miércoles, 10 de junio de 2009

Víctimas de la justicia


Hacerse la idea de un mundo sin comunicaciones, sin información real de lo que pasa en el mundo, no es nada fácil, más aún cuando vivimos acostumbrados a estos tiempos donde los medios de comunicación son parte esensial de nuestra forma de vida, cuesta imaginar cómo de aislados se encontraban nuestros antepasados no mucho tiempo atrás. Los pasos agigantados que se dieron en el siglo XX al respecto es casi todo lo que la humanidad hizo en cuestión sobre este tema. Digo "casi todo" porque también anteriormente a este periodo se hicieron logros o esfuerzos, pero de una manera rudimentaria se podría decir, casi artesanal, lenta y la mayoría de las veces la información llegaba distorsionada de la realidad. Algo natural si pensamos que una veintena de kilómetros significaba un mundo de separación entre un punto y otro, una aventura interminable por malos caminos e insufribles medios de locomoción. El aislamiento de los pueblos, de las comarcas, era tal que cualquier acontecimiento que sucediera en el pueblo de al lado podría pasar desapercibido durante mucho tiempo, años, o incluso pasar por alto y no llegar a tener constancia nunca de lo ocurrido. La historia se escribía en la memoria de los habitantes y pasaban de generaciones en generaciones, hasta convertirse en leyendas o diversificados los acontecimientos.

Ya conocen que soy amante de los refranes, sin llegar a perder la razón por ellos pero amante al fin y al cabo. Un medio de conocimiento, de comunicación si me apuran, una manera de transmitir la sabiduría popular entre generaciones y pueblos. Pero no era el único existente, por aquellos días en los que ni la televisión, la radio o el teléfono habían hecho aún acto de presencia entre nosotros, que no estaban concebidos, ni inventados... y supongo que ni imaginados; mucho menos si nos referimos a ordenadores y ciberespacios, instrumentos y vías de comunicación imprescindibles en nuestro tiempo. También existía algún que otro diario impreso que cuando llegaba a los pueblos o ciudades vecinas ya estaban las noticias caducadas, habían pasado a otro tiempo, eran los medios de comunicación que circulaban por otras fechas no muy lejanas en el calendario, aunque nos parezca casi imposible que la vida en este planeta nunca fue diferente a la que ahora desarrollamos. Pero además de los refranes y los diarios había otras maneras de transmitir los acontecimientos, de divulgarlos popularmente, los teatrillos o pasacalles, las coplillas o los romances de ciegos, entre otras. Éstas últimas son composiciones en verso que no corresponden necesariamente al género literario romance, y que por lo general son de autores anónimos. De estos romances de ciegos, aunque les pueda parecer de otros siglos, recuerdo haber visto algunos cuando era un niño. Era una manera de sobrevivir para los invidentes, que se instalaban en las plazas de los pueblos con sus pliegos de cordel y viñeta a viñeta iban narrando el romance, la historia de un suceso, mientras dejaban a los transeúntes enganchados a los acontecimientos que contaban de esta manera tan peculiar. Incluso los recuerdo vendiéndolos casa por casa por la voluntad, impresos en cuartillas de colores y a elegir entre los romanceados anteriormente en público.

Los romances de los ciegos, que no son exclusivos de la edad media, si no que llegan generalizados por todos los rincones de España hasta las postrimerías del siglo XIX, para ir perdiéndose de la escenografía española poco a poco durante la primera mitad del siglo pasado, no tenían un corte social determinado, los había desde gestas heroicas hasta insólitos acontecimientos y por supuesto los crímenes o asesinatos no se escapaban de pertenecer a sus historias preferidas. Se podría entender de muchas maneras el papel que ejercía en la sociedad de entonces, pero sin duda era un instrumento de protesta, de inconformismo, porque la información en general tiene mucho de esto, de divulgar, esclarecer y airear lo acontecido. Este papel divulgativo y reivindicativo en la sociedad lo ocupan hoy otros soportes, que sin tener relación alguna con los pliegos de cordel si son soportes donde se proyectan historias, acontecimientos sucedidos o imaginados como entonces. Uno de ellos, sin duda, es el cine.

Para hablar de cine cierto es que cualquier tema que se elija nos llevaría a él, pero en esta ocasión no se trata del medio, si no del contenido, de la justicia y la injusticia, que muchas veces van de la mano. Elijo el cine, el romance de ciegos y la historia del crimen de Cuenca, porque alguna vez estuvieron relacionados entre sí mediante un enlace, por la tristemente desaparecida directora de cine Pilar Miró y su celebre película El Crimen de Cuenca. Esta historia real fue llevada al cine por esta talentosa directora cinematográfica en 1979, cuando la transición española andaba en busca de la democracia como funanbulista por el alambre y sin red. La película está basada en unos hechos que acontecieron a principio del siglo XX en la provincia de Cuenca, en los pueblos de Tresjuncos y Osa de la Vega, y que ya en 1939 el escritor Ramón J. Sender escribió una novela sobre lo sucedido, El lugar de un hombre. Pero al final de la década, Pilar Miró, con una importante experiencia como realizadora de televisión y con un largometraje en su haber, La Petición, con guión adaptado de una novela de Emile Zola, rueda El Crimen de Cuenca, con guión de Dolores Salvador Maldonado, quien había escrito un libro con el mismo titulo que la cinta cinematográfica, y con la que obtuvo una gran popularidad. Pero las fuertes y crudas escenas de la película le provocaron más de un quebradero de cabeza, fue la primera película prohibida en la transición, durante varios meses, después de la censura franquista, el mismo año que España ratificaba en Estrasburgo la Convención Europea para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales. La cineasta española se convirtió en una de las mejores directoras del cine español tras una larga y sólida trayectoria, pero que trasciende más allá de lo puramente cinematográfico, un alegato a los valores de la libertad y los derechos del hombre.

Los sucesos acontecidos aquel año de 1910 suponen un ejemplo de que a veces la justicia es injusta a la hora de llevarla a cabo y de que son muchos los inocentes que terminan juzgados como culpables por el mal uso de ella. José María Grimaldos López, un joven pastor de 28 años y apodado El Cepa, por su baja estatura y su corto o pobre entendimiento, salió el 20 de agosto a tomar unos baños a la Celadilla, después de vender unas ovejas de su propiedad, y al que vieron por última vez, entre Tresjuncos y Osa de la Vega, sus compañeros de trabajo en la finca de Francisco Antonio Ruiz, León Sánchez el mayoral y el guarda Gregorio Valero. Pero lo de los baños no lo sabía nadie salvo el propio Cepa, ni siquiera su propia familia, al que dieron por desaparecido, después por asesinado y por último culparon a los dos compañeros de trabajo, León y Gregorio, de ser los que le dieron muerte, para robarle el dinero de las ovejas. La familia de Grimaldos puso una denuncia en Belmonte por la desaparición del pastor y acusando a León y Gregorio de ser los presuntos asesinos del supuesto crimen. Un año más tarde, después de la desaparición y de que los dos presuntos estuviesen detenidos, la causa fue sobreseída, para luego de interrogar a los acusados dejarlos en libertad por falta de pruebas y cerrar el caso.

Pero el calvario de Gregorio y León estaba por venir, con la llegada de un nuevo juez dos años más tarde, Emilio Isasa Echenique, que reabrió el caso ante la insistencia de la familia del Cepa, nueva denuncia contra ellos y nueva detención. La guardia civil comenzó a torturar y maltratar a los detenidos tratando de conseguir las confesiones de cómo lo habían asesinado y qué habían hecho con el cuerpo desaparecido. Fueron tantas las torturas que recibieron que llegaron a declararse culpables de asesinato, se inventaron cómo y de qué manera lo mataron he hicieron desaparecer el cadáver, incluso cavaron donde se supone los habían enterrado entre los dos sin llegar a dar con el cuerpo. Las torturas descritas por Pilar Miró fueron la que le costaron la prohibición durante meses y lo que dio pie a la polémica, le clavaron astillas en las uñas, se las arrancaron con tenazas, les colgaron de los genitales del techo, les destrozaron a golpes, sólo le daban de comer bacalao sin desalar y nada de agua. Pero no quedaron satisfechos los torturadores y el juez que también torturaron y amenazaron a la mujer de uno de ellos con arrebatarles el hijo de pocos meses de edad si no declaraba lo que querían. Todas estas injusticias hicieron que los detenidos se declararan culpables ante tanto castigo. Así transcurrió la tortura hasta que el juez de Belmonte da orden al de Osa de la Vega a que levante acta de defunción haciendo constar que, José María Grimaldos López, natural de Tresjuncos, falleció el 21 de agosto de 1910 a las 8,30 o 9.00 de la noche a consecuencia de haber sido asesinado por Gregorio Valero y León Sánchez; donde también se recoge que el cadáver no ha podido ser identificado por no haber sido hallado.

En 1918 y después de llevar más de 4 años entre rejas comenzó el juicio, con un sumario plagado de contradicciones y diligencias sin esclarecer. Los acusados fueron condenados a 18 años por la Audiencia Provincial. Una pena menor de haberse consumado el garrote vil, aún vigente por aquellos tiempos, la defensa consiguió lo que se limitó a evitar, la pena capital. El 4 de julio salen en libertad tras beneficiarse de un indulto cuando habían cumplido 12 años y dos meses de condena.
Pero dos años después de recuperar la libertad, el 8 de febrero de 1926, el cura de Tresjuncos recibió una carta de su homologo en el municipio de Mira, pidiendo la partida bautismal de José María Grimaldos para celebrar el matrimonio de éste. En principio el cura trató de evitar la noticia, pero fue imposible, el retorno del Cepa a la vida corrió de boca en boca y las víctimas de la injusticia cometida pudieron recuperar la inocencia, no así todo lo sufrido. El Ministro de Gracia y Justicia ordenó la revisión de la causa y mandó al fiscal del Tribunal Supremo interponer recurso de revisión contra la audiencia de Cuenca. Dicha nota reza: "Hay fundamentos suficientes para estimar que la confesión de los reos Valero y Sánchez, base esencial de sus condenas, fue arrancada mediante violencia continua inusitada".





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2 comentarios:

  1. hola anto...muy muy interesante,solo que si me remonto a los confines de la civilizacion,donde no existia ni la escritura,siempre habia comentarios,llegaban de las cuatro esquinas de mundo-conocido en esa epoca-para anunciar cuestiones de estado,milagros-no creo yo-u otros acontecimientos,en escala con la dimencion conocida antes de cristo...sino veamos a los persas,egipcios,chinos...en fin!
    espero sea un aporte pequeño de mi parte...
    un abrazo enorme
    lidia cruzando el charco

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  2. Saludos, Lidia. Sí, claro, los mensajeros existían antes que la propia escritura, pero esto sucedía con las cuestiones importantes, como tú bien dices, las de estado etc.. Pero en lo meramente cotidiano era distinto... supongo.

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