martes, 25 de agosto de 2009

La leyenda de la cacica infiel


La avaricia y la ambición desmedida del ser humano nos ha llevado a protagonizar a los de nuestra especie los episodios más impresionantes que se puedan imaginar, escritos en las páginas de la historia están reflejadas aventuras increíbles, casi de ciencia ficción, pero que en un principio se apoyaron en argumentos casi infantiles, para acabar en el mayor de los mitos y rodeados de leyendas grandiosas. Sin lugar a dudas es el ser humano el único capaz de crear, prácticamente de la nada, una enorme espiral fantasiosa y elevarla a lo inimaginable, por el deseo y la necesidad de alimentar su egolatría, su avaricia, la ambición de poder que le sitúe por encima de cualquiera, de reyes y de dioses, de sabios y de genios. El oro es el símbolo de ese poder, de cualquier poder, en todas las culturas el metal amarillo, de una u otra manera, ha servido para exhibir una supremacía subyugante con el único fin de dominar a los pueblos, era el símbolo de preponderancia, que no necesitaba de otros condicionantes; por sí solo el oro era sinónimo de grandeza y a cuanto más brillo más poderío.

Una de las épocas de la historia en la que la ambición dispuso de mayor desenfreno y donde un mayor espacio se encontraba disponible, repleto de posibilidades para conseguir saciar la avaricia humana, fue la colonización del continente americano. Las nuevas tierras se prestaban a la fantasía como ninguna otra conocida, precisamente por ese motivo, por el desconocimiento de un continente inmenso, donde el ansia devoradora de muchos los llevó a dejar sus vidas en busca de un tesoro, una mina de oro o un hallazgo único y de valor inigualable e incalculable. Cualquier sueño es posible en una tierra virgen, repleta de riquezas y completa por descubrir. Es lo que hizo a muchos colonizadores arriesgarse a la aventura del nuevo continente, la posibilidad de encontrar el tesoro que los pudiera convertir en el hombre más poderoso de la tierra conocida hasta entonces.

El oro continúa siendo el metal símbolo del poder, pero quizás, y desde esa época, la definición más usada sea la de El Dorado. Ha pasado a convertirse en la manera de definir cualquier relación con el poder, la ambición, y por supuesto con la avaricia. Decir El Dorado es decir el sueño de grandeza que cada cual llevamos dentro, como parte misma de nuestra existencia, de nuestro ser, la necesidad de poder va con cada uno de nosotros y a todos nos gustaría encontrar El Dorado en forma de lotería, de herencia o de negocio fructífero. El Dorado es nuestro sueño, nuestra esperanza de no tener que levantarnos temprano nunca más para acudir al trabajo, de poder vivir en la casa que siempre deseamos, con todas las comodidades, de satisfacer los deseos y necesidades de familiares, amigos, paliar el hambre en el mundo, las enfermedades... El Dorado lo es todo, la llave para dar rienda suelta a nuestros deseos y que nuestras esperanzas queden complacidas y satisfechas. Me atrevería a decir que no existe confusión alguna relativa al significado de El Dorado, aunque no tanto así a lo que se atribuye la definición.

Para la mayoría continúa siendo una ciudad perdida, envuelta en leyendas fantasiosas y que aún está por descubrir, tipo a los templos malditos o las ciudades de ficción que Indiana Jones acostumbra a descubrir y en las que siempre encuentra el tesoro, la joya, o el símbolo que representa a El Dorado. Pero nada más lejos de la realidad, ninguna relación tiene con esas fantasías míticas de otros mundos casi imposibles, pertenecientes más a la imaginación del ser humano que a la realidad de cualquier otro tiempo pasado.

No obstante, como todas las leyendas, ésta tiene su punto de partida y, como apuntaba al principio, lo que empezó como ofrenda para después convertirse en ritual, acabó en uno de los mayores mitos que la historia del ser humano conoce. No fueron pocas las vidas que se cobró El Dorado, ni tampoco las expediciones que se emprendieron con la esperanza de encontrarlo y que a la postre sirvieron para dar con otros descubrimientos, nuevas tierras y nuevos pueblos. Al principio lo buscaron por los Andes, cerca de Colombia, pero al no encontrar nada de lo que buscaban pusieron sus puntos de mira en otros lugares. En 1535 partieron dos expediciones en busca de lo que se pensó, se imaginó, que sería una ciudad repleta de oro, donde el valor que se le daba por los indígenas no era el mismo que le otorgaban los colonizadores recién llegados, la fantasía se desbordaba y los datos se diversificaban y se convertían en fantasiosas, alimentadas por la imaginación de quienes desconocían la realidad y la soñaban de proporciones descomunales.

Por un lado fue Sebastián de Belalcázar, conquistador español que había viajado con Colón y Francisco Pizarro, el que lo buscó por el sur-occidente de Colombia; el mismo año fue Nicolás Federmann, explorador y cronista alemán que participó en la conquista española de Venezuela y Colombia, el que encabezó otra expedición pero sin ningún resultado positivo. Un año más tarde fue Gonzalo Jiménez de Quesada el que decidió ir en su busca, después de haber derrotado a los muiscas y haber declarado a Bogotá como capital del Nuevo Reino de Granada, como se atrevió a llamar a las nuevas tierras conquistadas; pero al igual que sus predecesores su búsqueda fue infructuosa, lo único que encontró fue que Belalcázar y Federmann también reclamaban las mismas tierras que él, a los que tuvo que convencer para regresar a España y solucionar el asunto. Pero de todas las aventuras expeditivas en busca de El Dorado, quizás la de Francisco de Orellana y Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, fue la más famosa, en 1541, que acabó en un desastroso viaje por el Amazonas. Después de dividirse en dos grupos, Gonzalo Pizarro y sus hombres regresaron a Quito y Orellana continuó la expedición que descubrió y dio nombre al río Amazonas, pero por supuesto de El Dorado no encontró ni un solo brillo. Al igual que tantas otras expediciones a lo largo de los años posteriores y en distintos siglos.

Pero el mito de El Dorado había comenzado años atrás, en 1530, en los Andes de lo que hoy es Colombia, en la tierra de los muiscas, donde Jiménez de Quesada los encontró por primera vez. En un lugar conocido como el Altiplano Cundiboyacense. La historia y costumbres de los rituales muiscas se mezclaron con otros rumores fantasiosos, en Quito y por los hombres Belalcázar, donde dieron pie a la leyenda de El Dorado, "el hombre dorado", "el rey dorado", terminando por imaginar una ciudad, un reino de oro. La narración original de este ritual muisca está recogida en El Carnero, obra impresionante de Juan Rodríguez Freyle, en 1636.

Esta versión se la dedicó a su amigo Don Juan, el cacique gobernante de Guatavita, y dice así: " coronada de indios y encendida por toda la circunferencia... en aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían... A este tiempo estaba toda la laguna, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas... Desnudaban al heredero (...) y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos... Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas... Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita... Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe."

Esta narración de Rodríguez Freyle, dio motivo a que incluso se llegara a intentar desaguar la laguna abriendo un canal, cosa que se llevó a cabo años más tarde, pero el oro que se encontró no fue suficiente ni para sufragar los gastos de ingeniería para el atrevimiento. Pero parece que este ritual no era sólo celebrado en la laguna de Guatavita, si no en otras lagunas en el departamento de Cundinamarca, en las que también se encontraron piezas de oro y que se exhiben en el Museo del Oro de Bogotá. En él se encuentra una de las figurillas más representativa del ceremonioso ritual descrito por Freyle y que dio motivo al mito de El Dorado, la balsa muisca de Pasca, que representa el rito y que fue encontrada en la campiña cercana al pueblo de Pasca.

Sin embargo, la leyenda de El Dorado, el rito muisca, tiene un origen bien distinto y que se conoce por la leyenda de la cacica infiel. La leyenda cuenta que un cacique llamado como la laguna, Guatavita, uno de los más poderosos muiscas, tenía una hermosa mujer a la que desatendía en atenciones, ésta le era infiel con un indígena de su pueblo y en cierta ocasión la pilló infraganti con su amante. Al atrevido contrincante lo mandó empalar y a su esposa la obligó a comerse el miembro sexual asado y delante de todos los habitantes, enloquecida agarró en brazos a su hija y huyó corriendo hacia la laguna, donde se arrojó. El cacique mandó encontrarla y sólo encontraron el cuerpo de su hija, sin vida y sin ojos. Desde entonces los muiscas convirtieron a la cacica en su diosa de la laguna, a la que ya rendían culto, al agua, desde los orígenes de su cultura. Las ofrendas eran a la diosa, de la que se decía que salía en forma de serpiente y de tiempo en tiempo, para que le tributaran ofrendas, para renovar su fe, otorgar el perdón y recibir su generosidad quienes la veneraban.




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