viernes, 6 de marzo de 2009

...ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.


Hace varios días llegó a mi dirección electrónica un correo de Amnistía Internacional, suelen llegar de vez en cuando por distintos motivos, en ocasiones su contenido es solo información sobre acontecimientos o problemas sociales, casi siempre fuera de nuestras fronteras; en otras buscan apoyos para luchar contra la injusticia; también solicitando aportaciones económicas para su financiación, y en todos los casos que se presentan intento colaborar en la medida que me sea posible. Me parece que nuestro auxilio, nuestra firma, a favor de las causas perdidas que se extienden por todo el mundo, siempre en mayor porcentaje de lo que pensamos, en la mayoría de las veces es el único apoyo que reciben en muchos países donde los derechos humanos no dejan de ser una utopía, un sueño incansable, para las mujeres, para los menores, los presos políticos, los condenados, refugiados, desplazados... la única esperanza para muchas personas en situación extrema es que nuestra voz se haga notar en los países desarrollados, para que la presión de nuestras sociedades influya en determinaciones que llevan acabo los gobiernos dictatoriales, donde las leyes que se aplican no respetan el mínimo de los derechos de las personas en ninguno de sus conceptos.
Este último correo contenía un informe sobre Darfur, el enésimo, con un titular desesperado. "¿Cuando nos van a proteger?", de esta manera encabeza Amnistía Internacional el informe que no tiene desperdicio, nada recomendable para los que piensan que bastante tienen con sus problemas, pero en todo caso aconsejable para los que no quieren escurrir el bulto y mirar para otro lado, que se sientan comprometidos con los que sufren las injusticias en cualquier parte del mundo. Como digo, el informe es desolador, un infierno para todos los desplazados, un lugar de violencia y pavorosa inseguridad, donde cualquiera puede conseguir un arma, donde la población se encuentra inmersa en una espiral de ataques armados cada vez más complicada. Las fuerzas paramilitares armadas por el gobierno sudanés son cada vez más fuertes, mientras surgen nuevos grupos armados en la oposición. De igual modo, a menudo, se producen combates entre grupos y etnias que antes formaban parte del mismo bando, no obstante hay algo que no ha cambiado, es la población civil la que sigue pagando las consecuencias.
Irremediablemente cada vez que leo alguna noticia de este tipo, relacionada con guerras, desplazados, refugiados... me viene al pensamiento, que no a la memoria por no haberla vivido, todo cuanto sucedió en la contienda última que nos enfrentó a las dos Españas. Son escenas de la desolación, del hambre, la miseria, de la población civil. Víctimas de las injusticias que en toda guerra surgen como la mala hierba, a manos de desalmados que aprovechan la situación para llevar acabo su crueldad contra los más débiles. En esta ocasión fue Antonio Machado quien se situó frente a mi pensamiento. Tal vez por lo reciente de la conmemoración, de los 70 años desde su muerte. Machado es un ejemplo, de los más representativos, entre los desplazados de la guerra española, eran otros tiempos, otras condiciones, pero cuando la guerra se adueña de la situación no distingue de lugares y tiempos, es el mismo horror, calcado a cualquier enfrentamiento violento de estas características. Injustamente uno recuerda al poeta y con él al hombre, pero fueron miles, millones, de víctimas anónimas las que pasaron desapercibidas y que como tales nadie las recuerda, nadie se compadece de lo que les tocó vivir, nadie le llevará flores a su tumba en su conmemoración, es más, ni siquiera tendrán sobre la sepultura una lapida que los recuerde y que atestigüen que una vez, y hace mucho tiempo, sufrieron, amaron y lucharon por la patria que dejaron atrás para nunca más volverla a pisar.
El recuerdo de Antonio Machado me trajo a la memoria mis años de colegio, en primaria, buscaba por esos años mi primer contacto con la obra del poeta, que no del personaje porque en ese tiempo continuaba siendo tabú todo lo relativo a la república y sus defensores. La duda me llevó a buscar entre los libros que aún conservo de aquella época, libro de lectura donde se recogía todo lo relacionado a poetas y escritores. En él encontré un solo poema y una escueta reseña sobre su autor, uno de los más conocidos y por su contenido el más aceptado por el franquismo, no olvidemos que Antonio Machado era de izquierdas, republicano, pero también católico y La Saeta era lo único digerible para el régimen franquista. Pero las páginas de ese libro guardaban una sorpresa añadida, una fotografía del colegio, de octubre del 71 según reza en la pizarra que sirve de fondo, con todos los alumnos como si de un equipo de fútbol se tratara, recuerdo ese día con todo detalle, como nos retrató el profesor, D. Víctor Luís Sanz Consuegra, del que guardo un grato recuerdo. Fue inevitable, lo volví a leer y al hacerlo recordé que las dudas siempre me acorralaban cuando mencionaba "al Jesús que anduvo en la mar", por aquél entonces me imaginaba a un Jesús marinero, no fue hasta algunos años más adelante, en la adolescencia, cuando una amiga, Ángela Ventosa, me comentó que para Machado la mar era la muerte, detalle que ella descubrió cuando realizó un trabajo sobre el poeta en el instituto.
Pero si alguien me hizo fijarme en Antonio Machado y su poesía ese fue Juan Manuel Serrat, sin duda la banda sonora de los progres, y de los no tanto, de varias generaciones de españoles, entre ellas la mía. No acierto a precisar si fue el verano del 73 0 del 74, lo cierto es que aquel verano me olía a mar, aunque vivía en provincia de interior, a barcas de remo, a racimos de uva recién cortados, a helados pregonados por el heladero tirando de su carrito por las calles, a camisa blanca, a cine de verano bajo las estrellas, a jazmín y a "Mediterráneo", cantado por su autor, Serrat. Pasaron algunos años y de nuevo, "el Nano", tomó protagonismo sobre las canciones comerciales que sonaban en las emisoras comerciales, la democracia se consolidaba y el boom de los cantautores parecía remitir en favor de otras canciones más banales, vacías de contenido y con ritmos bailongos. En realidad Juan Manuel Serrat nunca se fue, año tras año nos regalaba un nuevo trabajo, adaptado a los tiempos, y esta laboriosidad tan fructífera hizo que no solo lo olvidáramos si no que provocó que miráramos hacia sus otros trabajos anteriores, en los que por ejemplo yo era demasiado joven, niño, para entender el contenido de sus canciones.
La culpa de que me interesara por los trabajos anteriores del músico, cantante, poeta, catalán, la tuvieron los hermanos Gómez Abellán, José Luís y Antonio, en especial este último. Eran los dueños del Abraixas, uno de los primeros pub en Córdoba y pionero en Ciudad Jardín, el ambiente cultural que allí se respiraba era único por aquellos años en Córdoba y tanto la pintura como la música destacaban por encima de las particularidades del local. Fue ahí cuando descubrí al Machado de Serrat y a interesarme por el cantautor y por los poetas que orquestó, León Felipe, Miguel Hernández, Antonio Machado... Después vino la época que le tocó vivir, las circunstancias que rodearon sus últimos días, lo que la guerra le negó, no solo al hombre si no también al poeta. Pero aunque parece que ya está todo dicho sobre personajes como Antonio Machado, siempre existen algún detalle, algún papel, una anécdota o poema que revolucionan su universo cuando salen a la luz y, para regocijó de todos, los sitúan en la actualidad, haciendo que nuestro interés dirija la mirada a su contenido.
Coincidiendo con la conmemoración de los 70 años de su muerte, el diario El País, publicaba un artículo sobre un cuaderno que escribió José Machado, que era pintor, sobre los últimos días del poeta que murió en Collioure, Francia. En este último viaje iba acompañado, además de por su hermano José, por la mujer de éste, y por su madre, enferma como su hijo Antonio. En él cuenta las penalidades del camino, de las injusticias y del trato recibido, de los desplazados españoles, de la separación de padres e hijos destinados a campos de concentración, de como Corpus Barga, su amigo, que los acompaño en el éxodo y consiguió llegar a Perpigñan, regresó con posibles ayudas para socorrerlos, con su desinteresada ayuda, hasta el punto de llevar en brazos y hasta el hotel a su anciana y enferma madre, hotel que resultó la última morada para los dos, con varios días de diferencia, primero el hijo y después la madre. Fueron enterrados en la tumba de una buena señora, amiga de la dueña del hotel. Cuenta José que algunos días después de su muerte encontró en su gabán un papel arrugado con lo que serían sus últimas palabras escritas, el principio del famoso diálogo de Hamlet: "Ser o no ser". La corrección de una palabra en unos versos ya publicados y lo que fue su último verso, que dice así: "Estos días azules y este sol de la infancia".



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