martes, 24 de marzo de 2009

La musa práctica y el surrealista

Antes de entrar en análisis de otra índole habría que dejar claro lo que de necesario tiene el complemento ideal de otra persona, en cuanto a carencias se refiere. Nunca me he planteado la posibilidad de que fuéramos autosuficientes en todo, y por supuesto significaría un esfuerzo mental considerable situarme en ese concepto único, estaría fuera de nuestra lógica y costaría mucho moverse por esa laguna irreal, surrealista, como pez-Dios-feligrés, el mundo no sería un lugar compartido si no que este universo del ser humano pasaría a ser un sin fin de mundos existenciales, tantos como personas. Todo andaría en autocontrol y sentimientos como el amor, el altruismo o el afecto, se situarían en el rincón del egoísmo, que dejaría de ocupar una sola balda para acaparar toda la estantería donde almacenamos nuestras emociones. Este contexto del auto-yo-único no nos convertiría en clones, no tiene por qué, evolucionaríamos a manera distinta de como ahora y en este concepto en el que nos desarrollamos continuaríamos siendo diferentes en todo pero igual de vulnerables, nos situaríamos en el epicentro del egoísmo para dejar de ser menos libres y más esclavos de la egolatría.

Pero la ficción deja muchos caminos y supuestos abiertos, otra cosa es la realidad, que aún teniendo un mundo propio nos hace más necesarios, precisamente por el complemento, qué, como imán, vagabundea por entre los mundos ajenos y personales buscando la pieza que nos convierta en completos y casi autosuficientes, lo que lleva a muchos a valorar a sus parejas como elemento propio, una propiedad adquirida y merecida, fruto y producto de nuestra egolatría. No obstante mucho tiene que ver en todo esto la inteligencia, el egoísmo, la valoración que tenemos de nosotros mismos, de la pareja que buscamos, o de la realidad en la que sobrevivimos. Por supuesto que la autoestima da valor a todo lo que nos rodea, hacemos de nosotros un valor determinado y, dependiendo de este calibre, valoramos nuestro hábitat, incluyendo todos los complementos y añadidos, físicos y psíquicos. Sin embargo, la repentina realidad que nos clarifica y en la que nos sitúa un complemento humano, como puede ser una persona que se cruza por nuestro camino, que no tiene que suponer apetencia sexual en un principio pero que puede terminar derivando en la pareja ideal, puede provocar en nosotros un cambio brusco, repentino o no, de la tabla de valoración donde anotamos lo que nos rodea y en ocasiones hasta el de nuestro propio yo. De ahí el refrán que dice: "Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión.

Pero el ego no precisamente nos hace posesivos, el egoísmo es independiente del carácter que nos marca, que nos guía, y que nos define. El egoísmo es un condicionante que va de la mano del temor, aunque este último puede propiciar, al desarrollarse, un campo abonado para el cultivo en la necesidad del complemento humano, por la inseguridad que crea. Un ser posesivo se me antoja inseguro, así como un inseguro no tiene por que ser egoísta, o al menos parecerlo. Algo así marcaba la naturaleza de Salvador Dalí, al que no podemos apartar de su complemento, casi natural diría, porque aún siendo extremadamente egoísta también era sensiblemente temeroso, esa temeridad, inseguridad, lo vuelve extrañamente generoso hasta compartir con el complemento humano, que no es otra cosa que posesión disfrazada de desprendida. Es aquí donde la inteligencia, el subconsciente, nos guía y nos obliga a decidirnos y a elegir la necesidad que nuestro yo pide. El temor ha encontrado el antídoto para crear seguridad y el egoísmo actúa intercambiando posesión por respaldo. Dalí encontró en Gala esa frialdad, esa practicidad, que la abstracción natural del artista necesitaba para prescindir y hacer caso omiso de la realidad y así sumergirse, despreocupado, en ese mundo surrealista que acabó devorando al ser humano, alzando y vanagloriando al genio.

Esta situación, supuesta, porque el universo daliniano es como su propia obra, todo surrealismo, nos presenta a Gala como a un personaje antipático, fría, calculadora, sumamente inteligente, reservada y segura de cual era su misión como complemento del artista. Clarividente, aseguraría que desde el primer momento visionó el futuro en un acuerdo inexistente pero que la elevó a la altura del genio, quizás porque sin ella Dalí no hubiera sido lo que fue, tan importante para él como su propia creatividad, de lo que ella era consciente. Apostaría que no fue el amor lo que los llevó a esa unión complementaria, más bien fue la vanidad, el egoísmo, dos personajes que en otro concepto hubieran chocado por compartir la misma naturaleza fuerte, pero lejos del choque surgió la necesidad de cada uno. El amor a primera vista florece con la atracción sexual y está claro que ese florecimiento no surgió en Dalí de manera espontánea, no digo que por parte de Gala fuese distinta, aunque me inclino más por su vanidad. La ambigüedad del pintor lo hace especial pero no esconde su homosexualidad, en una ocasión dijo que con Lorca probó pero que dolía tanto que no volvió a repetir, y en Figueras todos los habitantes conocen de lo aficionada que ella era a mantener relaciones sexuales con jóvenes del pueblo, a los que él elegía y pagaba. Salvador Dalí siempre aceptó esta "infidelidad compartida", estaba claro que Dalí amaba a esa mujer, pero más por su egoísmo que por otra condición, el cariño fue fruto de otra aportación, la seguridad que encontró en ella y que fue moneda para apaciguar la sed vanidosa de Gala.

Es evidente que a Gala la movía más el egoísmo que el amor, la prueba está en su trayectoria, musa de surrealistas de la época, pero en el fondo no fue otra cosa que su campo de acción. Tampoco se puede decir que hasta que no conoció a Paul Éluard no tuvo contacto con el arte, no fue así, Elena Ivanovna Diakonova nació en el seno de una familia de intelectuales, en Kazan, Rusia, 7 de septiembre de 1894, pero no fue hasta 1913 cuando entró en contacto con el surrealismo, de la mano de Éluard, su marido, al que conoció mientras se encontraba en Suiza tratándose de tuberculosis; fruto de este matrimonio nació su única hija, Cécile. El movimiento surrealista la tomó como musa y lo fue para algunos de los más relevantes artistas, como Louis Aragon, Max Ernst, André Breton... más tarde este último la despreciaría como tal. Fue en 1929 cuando conoció a Salvador Dalí, estando casada con Éluard, y le prometieron que al año siguiente irían a visitarlo a Cadaqués, promesa que cumplieron en compañía de Buñuel, Magritte y la esposa de éste. Fue ahí cuando parece ser que el genio se le insinuó con extravagancias, tratando de atraer su atención y por lo que parece lo consiguió. Supongo que Gala no dudaría en elegir entre su marido y el joven catalán, 11 años más joven que ella. El potencial artístico que Dalí ofrecía era inigualable, sin embargo por esa época no disfrutaba de la situación económica que años más tarde compartieron. No me entra en la cabeza que Gala se enamorara de aquel muchacho problemático e inseguro que para enamorarla se depiló y se tiñó de azul las axilas, o que se untó en excrementos de cabra colocándose un geranio rojo en la cabeza con el mismo fin. Pero si uno piensa en lo que el artista creaba cualquier cosa es aceptable, cualquier cosa se comparte, cualquier cosa es motivo para enamorarse, si a cambio lo que se ofrecía era uno de los más destacados derroches de creatividad en la historia del arte.






http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

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