domingo, 17 de mayo de 2009

Alma mexicana (3ª parte)

La fama que iba adquiriendo Diego Rivera con sus murales influyó de manera significativa y a la par como personaje político, sin duda por su pertenencia y compromiso con el Partido Comunista Mexicano, ideología que por aquellos años significaba una esperanza para las clases sociales más castigadas. Las corrientes marxistas, en concreto el comunismo, se vislumbraban como el futuro y el fin a tanto caudillismo e injusticias, aunque con el tiempo se encargaría de demostrar que tampoco era la panacea, al contrario, se transformó en otra endémica enfermedad social con los mismos tintes represivos, dictatoriales y oligarcas. Claro está que nunca se puede comprobar lo que de bueno o malo tienen las formulas bien-intencionadas hasta que no se llevan a la práctica, porque una cosa son las doctrinas y otra llevarlas a cabo; pero el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor y siempre hay que contar con ello. Sin embargo, el fracaso de las extinta URSS no mancha las buenas intenciones de quienes creían que la doctrina de Marx pudiera haber sido un bien para la humanidad y un comportamiento más justo de lucha contra lo establecido, sigo pensando que las soluciones siempre pasan por la moderación, y aún así, la actitud del hombre dice la última palabra, por encima de su pensamiento y la necesidad de justicia.

De Diego Rivera se me antoja que todo lo que tenía de grandullón, de obeso, lo repartía a partes iguales con su nobleza, su figura pícnica-atlética dice que se trataba de un hombre bonachón y presumido, aunque siempre existen excepciones. Por supuesto que me puedo equivocar, es probable, pero mi convencimiento me lleva a pensar que se trataba de un inconformista con lo establecido, que se inclinaba por las clases sociales más desfavorecidas, lo demuestra su mirada a los indígenas, a las raíces de su pueblo, a las costumbres cotidianas y, si ya era rebelde, mucha culpa de esta influencia comunista la tuvieron sus años por Europa, por París, donde la mayoría de artistas e intelectuales sucumbieron a las corrientes políticas que llegaban del Este, a las teorías de Carlos Marx; un ejemplo claro es el de Pablo Picasso, que también perteneció al partido comunista, hasta que en un viaje a una de las repúblicas socialistas soviéticas después de la segunda guerra mundial, y tras la comprobar la realidad, rompió dicho carnet de afiliación, alegando que lo que vio nada tenía que ver con lo que pensaba y su manera de entender el comunismo. No obstante mi percepción sobre la personalidad del ilustre mexicano no garantiza que compartiera punto de vista con su homologo malagueño, es más, un rumor aseguraba que los dos maestros de la pintura chocaron, que discreparon en la manera de entender algunos conceptos. Lo cierto es que, al contrario que Picasso, Rivera mantuvo sus buenas relaciones con la URSS hasta los últimos días de su existencia.

El tiempo transcurría y las vidas de Frida y Diego, discurrían por causes distintos, pero cercanos físicamente, ya se conocían y compartían escenario por aquellos días en la Escuela Nacional Preparatoria, el maestro trabajaba en sus obras más representativas y la joven y rebelde alumna continuaba con su aprendizaje en distintas técnicas, como la del grabado con Fernando Fernández Domínguez, en 1925. De la misma manera que 1922 marcó la carrera del maestro muralista, el de 1925 lo fue para Frida, el accidente que sufrió el 17 de septiembre de aquel fatídico año decidió su vida y su obra. La fortuna la eligió con lo mejor y lo peor, porque si la castigó con tanto sufrimiento por aquel ingrato accidente, como recompensa por su entereza y ejemplo para enfrentarse a las adversidades le regaló la inmortalidad. El choque del bus en el que viajaba con el tranvía la dejó con lesiones que le marcarían de por vida, su columna vertebral quedó fracturada, casi rota, al igual que su cuello, la pelvis y diversas costillas; se le dislocó el pie derecho, un hombro descoyuntado y un maldito pasamanos se le introdujo por el costado izquierdo y le atravesó el vientre. Pero la providencia tenía decidido que no eran en aquellas circunstancias en las que se despediría de este mundo, le tenía reservado un hermoso pedestal en la galería de las figuras ilustres. Fueron 32 operaciones quirúrgicas las que la torturaron a lo largo de su vida y diversos corsés de distintos tipos y variados mecanismos de estiramiento los que la martirizaron, a los que se entretenía en pintar de modos diferentes. Al año siguiente pintó su primer autorretrato, el aburrimiento en su postración le llevó a empezar a pintar y lo hizo expresando los eventos de su vida y las reacciones emocionales que surgían de ellos, estirada en su cama o en el baño, así fue como realizó la mayoría de sus pinturas. Me imagino que la influencia de su padre, en la recuperación cuando sufrió la polio en su niñez, tuvo que ver mucho en la forma y rapidez con la que se recuperó, apoyada en su gran fuerza y las ganas por vivir. Esa energía hizo que de nuevo recuperara la capacidad de caminar y de la mano de una amiga intima se introdujo en los ambientes artísticos de México, en los que conoció, entre otros, a Tina Modotti, la conocida artista, fotógrafa, y de ideales comunistas, y de nuevo la vida la vuelve a encontrar con Diego Rivera, pero en esta ocasión derivó en unión matrimonial, casi tres años después de su cruel accidente, el 21 de agosto de 1929, el mismo año que lo expulsan a él del Partido Comunista Mexicano.

Aquel matrimonio fue llamado como el de un elefante con una paloma, por lo voluminoso que Diego parecía al lado de Frida, de construcción pequeña y delgada. Nada significó en su unión las diferencias físicas entre la pareja, ni siquiera la infidelidad que ambos se dedicaron, porque si él era un mujeriego y no tuvo reparos en mantener relaciones con su hermana Cristina, por parte de ella no fue una actitud muy diferente a la de Diego, indistintamente de los sexos, pues le atraían tanto hombres como mujeres. De todas maneras y a pesar de las aventuras de Diego su ayuda fue decisiva en muchos aspectos, él fue quien le sugirió que vistiera el tradicional traje mexicano de vestidos largos y alegres colores y la joyería exótica que Frida lucía, fue la imagen de marca creada por Rivera, amante de la pintura de su esposa y su mayor admirador, a cambio, ella, se convirtió en su mayor crítica. La fama y reputación de Diego Rivera los llevó a viajar a los Estados Unidos un año después, donde fue invitado para la realización de varias obras, entre Nueva York y Detroit, pero su temática comunista, siempre controvertida, desató importantes contradicciones y críticas con los propietarios que encargaron sus obras, con el gobierno y la prensa de aquel país. Quizás el suceso más controvertido de toda su vida fue cuando John D. Rockefeller Jr. lo contrata para la realización de un mural en el vestíbulo del edificio RCA en Nueva York. En el edificio principal de un complejo que se denominaría "Rockefeller Center", el edificio se alzaba como uno de los emblemas del capitalismo y para aquella ocasión Rivera creó "El hombre en una encrucijada", pero cuando estaba a punto de concluirlo a Rivera se le ocurrió incluir un retrato de Lenin y la controversia fue inmediata. Rockefeller interpretó aquella osadía como un insulto personal y mandó cubrirlo, para más tarde destruirlo. Pero el maestro de Guanajuato no se dio por vencido y en 1934, a su vuelta a México, de nuevo recuperó el proyecto y pintó "el hombre en su encrucijada" en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes de México.

Dos años después de su regreso de los Estados Unidos, Diego solicita al presidente Cárdenas asilo político para el revolucionario ucraniano León Trotsky, que se concreta al año siguiente y es recibido en Coyoacán, en la Caza Azul de Frida Kahlo, junto a su esposa. Pero en esta ocasión es ella la que le paga con la infidelidad a Diego, cuando mantiene una relación con el ucraniano exiliado, y para 1939 el muralista se distancia de Trotsky y se separa de Frida, para volver a casarse un año más tarde. Tras el asesinato del líder comunista, a manos del estalinista Ramón Mercader, ella es acusada de asesinato, tanto Frida como Diego fueron arrestados y finalmente quedaron en libertad. Pero la carrera pictórica de la Kahlo comenzaba a fraguarse poco antes de aquel suceso, en 1938 el poeta y ensayista del surrealismo, André Bretón, califica su obra de surrealista, cuando escribe sobre la exposición que hizo en la galería Julien Levy de Nueva York. Un año más tarde, en 1939, expone en París en la galería Renón et Collea gracias a Bretón. En aquella visita a la capital francesa conoció a Picasso y fue portada de la revista Vogue, por entonces Frida ya era conocida en el mundo entero. Fueron tres las exposiciones de Frida, la tercera se realizó en México y fue apoteósica, su salud era ya muy delicada y los médicos le prohibieron asistir a la presentación pero, pasados unos minutos de que todos los invitados estuvieran presentes, un sonido de sirenas desde el exterior provocó que la muchedumbre enloquecida saliera para ver cómo escoltada por motocicletas Frida Kahlo fue llevada a su exposición en una cama de hospital. Todos quedaron impresionados, la colocaron en el centro de la galería y allí la multitud fue a saludarla, contó chistes, cantó y bebió durante toda la tarde.

Aquel mismo año, 1953, le amputaron una pierna por debajo de la rodilla debido a una infección de gangrena, que la sumió en una grave depresión y que la llevó a intentar el suicidio en dos ocasiones. Para entonces ya no tenía fuerzas, mucho más duro que las frustraciones padecidas tras todos los abortos que sufrió. Según la crítica de arte Raquel Tibol, en una ocasión Diego le confesó, cuando comían juntos en una mesita frente a la cocina de Coyoacán, con lagrimas en las mejillas, que había pensado que "si pudiera la mataría", para evitarle el sufrimiento. Murió en la Casa Azul, en Coyoacán, el 13 de julio de 1954. No se le realizó ninguna autopsia y las últimas palabras de su diario fueron: "Espero que la marcha sea feliz y espero no volver nunca más". Por su parte, Diego, se casó de nuevo al año siguiente de la muerte de Frida, con Emma Hurtado, y viajó a la Unión Soviética para ser operado quirúrgicamente. Falleció el 24 de noviembre de 1957, también en Coyoacán y sus restos fueron depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, contradiciendo su última voluntad.













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