sábado, 29 de agosto de 2009

Trece rosas, trece mujeres, trece vidas


"Roux, Cardinal y el pálido habían comido opíparamente en el Ritz y se sentían alegres (...). Una hora antes les había llegado la orden de elegir a quince mujeres, preferentemente menores de edad, para conducirlas a juicio. Ya en comisaría, una señora, que se sentía agradecida porque habían liberado a su hija, le regaló al Pálido un ramo de rosas. Eran quince... El Pálido lo cogió y, mirando a Cardinal y a Roux, dijo: "Señores, ha llegado el momento de decidir quiénes van a ser las quince de la mala hora. Bastará con ponerle un nombre a cada una de las rosas... Empezaré yo', dijo tomando una flor. 'Y bien, esta rosa de pasión se va a llamar Luisa. No conseguí que esa bastarda pronunciara una sola palabra en los interrogatorios. Por poco me vuelvo loco'. 'Y ésta, Pilar', dijo Cardinal. 'Y ésta se va a llamar Virtudes', susurró el Pálido con precipitación. 'Y ésta, Carmen', dijo Cardinal. 'Lo merece más que nadie. Nunca me miró bien esa condenada'. 'Y ésta, Martina', anunció Roux. 'Está siempre ausente. Seguro que ni siquiera se va a dar cuenta de que a muerto". Esta posibilidad literaria, novelada, bien podrían ser los diálogos reales de como sucedieron los hechos, para llevar a las Trece Rosas a la ejecución, ante las tapias del cementerio del Este, en Madrid, el 5 de agosto de 1939. Éste es un extracto sacado del libro Las Trece Rosas, de Jesús Ferrero. En este relato de ficción, el escritor, le dedica un capítulo a cada una de las muchachas fusiladas en la posguerra civil española. Uno de los episodios más conmovedores de aquel tiempo de odio fratricida y fascismo. La mitad de las trece mujeres, junto a los 43 hombres, que fueron ejecutados aquel día, eran menores de edad, entonces establecida en los 21 años. Fue por eso, por lo que comenzaron a llamarle las trece rosas, por su juventud.

Ana López Gallego, Victoria Muñoz García, Martina Barroso García, Virtudes Gonzáles García, Luisa Rodríguez de la Fuente, Elena Gil Olaya, Dionisia Manzanero Sala, Joaquina López Laffite, Carmen Barrero Aguado, Pilar Bueno Ibáñez, Blanca Brisac Vázquez, Adelina García Casillas y Julia Conesa Conesa. Así se llamaban y eran modistas, sastras, amas de casa, pianistas, todas militantes de la JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) menos una, Blanca Brisac. Una respuesta del régimen franquista por los asesinatos del comandante de la Guardia Civil, Isaac Gabaldón, su hija y su chófer, el día 27 del mes anterior. Aún así, no fue más que un detalle vengativo, Franco se había propuesto acabar con todos los no fascistas de este país, no sólo comunistas y socialistas, de igual modo con los liberales y con todos los que de alguna manera el recuerdo los relacionara con la convivencia en una España libre. La JSU nació de la unión de dos organizaciones progresistas, en marzo de 1936, entre la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas. Sin embargo, en 1939 la organización estaba prácticamente deshecha, sus líderes encarcelados y sólo contaban con el coraje de sus miembros y las ganas de luchar por la libertad y la República. De todas maneras, la JSU representaba un autentico peligro para los intereses del dictador, eran jóvenes en su mayoría y eso significaba un futuro de oposición y una constante de problemas para el régimen fascista, Franco tenía claro que tenía que hacerla desaparecer de raíz.

Habían pasado cuatro meses desde que terminó la Guerra Civil y Madrid, como el resto del país, era un inmenso decorado destruido, en ruinas, triste y desolador, de hambre, miseria y opresión. El nuevo régimen fascista limpiaba cada rincón, cada ciudad, cada pueblo, cada calle y cada casa; los delatores y espías servidores de los vencedores estaban en cualquier parte y posición, las denuncias de vecinos, familiares y amigos eran constantes y los procesos de depuración en la Administración, en la Universidad, en las empresas... Mientras tanto el dictador advertía en sus discursos voceando en las radios de Madrid: "Juro aplastar y hundir a quien se interponga en nuestro camino", Franco tenía claro que la barbarie no había dado fin con el final de la contienda, quedaba la parte más importante de su plan fascista, aniquilar a cientos de miles, a millones de españoles quizás, fusilados en las tapias de los cementerios, en las afueras de los pueblos, en los caminos... "Españoles, alerta. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España, con el favor de Dios, sigue en marcha, una, grande, libre, hacia su irrenunciable destino". Según Pedro Montoliú, en su libro Madrid en la posguerra, 1939-1946. Los años de la represión: "Los peores meses fueron junio, con 227 fusilados; julio, con 193; septiembre, con 106; octubre, con 123, y noviembre, con 201. Por días, los más sangrientos fueron el 14 de junio: 80 fusilados; 24 de junio, 102; 24 de julio, 48; 5 de agosto, 56..." Ese día fueron fusiladas las Trece Rosas, entre 18 y 23 años, que habían intentado reconstruir la JSU en la clandestinidad.

Uno de los mejores conocedores de este episodio, si no el mejor, el periodista Carlos Fonseca, y en su libro Trece rosas rojas, puso al descubierto los testimonios de reclusas que por aquellos días estaban encarceladas en la prisión de Ventas, de Madrid, de familiares, detalles del sumario, experiencias relacionadas directamente con el fusilamiento de aquellas jóvenes. Pero no sólo Fonseca, también otros publicaron trabajos al respecto: Dulce Chacón, Jorge Semprún...; largometrajes y documentales como Que mi nombre no se borre de la historia; incluso su historia fue llevada a escena por la Compañía de Danzas y teatro Arrieritos. Algunos de esos testimonios que quedaron recogidos en distintos trabajos nos dejan la piel de gallina, se nos eriza, y el alma se nos desmorona por los suelos. "Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas" (María del Pilar Parra). "Algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: ¿es que a mí no me matan?" (Mari Carmen Cuesta). "Si fue terrible perderlas, verlas salir, tener que soportarlo con aquella impotencia, más lo fue ver la sangre fría de Teresa Igual relatando cómo habían caído. Entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres (con sus maridos y sus novios, también condenados) antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados" (Carmen Machado).

Para finalizar este recuerdo, cuando ya han pasado algunos días desde el homenaje dedicado a las Trece Rosas, al cumplirse los 70 años del horrible asesinato, cruel y despiadado, dejaré dos cartas, las últimas palabras la noche antes de ser fusiladas y que iban dirigidas a sus seres queridos. Las primeras palabras son de Julia Conesa, de 19 años, dicen así: "Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar... Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia".
La otra misiva es la dirigida a su hijo Enrique por Blanca Brisac, en la que le dice: "Voy a morir con la cabeza alta... Sólo te pido que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor... Enrique, que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la cimentaron a mí... Hijo, hijo, hasta la eternidad...".








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