viernes, 21 de agosto de 2009

La reina cruel

Está claro que los reyes son parte de otro tiempo, aunque aún hoy continúen ejerciendo algunos como tal y curiosamente en países en los que las democracias se han hecho fuertes y han permitido a sus ciudadanos elegir a sus representantes políticos, lo que los sitúa en una posición casi de adorno, más que en auténticos jefes de Estado con peso especifico sobre los destinos de sus países. Los tiempos les han obligado a adaptarse a lo exigido, a respetar las decisiones de los ciudadanos por encima de soberanías y magnificencias sucesorias y hereditarias. Pero aún así, forzados por los tiempos que corren, algunas de las monarquías europeas se resisten a perder sus privilegios heredados, inteligentemente, eso sí, de otra manera el resultado habría sido adverso para más de una de las casas reales que aún sobreviven enganchadas a lo que representaron siglos atrás. Los reyes han pasado a ser figuras casi míticas, algunas, perversas y crueles otras, y decadentes y nefastas para la población de sus países muchas de ellas, pero para bien o para mal todos los personajes reales han pasado a la historia de sus pueblos, cada uno con el estigma que le corresponde, porque a pesar del poder que disfrutaron y desplegaron la historia los pone a cada uno en su sitio. La historia no es partidista ni partidaria, es justicia, y tarde o temprano pone a cada uno en el lugar que le corresponde, aunque este sea el olvido, que también es un lugar ventajoso dependiendo de cómo se mire.

La realeza española tiene donde escoger, el catalogo de monarcas, reyes y reinas, es extenso y rico en personajes verdaderamente apasionantes, los hay para todos los gustos y de distintas características. Por supuesto que yo tengo mis preferidos, los que me resultan más simpáticos, que son los menos, los más crueles, el más inteligente, el más generoso y el menos considerado con su pueblo. Pero no voy a enredarme en catalogaciones, quizás en otra ocasión los baje de sus pedestales para desempolvarlos y dejar a las claras mis puntos de vista sobre cada uno, mientras tanto pondré mi mirada sobre una reina, que no lo fue de España pero si de Inglaterra e Irlanda, reinó con el nombre de María I pero también fue conocida por el sobre nombre de María la Sanguinaria (Bloody Mary en inglés). Fue protagonista de una de las épocas más sangrientas de la historia inglesa, su lucha sin cuartel contra los protestantes y en defensa del catolicismo dejó marcado con sangre su reinado, fue el azote de herejes, persiguió con saña a los contrarios al catolicismo, a simpatizantes de los protestantes, llenó de prisioneros la Torre de Londres y ajustició a centenares de seguidores de Calvino. Una de las reinas más crueles que la historia nos dejó para asombro de quienes miramos esa época desde lejos y sin el temor de que nos afecte en lo meramente político, aunque nos dejé asombrados en lo religioso.

Habría que empezar diciendo que era nieta de Isabel la Católica, esto dice mucho de ella y de su extirpe, perversidad y crueldad a partes iguales, solo hay que remontarse hasta su abuela, a la que la iglesia católica está empeñada en hacer santa, para comprobar la crueldad de sus genes. Hija de Catalina y Enrique VIII, vio como la separación de sus padres la privaron de su condición de heredera para pasar a manos de su hermanastro Eduardo VI, pasó recluida y bajo un estado constante de vigilancia parte de su vida, defendiendo a su madre, lo que hizo que su personalidad se forjara contra los que le habían privado del derecho sucesorio, entre ellos los protestantes, a los que culpaba prácticamente de su desheredado acceso directo al trono. Enrique VIII, en 1533, logró que el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, dictaminase el divorcio sobre su matrimonio, lo que aceleró la ruptura con el Vaticano y la creación de la iglesia anglicana un año más tarde. Para María, el catolicismo se convirtió en la seña de identidad, se aferró en su defensa con uñas y dientes, en medio de un ambiente cada vez más adverso para ella y rodeada de herejes y enemigos que en más de una ocasión fueron maquiavélicos y cautelosos para su eliminación física, sólo una parte de la nobleza que defendía el catolicismo y se negaban a aceptar la implantación del protestantismo y su primo, el rey de España, Carlos V, estuvieron de su parte y quizás eso le salvó de un final trágico y prematuro. En 1547 murió su padre y el trono lo ocupó su hermanastro Eduardo VI, lo que supuso el avance del protestantismo, las destrucciones de imágenes religiosas y otras actitudes represivas contra los católicos le valieron al nuevo rey para recoger las efusivas felicitaciones de Calvino. Mientras tanto María Tudor seguía a lo suyo, recluida en su cárcel de oro y víctima de varias enfermedades que le fueron afectando hasta convertirse en crónicas, y desposeída del título de Princesa de Gales. No obstante tuvo suerte, porque tres años antes de morir su padre llegaron a la reconciliación gracias a la intercesión de una de sus esposas, Jane Seymour, que había sido dama de compañía de su madre, esto le hizo mantener la línea sucesoria tras Eduardo VI y éste no tardó mucho en, como se dice vulgarmente, irse para el otro barrio por culpa de la tuberculosis y dejarle a María el camino libre de obstáculos hacia el trono de Inglaterra.

De todas maneras no lo tuvo fácil, antes debió enfrentarse a una conspiración por parte del partido protestante, cosa que resolvió con el apoyo popular de los londinenses. Tampoco perdió el tiempo, su venganza se sirvió fría y se desquitó de toda la ira que la reconcomía, en pocos días reinstauró el catolicismo y la represión contra los protestantes fue clara y directa, se restableció la misa en latín, los sacerdotes católicos sustituyeron a los protestantes, destituyó a los sacerdotes casados y mandó a prisión, a la Torre de Londres, a más de uno de sus enemigos, entre ellos a Cranmer, que tanto daño le hizo con el divorcio de sus padres. Tampoco podía dormirse en los laureles y dejar placidamente que todo transcurriera con la implantación del catolicismo, de sobra sabía que sus detractores estaban al acecho y a la mínima de cambio volverían por sus fueros, lo que la forzó a buscar descendencia para mantener lo que tanto le había costado, y claro está, antes que descendencia tendría que buscar marido, que no era fácil, aunque con su estatus social no le costó, otra cosa es el parecer que le resultó al futuro marido, su primo Felipe II. Su tío Carlos V le ofreció que se casara con su hijo, viudo desde poco tiempo atrás, 11 años menor que ella, y ésta aceptó; obviamente los protestantes se opusieron pero nada pudieron hacer frente a los deseos e intereses de María, que vio en el enlace con su primo el arma necesaria para enfrentarse a sus enemigos y continuar con sus intenciones católicas. Dicen los historiadores que, mientras se negociaban las capitulaciones para el trono en caso de que él enviudara sin descendencia, ella pidió un retrato del que se iba a convertir en su marido y desde Madrid le enviaron un retrato que Tiziano le pintó, nada más ver la pintura la reina se enamoró perdidamente, enamoramiento que le duró hasta el final de sus días, otro asunto es el perecer de Felipe II, que se negó en principio a la unión, pero que forzado por su padre no tuvo otro remedio que aceptar, María rondaba los 40 años y ya había perdido la belleza que en otro tiempo de juventud poseía, además de la mayoría de los dientes por su afición desmedida a los dulces, aunque era una mujer culta y de fuerte personalidad.

Desde luego que no encontraría un pretendiente mejor para sus intereses, claro que a su tío Carlos V tampoco le venía mal la unión, al contrario, los intereses del emperador no eran otros que los de unir bajo una misma bandera los territorios de Flandes, Borgoña e Inglaterra, para defenderse de las intenciones continentales de los franceses, pero para conseguir tal propósito se necesitaba un descendiente que colmara los deseos de ambas partes, a lo que sin tregua, el matrimonio se entregó a los placeres carnales en busca del heredero. Pero pocas semanas antes de la boda, en julio de 1554, la reina tuvo que enfrentarse a una rebelión de protestantes que se negaban a la unión con el príncipe español, a sabiendas de que ese sería el fin del protestantismo si se llegaba a celebrar. Pero no le tembló la mano a la hora de sofocarla, ordenó ejecutar a todos los cabecillas, por su parte, "el demonio del mediodía", como llamaban a Felipe II, buscaba la manera de contentar a los ingleses, se llevó un millón de ducados y los repartió entre la población, participó en algunas costumbres como los torneos o beber cerveza negra, e incluso aprendió algunas palabras en inglés. El mismo año de la boda, en noviembre, se restauró oficialmente el catolicismo y, aunque tranquilizó a la nobleza con no reclamar y respetar las propiedades que habían expropiado a la iglesia católica, movida por la venganza, dispuesta a defender su trono y quizás sintiéndose reforzada por su matrimonio, emprendió una cruzada contra los protestantes y, tras lograr que el parlamento aprobase las leyes contra la herejía, se lanzó con ahínco a la ardua tarea de acabar con el protestantismo. Los arrestos y las ejecuciones de obispos y representantes protestantes fueron sucediéndose y ante sus iglesias fueron quemados vivos, después de ser torturados, entre ellos al que siempre culpó de traidor y causante de todos sus males, Thomas Cranmer. Pero no sólo los máximos representantes sufrieron el azote de "Bloody Mary", de igual manera fueron miles los arrestados y ejecutados, por simpatizar con los represaliados o simplemente por sentir compasión o condolencia.

Mientras tanto, y ante tal represión desmedida, Felipe II envió cartas a los obispos católicos pidiéndoles complacencia, benevolencia y tolerancia, sin otra intención que la de ganarse las simpatías de los ingleses, e interfirió a favor de su cuñada Isabel, a la que su hermana, su esposa, la había encerrado acusandola de conspiración. El único motivo existente era el recelo que sentía contra su hermana y a la que pretendía apartar de la línea sucesoria eliminándola. Lo que no imaginaba es que su cuñada, a la que posiblemente le salvo la vida interfiriendo por ella, en el futuro se convertiría en una de sus mayores enemigas. Pero la frustración de la reina se agigantaba al no quedarse embarazada, aunque sus deseos eran tan pronunciados que llegó a pensar que lo estaba, no tenía menstruación, sufría mareos, el vientre hinchado, y hasta llegaba a asegurar que sentía los movimientos del feto. Tan convencida estaba de ello que se pasaba las horas sentada en el suelo y con las rodillas bien apretadas, tratando de acelerar el parto. Pero llegó la fecha prevista para el alumbramiento y su vientre se desinfló, la frustración y el fracaso del no alumbramiento llevó a algún fanático a culpar a los protestantes, como castigo divino, lo que enfureció a la iracunda y sanguinaria reina a desplegar de nuevo todas sus maldades contra los protestantes. Pero no fue castigo divino, ni siquiera su naturaleza histérica la que le propició sus partos sicológicos, si no un tumor en los ovarios que estaba acabando con su vida. Por otro lado, su marido, se desengañaba por la falta de herederos y cansado de su matrimonio de conveniencia se fue distanciando de ella y compartiendo cama con las jóvenes cortesanas que le rodeaban. Al año de casarse y tras la excusa de las abdicaciones del emperador, Felipe II viajó a Flandes, al tiempo que María se desesperaba inmersa en la tristeza, cada vez más sola, rodeada de enemigos, sin heredero y el hombre a quien amaba no le correspondía. No volvieron a verse hasta el año próximo, una sola vez, y fue para pedirle hombres y dinero para su guerra contra Francia. Después nunca más se encontraron, pero ella, desesperada y envuelta en la locura, le envió un emisario a los pocos días de su partida, asegurándole que estaba embarazada, cosa que nunca ocurrió. Murió a los 42 años, en noviembre de 1558.






Texto perteneciente al libro: Miradas Impacientes II
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

2 comentarios:

  1. vaya que cosaa crueldad...me provoca una especie de nada...me encanto el relato
    y gracias por andar por ahi,cuando la triteza vive en mi!
    lidia-la escriba perenne
    www.deloquenosehabla.blogspot.com

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  2. La reina Isabel I de Inglaterra no fue menos cruel en su persecusión de catolicos y en suprimir la rebelión en Irlanda y eso que la pintan de cuerda y de sabia, a lo menos fue una ladrona llenándose los reales bolsillos del oro de los galeones españoles, quiza prueba de su cordura o codicia ¿hay locos codiciosos? De su vida privada mejor ni hablemos. Si de reales locas hablamos. Saludos Toño

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