viernes, 4 de septiembre de 2009

Vidas coincidentes, vidas opuestas (Iª parte)


No pretendía continuar con el episodio de las Trece Rosas, y de hecho no lo haré. Aún así, y sin pretenderlo, la casualidad parece como si quisiera lo contrario, por lo que no me he opuesto al caprichoso destino. El de las trece jóvenes fusiladas en la posguerra sólo por haber pertenecido afiliadas a las juventudes socialistas, salvo una, la única casada y madre de un niño pequeño, cuyo delito fue ayudar económicamente a un compañero de trabajo simpatizante de la República, no fue el único acontecimiento llamativo que sucedió en la prisión de mujeres. Uno se imagina aquella cárcel, la de Ventas, donde se amontonaban más de 10.000 reclusas en el verano de 1939, con problemas de falta de higiene, insalubridad, mala alimentación, enfermedades... y no se ocurre pensar en otra cosa que en lo más parecido a un infierno. Nada comparable con lo que se pretendía cuando se inauguró en 1933, al ponerse en marcha el plan de modernización penitenciaria del gobierno republicano, que no buscaba otro fin que el de la reinserción social de las reclusas, y que tanto tuvo que ver en el intento de renovación la malagueña Victoria Kent. La capacidad máxima del centro estaba pensada para acoger a 450 personas, cada una de ellas en una celda individual, y terminó en un hacinamiento imposible de imaginar seis años después. Cada una de aquellas mujeres que pasaron por la prisión llevaba consigo una vida, unos sueños, frustraciones y esperanzas rotas, que en la mayoría de los casos no podremos recuperar su historia para hacerles justicia, sólo imaginarnos lo que suponía cada una de ellas pero sin llegar nunca a la realidad. Fue un cruce de caminos, de injusticias, donde convergieron vidas paralelas y opuestas. El destino, siempre burlón, irrespetuoso, las hizo coincidir en diferentes situaciones, oprimidas las más y en opresoras las elegidas, quizás la providencia las puso a prueba y la historia las clasificó a cada una con la justicia del tiempo, la más severa y equitativa.

Les seré sincero si les digo que sobre las Trece Rosas tenía un concepto hecho desde hace algunos años, conocía su historia sin entrar en detalles, pero siempre me pareció uno de los episodios más crueles, o al menos de los más llamativos, de cuanto sucedió en la posguerra de la contienda española del 36. Sin embargo, sobre la historia coincidente de estas dos mujeres con vidas opuestas no tenía ningún conocimiento, hasta que hace cuatro años leí un reportaje en el País Semanal que me atrajo sobre manera, "Historia de dos maestras" por Ignacio Martínez Pisón, me hizo recapacitar y pensar sobre la caprichosa existencia del ser humano, para el que el futuro sólo es lo que le apetezcan a las circunstancias influyentes, o como dirían algunos, lo que provoca el efecto mariposa. Tal vez tendrían más puntos en común de lo que en principio aparentan sus trayectorias, opuestas, eso sí, pero también coincidentes. El destino las puso enfrentadas, en distinto bando, cuando lo más lógico hubiera sido lo contrario, si se hubieran podido imaginar las circunstancias algunos años antes, cuando una era profesora y la otra, 20 años más joven, alumna en el mismo colegio. Doña María Sánchez Arbós es una de las vidas ejemplares de este país, toda una vida volcada en los valores fundamentales en la enseñanza, basados en la tolerancia, la fe en el progreso y el respeto a la libertad. En cambio, la alumna aventajada, Carmen Castro Cardús, ha quedado en la historia un tanto maltrecha y a la sombra siempre de quien fue luz de humanidad en tiempos difíciles. La historia, como a Judas, le dio el papel protagonista menos agradable, escogió el más fácil y ventajoso de todos cuantos la providencia le ofreció y no le sirvió de mucho.

51 años fueron los que María Sánchez Arbós dedicó a la enseñanza, en concreto a la escuela primaria, toda una vida al servicio de la educación. Sus inicios en la docencia se dieron en la escuela de párvulos del ayuntamiento de Zaragoza, recién terminada la carrera de magisterio. En 1913 sufriría su primera decepción cuando la directora de la escuela de La Granja, en la que obtuvo una plaza como maestra del estado, le prohibió dar clases a sus alumnas en la pradera cercana a la escuela. Pero en su biografía existe una fecha que marcó su trayectoria profesional y humana, fue en Madrid, una tarde del septiembre de 1915, cuando se encontró con una antigua amiga de estudios y ésta la llevó a asistir a una conferencia que le cambió la vida. El lugar era el Museo Pedagógico y el conferenciante Manuel Bartolomé Cossío. Sin lugar a dudas fue como encontrarse con su pensamiento, con la idea concebida que María tenía sobre la enseñanza, lo que Cossío propugnaba era lo mismo que ella siempre había soñado. Una escuela donde los niños disfrutaran aprendiendo, donde tuvieran todas las comodidades y donde los maestros se sintieran amigos de los alumnos y orgullosos de poder enseñarles. La relación entre profesor y alumno era uno de los pilares donde se aguantaba la reforma educativa promovida por la Institución Libre de Enseñanza, de la que el conferenciante era su máximo representante. Desde aquella tarde significativa su vida quedó estrechamente enlazada a la institución o a otras entidades dependientes de ella: la Escuela Superior de Magisterio, donde estudió tres años, desde 1916 a 1919; la Residencia de Señoritas, a la que pudo acceder gracias a una modesta beca; al Instituto-Escuela, donde desarrolló sus prácticas. Pero su vida personal no fue ajena ni la alejó de la Institución, todo lo contrario, su matrimonio con Manuel Ontañón, hijo de un conocido profesor, no hizo otra cosa que fortalecer el vínculo existente. El mismo año en el que contrae matrimonio, María obtiene una plaza de profesora en la Escuela Normal de La Laguna, y seis años más tarde, en 1926, se traslada a su ciudad natal con una plaza de las mismas características que la anterior. Algunos cambios eran notorios desde que ella estudió en la Escuela Normal de Huesca, el principal era el cambio de domicilio, la escuela había dejado atrás el convento de Santa Rosa para trasladarse a la calle Padre Huesca, fue aquí, en este nuevo enclave, donde coincidió por primera vez con la que en el futuro sería su carcelera, Carmen Castro Cardús.

Al año siguiente, y después de concluir el siguiente curso, 1927-1928, Sánchez Arbós, deja su ciudad y decide regresar a Madrid, donde consigue aprobar unas oposiciones a la dirección de grupos escolares. Pareciera como que estuviera predestinado y curiosamente fue el centro Francisco Giner de los Ríos, de reciente creación, el que recibe como primer destino de directora, el nombre del fundador de la Institución Libre de Enseñanza. El centro educativo se inauguró el 14 de abril de 1933 con la presencia del presidente de la República. Su actividad y las ganas de trabajar por la enseñanza y los niños la llevan a dar comienzo a un buen puñado de ideas como la creación de una asociación de padres, algo que parece imposible de plantearse en aquellas fechas y contexto, consigue la instalación de duchas y cantina para los alumnos en el centro y batalló contra la Inspección para que ningún niño del barrio se quedara sin clases, apretando al máximo el horario. Pero la alargada sombra planeaba siniestramente sobre el futuro más inmediato de los españoles, de las ilusiones puestas en una República joven, con las mejores intenciones sociales pero también con la inexperiencia y la débil consistencia política, no tardaron mucho en aguar las esperanzas de una sociedad privada de casi de todo, de necesidades y carencias, un terreno abonado para sembrar el miedo, el terror, y aprovecharse de las circunstancias. Fue entonces cuando, los fascistas españoles, apoyados por sus iguales europeos, se rebelaron contra el gobierno establecido democráticamente y, los que no consiguieron ni un solo escaño en las elecciones anteriores al parlamento español, los falangistas, se adueñaron y robaron el país, con la violencia y el terror por bandera. Pero María continuó al frente del grupo escolar que dirigía, aún exponiéndose junto a sus alumnos a las bombas de los fascistas que trataban de apoderarse de la plaza madrileña sin escrúpulos ni miramiento alguno por las víctimas civiles que pudieran ocasionar.

María Sánchez Arbós siempre llevaba un diario desde el primer día que comenzó a enseñar, "Mi Diario", del que sólo se hicieron 100 ejemplares, costeados de su propio bolsillo y publicado en México, en 1961, cuando ya era anciana y apartada de la docencia. Por él sabemos que el 8 de noviembre de 1936, año del alzamiento fascista, una bomba cayó sobre uno de los torreones de la escuela y obligó a abandonarla a profesores y alumnos. Pocos días después la escuela pasa a manos de la columna Durruti, donde se instalaron, ocupándola literalmente. Tristemente abatida, María regresa varios días más tarde al centro, a rescatar su diario, un retrato de don Francisco Ginér de los Ríos y las llaves de la escuela. No reanudaría su diario hasta 1945, en el que escribe: "Mi escuela ha sido deshecha, los niños disueltos... yo encarcelada. ¿Razón? No he podido averiguarla todavía".








http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

1 comentario:

  1. amigo mio que puedodecir de nuevo...me impresiona la oportunidad con que te juntas con precision,con material especifico,claro,coherente...de lo que ya no queda
    coherencia...
    gracias!lidia

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