domingo, 7 de junio de 2009

¿Tolerancia? Bien, gracias.


La palabra es el instrumento más fiable de cuantos posee la humanidad, superior a todos los adelantos tecnológicos y armamentos belicistas. No existe ninguno tan aconsejable como ella, ni tan eficiente como su tono pacifico y conciliador, aún así todavía los hay quienes prefieren combatir a la violencia con más violencia, la falta de entendimiento con intolerancia y a ésta con la fuerza bélica. Estas actitudes comienzan por falta de quórum y terminan como el rosario de la aurora, desarrollando armamento y aumentando las diferencias. La mayoría podríamos pensar que tales reacciones son irresponsabilidades bien marcadas de los dirigentes que prefieren una guerra antes que una discusión inteligente, y desde luego es evidente esto último, otra cuestión es definirlas como irresponsables. Yo las catalogaría como mal intencionadas, no todos los dirigentes son irresponsables por ignorantes, ni por tozudos, ni siquiera por ególatras, es la maldad subida al carro de los intereses propios lo que los llevan a poner en juego las vidas de tantos inocentes, atrapados en guerras inverosímiles, más allá de lo incomprensible que son todas. La crueldad de algunos dirigentes se disfraza de guardianes de la paz, de la democracia y contra el eje del mal, para imponer sus sinrazones y provocar enfrentamientos entre culturas, inculcando la intolerancia y persiguiendo a los diferentes en todo el mundo, invadiendo países soberanos para sumirlos en el caos, en la tragedia y el horror, creando un escenario fuera de control, ideal para el ultraje, el desvalijo y la venta de armamento bélico, para hacer ganancias a costa de víctimas inocentes. En todas estas situaciones la palabra está de más.

Hace varios días que se produjo un acontecimiento histórico, el que estoy seguro marcará un antes y un después en las relaciones entre occidente y el mundo islámico. Esto suena a más de lo mismo para algunos que, recién terminado el discurso conciliador que Barack Obama pronunció en la Universidad de El Cairo, dirigido a la comunidad musulmana que supera los 1.500 millones de personas, ya le reprochaban que sólo fueran palabras y nada de hechos concretos lo que fue a llevar el presidente afroamericano a la tribuna cariota. Un acontecimiento único, histórico, no porque un presidente de los Estados Unidos de América se dirija a esta comunidad, si no en la manera y por el contenido con que lo ha llevado a cabo. Por primera vez en mucho tiempo no se pronunciaron las palabras terrorismo, eje del mal... si no que al contrario fueron sustituidas por tolerancia, entendimiento... y el lugar de la imposición fue ocupado por dialogo. Curiosamente son éstos, los que prefieren el enfrentamiento bélico al dialogo, los que censuraban y reprochaban el contenido del discurso en cuestión alegando que sólo eran palabras. Una excusa vana, fuera de toda lógica, la palabra es todo, el principio y también el final, y lo que Obama presentó en El Cairo no es otra cosa que su ruta, sus intenciones políticas a desarrollar en Oriente Medio, soportadas en el respeto, la tolerancia y el dialogo. La palabra contenida en el discurso norteamericano para los musulmanes es el punto de salida, de entendimiento, fuente principal para limpiar asperezas y pulir diferencias; es el comienzo de una nueva era política. Quizás la última oportunidad para muchas cuestiones que tienen que ver con implantar o recuperar la paz, en uno de los rincones más conflictivos del planeta.

Sin lugar a dudas no lo va a tener fácil el nuevo presidente norteamericano, los extremismos radicales se han hecho fuertes en una zona donde el odio al imperialismo americano es superior al razonamiento, las necesidades básicas, las libertades en muchos países, la imposición fundamentalista religiosa, las injusticias cometidas por Israel y su protector imperialista contra el pueblo palestino, son algunas de las razones y barreras por lo que se adivina un largo y tortuoso camino a recorrer para conseguir la confianza entre Oriente y Occidente. Confianza que sólo la palabra, y unida a las buenas intenciones de unos y otros, podrá recuperar. Porque si es verdad que Israel tiene que dar un cambio radical a su política invasionista de ocupación de territorios palestinos, de atosigar militarmente y de asesinar a palestinos inocentes, víctimas del judaísmo ultra conservador, también por la parte que le corresponde a los radicales palestinos tienen que dar un rumbo distinto y dejar a un lado sus actitudes terroristas y el uso de inocentes ciudadanos como escudos humanos para utilizarlos en favor de sus intereses. Sin embargo, no sólo del problema palestino vive Oriente Medio, el insipiente y preocupante tema nuclear iraní, a la que hay que convencer de que ese no es el camino que le interesa a la humanidad, si no todo lo contrario, no se trata de poseer armamento bélico para defender actitudes si no la de eliminar todas las armas para no estar constantemente en peligro ante las irresponsabilidades de un gobernante de turno con complejos neronistas. De la misma manera también preocupan las guerras de Irak y Afganistán, o el terrorismo indiscriminado de al Qaeda y su padre protector e ideológico Osama Bin Laden, que son asuntos duros de roer aún poniendo encima de la mesa las mejores intenciones.

Pero lejos de todas esas palabras bien intencionadas y de todas las buenas sensaciones que rodean al nuevo presidente norteamericano, el que parece estar tocado por una barita mágica y cuya estrella alumbra todo su recorrido político con una estela de esperanzas allá por donde va, están las realidades y los propósitos a conseguir. Uno se siente alagado en medio de esta vorágine de intolerancia, de diferencias sociales y culturales, cuando en su discurso Obama tuvo un momento de lucidez comparativo, al mencionar la tolerancia y el entendimiento entre culturas en una ciudad, en un territorio, hace más de un milenio. "El Islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la historia de Andalucía y Córdoba en la inquisición", esta fue la frase que pronunció Obama y a la que añadió "ése es el espíritu que necesitamos hoy". Este mensaje de reconciliación basado en el respeto mutuo es la mejor herencia que nos pudieron dejar nuestros antepasados, en una ciudad, Córdoba, capital de al Andaluz, que presume de tolerancia, de entendimiento y dialogo. Parece mentira que estos problemas que atosigan al mundo actual no tuvieran razón de ser un milenio atrás, en la época califal, cuando las tres culturas monoteístas convivían en territorio musulmán, bajo el ahl al dhimma, el pueblo bajo protección, trato que recibían los no musulmanes pagando un impuesto especial.

Abderraman III hizo de ella la ciudad más floreciente, culta, y poblada de Europa, un emporio con más de 400.000 habitantes, 20 arrabales, 2.000 mezquitas y 200 baños públicos, un verdadero faro de la civilización y la cultura. En Córdoba se levantó la biblioteca más importante de Europa y contó con los mayores y reputados sabios, artistas e intelectuales, en campos tan dispares como la arquitectura, la música, la literatura, la astrología, las matemáticas o la medicina. Era tan normal y pacifica la convivencia que reyes y personajes de otros reinos cristianos acudían a Córdoba a que los médicos los tratasen de sus males, como doña Toda Aznáres de Navarra, abuela de Sancho I El Craso de León, que viajó a Córdoba con su nieto para curar su obesidad. Sin duda alguna bajo el mandato de Abderraman III Córdoba consiguió el difícil equilibrio en el desarrollo cultural, económico y militar, un esplendor que se expandió a las costumbres, a la gastronomía y la arquitectura, de la que la mezquita es su máximo exponente, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

El Califato cordobés se convirtió en la tierra prometida y es por eso que la historia de esta época esplendorosa, como ninguna en el Islam, quedó para el recuerdo como ejemplo a seguir por las generaciones venideras, es tanto el significado que Córdoba representa que hasta al Qaeda la menciona con orgullo, quizás pretendiéndola como bandera para su causa, aunque nada tiene que ver la sinrazón de los terroristas y radicales religiosos con la tolerancia, el respeto y el dialogo entre los pobladores de la Córdoba omeya. El legado andalusí está aún presente en esta ciudad miliunanochesca, que respira historia por cada rincón o esquina, la misma que nos enseñó a respetar a los diferentes y a elegir siempre la palabra antes que el enfrentamiento bélico.









http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

5 comentarios:

  1. hola anto! me pregunto de donde sacas tanta informacion interesante,prolija,asertada?
    pues yo ni ahi lo podria lograr!
    un abrazo
    lidia
    la no mas revolucionaria

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  2. Saludos, Lidia. Supongo que el secreto, si es que lo hay, está en leer, leer, leer... y después contar lo leído.

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  3. Muy bien por Obama, muy bien por el discurso conciliador que de verdad es el que hace falta.

    Gracias Antonio por traernos las luces del recuerdo de esa Córdoba inmortal.

    Fuerte abrazo!

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  4. Antonio: Como siempre encuentro acertadas tus interpretaciones,enriquecidas por una cultura humanista y el conocimiento directo que mucho aportan a tus lectores.

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  5. hola anto...que es cual es el problema con mi blog?no entiendo,en verdad no entiendo mucho de internet y de otras cuestiones...un abrazo amigo
    lidia

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