jueves, 13 de agosto de 2009

La inhumana perversidad del ser

Nunca deja uno de sorprenderse de la maldad con que algunos seres humanos actúan y hasta donde pueden llegar cometiendo actos tan vergonzosos, crueles, ruines, mezquinos, de una bajeza moral increíble y que son capaces de lo peor por evitar un castigo o pena judicial, por haberse aprovechado de la injusticia que siempre rodea a los emigrantes, en cualquier parte del mundo. Mi mirada a este colectivo siempre fue especialmente sensible, por la indefensa situación en la que se encuentran los llamados sin papeles. Cada individuo lleva tras sus espaldas una historia siempre triste, dura y desgarradora, en el mejor de los casos, por lo que significa estar lejos de los suyos, de sus familias, sus esposas o esposos, hijos, padres, hermanos, amigos... siempre penosa, y más aún cuando no se tiene apoyo ni nadie en quien confiar, a quien encomendarse en los momentos más difíciles, de angustia y soledad. Siempre me parecieron admirables los colectivos de emigrantes, se unen, se arropan y se apoyan desinteresadamente por el solo hecho de compartir patria, aún sin conocerse ni poseer referencias algunas de esas personas, no importa cuales sean sus intenciones reales ni el carácter del paisano desconocido. En esas situaciones, y más que en ningunas otras, es cuando la patria significa unión, amistad, compañerismo... desinterés.

Por enésima vez escribo sobre los emigrantes, así que cada pensamiento reflejado coincide con los que tantos otros reflejé en su momento, son los mismos sentimientos, los que me hacen estar siempre de su parte, de su lado, poco o nada me importa su raza, su situación social, de donde provengan, siempre me resultan personas honorables, dignas, pero indefensas, rodeadas de inseguridad, de injusticias, son el blanco perfecto para los indeseables, los malvados representantes del ser humano, carnaza para la perversidad humana. Por supuesto que no todos los emigrantes llegan a cualquier país en la misma situación, aunque la mayoría lo hagan buscando un progreso en su calidad de vida y para los suyos, también los indeseables se montan en el carro de la emigración buscando un campo más amplio donde delinquir y esa actitud les hace un flaco favor a sus iguales en situación, pero esos son los menos, con eso siempre hay que contar, es parte de las cualidades y naturaleza humana. No obstante, el principio en la cualidad de cualquier persona es la de la buena fe, no al contrario, como piensan algunos, que solo ven en los emigrantes factores negativos para nuestras sociedades, delincuencia, inseguridad ciudadana, perdida de ofertas laborales, gastos innecesarios en la seguridad social... Los emigrantes legalizados disfrutan de los mismos derechos de cualquier ciudadano español y también de las mismas obligaciones, cotizan a la seguridad social como cualquier trabajador y contribuye a las arcas de hacienda de la misma manera, al tiempo que ayuda y colabora en el progreso de esta nación, a veces madre y tantas veces madrastra.

Sin embargo, la cuestión de la emigración legalizada no tiene mayor problema que cualquier otro colectivo social, siempre existen los detractores de los diferentes, incluso con los que somos oriundos y naturales de la península ibérica, el racismo no es un mal colectivo, es una bajeza moral, para unos y enfermedad para otros, de quien lo sufre; al igual que la intolerancia o cualquier otra fobia, homofobia, xenofobia... El verdadero drama de la emigración está en los ilegales, en los sin papeles, la situación irregular en la que viven los vuelve vulnerables y víctimas de los desaprensivos, curiosamente casi siempre de los que los critican o censuran, los mismos que los toman a todos por delincuentes, por ladrones, por drogadictos o asesinos, y que no dudan en aprovecharse de su indefensa situación para lucrarse a su costa, utilizando su irregularidad para servirse económicamente, lo que los convierte a estos intolerables en lo que curiosamente pregonan de los demás, en ladrones que no solo roban a los sin papeles cuando los tienen trabajando interminables jornadas por un mísero salario, si no que también nos roban a todos los españoles cuando no pagan sus impuestos a las arcas del estado, que somos todos.

No acostumbro a escribir sobre hechos o acontecimientos sociales recientes, los noticieros nos bombardean a diario con noticias que casi todas nos hacen prestarle atención, que nos indignan a veces, pero que con la misma facilidad con que nos motivan se nos olvidan y acaban por parecernos cotidianas y tristemente normales cuando se dan más de una de las mismas características y cercanas en el tiempo. Así que hoy es de las pocas excepciones en las que me engancho a la actualidad de sucesos sociales para criticar o censurar un mal social, que no es propiedad de los españoles, ni de cualquier otra sociedad europea, o de cualquier otro continente, ni siquiera de países menos desarrollados, es perversidad humana, es avaricia, indecencia, una mezquindad que nos avergüenza de ser y formar parte de la especie, solo por el hecho de que otros de nuestros iguales actúen, a veces, de tan vil proceder. Les contaré dos casos, dos historias, las dos crueles. Comenzaré por la más antigua en el tiempo, quizás la más conocida, la del boliviano Franns Rilles Melgar.

Franns es un boliviano de 33 años, que trabajaba en su país de taxista, pero el deseo y el derecho que cualquier persona tiene a progresar en su vida le trajo a España, a Real de Gandia, en Valencia. El día 28 de mayo pasado, sin duda un día fatídico en su calendario, le tocaba descansar, pero un compañero de la panificadora donde trabajaba le pidió que le cambiara el día, así hizo, nadie podría imaginar que aquella decisión le marcaría de por vida. El joven boliviano sufrió un grave accidente laboral donde perdió el brazo izquierdo, la amasadora donde operaba le segó el miembro casi de cuajo. Lo del accidente es un triste suceso por el que nada se puede hacer para evitarlo, pero lo más cruel de la historia no es precisamente el accidente en sí, si no las condiciones y circunstancias que lo rodearon, su irregularidad o ilegalidad en la empresa donde trabajaba llevó consigo una actuación miserable por parte de los patronos, que no solo se conformaron de tenerlo empleado prácticamente en situación de esclavitud, jornadas de 12 horas por 23 euros al día, si no que para evitar una sanción mayor trataron de esquivar las responsabilidades negando su contratación ilegal en la empresa, de igual manera intentaron sacudirse esa responsabilidad dejándolo a 200 metros de la entrada del hospital, sin brazo y con el muñón ensangrentado, un ciudadano que pasaba por casualidad tuvo que ayudarle a entrar en el hospital de Gandia, por la lamentable situación en la que se encontraba. No obstante, antes de abandonarlo en las cercanías del hospital, el empresario, le advirtió que dijera que fue un accidente, pero que nunca dijera donde ocurrió.

Claro, esto nunca pasa por alto, los médicos, ante la negativa de Franns, llamaron a la policía y ante la autoridad puso al descubierto donde y como sucedió. Mientras que al emigrante sin papeles lo trasladaron al Hospital Virgen del Consuelo de Valencia, para tratar de reimplantarle el brazo, la Guardia Civil se apresuró al lugar de los hechos para recuperar el miembro amputado, y lo encontraron, en el cubo de la basura, lo habían metido en una bolsa de plástico y lo tiraron como quien tira basura, el lugar del accidente estaba limpio de sangre y de cualquier prueba de lo ocurrido y la fabrica de pan funcionando como si nada hubiera ocurrido. No pudieron hacer nada por reimplantarle el brazo izquierdo a Franns, que arropado por los sindicatos de los trabajadores puso una demanda pidiendo responsabilidades a sus patronos, que se las tendrán que ver con la justicia por sus atrocidades cometidas. El gobierno de su país se hizo eco del caso de su compatriota, ofreciendo su ayuda al igual que el gobierno español, que como excepción le otorgó la legalidad regulándolo como otro ciudadano más.

La segunda historia sucedió el 25 de julio, en Adeje, al sur de la isla de Tenerife, Islas Canarias. Pablo Larrosa ha puesto un denuncia recientemente contra un ex agente de la Policía Nacional, propietario del bar de playa Paraíso, por la muerte de su padre mientras trabajaba en las obras de reformas del bar, por falta de asistencia después de sufrir un infarto y por arrastrarlo hasta la calle para no verse comprometido. Según Pablo, su padre Luís Beltrán Larrosa, un uruguayo en situación irregular, sufrió un infarto mientras trabajaba ilegalmente en las reformas y en lugar de llamar urgentemente a una ambulancia para socorrerlo, el propietario del bar, lo arrastró hasta la calle, según él lo que trataba era de que le diera el aire, lo que le desaconsejó un testigo vecino que se negó a ayudarle, a moverlo por el peligro que podía acarrear. Mientras el testigo fue a llamar a la ambulancia y a la Guardia Civil, el empresario había dejado el cuerpo moribundo en la calle y se había cambiado la ropa de trabajo que llevaba puesta. Cuando la asistencia medica llegó trataron de reanimarlo pero Luís murió poco después en el hospital. La autopsia ha revelado que el cuerpo del difunto estaba lleno de hematomas, prueba de que fue arrastrado a la calle cuando aún estaba con vida.









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