lunes, 30 de marzo de 2009

Prestamista de esperanza

Siempre se ha dicho que el dinero llama al dinero, como un imán que se atrae, y que cuanto más pobre es uno más difícil le es salir de esa pobreza que, no es un estado o necesidad propio de individuos en los países más desfavorecidos, es una situación en la que viven o malviven, muchos seres también en los países industrializados y en los que se encuentran en vías de desarrollo, sin diferenciar entre sexos o edades, aunque quizás las mujeres, niños y ancianos son los que más y con mayor propiedad podrían hablarnos de esta situación de pobreza, que es sinónimo de marginación, de analfabetismo, de carencia de las necesidades básicas, de enfermedades, de desnutrición, de miseria y de muerte. La pobreza no sería un mal endémico sino existiera la riqueza, si unos cuantos no fueran poseedores de la riquezas de este planeta, que no les sirven para otra cosa que para alimentar lo más negativo del ser humano, la vanidad, el egoísmo, las ansias de poder... Esta actitud pone en entredicho la verdadera naturaleza del ser humano, la mezquindad que nos diferencia del resto de animales y seres vivos, actitud que de igual modo se ejerce en las capas más necesitadas de las sociedades y que no por ser más pobre se es más generoso.

Recuerdo, anterior a la instauración del euro, cuando se decía que el primer millón era el más difícil de conseguir, que a partir de ese logro todo era relativamente fácil en cuestión económica. Es lo que apuntaba al comenzar este escrito, que el dinero llama al dinero y que por sí solo genera más dinero, que se multiplica como si de una granja se tratara, aún sin alimentarlo, sin airearlo. Pero ese primer millón no siempre está al alcance de todos, es más, la mayoría de los seres humanos no consiguen ahorrar esa idílica cifra ni trabajando todos los días de su mísera existencia. Entonces, cómo es posible no ahorrar si el dinero llama al dinero, me preguntaba cuando era un niño, suponiendo que el trabajo generaba dinero, a lo que mi padre me respondía que las ganancias se las lleva el dinero, el que cuesta comer, vestir, dormir bajo techo... el ser humano trabaja para que los poseedores del dinero se lleven el fruto del trabajo de otros. Lo único que entendía era que algo no encajaba bien, que los pobres no tenían otra opción más que la de trabajar, a sabiendas de que nunca dejarían de hacerlo porque nunca tendrían dinero suficiente para que atrajera el dinero de otros.

Dejé mi infancia atrás y con la adolescencia empecé a trabajar. Fue por ese tiempo cuando mi padre decidió hipotecarse con la compra de una vivienda y supongo que fue alentado por la ayuda que esperaba recibir de mi parte en un futuro inmediato. Pero, sin llegar a serlo fue más fácil pagar la deuda de lo que él en un principio imaginaba, mi aportación no fue determinante. Con algunos ahorros y un pequeño préstamo consiguió reunir para dar la entrada de la vivienda y a los dos años la vendió; con el dinero que recibió tuvo para pagar casi la totalidad de otra de las mismas características. Eso era el ejemplo de que el dinero llama al dinero, pagó el pequeño crédito y por primera vez se sintió seguro bajo un techo de su propiedad. Con esta historia cercana no estoy descubriendo nada nuevo para casi nadie, pero a mí me sirvió para darme cuenta de lo importante que es un pequeño crédito concedido a personas que no tienen posibilidad de salir adelante por sus propios medios, solo con su trabajo; de lo que significa una pequeña cantidad de dinero que genere ingresos en familias que tienen pocos recursos y pocas, o ninguna, alternativas, como en el caso de mi padre que era discapacitado físico.

Pero para acceder a un préstamo no es tan fácil, no importa la cantidad, el riesgo que supone para los bancos es una barrera que trunca las esperanzas de los pobres, ni siquiera cuando la cantidad prestada es baja porque para las entidades financieras suponen más gastos que beneficios, si contamos con los gastos de la gestión. Esta imposibilidad ha llevado a las personas que trabajan por si solas y a las microempresas a recurrir a la única alternativa, a los usureros, a los "tiburones de prestamos", prestamistas oportunistas que se aprovechan de las circunstancias para cobrar intereses considerados usura por las leyes del comercio internacional, intereses que sobrepasan la moralidad cuando se tratan de cobrar tasas anuales a estas personas o microempresas de bajos recursos económicos que oscilan entre el 1.100% y el 2.200%, esto funciona porque los procesos productivos en los que se involucran son altamente rentables, ya que de otra manera sería imposible subsistir teniendo en cuenta que en la mayoría de los casos es el único recurso de financiamiento. Pero la normalidad en los prestamos es a corto plazo, comúnmente días, pequeñas cantidades que dan para invertir en artículos y venderlos casi a diario, piden prestado a tasas del 10% diario, por lo que necesitan vender la mercancía diariamente para que puedan hacer negocio, lo peor es que no pueden obtener economías de escala por esa misma razón, motivo por el que nunca salen de ese circulo vicioso a tan altas tasas de interés.

Estos usureros prestamistas siempre existieron y cuanto más pobre es el país, o la comunidad, más surgen y más propicio para su campo de acción. Pero la visión de un hombre que supo ver las necesidades de estas gentes pobres sin la usura como lentes, cambió el concepto del préstamo hasta el punto de hacer rentable lo que hasta entonces era un mal negocio, los microcréditos. Cuando el catedrático de economía Muhammad Yunus regresó a su país, Bangladesh, al acabar sus estudios en la estadounidense Universidad Vanderbilt y gracias a una beca Fulbright, puso en marcha una idea del pakistaní Dr. Akhter Hameed Khan. Todo comenzó en 1976, cuando Yunus trabajaba en un pueblo al lado del campus universitario, vio como un grupo de personas solicitaban pequeños préstamos para desarrollar sus economías familiares. Sentía curiosidad por conocer como funcionaban los prestamistas y como realizaban los préstamos. Comprobó los elevados intereses a cambio y que aquél grupo de personas, 42, habían solicitado un total de 27 dólares; entonces decidió concederle de su dinero esos préstamos a todo el grupo a un interés mucho más bajo y con unas condiciones. Aquel préstamo fue un éxito y todos liquidaron su deuda en el tiempo acordado.

Desde aquella primera experiencia, el Banco Grameen y su creador, el bengalí Yunus, han concedido prestamos a más de 6 millones de personas y han sido merecedores de premios tan importantes como el Príncipe de Asturias o el Nobel de la Paz. El funcionamiento es muy simple y requiere pocos requisitos, grupos de cinco individuos reciben préstamos pero si uno de ellos no consigue cancelar el préstamo los otros cuatro tampoco tendrán posibilidad de obtener uno nuevo. Esto hace que el grupo actúe de manera responsable y crea intensivos económicos, haciendo al banco rentable y viable económicamente. La mayoría de estos clientes, el 96%, son mujeres y el 99% de los préstamos son devueltos en su totalidad, préstamos que constituyen un total de 4.560 millones de euros, con datos del año 2006. El Grameen ha crecido hasta alcanzar 2.200 sucursales y 19.000 empleados en todo el mundo, también en países desarrollados como Estados Unidos, con una particularidad, la propiedad del banco es de los receptores de prestamos que poseen el 94%, el 6% restante es propiedad del gobierno de Bangladesh. Sin duda un ejemplo que ha llevado a copiar el proyecto de Yunus en todo el mundo y por muchos bancos y ONGs, haciendo rentable lo que antes no era, pero esto no debe de ser motivo ni causa para privatizar la pobreza, a ésta tienen el deber de erradicarla todos los gobiernos y cooperaciones internacionales. No puede ser que este beneficioso argumento convierta a los pobres en responsables y culpables de su supervivencia.












http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

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