viernes, 17 de julio de 2009

El secreto del almirante



Sería fácil si tuviera que elegir a los dos personajes más enigmáticos de la historia, de todos cuantos nombres se pusieran sobre la mesa ninguno como los de Jesús de Nazaret y Cristóbal Colón causarían tanta relevancia y tanto misterio. Ya en mi niñez, y supongo que a muchos les sucedería casi lo mismo, mi concepto del almirante descubridor, aunque no esté de acuerdo con el término, estaba por encima de los niveles de aceptación; era una mezcla de Indiana Jones y Simbad el marino, claro que sin látigo ni alfombra voladora. Siempre respaldado por la cruz, que portaba el monje de turno en la escena apoteósica al pisar tierra en el nuevo mundo, y la espada, como armas devastadoras. Colón se me antojaba como un valiente iluminado que se aventuró a lo desconocido en busca de su sueño, aunque según la historia popular se tratara de un error lo que lo llevó a descubrir el nuevo continente, que dicho sea de paso, ni él descubrió continente alguno ni pretendía como dicen algunas teorías que buscaba una ruta hacia el Oeste para llegar a Cipango, el Japón actual. Se buscaba evitar a los turcos y es por eso que se dice que ésta era la intención primaria. Pero no, esa no era la intención, la prueba está en las capitulaciones, en el famoso documento se habla de los territorios conquistados cuando aún faltaban seis meses hasta el octubre descubridor, al tiempo que se le otorgan unos privilegios no otorgados a nadie hasta entonces.


Tanto a uno, Jesús de Nazaret, como a otro, Cristóbal Colón, los creía de un conocimiento privilegiado, ninguno de los dos serían tan insensatos como para adentrarse a lo loco en los empeños que los distinguieron, a no ser porque se guardaran una carta en la manga. De la misma manera que al mesías, pensaba que al navegante alguien le habría revelado la existencia de unas nuevas tierras inexploradas, una pitonisa, un ángel revelador, unos documentos encontrados... Muy seguro tendría que estar de lo que llevaba entre manos como para exponerse a los peligros que, según leyendas y al parecer fenicias, la mar tenebrosa terminaba en unas inacabables cataratas y en el mejor de los casos una terrible y terrorífica garra salía de las aguas y destrozaba a todos los barcos que se aventuraran y osaran pasar los límites de lo desconocido o permitido. Pues bien, ni ángel revelador ni pitonisa, parece que fue una casualidad tras otra la que llevó a Colón a llevarse la gloria a costa de otros, aunque él culminara la gesta. La historia fue injusta con el prenauta Alonso Sánchez de Huelva, el verdadero descubridor de la ruta, no de continente, a través del Atlántico, y que aún hoy se sigue utilizando. No podría decir que Colón fue un impostor, aunque son muchas las voces que así lo definen a lo largo de estos cinco siglos consumidos desde entonces, pero sí es verdad que la suerte se alió con el "descubridor".

El primero en dar a conocer su nombre fue el inca Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales, en 1609. En estos comentarios, Garcilaso cuenta que habría oído la historia cuando era niño de boca de viejos conquistadores. Sobre el prenauta escribió: "Este fue el primer principio, y origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, de la cual grandeza, podrá loarse la pequeña villa de Huelva, que tal hijo crió, de cuya relación certificado Cristóbal Colón, insistió tanto en su demanda". No obstante, no fue el único. Otros cronistas también dieron fe de ello, como el padre Bartolomé de las Casas, que dijo al respecto: "Dijose que una carabela o navío que había salido de un puerto de España y que iba cargada para Flandes o Inglaterra, o para los tractos, la cual, corriendo terrible tormenta, y arrebatada de la violencia e ímpetu de ella, vino diz que, a parar a estas islas y que acuesta fue la primera que las descubrió". La historia del onubense Alonso Sánchez de Huelva fue debatida y puesta en cuestión durante siglos, incluso se llegó a decir que fue inventada para desprestigiar a Colón, pero en 1762, el Comendador del convento de los Mercedarios Descalzos de Sevilla, José Ceballos, da como cierta la historia, al considerar que la fuente de Garcilaso de la Vega era original e irrefutable, en la censura a una obra sobre la historia de Huelva.


Sin embargo, no todas las fuentes que Colón poseía sobre las nuevas tierras provenían del piloto anónimo, como también se le conoce, pues desde los antiguos griegos, por Eratóstenes, ya se conocía la medida de la circunferencia de la tierra, pero la hipótesis de Colón estaba basada en cálculos erróneos, creía que era más pequeña de lo que realmente es. De sobra es sabido que los siberianos llegaron al continente americano en el pleistoceno, al igual que son conocidos los documentos que hablan de posibles viajes realizados anteriormente a Colón por los cartagineses, también los vikingos, y los chinos... De igual modo que la biblioteca del papa en Roma contenía mapamundos muy certeros y fiables, y que posiblemente otro compañero de viaje, Martín Alonso Pinzón, tuvo acceso a ellos y los estudió cuando comercialmente visitó Roma, con las famosas sardinas prensadas. Además de su parte esotérica, no creo mucho en cantos de sirenas, aunque también es verdad que el almirante era muy amigo de estas ciencias ocultas, la prueba está en el libro que escribió, "El libro de las profecías". No cabe duda de que pocos personajes se prestan al enigma y al misterio como éste; entre tanto ocultismo cualquier hipótesis se nos antoja posible ante las fuentes en el conocimiento y secreto de Cristóbal Colón que lo llevó a la gloria de la historia.


Todo lo que se escribe o cuenta sobre estos personajes y acontecimientos siempre andan entre la realidad y la ficción, los datos son siempre supuestos y casi nunca están de acuerdo los historiadores en los detalles y pormenores que adornan los hechos. Pero en el caso de Alonso Sánchez de Huelva parece que coinciden, aunque bien cierto es que no existe más que una historia sin detallar y también con sus contradicciones. Las crónicas afirman que el prenauta se dedicaba al comercio de las maderas nobles y eran frecuentes los viajes entre Inglaterra, Madeira, Canarias y las costas africanas. Una noche sufrirían una tormenta que dejó inutilizada la embarcación y la corriente los arrastró hasta un destino desconocido, hasta las Antillas. Cuando los barcos iban hacia Huelva se adentraban en el mar para que los vientos de poniente los arrastrasen hasta el Cabo de San Vicente, al Puerto de Lagos, en Portugal, y de Lagos a Huelva. Pero una de esas veces la corriente los desvió del rumbo y los llevó al paraíso. Un paraíso al que ninguno se atrevía a poner rumbo, ni siquiera en el siglo quince, cuando la brújula y las carabelas ya hacían más seguro el intento.

En aquella nueva tierra donde el destino quiso dejarlos, la tripulación reparó el barco y al año regresaron, acertaron a tomar el camino de vuelta y ahí, en ese punto es donde la aliada de Colón, la providencia, lo pone frente a Alonso Sánchez. Existen distintas teorías. Unas lo sitúan en Cabo Verde, otras en Madeira y las más posibles en Porto Santo, también en el archipiélago portugués. Es ahí, en Porto Santo, donde vivía Colón en casa de su suegro, donde según algunos lo encuentra en la playa, naufrago, moribundo, y lo acoge en su casa, lo cuida y lo alimenta, no se sabe cuantos días, horas o meses, estuvo Sánchez de Huelva en casa de Colón, pero se supone que como agradecimiento le cuenta sobre la existencia de esa tierra hasta entonces desconocida. Muchos componentes de la tripulación murieron en la travesía de regreso y sólo uno consiguió salvarse de aquella extraña enfermedad y que hoy conocemos por sífilis.

Lo cierto es que Colón ya sabía de la existencia de aquellas tierras cuando fue en busca de patronazgo a los reyes de España, pero no sólo eso, las pruebas debieron de ser tan importantes que, como apunté anteriormente, antes de partir ya se daba por descubierto el nuevo mundo. Cuentan los historiadores que cuando Colón llegó a las Antillas, diez años después de Alonso Sánchez de Huelva, encontró nativos de piel tan clara que los supuso hijos de los náufragos con las nativas. También cuentan los cronistas que a partir de ver en el horizonte la silueta del Montecristis, Colón se situó, y a los ojos de la tripulación, que estuvieron a punto de tirarlo por la borda cuando se amotinaron, parecía como si los nuevos lugares los conociera de memoria.







Texto perteneciente al libro Miradas Impacientes II
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

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