sábado, 12 de diciembre de 2009

Techos de cartón


Sólo un día a la semana, alternándolo, faltaba Carmen cruzando el Puente Romano desde hacía 25 años, de ida a trabajar poco antes de que amaneciera, de vuelta con los últimos rayos de sol de la tarde, y nunca antes había encontrado tanto bullicio de sirenas, de ambulancia sanitaria y policiales. Ni siquiera cuando el puente estaba abierto al transito rodado y prácticamente toda la población del Campo de la Verdad y del Sector Sur lo cruzaba para acudir y regresar a otros puntos de la ciudad. La única vez que encontró algo parecido fue al final de la década de los ochenta, cuando un cordobés desesperado decidió quitarse la vida arrojándose al río Guadalquivir y con una grúa de vehículos sacaban los bomberos el cuerpo sin vida de entre las aguas, aquel suceso le vino a la memoria cuando rodeó la Torre de la Calahorra y, a lo lejos, se encontró con el revuelo de luces intermitentes y giratorias a la mitad del puente, a la altura de la imagen en piedra del protector de la ciudad el arcángel San Rafael.

-¿Que habrá sucedido?- se preguntaba para sí, bien abrigada, con la bufanda al cuello y la suave niebla dándole un aire de misterio a la escena. Con el bolso colgado al hombro y las manos en los bolsillos del abrigo, Carmen continuaba su paso ligero con la inquietud de no saber a qué se debía tanto alboroto de sirenas, vallas metálicas cerrando el paso y agentes de la seguridad prohibiendo la circulación de los peatones. Apenas una docena de personas aguardaban poder cruzar al otro lado del río mientras esperaban horrorizados que el juez diera orden del levantamiento del cadáver que yacía a los pies del arcángel pétreo, junto a las velas encendidas que le alumbraban, cubierto de pies a cabeza con un tejido color aluminio y un charco de sangre que se expandía como muestra de lo que parecía un asesinato.

Aquella jornada laboral fue interminable para Carmen. La imagen del cuerpo difunto tendido en el suelo y ensangrentado se convirtió en la única imagen que se pasaba por su mente. Pero la desdicha de aquel hombre asesinado la escogió a ella como testigo de los acontecimientos que siguieron al vil ataque en la madrugada por parte de tres individuos jóvenes, que no tendrían otra cosa más indecente que hacer que golpear hasta la muerte a un pobre indigente que dormía entre cartones junto a la imagen religiosa del siglo XVII. A la vuelta del trabajo de nuevo halló a lo lejos vehículos policiales y una grúa que bajaba y subía a varios agentes con traje de buzo buscando entre las aguas del río. Carmen no preguntó que ocurría de nuevo, supuso que algo relacionado con el suceso de la mañana, la gente arremolinada como espectadores intrigados comentaban e incluso apostaban que no encontrarían el arma blanca homicida que acabó con la vida de Manuel, "El Cojo", y que supuestamente había arrojado al Guadalquivir uno de los asesinos tras el ataque.

Aquellos comentarios le dieron un vuelco al corazón de Carmen, Manuel "El Cojo" fue un compañero suyo en el hotel donde trabajaba, hacía casi un lustro que no tenía noticias de él ni tampoco podía imaginar que aquel cuerpo que dormía muchas noches bajo los cartones era el de su antiguo compañero de trabajo. Angustiada no quiso continuar ni un minuto más en el macabro lugar del asesinato. Camino de su casa las lagrimas de Carmen brotaban de dolor recordando a Manuel, que la vida lo puso a los pies del infortunio en forma de juguete para tres jóvenes hijos de familia de elevada posición social. Las últimas noticias que tenía de él eran referentes a su separación matrimonial, casi al tiempo de perder el empleo de conserje que tuvo durante años en el hotel. La mala situación económica lo llevó a quedarse sin vivienda y a comer y dormir de la caridad, en ocasiones dormía en albergues, pero la mayoría de las veces eran las estrellas las que se situaban por encima de los cartones que le cubrían. Manuel no era alcohólico, ni drogadicto, ni sufría enfermedades mentales que lo llevaran a la situación que padecía, sólo el infortunio fue el causante de su desdicha, el mismo que nos puede elegir a cualquiera de nosotros cualquier día que se le antoje como capricho, y ponernos a los pies de otra imagen religiosa implorando otra suerte más justa en esta vida.

Manuel "El Cojo", el protagonista de este relato imaginado, bien pudiera ser el indigente que muchas mañanas encuentro a los pies del arcángel San Rafael situado en el Puente Romano de Córdoba, durmiendo bajo cartones y la silla de ruedas, muestra de su discapacidad física, a su lado. Este también pudiera ser uno de los peligros que corren y a los que están expuestas las personas que tienen que vivir a la intemperie por carecer de un techo o vivienda digna que los acoja. Precisamente hoy me decidí a escribir sobre el tema por una noticia que me sobrecogió cuando caminaba antes de acudir al trabajo, las noticias de las siete de la mañana comentaban que habían encontrado el cadáver de un hombre en una calle de Fuengirola, Málaga. Era un indigente que conocían en el barrio y presentaba un hacha incrustada en la cabeza.

De repente me vino a la memoria la señora de 50 años que incendiaron en Barcelona tres jóvenes hace algunos años, cuando dormía refugiada en el cajero automático de un banco, la rociaron de disolvente después de golpearla e insultarla y le prendieron fuego. Gracias a la cámara de seguridad del banco la policía pudo detener a los asesinos y comprobar la brutalidad y sangre fría con la que actuaron. María Rosario, que así se llamaba, tenía estudios universitarios y una vida social llena de éxitos, además de reconocidas cualidades humanas sociales y laborales, pero también la vida la puso en esas circunstancias extremas. Según el diario El Mundo, entre 25.000 y 30.000 personas en España no tienen hogar donde vivir. El perfil tipo es el de un hombre, un 90,5%, con una edad media de 39,7 años y en busca de trabajo en más de la mitad de los casos. La ONU también indica que hay más de cien millones de personas sin hogar en el mundo, que viene a ser 1 de cada 60 seres humanos, los que carecen de una vivienda digna.








2 comentarios:

  1. Estimado Antonio...

    Excelente relato para remover conciencias, querido amigo. La intolerancia y la necedad humana no tiene límites, y parece que a los "que mandan" les interese la indigencia, la pobretud y la angustia de estas personas. Solo si tuvieramos un poco de empatía con ellos, sabriamos realmente cuanto sufren, solos en la vida, y repudiados...
    Ha sido un relato maravillo, pero quedo con desazón en el alma.

    Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  2. anto gracias por tu correo! y en estas palabras del post tuyo veo VEO reflejada la imagen identica de mi ciudad...un abrazo
    gracias
    lidia-la escriba
    www.deloquenosehabla.blogspot.com

    ResponderEliminar