domingo, 10 de mayo de 2009

Alma mexicana (1ª parte)


La mañana del día 21 de diciembre de 1969 la recuerdo fría, helada, el agua salía con dificultad por el grifo, el único que había en toda la casa, del patio de donde vivía mi amigo Salvador Valverde, caía sobre un barreño de zinc rebosante de espuma que soltaba la ropa enjabonada, esperando a ser aclarada por las manos de la madre de mi amigo. Yo aguardaba a que él se acabara de vestir para irnos a jugar a las huertas, entre frutales desnudos y batracios adormecidos, en el canal de riego, era invierno y no había pájaros anidando, ni lagartijas, ni avispas con las que jugar... estábamos en vacaciones navideñas. El caer constante del agua formaba parte de la sonoridad de la escena, aunque en segundo plano, como efecto especial, la banda sonora se escuchaba con menos intensidad y por la ventana del comedor que daba al patio, "El Gato, el que está triste y azul, de Roberto Carlos, se colaba por todas las rendijas aquel año en el que yo cumplía una decena, dos menos desde la muerte de Diego Rivera; mis manos cogieron un libro de Juan, hermano algo mayor de mi amigo, y mis ojos se recrearon en una ilustración, casual, abrí al azar y la página me mostraba la fotografía de una obra esplendida, El Tianguis de Tlatelolco, que Diego Rivera pintó en 1952, en el Palacio Nacional de la ciudad de México. Era la primera ocasión en la que el pintor mexicano se presentaba a mi curiosidad, casi una década antes de que el gusanillo de la pintura me conquistara sobremanera.

Por descontado, lo que me atrajo de la obra pictórica de Rivera fue su contenido colorista, los indígenas en el mercado no me enseñaban nada histórico, era demasiado joven para entenderlo, más bien me engatusó que se asemejaba a un "TBO de indios", cómic de aventuras, que desbordaba mi fantasía, la multitud en movimiento sobre un escenario cercano a la ciencia ficción.
Pasado el tiempo, me pierdo en él cuando trato de marcar una fecha más o menos certera, cercana, de cuando me interesé por el mexicano universal y por su obra, y dentro de esas dudas si fue antes o después, o a la par, de Frida Kahlo. Tengo que reconocer que en este país de pintores, e influido por la cercanía de los clásicos del renacimiento italiano y por los movimientos de vanguardia parisinos, flamencos, holandeses, simbolismo inglés... uno no acaba nunca de girar a sí mismo hasta que en un impulso salimos de esta espiral europea para tropezarnos con otros mundos, otras escuelas y otros genios, que tardamos más en encontrarnos con su obra pero que cuando lo hacemos es de la manera más grata y sorprendente, no por pensar que en cuestión de arte somos el ombligo del mundo, si no porque lo que nos rodea es la base, la fuente de donde beben y se nutren todas las corrientes y cualquier artista pictórico.

Es casi obligada la mención o presencia de uno u otro, de Rivera y Kahlo, cuando se trata de indagar en sus obras y trayectorias, vidas o biografías, van unidos siempre y, antes o después, uno acaba por discurrir por sendero alterno que nos introduce en otro mundo, otro estilo y otra vida, que terminan por encontrarse y enlazarse una y otra vez, como raíz al tronco, para fundirse en uno sólo. Los dos personajes, y las dos obras, son por sí merecedoras de acaparar con su protagonismo a cualquiera, ninguna le hace sombra a la otra, rara vez la historia nos muestra una pareja tan especial y genial como esta, porque si existieron otras interesantes fue por la aportación de uno al otro, pero como en este caso nunca. Quizás, y entre otras razones, porque la mujer en la pintura, salvo raras excepciones, no tuvo un protagonismo relevante en el pasado, hoy es diferente, como tampoco en otros apartados del arte, la ciencia, etc. Aún así, la trayectoria de Diego Rivera estuvo basada en la técnica, en el estudio durante años, su arte constituyó uno de los pilares donde se asentó uno de los más importantes movimientos en la pintura americana, el muralismo mexicano. Su obra lo sitúa en un sitio privilegiado dentro del arte latinoamericano, muralista, dibujante, ilustrador y escritor. En cambio, la trayectoria de Frida va más por el mensaje que por lo técnico, lo universal de Kahlo fue mostrar su singularidad, su discapacidad física y sus sentimientos, en una ocasión dijo que no era surrealista, como la hacían catalogar, porque ella nunca pintó sus sueños si no su realidad.

Por lo que corresponde a Rivera su biografía es diferente, no así menos atractiva. El tiempo que le tocó vivir sin duda marcó su compromiso con la revolución y con los más desfavorecidos, hasta el punto de ser uno de los fundadores del partido comunista mexicano, toda su vida estuvo marcada por la política y los movimientos sociales, comprometido y polémico. Aunque se crió con la educación católica, no conviene ignorar detalles que suman siempre a la hora de comprender la personalidad de cualquier personaje, su origen era el judaísmo, la de una familia conversa que tuvieron que convertirse obligados, algo de lo que era consciente. Su talento para la pintura fue algo prematuro y que fue desarrollándose en él a lo largo de sus años escolares en Guanajuato, donde nació el 8 de diciembre de 1886. Diez años más tarde su familia se traslada a la Ciudad de México y allí comienza a tomar clases nocturnas en la Academia de Bellas Artes de San Carlos, donde conoció al célebre paisajista mexicano José María Velasco, hasta que fue expulsado en 1902, por participar en las revueltas estudiantiles de ese mismo año. En 1905 recibe una pensión por parte del Secretario de Educación Justo Sierra. En este tiempo sus influencias fueron decisivas para su posterior desarrollo artístico, desde las de su primer maestro que fue discípulo de Ingres, hasta la más importante, la del grabador José Guadalupe Posada, con quien trabajó en su taller. Pero dos años más tarde, en 1907, y después de su primera exposición, que fue un éxito, Rivera recibe otra beca por el entonces gobernador de Veracruz, Teodoro A. Dehesa Méndez, que le permite viajar a España y continuar con sus estudios.

En Madrid ingresó en la Escuela de San Fernando y en el taller de Eduardo Chinarro, pudo estudiar de cerca a Goya, El Greco y Brueghel, y también desde la capital española realizó viajes a otros países europeos entre 1908 y 1910, Bélgica, holanda, Gran Bretaña, Francia, donde se estableció finalmente en 1911, alternando su residencia con México. En la ciudad parisina tomó contactos con intelectuales y artistas españoles, Alfonso Reyes Ochoa, Pablo Picasso, Ramón María del Valle-Inclán, consiguiendo acercarse a las nuevas corrientes como el cubismo, al que abandonó poco tiempo después. De igual modo se relacionó con otros de distinta nacionalidad, como Paul Cézanne, de quien recibe la influencia del Postimpresionismo y se introduce en él, desde donde consigue captar la atención por sus vivos colores y acabados, a diferencia de otros muralistas de México. También en ese mismo año nace su primer hijo, que murió al año siguiente, fruto del matrimonio con la pintora rusa Angelina Beloff. En 1919 nace su hija Marika Rivera y Vorobieva, fruto de sus relaciones extramatrimoniales con Marievna Vorobieva, sin embargo nunca reconoció a la niña, aunque si la sostuvo económicamente. Al año siguiente emprendió un viaje a Italia, gracias al embajador de México en Francia, donde estudió el arte renacentista.

En 1921 regresa a México y en 1922 comienza su primer mural en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Preparatoria Nacional y su pintura comienza a influir en el movimiento muralista mexicano y en Latinoamérica. Antes de acabar ese mismo año Diego Rivera contrae matrimonio por segunda vez, con Guadalupe Marín, una indígena mexicana de larga cabellera negra, piel morena y ojos verdes, la "Gata Marín", como era conocida la muchacha que limpiaba la casa donde vivía Rivera, mientras trabajaba en el mural de la Escuela Nacional Preparatoria. Con la que tendría dos hijas. También en 1922, en septiembre, comienza el fresco en la Secretaría de Educación Pública y participa en la fundación de la Unión de Pintores, Escultores y Artistas Gráficos Revolucionarios. Sin duda ese mismo año tuvo una fuerte influencia en su pintura y su vida personal, en él le otorgan los permisos para comenzar las pinturas y murales del Palacio de Cortés, en Cuernavaca; en la Escuela Nacional de Agricultura, en Chapingo; en el Palacio Nacional de la Ciudad de México; y un acontecimiento importantísimo, su anexión al Partido Comunista Mexicano.

También en 1922, y ajena a su actividad y su vida política, en la Escuela Nacional Preparatoria, ingresó una joven con la que compartiría su futuro. En ese año, la escuela, comenzaba a admitir chicas, hasta ese año un privilegio sólo para los chicos. Allí sus travesuras la convirtieron en cabecilla de un grupo, mayoritariamente formado por chicos rebeldes, que realizaron innumerables trastadas en la escuela. Aquella chica se llamaba Frida Kahlo y conoció a su futuro marido, mientras trabajaba en el mural encargado para el auditorio de la escuela.
En 1927 Diego Rivera es invitado a las celebraciones de los primeros diez años de la Revolución de Octubre, en la unión soviética. En 1928 se divorcia de Guadalupe Marín y un año más tarde se casa, en terceras nupcias, con Frida Kahlo.










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