miércoles, 15 de abril de 2009

El Dios malvado que llegó del mar



La historia de los pueblos y sus personajes son temas siempre apasionantes, por encima de lo que para unos u otros simbolicen estos episodios. Para la concordia o la discordia lo sucedido ya nadie puede evitarlo ni volver hacia atrás, de los acontecimientos del pasado solo nos queda aprender, para quedarnos con lo positivo y nunca olvidar lo negativo, que de mucho tienen estas páginas históricas en la mayoría de las veces escritas con sangre, de unos y de otros, de buenos y malos, de invasores e invadidos, víctimas de la avaricia humana y que no sirve para otra cosa que para alimentar la ira y avaricia de otros, como una maldición que salta de la víctima al victimario, para dejar a este último en blanco y objeto de la ambición de otro, que a su vez quedará maldecido por el ansia de poder que envuelve a los hombres en este maleficio natural que es su propia sinrazón.

Las miradas que nos dirigimos de un lado a otro del Atlántico siempre estuvieron cargadas de distintos sentimientos, nunca indiferentes, es normal que desde la parte americana algunas miradas vengan cargadas de recelo, de desconfianza y si me apuran hasta de odio, por lo que la historia y sus actores nos dejaron y que hasta el final de la existencia humana siempre quedará en el recuerdo de los tiempos, como un resquicio de inaceptable, de inolvidable. En cambio, desde esta orilla, siempre se miró de manera entrañable, quizás por que no fuimos las víctimas del encuentro de estos dos mundos en otro tiempo. Sin embargo, hay que reconocer que, aunque generalizada la buena aceptación, siempre los hay indecentes, impresentables e irrepresentables, no obstante esta realidad no es un mal propio de ningún pueblo o cultura, es parte de la condición humana y siempre existen quienes afloran irrespetuosidad al diferente sin el mínimo rubor.
Son muchos los que como yo que, no compartimos ni aceptamos los acontecimientos protagonizados en la invasión de los pueblos americanos, nos avergonzamos de tener que llevar sobre nuestras espaldas el peso de la historia, en la que no participamos y por supuesto de la que no nos sentimos responsables. Los pueblos todos siempre fueron invasores e invadidos, desde la existencia de la humanidad se han ido devorando los unos a los otros, los imperios construyéndose a base de lo conquistado y, como imitando a la cadena alimenticia de la supervivencia, el pueblo grande alimentándose del pequeño. Siempre defendí el derecho que se me antoja tienen todos los pueblos del mundo a defender su identidad propia, por mucho que pensemos que la globalización niega la razón de ser a este derecho. El ser humano vive en el contexto del presente, el futuro es la responsabilidad, el que tenemos que dejar a las generaciones venideras para el buen desarrollo de la existencia de la especie y todo el entorno natural. En cambio, el pasado tenemos que aceptarlo aunque no lo compartamos, el pasado no puede ser nuestro enemigo, todo lo contrario, nuestra historia como pueblo es el mayor tesoro que poseemos, nuestra cultura, fruto de todo lo acontecido en otro tiempo.

 No sé cuantas veces habré escrito esta reflexión, con esta mismas palabras o con otras, pero la experiencia y el derecho que me da ser nativo de uno de los pueblos más invadidos de la historia, me permite opinar de esta manera, pocos pueblos en la historia de la humanidad han sufrido tantas invasiones como el andaluz, romanos, musulmanes, franceses... entre los más cercanos, todos con la criticada intención de desvalijar lo poco de valor que encontraran. Todos contribuyeron a nuestra identidad, a crear nuestra manera de ser, a fraguar la cultura que nos hace sentirnos orgullosos.

 Mi limitado conocimiento de la historia prehispánica, que no es nulo, entre varias razones por mi atracción hacia los pueblos latinoamericanos y sus culturas, y por el hecho de poder comprobar su realidad en varias visitas al continente americano, me ha enseñado que como en todos los continentes y siglos, los pueblos indígenas también fueron invadidos por otros que a su vez también huían de invasores, como es el caso de los Nicoyas o Nicaraos, tribus Chorotegas, que vivieron durante algunos siglos en el desierto de Xoconochco (Soconusco), hasta que los Olmecas, de los que eran enemigos desde hacía tiempo, aparecieron repentinamente desde México y los subyugaron. Incapaces de soportar a la esclavitud que los sometían decidieron emigrar y huir en masa hacia el sur, a Centroamérica, un siglo antes de que los españoles llegaran al continente. Pero anteriormente existieron dos grandes oleadas de migración desde el Anahuac, la gran meseta de México, dos dispersiones étnicas y culturales. La primera en el siglo XII y después de la ruina de los Toltecas; la segunda fue causada por el predominio Azteca, bajo sus poderosos caudillos las expediciones guerreras y comerciales llegaron hasta Panamá.

De igual manera otras tribus o etnias llegaron a Centroamérica huyendo del sur, de otros invasores, lo que demuestra que en la América prehispánica también se escribían convulsas las páginas de la historia. Precisamente de esta parte del continente, de Suramérica, quería recordar unos episodios que sucedieron en la invasión o conquista, del único imperio que existió anterior a la colonización, o al menos que se conozca, el imperio Inca. Para los más cercanos quizás no les diga nada nuevo, pero para los de este lado del océano, que tanto desconocemos, y no solo de esa época, será un descubrimiento conocer cómo se llevó acabo el secuestro del inca Atahualpa, el último gran emperador que dio fin a la dinastía del Dios rey Sol. La historia de Atahualpa está escrita junto a la de Francisco Pizarro, van unidas de la mano, los dos son protagonistas y representantes de dos mundos encontrados, para muchos un ejemplo claro de cómo transcurrió la invasión y dependiendo de quién lo cuente, el extremeño, será un malvado tirano o una víctima de la realidad que le tocó vivir. Una realidad cruda, en una época en la que la miseria cercaba la Península Ibérica, fruto de las guerras contra los musulmanes y donde pocas alternativas se ofrecían que no fuesen las de la guerra, no solo en la España que se constituía como nación, de igual modo en otras regiones de Europa.

 Es necesario exponer que Pizarro, quien había nacido en Trujillo, Cáceres, el 16 de marzo de 1476, tuvo una infancia pobre y difícil criando cerdos, hasta que con 17 años abandonó su ciudad natal y se dirigió a Sevilla justo por el tiempo en que Colón arribaba con sus barcos en las nuevas tierras. Su inexperiencia y desconocimiento en otros oficios, junto a su analfabetismo que nunca superó, le obligaron a alistarse en los tercios españoles, donde luchó a las ordenes del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, siempre como soldado, en las campañas de Nápoles y frente a los franceses. Regresó a Sevilla, de lo que se conoce poco relativo a la estancia en la capital andaluza, y después embarcó hacia América, en 1502.

 Poco se sabe de los primeros años en América pero tampoco es mi intención en esta ocasión la de construir una biografía más o menos creíble y cierta, lo que me trae al gran conquistador es el encuentro que el destino tenía amañado de antemano con Atahualpa, quien acababa de terminar y ganar una guerra civil contra su hermano y enemigo Huáscar. Pizarro tomó rumbo al Perú atraído por las riquezas que allí podían encontrar, con un pequeño ejército de 180 hombres y 37 caballos. Desde un tiempo atrás los mensajeros del inca fueron observando todos los movimientos de los españoles y Atahualpa, influido por sus consejeros más cercanos, llegó a creer que se trataba de enviados de Wiracocha, al que las predicciones lo hacían con barbas y montando sobre un animal, que vendrían del mar.
Atahualpa permitió que aquel grupo de barbudos ingresaran a la sierra norte y se presentaran ante él, no pensando que supusieran un peligro, más bien todo lo contrario, pensando que Wiracocha estaría contento. Francisco Pizarro envió a varios emisores, entre ellos a su hermano Hernando, al balneario de Pultumarca, donde se encontraba el inca, para convencerles de que acudiera al día siguiente a la plaza de Jamarca a un encuentro con el jefe de los extranjeros, a lo que accedió después de una demostración de poderío montados a caballo y tratando de impresionarlos. Pero los impresionados fueron los españoles, cuando al día siguiente apareció Atahualpa acompañado de 8.000 hombres, de los que 102 iban delante del inca limpiando con escobas el recorrido por donde pasaría sobre su trono y a hombros de sus súbditos. Acompañado de sus más importantes consejeros ataviados con las mejores galas y el oro del inca reluciendo y en cantidad como los españoles jamás habían visto antes.

 La creencia de que el grupo de extranjeros no suponía ningún peligro hizo que se confiaran y los guerreros acudieron sin armamento al encuentro, solo 200 de ellos lo hicieron con porras y sogas, decididos a acabar con los insolentes barbudos que se atrevieron a hacerse pasar por enviados del Dios Wiracocha. Ante el inca se acercó el sacerdote español Vicente Valverde, con un crucifijo en una mano y la Biblia en otra, exigiéndole al inca convertirse a la religión católica, mostrándole el libro sagrado y asegurándole que toda la verdad divina estaba entre sus páginas. Atahualpa tomó el libro y tras examinarlo y no ver en él nada especial lo arrojó al suelo.

 En aquel preciso momento Pizarro dio orden de disparar y la recepción se convirtió en una carnicería, atacando por sorpresa y sin dar posibilidad alguna a contrarrestar el ataque por parte de los soldados incas. El enfrentamiento dejó alrededor de 4.000 muertos, entre ellos los más importantes consejeros y ministros, y a Atahualpa lo secuestraron y llevaron a Amaruhuasi, su cárcel durante 8 meses. En ese tiempo cuentan los historiadores que surgió una buena relación de amistad entre Pizarro y Atahualpa, compartiendo juegos de mesa e incluso permitió que le enseñaran el castellano, cosa que Pizarro nunca consiguió. Pero aunque para algunos el extremeño mostrara un carácter humano y comprensivo hacia su prisionero, su interés estaba puesto en el oro que suponía en enormes cantidades. Atahualpa le ofreció a Pizarro a cambio de su libertad un cuarto, como en el que él estaba recluido, lleno de oro y dos de plata. La orden del inca hizo que de todas las ciudades del imperio se trajera el oro que guardaban, de templos y palacios. Pero cuando el inca cumplió con el trato, las presiones de los españoles no permitieron que Pizarro cumpliera con el suyo, las instigaciones de Diego de Almagro, el indio Felipillo y el cura Vicente Valverde consiguieron la sentencia de muerte para el inca, con unos pretextos relacionados con la muerte de su hermano Huáscar y sin considerar los usos y costumbres andinos.

 El 26 de julio de 1533, en la plaza de Cajamarca, Atahualpa, aceptó convertirse al catolicismo y bautizarse, ante el ofrecimiento de que si no lo hacía moriría en la hoguera, y de esta manera no podría convertirse en mallqui, lo que significaba morir definitivamente. Acabada la ceremonia del bautismo Atahualpa fue estrangulado y según cuentan los cronistas sus últimas palabras fueron dirigidas a su amigo Pizarro, pidiéndole que cuidara de sus esposas e hijos, a lo que el extremeño, con lágrimas en los ojos, le aseguró que así haría. Pasados algunos años Pizarro también murió asesinado por varias puñaladas en el cuello a traición, por un grupo de españoles sublevados.






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