miércoles, 20 de mayo de 2009

Guanches



Siglos atrás, cuando todavía había tiempo y espacio para todo y todos en este planeta, los pueblos aparecían y desaparecían casi de la misma manera, sin hacer ruido, y en la mayoría de los casos su existencia cultural quedaba reducida a una romántica leyenda del pasado, que con el paso del tiempo se alejaba cada vez más de la realidad. Aún hoy descubrimos muy a menudo, y de maneras casi fortuitas, restos de lo que fueron asentamientos bien organizados y que por distintas razones desaparecieron para perderse centímetros, metros, bajo el suelo que pisamos. Muchas de estas existencias quedarán más para el recuerdo y la imaginación que para la historia, por la falta de datos que nos pongan al descubierto las verdaderas normas de convivencia y costumbres que aquellos pobladores mantenían siglos atrás. Sin embargo, la mayoría de las veces sólo aparecen los primitivos muros acompañados de utensilios primarios y, en limitadas ocasiones junto a viejos símbolos de adoración, que son los menos, quizás porque los dioses de antaño eran tan naturales que formaban parte de la misma naturaleza, los pobladores no desaparecen, se suceden, y lo que creemos desaparecido, aniquilado, por otras culturas o invasiones, sobrevive aún en sus descendientes adaptados a otro tiempo, ajenos a nuestra creencia.

Unos de estos pueblos "desaparecidos", y lo digo entre comillas por lo de la creencia, no así en realidad, son los guanches canarios. El romanticismo que provoca su, en parte, desconocimiento, nos lo hace siempre atractivo y presa fácil de la imaginación, por las supuestas posibilidades de cómo llegaron hasta el archipiélago los primeros pobladores, de las incógnitas, de las preguntas sin respuesta que nos van enredando, girando al rededor de un punto de partida dentro de un mundo reducido a siete islas, eternamente maravillosas. De lo poco que siempre queda, y en los casos que tratan de la edad de piedra mucho más, los investigadores dan por hecho que los primitivos pobladores canarios eran descendientes de los beréberes, de raza blanca y del norte de África. Hasta hace poco se desconocía cómo llegaron hasta las islas y dentro de las suposiciones estaban las más románticas, que si llegaron huyendo de un pueblo invasor, que si lo hicieron buscando nuevas tierras... siempre dentro del romanticismo. Pero las últimas creencias de los investigadores los ponen que llegaron en barco, aunque no se les cataloga como marineros, incluso hasta se cree desconocían las artes de navegación para comunicarse entre islas. Llevados allí tal vez para formar una colonia, quizás por los fenicios o púnicos, supuestamente con fines industriales o comerciales en la fabricación del garum, y que es muy probable fueran abandonados en el archipiélago tiempo después. Lo de la edad de piedra no es porque su existencia se extienda hasta la prehistoria, si no por que su forma de vida parecía estar anclada en esa época, se cree que los primeros pobladores llegaron a las islas no hace más de 20 siglos y el conocimiento del archipiélago y su situación geográfica se alarga en el tiempo sólo algunos siglos más, fueron los griegos los que las llamaron las Islas Afortunadas, tal y como se le conocen todavía en la actualidad.

Ésta no es la primera vez que escribo sobre los guanches, un tema siempre apasionante por lo cercano que me resulta, por los años vividos por aquellas islas y tan agradables para mis recuerdos. Así que, para no repetirme, en esta ocasión copiaré literalmente un extracto de un capitulo perteneciente a mi segunda novela, La Reina del Puerto, escrita en el 2006, y que como algunos de mis lectores conocen la ambienté en la isla de Tenerife. Este dialogo lo construyen dos personajes, Carmelo, el conserje de una pensión familiar que pasa las horas muertas de las madrugadas esperando "alguna presa" con quien compartir un rato de charla, y Román, "la víctima", un foráneo que llega a Garachico y se hospeda en la pensión Caracas. Dice así:

- El tema de los guanches es muy interesante, a mi me apasiona, claro, es la primitiva cultura de mi pueblo.
-¿Debe de ser sumamente interesante?- preguntó Román.
-¡Ya lo creo que sí!- exclamó Carmelo, con los primeros síntomas de estar dispuesto para contarle a Román la historia, o parte de ella, de los antiguos habitantes de las Islas Canarias.
-Pero según tengo entendido, desaparecieron con la colonización y no se conocen sus costumbres, ¿o no es así?- preguntó Román.
-¡Los guanches no desaparecieron! –exclamó Carmelo con rotundidad- Se perdió el idioma, la cultura, pero quedó la gente, eso sí, saber quien es más o menos guanche eso es otro cantar.
Los guanches eran los habitantes de todo el archipiélago, no como mucha gente creé que sólo eran de Tenerife, porque se denominaban así a los moradores de esta isla.


Al principio de la conquista y colonización de las islas eran denominados según de cual ínsula procedían, canarios de Gran Canaria, guanches de Tenerife, palmenses de la palma… aunque todos los nativos tenían un origen en común, con el tiempo se ha terminado por emplear el nombre guanche para definir a todos los aborígenes de Canarias.
Algunos cronistas cuentan que eran gente muy alta de estatura, pero creo, por los historiadores, que no era para tanto. Sí está claro que existían dos razas, la cromañoide y la mediterránea, la primera es de cara ancha y robusta, y de cráneo alargado y estrecho; y la mediterránea de cara alta y delicada, y el cráneo corto y ancho.
Los guanches eran gentes de palabra, compasibles, valientes y defensores de la libertad. Entre sus conocimientos, en contra de lo que pudiera parecer, no entraba la navegación a pesar de estar rodeados de agua por todas partes, y tampoco se comunicaban entre sí, entre isla e isla.
Los capellanes de Juan de Bethencourt escribieron refiriéndose a ellos: “Id por el mundo y no encontrareis en parte alguna gente más hermosa y mejor formada que la que se halla en estas islas, así hombres y mujeres siendo grande su entendimiento si tuvieran enseñanza”.


Román comenzaba a interesarse por la cultura guanche y, Carmelo había conseguido de nuevo atraparlo entre las garras de sus relatos, como en la anterior ocasión en la que le puso al día de toda la historia de Garachico, en ésta tampoco le permitió escapar cuando empezó con la de los guanches, pero ya era tarde, estaba encantado con la cultura de los aborígenes canarios y para nada pretendía cortar la atractiva narración con la que Carmelo le estaba agasajando.
-Era un pueblo bien organizado, según tengo entendido… ¿realmente era así?- preguntó Román.
-Sí- respondió Carmelo-, en lo político y social, se sabe que cada isla estaba gobernada por reyes o príncipes llamados de distinta manera, por ejemplo en Tenerife se le llamaba Mencey y en Gran Canaria Guanarteme, también se conoce que, en esta isla, existían tres capas sociales. Los Acbimenceyes eran de un rango por debajo del Mencey, los nobles Acbiciquitza, Acbicaxna a los villanos, y los consejeros o capitanes del Mencey eran conocidos como Sigoñe.

El Tagoror era una plaza construida en piedra y en forma de círculo donde se trataban los diferentes asuntos y se administraba justicia.
En ella se celebraban los acontecimientos más importantes, como el nombramiento de los nuevos menceyes. Durante la ceremonia, el que sería nombrado, pronunciaba unas palabras, un juramento que decía así: “Agoñe Yacoron Yñatsahaña Chacoñamet”, y que traducido quiere decir: “Juro por el hueso de aquél que me hizo grande”.
Todos los hombres podían llegar a ser nobles, pero se le exigía unos meritos personales indispensables. Durante el acto ceremonial de nombramiento se preguntaba si robó en tiempos de paz, si había cocinado con sus manos, si alguna vez fue deshonesto con las mujeres, si ordeñó cabras y si mató en alguna ocasión, para que el nombramiento se hiciera efectivo tendrían que dar negativo las respuestas, pero si era lo contrario, quedaría en villano para siempre además de hacerse merecedor del apodo “trasquilado”.

Con respecto a la justicia las leyes eran diferentes en cada isla, y pasaban desde, El Hierro, donde le sacaban un ojo al que robaba y el segundo si reincidía, en Gran Canaria mataban al asesino y encerraban al ladrón, en Fuerteventura le escachaban la cabeza con una piedra al criminal, o aquí, en Tenerife que no eran tan crueles, al menos la pena de muerte no existía, pero si castigaban fuertemente, severamente, al que faltaba el respeto a las mujeres y de igual manera al ladrón, al asesino le embargaban los bienes para indemnizar a la familia de la victima y lo exiliaban del menceyato de por vida. En cambio, en La Palma ser ladrón era motivo de admiración y no lo castigaban, lo consideraban un arte, el arte de robar.
-¡Que curioso! ¿Verdad? ¡Considerar un arte al hurto!- exclamó Román.
-Desde luego, tratar como a un artista al ladrón no es algo noble, ni digno, pero en el fondo para ser un buen usurpador hay que ser pícaro, y la picaresca en este país nuestro siempre se miró, depende donde, con simpatía y gracia- dijo Carmelo.
-En eso estamos de acuerdo, el pícaro siempre ha disfrutado del beneplácito del pueblo llano a lo largo de la historia y en casi todas las épocas, sin ir más lejos, hay palabras como artero, que significan mañoso, astuto, y que lo dicen todo- dijo Román.
-De todas maneras, hoy por hoy, llamar artista a un ladrón no es lo común en estos tiempos-decía Carmelo-, pero en aquellos de los que hablamos, con el hambre y las necesidades que existían, habría que mirarlo desde otra perspectiva, aunque no dejara de ser una apropiación indebida.

Imagínese como vivían, las casas las construían de piedra y el techo con hierbas secas, o en cuevas, habitáculo muy recurrente debido a la orografía de las islas. También fabricaban vasijas y otros utensilios en cerámica, bien decorada y en distintos colores. Se dedicaban al pastoreo y a la agricultura, donde las mujeres desarrollaban su tarea ayudando a los hombres, mientras ellos labraban y cavaban la tierra con cuernos de cabra, como herramienta, ellas depositaban las semillas de trigo, cebada, habas…el agua, para ellos era un bien escaso, tenían conciencia de ello y lo mismo sabían aprovecharla y cuidarla.
Los tamarcos, los trajes que elaboraban y vestían, lo hacían con pieles de cabra u ovejas, y parece que bien confeccionados, siempre según los cronistas de la época y los historiadores que nos lo cuentan. El Padre Espinosa nos dice que estos trajes eran usados tanto por hombres como por mujeres, pero que ellas se colocaban debajo del tamarco una especie de saya de cuero gamuzado, porque llevar al descubierto los pies y los senos era deshonesto; y el calzado, llamado xercos o mabo, depende en que isla, lo mismo que el vestido se fabricaba en piel.
-¡Parece que no eran tan salvajes como se pudiera pensar!- dijo Román.
-No, a pesar de estar en la edad de piedra. Y sacaban provecho de lo que la naturaleza les proporcionaba.


Los alimentos provenían del ganado, de las cabras, ovejas, cerdos… eran los animales domésticos que poseían, de ellos sacaban la leche, queso, manteca y su carne, aunque sobre los cerdos muchos cronistas hablan que los consideraban animales sagrados. Pero no sólo de origen animal era su alimentación, también vegetal, del trigo, cebada y habas extraían el gofio, tostaban los cereales en recipientes de barro, para triturarlos después en molinos de piedra, además de recolectar fruta como los higos, dátiles, la miel de Mocán, harina de raíces de helecho, o frutos del mar como el marisco y pescados que cogían con redes hechas con hojas de palmera o juncos.
No solo de cerámica fabricaban los utensilios, lo mismo, de madera hacían los cuencos, peines, zurrones de piel de cabrito, bolsos de cuero, sacos de juncos, punzones para cocer el cuero, agujas de espina de pescado, cuchillos de piedra de obsidiana; para saltar los barrancos usaban una lanza muy larga y bien pulida, y como arma de guerra, en Tenerife, el banot, una especie de jabalina que en Gran Canaria tenía el nombre de el magado, también usaban las tabonas, piedras cortantes que eran las primeras en utilizar en la lucha cuando se enfrentaban. Pero no solo para la guerra vivían los guanches, de igual manera para el disfrute y la fiesta. ¿Sabe usted, Román, que hasta tenían una casa donde se juntaban para cantar y bailar?
-¡Sin duda, un pueblo inteligente!- exclamó Román.
-¡Ya lo creo! Sus cantos eran tristes, amorosos, dolorosos… y el nombre que recibía era endechas, que por cierto se hicieron famosos en Europa, y otra cosa curiosa es que cuando empezaban las fiestas, si estaban en guerra, era costumbre de hacer treguas de paz para celebrarlas y disfrutarlas.

Para unirse en matrimonio solo se necesitaba la conformidad de los dos consortes y para separarse, con que uno lo quisiera era suficiente, el único inconveniente es que los hijos del matrimonio desecho se consideraban ilegítimos frente a los del nuevo emparejamiento.
El idioma entre islas era de un origen común, aunque existían sus dialectos, pero todos hablaban con acento suave. Los templos o lugares sagrados los tenían todas las tribus y el ser supremo en el que creían, según donde, se llamaba Aborac, o Acoran, y también por supuesto sus demonios como Guayota, y que moraba en el volcán del Teide, echeide o infierno. En el archipiélago, al igual que en otras partes del mundo como Egipto o Perú, también embalsamaban a los difuntos, según Abreu Galindo y Espinosa lavaban a los muertos y le introducían durante quince días seguidos, mientras se secaba al sol, un liquido por la boca que consistía en manteca de ganado derretida, polvos de brezo y piedra tosca, cáscara de pino y otras yerbas, antes de envolverlo en cueros y dejarlo en la cueva funeraria sobre un tablón de tea. Otros los enterraban en cuevas, sin más, y también existía una tribu en Gran Canaria que lo hacía en túmulos.
-¿No se conoce el origen o procedencia de los guanches?- preguntó Román.
-Hasta no hace mucho tiempo existían diversas teorías, que si el origen era vikingo, que si griego, romanos, fenicios, cartagineses, egipcios, líbicos…como ve de casi todas las culturas existentes se llegó a pensar que procedían, pero ya parece que se va aclarando el origen. Según sus costumbres, por los enterramientos, se creé que los cromañones provenían del norte de África o de Francia, o simplemente eran dos pueblos hermanos, aún no se sabe como llegaron a las islas, pero se supone que debido a las corrientes marinas de África hasta las islas y que pudieron hacerlo en embarcaciones rudimentarias.
-¡Vaya! Que curioso, como los cayucos de hoy en día, los que utilizan los emigrantes- dijo Román.
-Sí, eso parece. Porque las tribus beréberes no son árabes, son rubios y morenos de raza blanca que llegaron al norte de África, y hace muchos siglos fueron invadidos por los árabes, aunque aún conservan sus costumbres e idioma, con los que tenían mucha similitud los antiguos guanches.

La conversación con el marido de Rosalinda lo había absorbido de tal manera, que ni el cansancio ni el reloj fueron merecedores de la mínima atención por parte de Román, que estaba encantado con lo que el bueno de Carmelo le estaba contando y que lo tenía entusiasmado.



1 comentario:

  1. Antonio: Este texto revivió el viaje que hice a Gran Canaria en julio del pasado año. Visité los museos y también unos sitios aborígenes que hay en una de las playas. Mi abuelo Manuel era de Venegueras en Gran Canaria y emigró a Cuba a bordo del buque Valbanera, que se hundió a la entrada del puerto de La Habana (1919). Por suerte, él se bajó unos días antes en Santiago de Cuba. En las Islas traté de conocer en el terreno un poco de la historia local. El término guanches evocó de alguna manera los gratos días pasados en Gran Canaria.

    ResponderEliminar