sábado, 4 de abril de 2009

Libertad y botín

Hace algunas semanas me llamó la atención una curiosa fotografía de Johnny Depp ataviado de pirata, de capitán Jack Sparrow, interpretación que ha aumentado con creces la popularidad que ya disfrutaba. Caracterizado de Sparrow, Depp, lucía el atuendo clásico al que ya nos tiene acostumbrados en Piratas del Caribe, pañuelo a la cabeza y un sin fin de adornos que se escapan entre su peculiar y original melena, pero en esta instantánea, seguramente captada en un descanso del rodaje, dejaba entrever la etiqueta de una conocida marca deportiva disimulada entre la cascada de abalorios. Eso me hizo preguntarme cuanto de verdad tendrá todo lo que rodea al mundo de los piratas, personajes que atraen las simpatías de la mayoría, por todo lo que reúnen y significan. Un mundo romántico de aventuras, donde la libertad es su primera ley y sus principios parecen que andan siempre por encima de lo humano y lo divino, pero que a la vez los hace canallas, traicioneros y poco de fiar, al pirata, como al peligro, siempre hay que mirarlos de lejos; en todo caso desde la butaca de la sala cinematográfica o tumbado desde el sofá de nuestro salón.

Estos aventureros personajes, que deambulan siempre más allá de lo establecido, que se pasan las leyes por el forro de sus casacas y en la mayoría de las ocasiones por el filo de sus espadas, representan a los antisistemas, a los Robin Hood de los mares, pero en el fondo de sus existencias, tras los parapetos y biombos donde se esconden sus realidades, no habita tanta galantería y altruismo como las aventuras de ficción nos hacen ver, más bien todo lo contrario, criminales desalmados que venden a sus madres por un loro parlanchín en días generosos. Pero al contrario de lo que creemos y nos parece, los piratas no son exclusivos de un tiempo y un lugar determinado, quizás los identificamos con el mar Caribe y en los años en los que los galeones españoles o ingleses, entre otros, navegaban de América a Europa cargados de riquezas. Pero nada más lejos de la realidad, erróneamente pensamos si creemos de esta manera. La piratería es tan antigua como la navegación misma, sin embargo, las primeras referencias que se tienen de ella es del siglo V a. C., en la llamada Costa de los piratas, en el golfo Pérsico, pero también existieron otras zonas de piratería por esa época, como el Mar de China o el Mar Mediterráneo, actividad que duró durante toda la antigüedad. Aunque a diferencia de otros tiempo, sus intereses eran más de tipo esclavista, una práctica que resultaba altamente lucrativa, no obstante y de igual manera se buscaban piedras y metales preciosos, esencias, telas, sal, tintes, vino y otras mercancías que, especialmente los barcos fenicios, transportaban.

Los piratas son considerados, en ocasiones, héroes en sus países, contrariamente a lo que en tierra se entenderían por ladrones y secuestradores, pero también hay que entender que el concepto de piratería no es lo mismo hoy que en tiempos de la Grecia clásica, donde el oficio de las armas era reconocido y estimado hasta el punto de glorificar, como en el caso de Jasón, uno de los más famosos. La falta de datos al respecto, que no son muy abundantes, ha hecho que nos tengamos que apoyar en los mitos, para saber, por ejemplo, que los griegos eran buenos piratas y que como ocurrió con Jasón, quien guió a los argonautas hasta la Cólquida en busca del Vellocinio de oro, acabaron derivando en glorias nacionales. A igual manera que Ulises u Odiseo, que tal como narra Homero en la Odisea, en su regreso a Ítaca, también realizó varios actos de piratería. Pero por encima de todos los piratas griegos está Plutarco de Samos, del que sí se tienen referencias, este personaje llevó acabo sus fechorías en el siglo VI a. C. y saqueó toda Asia Menor en varias expediciones, llegando a reunir más de cien barcos. No obstante, para que nos hagamos una idea de como los piratas no sólo sembraron de peligros los mares conocidos en la Grecia clásica, si no que esta práctica delictiva se fue desarrollando a la par que pasaba el tiempo, especialmente en el Mare Nostrum, no hay más que trasladarse a la época final de la república romana, en la que impedían e interrumpían el comercio por las líneas de suministro de Roma, primero desde sus bases en las montañosas costas de Cilicia, al sur de Asia Menor, para terminar por todo el Mediterráneo. Uno de los capítulos más conocidos y llamativos de esta época, sembrada de peligros marítimos, lo protagonizó el mismísimo Julio César, según cuenta el historiador, biógrafo y ensayista griego Mestrio Plutarco, en Vidas Paralelas, en el 75 a. C., el futuro cónsul de Roma cayó prisionero de los piratas cilicios y el jefe de estos pidió por el rescate 20 talentos de oro, cosa y cantidad que pareció no agradar al joven César que le espetó:"¿Veinte? Si conocieras tu negocio, sabrías que valgo por lo menos 50". Amenazó a sus captores con crucificarlos y después de 38 días de cautiverio el rescate se pagó y fue liberado. Pero lejos de olvidarse de aquél desagradable contratiempo, al recobrar la libertad organizó una expedición con su propio dinero, consiguiendo apresar a sus captores y, tal como los amenazó, los crucificó a todos.

Después vendría la edad Media, que podríamos dividirla en épocas, la Alta y la Baja, ninguna de las dos menos interesantes que las anteriores si miramos cuales eran los protagonistas y condicionantes de estos periodos, por un lado los vikingos y los árabes, por el otro el Mediterráneo Oriental y la expansión del Islam. Pero ya conocen de mi actitud con respecto a los temas, me gusta volarlos bajito pero sin detenerme en cada detalle, es por lo que tal vez este periodo lo recupere en otra ocasión, por lo cercana que se me sitúa, es en esa época cuando el Islam se posa sobre al-Andalus y Córdoba, mi ciudad, se convierte en capital de Occidente, rivalizando con Bagdad, capital de Oriente, en el mundo conocido. Y así, sobrevolando por los raíles de la historia que nos marcó la piratería llegamos al declive del imperio español, que generó primero el contrabando y más tarde la época dorada de los piratas, filibusteros y bucaneros, testigos todos de la brutal y sanguinaria etapa. De tantos nombres como la historia nos ha dejado referente a este mundo de malhechores y borrachos de ron, con garfios o patas de palo, que navegaban los mares con el pensamiento puesto en un botín que les diera la posibilidad de cumplir su sueño, el de pasar a mejores días en una ciudad tranquila y compartiendo la vida con una guapa mulata, rodeados de palmeras y picaras gaviotas, me quedaré en esta ocasión no con un nombre propio, si no con una cofradía, la de los Hermanos de la Costa.
La cofradía de los Hermanos de la Costa es el fin de la piratería como la conocemos, pasaron de ser ladrones a tener principios, cuya primera consigna era "Libertad y botín", eligieron a sus jefes y organizaron como debían ser los asaltos. Según Bernardo Fuster, en Los Hermanos de la Costa, eran apátridas, sin dioses ni leyes, preferían saquear a los ricos antes que robar a los pobres y rechazaban cualquier código penal y la propiedad privada. Acogieron a negros y blancos, libres y esclavos, aventureros, criminales, analfabetos, ilustrados. Los botines se repartían a cada pirata según su graduación en el barco, pero ni las naves que se robaban, ni las tierras de la isla de Tortuga, donde tenían su base, pertenecían a nadie, pasaban a ser de la colectividad. No existía ninguna obligación, ni siquiera en beneficio de la comunidad, sin presupuestos ni impuestos, sin código penal entre la hermandad; todo se resolvía de hombre a hombre, en duelos o asambleas, y los derechos de cada uno garantizaban la libertad de todos. Con respecto a las mujeres admitían solo a las nativas, las esclavas y las prostitutas, de esta manera trataban de no alterar la vida cotidiana, pues pensaban que éstas no eran proclives a crear familias. Pero el asedio de las potencias imperiales dieron fin a la cofradía hacia 1700 y los filibusteros cambiaron de actitud, los que algunos creen que fueron el principio del anarquismo se volvieron individualistas y comenzaron a trabajar por libre, unos para quienes flotaban expediciones y otros montando sus propias empresas comerciales, con lo que la solidaridad de los piratas dio a su fin. Esto nos lleva a la conclusión de que una vez más, lo que comenzó como revolución colectiva y solidaria derivó en autoritarismo y capitalismo. El que es pirata...con traje o sin él.

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http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

2 comentarios:

  1. Lo que me recuerda a los piratas que gobiernan mi pobre país... Me disculpo por la grosería de no haber contestado su amable nota y visita oportunamente. Para minimizar la ingratitud de mi proceder dejo este comentario en su interesante texto y le informo que ya coloqué el recíproco enlace a su blog. Esperando continuar la comunicación.

    P.D.: Y por acá llamamos "piratas" a los que trafican con copias ilegales de obras intelectuales. Aunque muchos consideramos que el arte, si en realidad es tal, no puede estar restringido al acceso exclusivo de quienes puedan adquirirlo mediante pago. ¡Saludos desde Nicaragua! Y un fuerte abrazo.

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