que en Zalamea el pueblo lleva el peso y el esfuerzo sobre sus espaldas, y con la misma intención, la de promocionar su pueblo. El portavoz de la gestora dijo en unas declaraciones que la obra que se representa en Fuente Obejuna es una adaptación de Fernando Rojas, por lo que tiene derecho de autor, pero el propio Rojas dijo que rechaza el canon que exige la SGAE, por considerar que no es una adaptación, que lo que se representa es el texto integro de la obra de Lope y por lo tanto es de dominio público, y añadió que la sociedad no puede pedir emolumentos ya que él no pertenece a la sociedad por lo que no tiene necesidad de hacer una renuncia a esos posibles honorarios. El asunto promete nuevas entregas en los próximos días, nuevas declaraciones y nuevas exigencias, y todo con un único interés por parte de los traficantes de derechos, exigirles a los pueblos el canon por sus derechos, el de la cultura y el de su historia.







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jueves, 13 de agosto de 2009

La inhumana perversidad del ser

Nunca deja uno de sorprenderse de la maldad con que algunos seres humanos actúan y hasta donde pueden llegar cometiendo actos tan vergonzosos, crueles, ruines, mezquinos, de una bajeza moral increíble y que son capaces de lo peor por evitar un castigo o pena judicial, por haberse aprovechado de la injusticia que siempre rodea a los emigrantes, en cualquier parte del mundo. Mi mirada a este colectivo siempre fue especialmente sensible, por la indefensa situación en la que se encuentran los llamados sin papeles. Cada individuo lleva tras sus espaldas una historia siempre triste, dura y desgarradora, en el mejor de los casos, por lo que significa estar lejos de los suyos, de sus familias, sus esposas o esposos, hijos, padres, hermanos, amigos... siempre penosa, y más aún cuando no se tiene apoyo ni nadie en quien confiar, a quien encomendarse en los momentos más difíciles, de angustia y soledad. Siempre me parecieron admirables los colectivos de emigrantes, se unen, se arropan y se apoyan desinteresadamente por el solo hecho de compartir patria, aún sin conocerse ni poseer referencias algunas de esas personas, no importa cuales sean sus intenciones reales ni el carácter del paisano desconocido. En esas situaciones, y más que en ningunas otras, es cuando la patria significa unión, amistad, compañerismo... desinterés.

Por enésima vez escribo sobre los emigrantes, así que cada pensamiento reflejado coincide con los que tantos otros reflejé en su momento, son los mismos sentimientos, los que me hacen estar siempre de su parte, de su lado, poco o nada me importa su raza, su situación social, de donde provengan, siempre me resultan personas honorables, dignas, pero indefensas, rodeadas de inseguridad, de injusticias, son el blanco perfecto para los indeseables, los malvados representantes del ser humano, carnaza para la perversidad humana. Por supuesto que no todos los emigrantes llegan a cualquier país en la misma situación, aunque la mayoría lo hagan buscando un progreso en su calidad de vida y para los suyos, también los indeseables se montan en el carro de la emigración buscando un campo más amplio donde delinquir y esa actitud les hace un flaco favor a sus iguales en situación, pero esos son los menos, con eso siempre hay que contar, es parte de las cualidades y naturaleza humana. No obstante, el principio en la cualidad de cualquier persona es la de la buena fe, no al contrario, como piensan algunos, que solo ven en los emigrantes factores negativos para nuestras sociedades, delincuencia, inseguridad ciudadana, perdida de ofertas laborales, gastos innecesarios en la seguridad social... Los emigrantes legalizados disfrutan de los mismos derechos de cualquier ciudadano español y también de las mismas obligaciones, cotizan a la seguridad social como cualquier trabajador y contribuye a las arcas de hacienda de la misma manera, al tiempo que ayuda y colabora en el progreso de esta nación, a veces madre y tantas veces madrastra.

Sin embargo, la cuestión de la emigración legalizada no tiene mayor problema que cualquier otro colectivo social, siempre existen los detractores de los diferentes, incluso con los que somos oriundos y naturales de la península ibérica, el racismo no es un mal colectivo, es una bajeza moral, para unos y enfermedad para otros, de quien lo sufre; al igual que la intolerancia o cualquier otra fobia, homofobia, xenofobia... El verdadero drama de la emigración está en los ilegales, en los sin papeles, la situación irregular en la que viven los vuelve vulnerables y víctimas de los desaprensivos, curiosamente casi siempre de los que los critican o censuran, los mismos que los toman a todos por delincuentes, por ladrones, por drogadictos o asesinos, y que no dudan en aprovecharse de su indefensa situación para lucrarse a su costa, utilizando su irregularidad para servirse económicamente, lo que los convierte a estos intolerables en lo que curiosamente pregonan de los demás, en ladrones que no solo roban a los sin papeles cuando los tienen trabajando interminables jornadas por un mísero salario, si no que también nos roban a todos los españoles cuando no pagan sus impuestos a las arcas del estado, que somos todos.

No acostumbro a escribir sobre hechos o acontecimientos sociales recientes, los noticieros nos bombardean a diario con noticias que casi todas nos hacen prestarle atención, que nos indignan a veces, pero que con la misma facilidad con que nos motivan se nos olvidan y acaban por parecernos cotidianas y tristemente normales cuando se dan más de una de las mismas características y cercanas en el tiempo. Así que hoy es de las pocas excepciones en las que me engancho a la actualidad de sucesos sociales para criticar o censurar un mal social, que no es propiedad de los españoles, ni de cualquier otra sociedad europea, o de cualquier otro continente, ni siquiera de países menos desarrollados, es perversidad humana, es avaricia, indecencia, una mezquindad que nos avergüenza de ser y formar parte de la especie, solo por el hecho de que otros de nuestros iguales actúen, a veces, de tan vil proceder. Les contaré dos casos, dos historias, las dos crueles. Comenzaré por la más antigua en el tiempo, quizás la más conocida, la del boliviano Franns Rilles Melgar.

Franns es un boliviano de 33 años, que trabajaba en su país de taxista, pero el deseo y el derecho que cualquier persona tiene a progresar en su vida le trajo a España, a Real de Gandia, en Valencia. El día 28 de mayo pasado, sin duda un día fatídico en su calendario, le tocaba descansar, pero un compañero de la panificadora donde trabajaba le pidió que le cambiara el día, así hizo, nadie podría imaginar que aquella decisión le marcaría de por vida. El joven boliviano sufrió un grave accidente laboral donde perdió el brazo izquierdo, la amasadora donde operaba le segó el miembro casi de cuajo. Lo del accidente es un triste suceso por el que nada se puede hacer para evitarlo, pero lo más cruel de la historia no es precisamente el accidente en sí, si no las condiciones y circunstancias que lo rodearon, su irregularidad o ilegalidad en la empresa donde trabajaba llevó consigo una actuación miserable por parte de los patronos, que no solo se conformaron de tenerlo empleado prácticamente en situación de esclavitud, jornadas de 12 horas por 23 euros al día, si no que para evitar una sanción mayor trataron de esquivar las responsabilidades negando su contratación ilegal en la empresa, de igual manera intentaron sacudirse esa responsabilidad dejándolo a 200 metros de la entrada del hospital, sin brazo y con el muñón ensangrentado, un ciudadano que pasaba por casualidad tuvo que ayudarle a entrar en el hospital de Gandia, por la lamentable situación en la que se encontraba. No obstante, antes de abandonarlo en las cercanías del hospital, el empresario, le advirtió que dijera que fue un accidente, pero que nunca dijera donde ocurrió.

Claro, esto nunca pasa por alto, los médicos, ante la negativa de Franns, llamaron a la policía y ante la autoridad puso al descubierto donde y como sucedió. Mientras que al emigrante sin papeles lo trasladaron al Hospital Virgen del Consuelo de Valencia, para tratar de reimplantarle el brazo, la Guardia Civil se apresuró al lugar de los hechos para recuperar el miembro amputado, y lo encontraron, en el cubo de la basura, lo habían metido en una bolsa de plástico y lo tiraron como quien tira basura, el lugar del accidente estaba limpio de sangre y de cualquier prueba de lo ocurrido y la fabrica de pan funcionando como si nada hubiera ocurrido. No pudieron hacer nada por reimplantarle el brazo izquierdo a Franns, que arropado por los sindicatos de los trabajadores puso una demanda pidiendo responsabilidades a sus patronos, que se las tendrán que ver con la justicia por sus atrocidades cometidas. El gobierno de su país se hizo eco del caso de su compatriota, ofreciendo su ayuda al igual que el gobierno español, que como excepción le otorgó la legalidad regulándolo como otro ciudadano más.

La segunda historia sucedió el 25 de julio, en Adeje, al sur de la isla de Tenerife, Islas Canarias. Pablo Larrosa ha puesto un denuncia recientemente contra un ex agente de la Policía Nacional, propietario del bar de playa Paraíso, por la muerte de su padre mientras trabajaba en las obras de reformas del bar, por falta de asistencia después de sufrir un infarto y por arrastrarlo hasta la calle para no verse comprometido. Según Pablo, su padre Luís Beltrán Larrosa, un uruguayo en situación irregular, sufrió un infarto mientras trabajaba ilegalmente en las reformas y en lugar de llamar urgentemente a una ambulancia para socorrerlo, el propietario del bar, lo arrastró hasta la calle, según él lo que trataba era de que le diera el aire, lo que le desaconsejó un testigo vecino que se negó a ayudarle, a moverlo por el peligro que podía acarrear. Mientras el testigo fue a llamar a la ambulancia y a la Guardia Civil, el empresario había dejado el cuerpo moribundo en la calle y se había cambiado la ropa de trabajo que llevaba puesta. Cuando la asistencia medica llegó trataron de reanimarlo pero Luís murió poco después en el hospital. La autopsia ha revelado que el cuerpo del difunto estaba lleno de hematomas, prueba de que fue arrastrado a la calle cuando aún estaba con vida.






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lunes, 10 de agosto de 2009

De los especuladores del arte


Quizás algunos de mis lectores habrían pensado que se me acabó qué contar, otros talvez quedaron algo desorientados después de dos semanas seguidas sin dar señales de ningún tipo y algunos, espero que sean los menos, estarían pendientes por si abandoné definitivamente la aventura del blog. Lo siento por todos, a los que esperaban mi regreso con impaciencia y a los que con la misma facultad o capacidad deseaban mi no retorno les pido disculpas, también yo necesito un "ratito" de relax. No quiere decir que mis vacaciones las pase sin mover un solo músculo, al contrario, estos "días de descanso" hacen que nos volvamos más activos, al menos los que no podemos estar quietos viendo como pasa el tiempo descaradamente ante nosotros, desaprovechándolo y sufriendo el sentimiento de desagradecido. No soy de los que disfrutan viendo la vida pasar tranquilamente, como si fuera una cosa de otros. He aprovechado para retomar los pinceles, para relajar mi estrés y otros males modernos, frente a los paisajes naturales que me brinda mi tierra. No les negaré que me gusta el mar, la playa, tumbarme al sol veraniego y tostarme como un centollo enchufado al mp3 y con una cervecita fresquita a mi diestra, pero existen otros placeres que de igual modo, o quizás más, me hacen disfrutar, como por ejemplo salir al campo muy temprano, casi con el sol, con el caballete, el maletín de pinturas y varias tablillas preparadas para pintorrear. Les garantizo que no existe psicólogo que consiga más beneficios y avances para la salud que esta terapia pictórica.

Escribir me gusta, me encanta, es uno de mis vicios, pero siempre es bueno desconectarse de lo cotidiano por un tiempo, se regresa con ánimos renovados y las ideas clarificadas, y después de un año de escribir a menudo, son 128 los artículos hasta hoy desde agosto del 2008, cumplir con mi trabajo diario y atender otras obligaciones cotidianas, familiares y sociales, uno acaba sin remisión ante los pies del dios agotamiento. Así que, para no sentirme culpable por haber dejado pasar el tiempo irresponsablemente me curé en salud pintorreando tablillas a lo Van gogh, aunque sin delirio que me atormentara. También les garantizo que mis apuntes pictóricos de estos días pasados no pasarán a la historia como obras maestras, ni me harán ganar dinero a puñados, esto sólo lo consiguen los especuladores del arte, los que en un ratito de veinte minutos o media hora, y con cuatro brochazos mal dados, consiguen lo que cualquier obrero tardaría meses en ganarlo, incluso algunos no lo conseguirían ni toda la vida trabajando duro. Ya les adelantaba que estas dos semanas alejado del teclado de mi aparato favorito me han renovado los ánimos y me los han dejado más rebeldes de lo que ya de por sí son por naturaleza.

Soy de los que piensa que la cultura es un bien universal, un derecho al que todos debemos tener acceso, tan importante como otros derechos reconocidos y que son básicos, el alimento, la sanidad, la educación, una vivienda digna... la libertad. Para ser libre se requiere conocimiento, la cultura es el alimento del alma, un hombre sin conocimiento ni preparación es un suculento juguete para los desaprensivos y un contratiempo para su dignidad. Es por esto por lo que creo necesaria la gratuidad de la cultura y todo lo que engloba la definición, no solo en la pintura, de igual manera en la literatura, en la fotografía, en las artes escénicas... Tengo que aceptar el derecho a la creación, entiendo que las capacidades especiales de los artistas deben de estar reconocidas, de otra manera no existiría la creación artística, pero esto es una cuestión y otra muy distinta es la especulación del arte. Los actores de teatro ganan por representación, en cambio los músicos, que hacen lo mismo, tienen a las discográficas como intermediarios en la copia, se forran a costa de sus trabajos, y ellos, los músicos, son los que menos beneficios reciben, solo en contadas ocasiones, y con el tiempo, consiguen liberarse de esas ataduras en forma de contratos. Eso, a mi entender, es especular con el arte.

Les contaré algo que me ha ocurrido en estos días de "descanso", y que es el origen de mi rebeldía contra la especulación artística. Hace unos días recibí un comentario en una de mis entradas, no diré de cual se trata para no hacer publicidad a quien la exigía con su actitud especulativa. El comentario era de un anónimo, algo que siempre me resultó una falta de respeto por entender que es como tirar la piedra y esconder la mano, pero volvamos al caso. En dicho comentario me reprochaba el anónimo que había copiado varias fotografías de su página, referentes al personaje que trataba mi artículo, me decía que tanto las imágenes como el texto estaban protegidos por el derecho de autor, me aconsejaba, u obligaba, a incluir una referencia sobre la página de donde copié dichas fotografías. Esas imágenes no eran especiales, quiero decir, el contenido no trataba de creaciones artísticas, eran imágenes del personaje en cuestión, de primeros del siglo pasado. Una de ellas era publicitaria, como la de cualquier artista en tamaño postal, que tanto antes se estilaban, la otra era una foto de un cuadro, también pintado hace casi un siglo. Cualquier reacción normal es la de incluir esa referencia a la fuente de las imágenes, pero no, opté por retirarlas y un tanto molesto. Las razones de mi molestia son varias, la primera es la falta de respeto al obligar mediante anónimo, bien pudiera haber sido alguien por molestar y sin ningún interés, pero sí lo había, era el de la publicidad gratuita. Primero habría que decir que las fuentes donde se pueden conseguir esas imágenes son varias y ajenas a la página oficial de la historia del personaje; segundo, habría que comprobar, aunque se advirtiera, que el derecho de autor tiene una fecha de caducidad después del fallecimiento del autor, estoy hablando de dos imágenes realizadas hace un siglo, muy viejo se me antoja que tuvo que morir el autor; y tercero, el uso y abuso que creí al recibir el comentario. Quizás eligieron el anonimato porque no quisieron dejar constancia de que quien me advertía de que estaba cometiendo una infracción era el propio infractor, bien pudiera ser que estuviera en mi derecho de utilizar dos imágenes y lo que buscaba el anónimo era utilizarme para su publicidad.

Su página era la oficial de una historia publicada en libro, una historia que es conocida por muchos y no es este libro el único editado sobre el tema, en mi artículo se pueden encontrar muchos más datos que los aportados en la página oficial, he recibido varios comentarios felicitándome y reconozco que gustó mi texto escrito sobre el personaje y su historia. Pero no hice lo que esperaba el anónimo, incluir la fuente o enlace de su página en mi blog, opté por quitar las dos imágenes fruto de la discordia y me negué en rotundo a ser utilizado por quien vende libros. Yo también vendo libros, los escribo, en mi blog tienen un enlace con mi tienda, en ella pueden encontrar cuatro volúmenes, dos novelas originales y dos libros de artículos, estos últimos son el fruto de mis tardes dedicadas al blog. Ese era mi interés cuando creé este espacio, hacerlo públicos antes de editarlos. Pero de igual modo, dos de mis novelas las pueden descargar gratis en archivo, si las quieren impresas tendrán que pagarlas, pero el acceso gratis a mi aportación a la cultura está asegurado.

Había pensado en otro tema para hoy, que seguramente será el próximo, pero me dejé llevar por la rebeldía y, como solemos decir por el sur, salí por los cerros de Úbeda, o por peteneras, también muy utilizado para estos casos. Así que hoy las imágenes son bocetos de dibujos hechos por ordenador hace algunos años, casi una década, tengo que reconocer que, para el dibujo, prefiero las herramientas tradicionales. No obstante, tienen mi permiso especial para hacer con ellas las copias que les apetezcan siempre que sea sin ánimo de lucro, ponerlas en la posición que les agrade y en los lugares que más impresión causen, incluido el cuarto de baño, tras la puerta... bueno, alguien dijo alguna vez lo mismo de un cuadro de Tapies y nadie se ofendió, al menos que yo sepa.
























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