domingo, 21 de junio de 2009

La Camelia, Maharajaní de Kapurthala

Pocas veces una historia tan real me pareció un cuento tan romántico como la vida de Anita Delgado. Hace varios años, pocos, dos, tres... no sé en concreto cuántos ni tampoco importa mucho el detalle, escuché en la radio la presentación de un libro sobre la historia de esta malagueña que fue rani de Kapurthala, hasta entonces desconocía de su existencia. No todos los días una malagueña es reina y si se trata de un reino exótico como el de Kapurthala más atractiva se presenta la ocasión. En su tiempo, por los albores del siglo pasado, fue un acontecimiento único, de tal envergadura social como lo puedan ser hoy los Beckam, o como lo pudieron ser los Grimaldi, Raniero y Grace, en la década de los 50. Tanta sensación causó que aún por los años de mi niñez se oía decir popularmente frases tan expresivas como: vive como un maharajá; u otras como: búscate un novio maharajá. Estas expresiones no tendrían nada de extraño o anormal a no ser porque quienes las decían eran gentes del pueblo, en su mayoría ignorantes del propio significado que asociaban esta palabra tan inusual, para los campesinos de Andalucía u otros rincones de España, con reyes, opulencia y riquezas en todo su esplendor. Aquella unión entre la malagueña Anita y el maharajá Jegait Singh fue tan popular que llegó a todos los rincones de la empobrecida España de principio del siglo XX y, como frases hechas, se fueron alargando por el tiempo hasta hacerse propiedad de la expresión popular aún después de haber desaparecido sus protagonistas.

Que un personaje tan poderoso económicamente y de tanta influencia como Jegait Singh se enamore de una casi analfabeta bailarina de flamenco o danza española, como lo era Anita, es un hecho increíble y bien podría tratarse de una historia disneylandesca a no ser porque los acontecimientos históricos así lo reflejan. Existen uniones como la anteriormente mencionada de Grace y Raniero o, la más actualizada versión, entre Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, que pudieran servir de precedentes, ambos príncipes y ellas de procederes tan distintos como las artes escénicas o el periodismo, pero aún así las dos profesiones son válidas y complementarias con sus reales trabajos, los de relaciones públicas. No obstante, resultan incomparables por la cultura y preparación académica o profesional entre ambas, Letizia y Grace estuvieron desarrollando una carrera, preparándose con un fin distinto pero a la larga compatible con lo que la providencia les brindó. En cambio, Anita, se hizo reina por su gracia andaluza, belleza de la época y dotes para la danza.

Cuando me recreo en sus facciones, en su rostro, obligatoriamente me tengo que desviar y dejar correr la imaginación, para entender qué algunas otras cualidades que no reflejan las fotografías tuvieron que influir de tan significante manera, para que el maharajá se perdiera locamente por la graciosa bailarina que danzaba ajena a su futuro inmediato en el escenario del Central-Kursaal. Habría que empezar por la mencionada belleza de la época, todo lo contrario que en nuestros días, las curvas y redondeces de un cuerpo rellenito era sinónimo de belleza y atractivo, sus rasgos agitanados y su cabello negro, al igual que su tez morena, eran ingredientes más que suficientes para el gusto de un hindú, que aún sin ser de su raza sí la acercaba, eso sí, con un toque exótico para él. Lo de su preparación intelectual... la verdad es que de poco debe interesar cuando no lo es necesaria, estaba claro que al maharajá le atrajo sobremanera su atractivo, superior a su preparación. Supongo que, aunque lo pensara, no supuso un obstáculo para sus pretensiones con Anita, y si no se dio cuenta de su discreta o mínima preparación hasta no recibirla en Kapurthala, tampoco creo que tardara mucho en convencerse de que no supondría un trauma insuperable... ya conocemos el concepto que sobre las mujeres tenían y tienen algunas culturas machistas, donde los harenes son como quien tiene en su casa o palacio una sala con mesa de billar y donde las bolas son imprescindibles pero siempre sustituibles por otras que no alteran las reglas del propio juego.

Ni por asomo, no así por sueños, se imaginaría Anita lo que el futuro le deparaba, cuando bailoteaba con su hermana Victoria en el café La Castaña, que sus padres Ángel Delgado y Candelaria Briones regentaban. La luz mediterránea de Málaga parece que tiene hechizo, y no lo digo por brujería sino más bien por lo de personajes interesantes que ha dado al mundo, Anita vio esa luz única a orillas del Mare Nostrum en la calle Peña, el 8 de febrero de 1890. Junto con su hermana comenzaron desde muy pronto a asistir a clases de interpretación, que más que eso se me antoja que serían clases de baile andaluz o aflamencado, o danza española. Existen muchas versiones en pequeños detalles sobre su biografía pero si nos trasladamos a la realidad de una ciudad provinciana y, como el resto del país, sumergida en una situación económica deplorable, cuesta lo de "interpretación", esto va más con nuestros días pero inimaginable por aquellos tiempos, donde las tabernas y ventas eran los sitios especializados en el arte, luego de alguna representación esporádica. Una academia de clases de interpretación por aquellos días me la imagino en ciudades de primer orden, Madrid, Barcelona, Valencia... pero todo es posible, incluido lo de la interpretación. Fuese de la manera que fuere tuvieron pronto que abandonar sus clases interpretativas y emigrar a Madrid, la mala situación económica de sus padres, que tuvieron que dejar el café, y la muerte de su abuela pocos meses después fueron los detonantes para decidirse por el traslado a la capital de España.

Aunque la venta de la casa de su abuela les supuso algo de dinero no solucionó los problemas de precariedad que se presentarían de nuevo, su padre no trabajaba y ellas, las niñas Anita y Victoria, aprendían baile en las clases que una vecina les daba gratis, no tenían dinero para pagarlas, pero aquella mujer vería algo que le motivaría lo suficiente como para no importarle y continuar enseñándolas gratis. Dicen que las cosas "sólo tienen que estar malas para que cambien a mejor", claro, hay momentos en los que ya no pueden estar peor y eso parece que fue lo que les sucedió, un golpe de suerte les cambió la vida a toda la familia cuando unos empresarios que buscaban caras nuevas las contrataron para bailar a razón de 30 reales por noche y, a las pocas semanas debutaron de teloneras de los artistas del Central-Kursaal, con el nombre de Las Hermanas Camelias. El café-concierto Central-Kursaal no era un sitio cualquiera, en él se reunía lo más granado de los intelectuales y artistas de la época, Julio Romero de Torres y Ricardo Baroja eran dos pintores asiduos y no perdieron el tiempo en pedirles que posaran para ellos, pero Anita, que tenía 16 años por entonces, no aceptó, todo lo contrario que su hermana Victoria, que se dejó retratar por los dos maestros de la pintura.

Uno siempre puede pensar cualquier cosa ante coincidencias como ésta y creer o no que la providencia sólo es una oportunista que se aprovecha de las casualidades, pero creíble o no la fortuna se había decidido a agasajar a la joven y guapa malagueña. Eran días históricos los que marcaba el calendario, el rey Alfonso XIII se casaba con Victoria Eugenia de Battenberg el 31 de mayo de 1906 y a la boda fueron invitados personajes de todas las realezas, de todos los continentes, la nobleza de todo el mundo se dio cita en Madrid. Uno de estos personajes invitados fue al espectáculo del Centra-Kursaal y nada más verla quedó prendado de la joven bailarina malagueña. El maharajá de Kapurthala acudió a Madrid con un harén de 120 mujeres pero parece que no les eran suficientes. Jegait Singh, de 34 años, le doblaba la edad a Anita, le mandó una nota con un emisario en la que le decía que deseaba conocerla, pero cuentan que no sólo lo rechazó sino que lo hizo con vehemencia andaluza. Los acontecimientos se precipitaron y los nobles y reales invitados abandonaron la capital más que a la carrera, debido al atentado terrorista sufrido contra los reyes en la calle Mayor. Jegait no se quedó conforme con la respuesta y desde París continuó en sus pretensiones, insistió, y en una carta le pedía que se casara con él, estaba claro que Cupido se lució aquella noche en el café-concierto. Ella, en un principio, no acepta, pero en una de las cartas, Anita, le responde que sí, que se casará con él. La misiva pasó por manos de Romero de Torres y Valle-Inclán antes de ser enviada y al comprobar la sencillez de su lenguaje y las numerosas faltas de ortografía deciden redactar una nueva carta, una poética declaración de amor hacia el maharajá. Viajó a París y de ahí a la India, donde se casó el 28 de enero de 1908, con 18 años y en una ceremonia con una majestuosidad como pocas, a la que la novia acudió montada en un elefante lujosamente adornado.

La pareja se convirtió en unas de las más admiradas de la época, sus constantes viajes por Europa, Estados Unidos y otros países de América atrajeron a los paparazzi de entonces y los perseguían por todas partes. Entre los exquisitos regalos del marido, con los que la agasajaba, se encontraban las mejores joyas, en especial la esmeralda de media luna que llevaba en la frente el elefante más veterano del palacio y de la que Anita se había encaprichado. La rani malagueña que fue bailarina vivió durante años en la India dejando atrás su pasado humilde, tuvo a su hijo Ajit, al que enseñó su idioma y la felicidad parecía haber abrazado a la andaluza para siempre. Pero la guerra mundial de 1918 también dejó huella en su matrimonio, provocando la primera crisis, el maharajá se puso al servicio del ejército británico y ella le acompañó haciendo importantes donativos a los hospitales franco-británicos. Cuentan que el motivo de la separación no fue otro que el breve romance que tuvo con uno de los numerosos hijos de su marido, Karan, y de Rani Kanari, Anita quedó embarazada y su marido la obligó a abortar. Cuando se repuso de la anemia causada por el aborto, el maharajá se separa de ella prohibiéndole volver a la India, y a cambio de no volver a casarse le da una pensión vitalicia; su hijo Ajit se quedó en la India.

Se instala en París y, allí vivió en su lujoso apartamento de la Avenida Víctor Hugo, su vida da un vuelco, se torna divertida y díscola, entre fiestas, bailes y cenas de gala. Años más tarde fue fotografiada con su amante y amigo Ginés Rodríguez, quien fue su secretario en su estancia en la India, cuando residía en los palacios reales de Kapurthala. Cuando acabó la guerra civil regresó a Madrid, donde vivió hasta que falleció el 7 de julio de 1962, como su ex-marido deseaba, como una princesa.




Texto perteneciente al libro: Miradas Impacientes II
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

5 comentarios:

  1. eso tiene de lindo la historia no?
    Puede muy facilmente ser el guion de una pelicula!

    Saludos

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  2. GRACIAS ANTONIO!pero no pasa nada...solo molesta menos!ya no ando vendada...a saber...pues me molesta depender de otros,en este caso de mi hijo,pero de mi? no vas a desprenderte,escribo todos los dias..a veces bien otras hmmm mejor no decirlo...
    un salude enorme maestro!
    lidia

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  3. NOS EN ENCANTO LA LECTURA,FUE UNA DE LAS POCAS QUE NOS HAN CAUTIVADO...NOS HA ABIERTO...
    LA MENTE A LA LECTURA

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  4. bendito entre las mujeres2 de octubre de 2010, 21:20

    LA LECTURA FUE MUY INTERESANTE POR QUE ES UNA EPOCA MUY BONITA Y NOS HASE REFLEXIONAR SOBRE LO QUE LE PASO

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