sábado, 25 de abril de 2009

Protesta, llanto, dolor, ira y ternura

Cuando en 1982 vi por primera vez aparecer en la pantalla del cine Chimisay del Puerto de la Cruz, Tenerife, Islas Canarias, a E.T., el archiconocido y entrañable personaje de ficción del cineasta Steven Spielberg, me pareció de todo menos extraño, tenía algo aquel extraterrestre que me resultaba familiar. Bueno, cualquiera que esté leyendo estas primeras palabras del escrito pensará que vaya familia tan poco agraciada la que tengo, pero no se trata de rasgos físicos familiares, si no más bien la sensación de que ese personaje ya lo había visto antes, que no era nuevo para mí; pero no solo en apariencia física, de igual modo su ternura me resultaba cercana. Sin embargo, no fue hasta pasado el tiempo, algunos años, cuando descubrí de donde me venía aquella sensación. Sucedió por casualidad y mirando un cuadro, una pintura de Oswaldo Guayasamin, entonces me pareció que tenía un cierto parecido con la creación de Carlo Rambaldi para la cinta nominada en nueve categorías y que consiguió 4 de las estatuillas de la academia de Hollywood, entre ellas a la de mejores efectos visuales. Sin duda fue la fuente de inspiración para crear al extraterrestre del dedo iluminado

Poco tiempo más tarde afloró en mí la pasión por el arte pictórico, por la pintura artística, que me llevó a vivir de esta ocupación durante algunos años de mi vida, y aquel curioso parecido hizo que me interesara por la obra de su autor, el ecuatoriano Oswaldo Guayasamin. Al principio me costaba recordar su nombre, no así su pintura, porque si algo tiene de especial, que son muchos puntos, es que no recuerda a ningún artista; los cuadros de Guayasamin se distinguen por todo, por sus motivos o temática, composiciones, expresiones, trazos, colores... ni siquiera plagiándolo un buen imitador nos confundiríamos, al menos los que valoramos su legado artístico, es imposible captar todo lo que derrocha en sentimiento cualquiera de los miles de cuadros que pintó. La obra de este genio de la pintura, uno de los grandes con mayúscula y no solo de la América latina si no de la historia del arte contemporáneo en todo el mundo, no necesita de firma, no es necesario acercarse para comprobar su rubrica plasmada entre sus trazos sueltos y rotundos, impactantes y viscerales, pero a la vez dinámicos y armoniosos, expresivos, no esconden su sencillez, quizás porque es la necesaria fusión con el mensaje que emerge de sus telas, lo más profundo del sentimiento humano, de su raza, el dolor, el llanto, la ira y la ternura de los indígenas americanos.

La providencia, la diosa fortuna, ha tenido en gracia concederme la oportunidad de situarme en varias ocasiones ante algunas obras del genial ecuatoriano y los sentimientos que han provocado en mí nunca han sido indiferentes, algunas de sus obras me han atrapado de tal manera que he sentido la necesidad de abrazar el lienzo, con toda el alma, con toda la ternura; no obstante no llegué a perder la cabeza y no me dejé llevar por lo que el corazón me reclamaba. Pero la sensibilidad de sus figuras se transforma en una campanilla que despiertan los sentidos, para hacernos más humanos, para sacar lo que dejamos aparcado en un rincón del corazón y que solo a veces afloramos para identificarnos con los mejores sentimientos. Los cuadros de Guayasamin nos recuerda el dolor de un pueblo, de un continente, que pocas veces sonríe, que llora, grita, con la voz y con las manos, que representan un extenso y expresivo catalogo de los sentimientos del ser humano. Sus cuadros no son un mero objeto decorativo para las paredes de familias bien, sus pinturas no relajan las conciencias, al contrario, o nos hacen sentirnos culpables o comprometidos con su causa, la de la liberación de los pueblos indígenas, la de su dignidad y la de los mejores y más puros argumentos de la humanidad, el amor, la ternura.

Mi primer encuentro con su obra fue en mi ciudad, en Córdoba, y lo más curioso fue que no se trataba de algunos cuadros sueltos entre una exposición mixta con otros artistas, no. La exposición tuvo lugar en la Sala Museística de Cajasur y la componían cerca de una centena, impresionante, no me reprimí y fueron varias veces las que repetí mi visita a tal acontecimiento único. Tanto contenido puede revertirse en un riesgo y volverse cansado, provocando que muchas obras pasen desapercibidas y otras confundidas, pero no, ni me confundí ni me aburrí. La segunda ocasión en poder admirar varios cuadros más de Oswaldo Guayasamin fue también en mi ciudad, en la sala de exposiciones de La Casa Carbonell (Vincorsa), esta vez sus trabajos se acompañaban de otros, entre los que figuraban picassos, dalis y otros de reconocimiento mundial.

Después significó una agradable sorpresa cuando en octubre del 2007 visitaba el mercado de artesanía de la ciudad de Masaya, en Nicaragua; pretendía comprar algunos regalos y otros caprichos para mi, guayaberas, cerámicas... y en una sala, por entre patios ajardinados y pequeñas tiendas agrupadas en pasillos, se exponían pinturas, fotografías de otros tiempos, varias esculturas de pequeño formato y un Guayasamin, allí estaba, como tratando de pasar desapercibido entre tanta artesanía, pero el arte sobresale siempre por encima de mediocridades con buenas intenciones. Mi amigo Silvio me acompañaba aquel día y tengo que reconocer que en cuestiones pictórico-artísticas no está muy puesto que digamos, pero aseguraría que desde aquel encuentro no se le pasará por alto ninguna obra del pintor de las manos protesta. La última fue el año pasado, también en octubre, al regreso de mi viaje por Centroamérica, conocía la existencia de un mural en el Aeropuerto de Barajas, realizado con acrílicos y polvo de mármol, en 1982, pero nunca antes tuve la oportunidad de poder admirarlo, ya se sabe como son los aeropuertos, hasta que ese día, sin pretenderlo, se presentó ante mí al bajarme del tren cercanía que va de una a otra terminal; el tiempo apremiaba y no me permitió admirarlo como me hubiera gustado, pero siempre me quedará otra oportunidad.

Pero si fascinante fue su obra también lo era su fuerte personalidad, que lo situó siempre en medio de la polémica. Es lo normal, lo que le suele suceder a los grandes personajes comprometidos, que pasan por la vida al contrario que la mayoría, sin hacer mucho ruido y sin provocar contradicciones, Oswaldo Guayasamin nació en 1919 y vivió la miseria, la pobreza de una familia como tantas, de padre indio y madre mestiza, y en la que le tocó ser el mayor de diez hermanos. Sus dotes artísticas ya le acompañaron desde pequeño cuando se entretenía haciendo caricaturas de los maestros, o pintaba algunos cuadritos en trozos de lienzo o cartón, de paisajes o retratos de estrellas de cine, que vendía en la Plaza de la Constitución. Tampoco encontró apoyo por parte de su padre cuando decidió ingresar en la Escuela de Bellas Artes de Quito, en 1932, quizás porque las necesidades eran muchas y el arte no ayuda mucho en la mayoría de las veces. Por aquellos tiempos se llevaba acabo "la guerra de los cuatro días", el movimiento obrero que se cobró una víctima muy cercana, su gran amigo Manjarrés, durante una manifestación, lo que marcaría su visión de la sociedad, de la gente, y más tarde sería motivo de inspiración para su obra "los niños muertos".
En 1941 recibió diploma de pintor y escultor en la escuela y cursó algunos estudios de arquitectura. Al año siguiente presenta una exposición en una sala privada y se crea un escándalo, la crítica lo considera una provocación, un enfrentamiento con la exposición oficial de la Escuela de Bellas Artes. Pero al margen de la polémica, Nelson Rockefeller queda impresionado y le compra varias obras, también le ayudó en el futuro. Entre el 1942 y 1943 permanece seis meses en Estados Unidos y con el dinero que gana viaja a México, donde conoce al maestro Orozco y le acepta como asistente, conoce a Neruda y comienza un viaje que le llevaría por algunos países latinoamericanos, Perú, Brasil, Chile, Uruguay, Argentina... y en todos encontró la misma realidad, la de los pueblos indígenas oprimidos. A partir de ese momento esa temática se convertiría en la protagonista de su obra. Gran amigo de Fidel Castro y Gabriel García Márquez, a los que retrató entre más de tres mil personajes, de grandes figuras mundiales, artistas y amigos. Expuso en las más importantes salas del mundo y sus murales se encuentran en los lugares más representativos, algunos de ellos son los de la sede de la UNESCO en París(dedicado a los millones de niños que cada año mueren de hambre en el mundo), Parlamento Latinoamericano, Congreso Ecuatoriano, donde surgió una gran polémica en un gran mural de 360 metros cuadrados que se instaló en la cámara de secciones, cuando en el acto de inauguración el representante de Estados Unidos abandonó el lugar, al comprobar que contenía un rostro calavérico con un casco nazi y las siglas CIA. Reconocimientos nacionales e internacionales de todo tipo, creó la fundación Guayasamin en Quito, a la que donó todas sus obras de arte y colecciones, ya que concebía al arte como patrimonio de los pueblos. También existe un magnifico museo con su obra en La Habana, Cuba, con la que tuvo una entrañable relación.
Toda una vida llena de trabajo y reconocimientos, hasta que en 1999, a los 79 años, el artista de la ira, el llanto y la ternura murió, recién acabada su obra más anhelada, "La Capilla del Hombre".











4 comentarios:

  1. ya sabía que steven spielberg era medio plagio

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  2. ANTONIO,GRACIAS POR TU ÁNIMO,ESTOY, SIGO APRENDIENDO,CONTIGO.UN ABRAZO, TE ESPERO EN CÁCERES.

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  3. En La Habana hay un magnífico museo dedicado a la obra de Guayasamín, pues este pintor mantuvo una relación entrañable con Cuba.

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  4. Saludos.
    Soy conocedor de la existencia del museo de Guayasamin en La Habana y su buena relación con Cuba; tampoco fue un olvido. El currículum y biografía del genio ecuatoriano es tan extenso que no cabría en una entrega, ni en dos... solo traté de resumir su trayectoria. Aún así modificaré el texto e incluiré la existencia del museo que tu recuerdas. Gracias, Lázaro.

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