viernes, 11 de septiembre de 2009

Vidas coincidentes, vidas opuestas (2ª parte)


Ajena al transcurrir de la existencia de María Sánchez Arbós, la vida de Carmen Castro Cardús se desarrollaba en su ciudad natal, en Huesca. Si uno se imagina el contexto en el que nació y se crió Carmen, jugando a nuestro favor con el conocimiento de por cuales derroteros se fraguó su futuro, las imágenes lógicas que pasarían por la mente es que lo haría en una familia con ideales definidos, bien a la derecha, y con unas influencias directas rondando el fascismo, este sería el contexto supuesto he imaginado, pero nada parecido a la realidad. Lo que demuestra que las ideas de cada uno en nada tienen que ver con las que influyen en el desarrollo familiar, eso sí, es evidente que le llegaron por otro flanco y alejado del contexto familiar. Su vocación religiosa le marcó el camino y, de acuerdo o no, su vida se desarrolló por los causes que las teresianas le guiaron. Existen detalles en su biografía que la hacen parecer un pensamiento distinto al que mostraba y que bien podría haber sido presa o víctima de las circunstancias sociales y políticas que se vivían por aquellos días. Pero también los hay, los detalles, que la representan como un ser frío, insensible, y de fuerte carácter, al menos así es como la imagino, después de lo escrito por el periodista Carlos Fonseca en Las Trece Rosas, donde asegura que dirigía la prisión con manos de hierro. También cuenta Fonseca que "desde el primer momento colaboró con la Quinta Columna organizada por la Falange clandestina de la capital para ayudar a los militares insurrectos". Su contacto en la clandestinidad era el alemán Félix Schlayer, cónsul de Noruega por aquellos días. Esto muestra que no se vio envuelta en esa vorágine de sucesos inesperados y un tanto acelerados como sucedían por entonces, porque fue este contacto clandestino el que en el futuro sería el valedor de sus ascensos, cuatro años más tarde, Schlayer, daría testimonio de los servicios que Carmen había prestado a la causa nacional, cuando trabajaba de funcionaria de prisiones en la cárcel y cada vez que una monja era puesta en libertad avisaba al cónsul de Noruega para que enviara un vehiculo a recogerlas y de esta manera ahorrarles posibles encuentros con milicianos exaltados.

Pero para entender mejor su trayectoria, en lo personal, social, político y profesional, habría que empezar diciendo que fue la tercera de siete hermanos, hijos de un alto funcionario del Ministerio de Hacienda y que tanto su padre como sus hermanos en nada coincidieron con ella políticamente. La familia era de fuertes convicciones religiosas, pero también simpatizantes del partido de Manuel Azaña, Izquierda Republicana. Su hermano Julio Alejandro, dos años mayor que ella, fue uno de tantos españoles exiliados que fueron acogidos en México, curiosamente fue un hombre de gran talento que escribió los guiones, junto al genial Luís Buñuel, y que tuvo mucha culpa de los éxitos obtenidos con los clásicos, Nazarin, Viridiana, Tristana o Simón del desierto. Sobre su vida y buen hacer han escrito novelistas como Antón Castro, Manuel Vicent, Vicente Molina Foix o Román Ledo, por cuya biografía sabemos que el padre de Julio Alejandro, de Carmen Castro, tenía muy buenas relaciones de amistad con los poetas Antonio y Manuel Machado y que su familia pertenecía "a la estirpe de la España lucida", emparentados con el ideario de la Institución Libre de Enseñanza. Tanto Julio Alejandro como Santiago, su hermano mayor, tuvieron de preceptor a Jesús Abad, compañero de María Sánchez Arbós en el claustro de profesores en la Escuela Normal de Huesca, en 1927, el que más tarde sería alcalde de la ciudad y director de la escuela durante la Segunda República. Donde también estudió Carmen dos años, antes de ser matriculada en las Escolapias. En 1915 la familia se trasladó a Madrid por el nuevo destino profesional de su padre.

Para seguir el rastro de Carmen Castro Cardús, Ignacio Martínez de Pisón, busca en distintas direcciones. Por un lado los expedientes en los archivos de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias e Histórico Provincial de Huesca, por el otro en los testimonios de su hermana Matilde y de algunas reclusas de aquella época. Después de concluir el bachillerato estudió Farmacia en Madrid y se ordenó teresiana. Fue ésta, la congregación religiosa, la que le marcó instrucciones de matricularse en Huesca en las dos asignaturas que le faltaban para acabar Magisterio, en 1927. Fueron años en los que tuvo que acudir con frecuencia a su ciudad natal, ir y venir desde Madrid, hasta que en 1932 obtuvo el titulo de maestra nacional. Pero durante este tiempo no solo estudió, su dedicación laboral estuvo volcada en la Inspección Farmacéutica Municipal y más tarde como maestra en Villanueva de la Cañada, en la provincia de Madrid, hasta 1935, año en el que ganó unas oposiciones para ingresar de maestra de instrucción primaria en el Cuerpo de Prisiones.

Estalló la guerra y comenzó a trabajar de farmacéutica en el Hospital de la Sangre, organizado en el Instituto Oftálmico por las esposas de Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga, junto a su hermana Matilde y con una jovencita María Casares, que en el futuro llegó a ser una conocida actriz. Más tarde pasó del Hospital de la Sangre a un edificio de la plaza de las Comendadoras habilitado para cárcel de mujeres, como funcionaria de prisiones, y fue aquí donde comenzó a colaborar con la Falange clandestina. Sin embargo, no estaría mucho tiempo esponiendose en la colaboración con los insurrectos, en julio de 1937, y en cuanto se presentó la ocasión, Carmen se pasó a la llamada zona nacional, donde el fascismo se hacía fuerte. Por lo tanto y ante esta actitud, no cabe la posibilidad de que la espiral política la hubiese situado a un lado o al otro, fue ella, su decisión, la que optó por sumarse a los fascistas. A partir de ahí, y hasta el final de la guerra, trabajó sucesivamente y en distintas prisiones de San Sebastián, Saturrarán y Santander, ciudad ésta última donde le fue notificado su nuevo cargo y destino por el jefe del Servicio Nacional de Prisiones, Máximo Cuervo, poco antes de que las tropas franquistas entraran en la capital, la había nombrado directora de la cárcel de Ventas.

Mari Carmen Cuesta fue compañera y convivió con tres de las Trece Rosas en la sección de menores, también menor de edad por entonces, 15 años, y vio cómo una guardiana las despertaba en la madrugada para dirigirlas con las otras diez elegidas, para ser fusiladas, y por testimonios de reclusas como Cuesta, se sabe que Carmen Castro no quiso, se negó, hacer compañía a las trece jóvenes mientras escribían sus cartas de despedida en la capilla de la cárcel. No obstante, la socialista Ángeles García-Madrid, cuenta en su libro Requién por la libertad que su débil corazón difícilmente habría soportado "aquel engendro de justicia" , Carmen Castro no pasaba por un buen momento, su madre había muerto poco tiempo atrás por una bronconeumonía en una residencia de religiosas en Zaragoza, También García-Madrid recuerda unas palabras en relación a dos hermanas que fueron ejecutadas por haber denunciado a un falangista, a lo que dijo al respecto: "Yo misma las he colocado esta mañana en el paredón. Los delitos de sangre hay que ahogarlos en sangre", pero su hermana Matilde la exculpaba, diciendo que fueron las propias fusiladas las que le suplicaron que las acompañara en sus últimos momentos, en los que querían ver una cara amiga. De todas maneras, lo cierto es que no quiso o no pudo mirarles a la cara a aquellas trece chicas que fueron fusiladas y que ni siquiera tramitara las solicitudes para la conmutación de las penas dice a las claras su pensamiento al respecto.

No se tiene por seguro si María Sánchez Arbós ya estaba en Ventas cuando el episodio de las Trece Rosas, a la que llegó reclusa solo por haber pertenecido a la Institución Libre de Enseñanza, a la que los fascistas nacionales la habían declarado como opuesta al Movimiento, por sus notorias actuaciones contra el nuevo régimen. Lo cierto es que Carmen Castro quedó impresionada cuando vio a aquella mujer de su valía y la labor que había hecho durante toda su vida. Parece ser que la carcelera le propuso a su antigua profesora convertirse en reclusa de su confianza, para hacerle más liviana la estancia en la cárcel, pero rechazó el ofrecimiento, le dijo que si quería hacer algo por ella, a cambio, le pidió que habilitara una zona en la cárcel para las mujeres que vivían con hijos pequeños y que se convirtiera la sección de menores en una escuela para las presas jóvenes, y aceptó, y la propia María, ayudada por Rafaelita, una reclusa también maestra, se encargó de dirigir la que llamó Escuela de Santa María.

En 1941 fue absuelta por un tribunal militar, pero también expulsada del magisterio, y no fue rehabilitada hasta 1952, al parecer gracias a las gestiones de un hombre cercano al régimen y a cuyo hijo daba clases particulares. María Sánchez Arbós murió en 1976, en Madrid, con 86 años de edad. Respecto a Carmen Castro Cardús, fue nombrada inspectora central de prisiones, en 1940, y 8 años más tarde murió, con 38 años, cuando era responsable de la Sección de Redención de Penas por el Esfuerzo Intelectual.










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