sábado, 28 de noviembre de 2009

Perversa moralidad


Los pocos ausentes que quedaron vivos, de aquella matanza a machetazo limpio en su aldea, siempre pensaron que Adolphe tuvo toda la suerte que le faltó a su hermano Ignace. Aunque hasta ese momento sus vidas corrieron paralelas mientras crecían, cerca de la localidad congoleña de Bukavu, la providencia quiso que, en aquel preciso momento en que los guerrilleros hutus hicieron su terrorífica presencia, Adolphe se quedara solo jugando mientras su hermano se acercaba a su humilde casa de tablas de madera a pedirle agua a su querida madre. Él fue testigo directo del asesinato de sus padres, escondido tras la vegetación el miedo lo atenazó ante la macabra puesta en escena que llevaron a cabo los guerrilleros, asesinando a todos los pobladores que se encontraban allí en aquel justo momento, también vio cómo se llevaron a su hermano gemelo para convertirlo en niño-guerrillero y acabar sus días como tantos otros niños, blanco de un disparo certero en cualquier emboscada y sin tener aún conciencia real del significado de la vida.

Tenía tan sólo nueve años cuando lo hallaron llorando desconsoladamente de rodillas en el suelo y frente a los ensangrentados cuerpos sin vida de sus padres y demás vecinos, víctimas de la carnicería humana que protagonizaron los guerrilleros. Fue cuando aparecieron los soldados armados hasta los dientes, registrando cada casa y cada rincón de la aldea en busca de algún enemigo rezagado, pero ya era demasiado tarde, sólo los cuerpos inertes desparramados por el lugar y el niño, con su llanto rompiendo el silencio, quedaban en la escena. Era el único testigo de los asesinatos y se lo llevaron a las dependencias militares de Bukavu. Adolphe no tenía familiar alguno que lo acogiera y sin dudarlo se prestó a ello el padre Jean, una actitud que agradecieron quienes lo conocían y por lo que pensaron que la suerte que corrió en comparación con su hermano Ignace fue totalmente opuesta.

Pero detrás de aquella ficticia suerte se escondía la desdicha de un niño temeroso que no encontró en el religioso todo el altruismo desinteresado que suponían los vecinos de Bukavu. Adolphe aprendió a leer, a escribir, y su educación católica era la envidia de todas las familias que veían en los dos a una verdadero padre e hijo. Si embargo, no todo eran luces, las sombras de la perversión cubría los oscuros instintos del párroco y el padre no era tal, si no un miserable pervertido pederasta que saciaba sus deleznables deseos abusando de un inocente niño. Así fueron pasando los días, los meses y los años, hasta que Adolphe decidió huir de las garras del pederasta. Los tres años vividos bajo la malvada tutela del religioso le fueron suficientes como para no temer mal peor que el que hasta entonces le había atribuido la providencia y decidió huir a Kinshasa.

Pero jamás llegó a la capital del país, la mala suerte le perseguía y no escapó a ella, en su peregrinar huidizo fue raptado por los mismos guerrilleros que asesinaron a sus padres y se llevaron a su hermano. Su destino no sería distinto a su gemelo, y aunque al principio el terror se apoderó de él, con las horas pensó que quizás la fortuna le volvería a juntar con Ignace. Esa era su única ilusión, cuando otros niños guerrilleros le advirtieron cual sería su futuro inmediato, pero su desdicha no parecía tener límite, cuando descubrió que su hermano había muerto meses atrás en un enfrentamiento con el ejército. Nada parecía tener ya sentido para Adolphe, envuelto en una vorágine de desgracias, en una espiral de desdichas que le llevó al punto y final algunas semanas más adelante, cuando otra bala perdida dio fin a su existencia, en un mundo de violencia promovido con la doble y perversa moralidad religiosa.


Hace varios días me desperté con la noticia que varios diarios nacionales publicaban en sus portadas o primeras páginas, la conclusión de la investigación llevada a cabo por un panel de expertos de la ONU por encargo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con respecto a la financiación de la guerrilla por parte de ONG religiosas españolas en la guerra del Congo. Según El País, dos organizaciones no gubernamentales vinculadas a religiosos desviaban en los últimos años el dinero procedente de subvenciones públicas para la financiación de una de las milicias de la guerra que azota al país africano. En el informe encargado por la ONU se afirma que la milicia financiada por los religiosos españoles es el Frente Democrático para la Liberación de Ruanda (FDLR), la milicia hutu acusada de múltiples asesinatos contra la humanidad, entre los que se encuentran asesinatos contra la población civil, violaciones en masa y reclutamiento de niños-soldados, entre otros. Los guerrilleros hutus, junto con algunos de sus dirigentes a la cabeza, están considerados como los responsables del genocidio de Ruanda, en el que fueron asesinados a machetazos, por radicales hutus en 1994, 800.000 tutsis y hutus moderados.

Por supuesto los acusados niegan esas conclusiones y las tachan de ridículas, y en su defensa alegan que la ONU quiere tomar represalias contra ellos por la denuncia que han interpuesto en la Audiencia Nacional española, contra 40 dirigentes de Ruanda, país aliado de Estados Unidos y Reino Unido en la zona. Éste no es más que otro ejemplo de la doble moralidad en la que se desenvuelve la iglesia católica, que por un lado apedrea y por el otro ofrece consuelo, es la perversidad disfrazada de religiosidad que siempre anda por los caminos más siniestros que guían al ser humano, como en esta historia figurada que se parecerá a tantas ocurridas en el Congo y en otros países donde las guerras siembran el terror entre los inocentes civiles, mientras nosotros, los ciudadanos de países desarrollados y ajenos a lo que se trama, colaboramos aportando nuestras mejores intenciones en favor de los que sufren y son víctimas de la sinrazón humana.






1 comentario:

  1. Me asquea cuando un pervertido se oculta bajo la capa de cualquier religión, pues es un ladrón del alma, eso que lo griegos llamaban psique. Como una inmensa mayoría de los iberoamericanos, fuí formado en el catolicismo por la piedad popular de mi madre, ese catolicismo impregano de magia maravillosa y fanatismo. Mi otra vertiente es liberal, nacida de racionalismo de un padre militar, con antepasados comecuras, que no se oponía a la piedad materna pero la balanceaba al allegar a su prole (¿o tropa?) las mejores lecturas de nuestra lengua y una visión critica de la realidad. Pero sigo llamándome católico aunque los curas, obispos y demas jerarquías me siguen pareciendo ajenas. Atacar a un menor es todavía algo que me enfurece. Recuerdo la ocasión que en un penal de mi estado, con motivo de mi trabajo me tocó entrevistar a un violador, que lo había de su propia hija una menor de 11 meses, a la cual la infectó del VIH. Recuerdo vividametne el incidente, pues mientras tenía que mantener un comportamiento institucional y respetuoso, mis emociones se arremolinaban. Despúes de todo, los policías también debemos mantener a salvo nuestros sentimientos. En mi caso lo hago con lo mejor de los valores de la visión del mundo de mis dos maravillosos padres.

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