viernes, 6 de noviembre de 2009

Comerciantes de vidas


A Martina la encontraron dos operarios municipales de la limpieza, estaba sentada en la marquesina de la parada del autobús y lo que les extrañó a los trabajadores fue que el último en pasar aquella noche lo había hecho un par de horas antes. Les resultó raro que una jovencita, casi niña, estuviera sola esperando la llegada del transporte que no llegaría hasta poco antes del alba. ¿Qué haría allí si no? Se acercaron a ella con la intención de averiguar si estaba bien, si tenía algún problema o simplemente para advertirle que estar de madrugada en un sitio casi en penumbra y tan solitario podría suponer un peligro para ella. Uno de los limpiadores le preguntó -¿Estás bien?-, Pero Martina no respondió, parecía ignorarlos, no se dio por aludida, fue entonces cuando se acercaron lo suficiente como para poder comprobar que aquella chica adolescente tenía problemas. La mirada ausente, sus ropas desgarradas y algunas heridas superficiales como los arañazos en el rostro, los brazos y las piernas, junto a su pelo alborotado, fueron pruebas suficientes para comprender que necesitaba ayuda.

Sus padres llevaban algo más de cuatro horas preocupados por ella, el mismo tiempo que hacía que sus amigos la dejaron en la parada del autobús, a las diez de la noche, pero no en aquella misma marquesina, si no en el lado opuesto de la ciudad. Ella no pensó que aquellos dos chicos que la invitaban a subir a su vehiculo para llevarla a su casa, y que los había conocido aquella misma tarde en una discoteca para menores, podría suponer un peligro, aceptó la invitación ignorando lo que le podía ocurrir. Cuando acudió la policía a la llamada de los operarios la llevaron al hospital y allí la examinaron mientras la autoridad se ponía en contacto con los padres de Martina, que continuaba sin decir nada, sin mover un solo músculo de su cara, traumatizada sicológicamente. Fue la cedula de identificación lo que a los agentes les marcó el camino para comunicarle a su familia las circunstancias en las que había sido encontrada su hija, violada y al parecer abandonada a las afueras de la ciudad.

La familia de Martina era de fuertes convicciones religiosas y muy conservadora, lo que no restó apoyo para que su hija se recuperara, una tarea ardua que les supuso varios meses de sicólogos y multitud de rosarios rezados. A la joven, aquella desgraciada experiencia le supuso un problema tras otro porque, si ya sufrió con la violación, el resultado le acarrearía más sufrimientos aún. No sólo tuvo que enfrentarse a la superación del abuso si no que en adelante tendría que luchar contra sus propios padres que la obligaban a dar a luz a la criatura que llevaba en su vientre. Ella no quería aquel hijo fruto de la agresión, luchaba por no tener un hijo no deseado, fruto y sangre de sus agresores. Sin embargo, ser menor de edad no le daba derecho a decidir por su propio cuerpo y la decisión de sus padres, aconsejados por el párroco, fue la que prevaleció.

El aborto no estaba bien a los ojos de Dios, el derecho a la vida del feto era lo que se debía de hacer en estos casos, y para eso la iglesia tenía sus centros ideados para madres solteras, donde sus pudientes padres las internaban y allí harían de ellas toda una vida al servicio de Cristo. Dar el paso al internado suponía decir adiós a la hija para que ésta se dedicara en cuerpo y alma a quienes la acogían. Por aquellos tiempos la iglesia no había perdido poder, al contrario, había ganado en cuestiones sociales apoyados en lo religioso. Los centros concertados, subvencionados por el gobierno, se extendían por todo el país y acaparaban todos los campos posibles, no sólo el de la educación, también el de las enfermedades o problemas sociales.

Martina quedó recluida en el centro, donde trabajaba cada jornada para la comunidad administrada por religiosas, la cuidaban y alimentaban a cambio de su trabajo. Cuando parió la apartaron de su hijo y pocas veces más pudo volver a verlo mientras crecía, de él se hacían cargo en la guardería y cada año pasaban evaluación, si sufrían enfermedades, discapacidad, y el nivel de inteligencia. Los primeros los llevaban a hospitales administrados por la iglesia y subvencionados por el gobierno, al igual que los discapacitados y sus centros especializados, los más inteligentes continuarían bajo control eclesiástico hasta que en el futuro pasaran a dedicarse por entero a las empresas que poseía la comunidad; los de bajo coeficiente intelectual serían expulsados al terminar la enseñanza primaria, al igual que a sus madres, sin ningún derecho por los servicios prestados, las madres debían de estar agradecidas por lo que por ellas y por sus hijos habían hecho en la comunidad religiosa.

Martina y Julián, nombre otorgado por coincidir su nacimiento con el de la celebración del santo, salieron expulsados de la comunidad por la sospecha que provocaban sus amaneramientos, aún siendo un niño, la homosexualidad continuaba sin estar aceptada dentro de las normativas que regían y en el último control evaluativo decidieron que no continuaría los dos años de primaria que aún le quedaban y por supuesto su madre también sería víctima del veredicto, dejaban de ser útiles a la comunidad y pasaban a pertenecer a la sociedad indefensa. Los padres de Martina habían muerto varios años atrás en accidente automovilístico y toda su herencia fue entregada a la comunidad que cuidaban de su hija y nieto, por lo que cuando quedaron desligados de los religiosos lo hicieron en la pobreza más absoluta. Algunos años más tarde, Martina murió enferma y sin recursos, y Julián de igual modo que su madre, solo y a diferencia de la enfermedad que padecía la madre, la suya era provocada por un nuevo y extraño virus, que se contagiaba por la sangre y por el acto sexual, atribuido al colectivo homosexual como grupo de alto riesgo. Nadie le socorrió cuando fue a pedir ayuda a la comunidad religiosa donde nació y le habían criado, no les importó que muriera tirado en la calle, su vida ya no tenía interés para los que comercializaban con ellas.

Quizás les pudiera parecer extraña esta historia ficticia que les cuento pero tiene más relación con lo actual que con la ficción. Los comerciantes de vidas humanas se manifiestan en el cinismo más descarado y desvergonzado, mientras defienden las vidas de seres que aún no han nacido se despreocupan de las ya existentes, víctimas de las enfermedades o de la maldad humana. No entraré en criticar la pena de muerte, ni los muertos por hambrunas, ni de enfermedades como el sida en países subdesarrollados, por los que la comunidad conservadora y religiosa católica no se inmuta, lo haré criticando esa doble y falsa moralidad que pasean en defensa de la vida, en contra del aborto. La vida para la iglesia católica es un puro negocio, las vidas de las personas se cuentan como mercancías en sus libros de cuentas y el derecho de la mujer a decidir por su propio cuerpo no deja de ser una lucha a pecho descubierto que les lleva a manifestarse contra los derechos femeninos. En España, la controversia está servida, los conservadores se han tirado a la calle en defensa de la vida de los no nacidos y agarrados de la mano de la iglesia católica, y aunque son ya algunos años en los que el aborto está legalizado en este país, cualquier mínimo movimiento que el gobierno progresista haga por renovar las leyes en ese sentido es motivo de enfrentamiento y manifestaciones públicas. Los convocantes traen a los manifestantes de cualquier punto del país, en autobuses que pagan las asociaciones convocantes. La última sucedió hace varias semanas, en Madrid, y como siempre las cifras de asistencia según los organizadores superan varios millones de personas, sólo que en esta ocasión una empresa ha creado un programa que mediante fotografía aérea calcula con exactitud cual fue el número de asistentes en realidad. Esta vez fueron alrededor de 10.000 personas, algo menos de los varios millones que aseguraban los organizadores.

Pero no se trata de cuanto apoyo tiene o deja de tener, se trata de la nueva ley que entrará pronto en vigor, la que ofrecerá a decidir si quieren abortar sin permiso de sus padres las jóvenes adolescentes menores de edad, de 16 y 17 años. Esta proposición legislativa ha llevado a los conservadores a manifestarse en contra, y a las asociaciones a pelearse entre ellas por cuestiones de marketing, hasta el punto de llegar a proponerse la suspensión de la manifestación unas horas antes. El negocio que los mueve es lo que los une y casi lo que los separa, porque se ha comprobado que para ellos lo importante no es el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, ni si esta cuestión se puede llevar a cabo con uno o dos años menos de lo hasta ahora permitido y legal. Lo que los mueve son los caudales que generan gorras, banderitas, pañuelos, pins, pegatinas... todo un mundo de posibilidades reivindicativas que significan negocio.








http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

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