miércoles, 18 de marzo de 2009

Allende y el socialismo pacifico y discreto



Cada vez que sucede algún acontecimiento político en Latinoamérica, como por ejemplo las elecciones en cualquiera de los países hermanos, la incertidumbre atenaza al resto del mundo, o al menos a quienes tenemos los ojos, o los mejores sentimientos, puestos en el continente bolivariano. Es tanta la inestabilidad que han vivido estos países latinos a lo largo de su existencia y especialmente en el último siglo, con la mano negra del imperialismo detrás de cada paso que se daba o intentaba dar, que es imposible dejar de estar expectante ante los hechos que puedan acaecer. Siempre se teme, como mínimo, que la violencia se desate entre seguidores ideológicos de unos u otros contrincantes políticos, que lejos de razonar cívicamente por el bien de sus ciudadanos alientan e incitan a sus enfurecidos seguidores a salir a las calles, a soltar las riendas de la ira que muchos habitantes alimentan y contienen desde generaciones pasadas, fruto de las injusticias, de los enfrentamientos civiles y de la injerencia en los asuntos propios por los vecinos del norte, exponiendo a la propia democracia al limite de lo permitido, establecido y aconsejable.

En esta zona del mundo se ha vivido acostumbrado a los constantes cambios radicales de gobierno, los pueblos latinoamericanos no solo han estado a merced de las políticas corruptas del dictador de turno, si no que cada gobernante nuevo que entraba mediante las armas, la violencia, lo hacía barriendo a parte importante de la población, todos los que en principio pudieran suponer una incomodidad, una china en el zapato del recién constituido régimen dictatorial, pasaban por la purga ideológica dejando al país limpio de detractores, amedrentado, amenazado y viviendo con la posibilidad de que la autoridad establecida llamase a su puerta en cualquier momento para acompañarles al lugar de no regresar nunca jamás.
Afortunadamente, la estabilidad política parece haber encontrado en el continente sur y centroamericano su lugar de acogida, después de tanto sobrevolar su territorio como ave migratoria, sin decidirse nunca a posarse y anidar en sus paisajes. Uno siempre espera que se quede a vivir entre nosotros y que nos proporcione bienestar, progreso, y dignidad para todos pueblos y sus ciudadanos, especialmente a los más pobres, que son los que más sufren con la violencia de los regímenes dictatoriales y las guerras civiles, son los que aportan una contribución más elevada y los que menos recogen cuando la democracia se aleja de su entorno.

Este domingo pasado se celebraron elecciones generales en El Salvador y esto siempre trae a la memoria reciente el doliente recordatorio, el triste recuerdo de tanta sangre derramada. Por fortuna, parece que aquellos días de violencia y muerte pasaron a mejor vida y dieron lugar al civismo y la cordura de estos días, que ha sido ejemplo para otros países de su entorno, donde los observadores internacionales han confirmado la limpieza de las elecciones que han proclamado vencedor al izquierdista Mauricio Funes, FMLN (Frente Faribundo Martí de Liberación Nacional), periodista de la cadena CNN hasta convertirse en candidato presidencial. Esta actitud cívica por parte de todos los actores, políticos y ciudadanos, es de aplaudir, de agradecer, más aún cuando el triunfo ha sido muy ajustado, por un reducido numero de votos. Miguel Ángel Bastenier, en un trabajo periodístico para el Diario El País, dice al respecto: "Se sabe quien ha perdido las elecciones presidenciales de El Salvador; pero no hay absoluta constancia de quien las ha ganado". Cuando se refiere al perdedor lo hace al partido Arena (Alianza Republicana Nacionalista), derrotado tras cuatro mandatos seguidos en el poder, desde 1989, a quien se le atribuye la sangría que asoló al país con los escuadrones de la muerte, el asesinato del arzobispo Óscar Arnulfo Romero, en 1980, y de llevar acabo la política reaccionaria de Gringolandia contra su pueblo en décadas pasadas.

Que las políticas de izquierdas ganen, los progresistas, siempre se convierte en una buena noticia para mí, que celebro como un avance ventajoso para la humanidad, en concreto para los países pobres. Pero como aclaré al principio siempre queda uno a merced de lo que añadido conlleva, más aún cuando una nueva oleada de dictadores disfrazados de salva patrias recorre la biografía bolivariana en el nombre de los pueblos y oprimidos de Latinoamérica. Parece que hablar, o escribir, de la realidad política de los pueblos hermanos de América latina pasa obligatoriamente por hacerlo de dictadores, radicalismos y fracasos, uno tras otro, pero si no fuera así no se entendería la realidad social que viven estos países, cuya historia contemporánea se ha vestido de militarismo y revoluciones utópicas venidas al autoritarismo, que para el caso viene a ser lo mismo pero con distinto uniforme. Uno no sabe que es mejor cuando se enfrenta a esta cuestión, solo queda esperar y observar con detenimiento cuales son los pasos que se dan en un principio y que guiarán toda la legislatura. Tengo que reconocer que me he llevado una alegre sorpresa después de que Funes haya declarado que no se alineará a Chávez, que tiene otras miras más democráticas que su homologo venezolano y que entre sus preferencias están las buenas relaciones con Obama y el socialismo discreto de Lula. Doble alegría, porque temía un nuevo Daniel Ortega en Nicaragua, recortando libertades, reprimiendo a sus ciudadanos y continuando con la represión que Chávez y Fidel han mantenido contra sus pueblos. Habrá que continuar expectante con el desarrollo de las políticas de Funes, pero en principio hay que otorgarle un margen de confianza y ver si realmente trabajará por El Salvador y no por sus intereses particulares, como lo hacen la nueva hornada de dictadorzuelos autoproclamados bolivarianos.

La impotencia de ver como uno tras otro los intentos por sacar a latinoamérica de la pobreza son en vano nos hace ser más cautos ante las nuevas situaciones y el arrancar de una vez por todas hacia el progreso, claro que es diferente el análisis de las situaciones que se pueden sacar de este contexto, no es lo mismo mirar las políticas izquierdistas emergentes en Latinoamérica desde dentro que desde fuera, no es lo mismo para un europeo de Andalucía que para un ciudadano de cualquiera de los países en cuestión, que son todos. Para un ajeno u observador como yo la solución pasa por elegir con inteligencia a los gobernantes, pero ¿que es elegir con inteligencia cuando el hambre y la necesidad obligan, aconsejan e influyen? No se puede decir que los ciudadanos latinoamericanos no son inteligentes porque no han dado con los gobernantes adecuados. Sin ir más lejos tenemos el ejemplo de Nicaragua donde el lobo llegó al poder con piel de cordero, proclamando reconciliación nacional y hambre cero, para dos años más tarde encontrarnos con que la pobreza y el hambre es superior, la violencia estatal se adueñó de las calles con dinero publico, pagando a los pandilleros para amedrentar a los manifestantes pacíficos y los países donantes retirando sus ayudas por el fraude electoral y la evidente dictadura que está instaurando en el país mientras que la pareja presidencial se ha convertido en una de las más ricas desde río Bravo a la Tierra de Fuego.

No cabe duda que el imperialismo yanqui ya no tiene mucho que decir en las decisiones tomadas por el pueblo, la influencia sobre los gobiernos, la imposiciones de regímenes militares fascistas... todo aquel mal sueño que propició Estados Unidos en América ya no tiene cabida en este tiempo, es por lo que la izquierda ha tomado tanto protagonismo, es la misma de siempre solo que los golpes de estado, la CIA, los militares, todo este mundo de terror ya no cabe en el contexto actual y no truncan las iniciativas de distinta ideología. Pero esto ha dado paso a un nuevo mal, que esperemos que no se convierta en endémico, es la izquierda dictatorial que ha tomado el relevo para usurpar las libertades y trabar el desarrollo de los pueblos para erradicar la pobreza y el hambre en Latinoamérica. Son dos corrientes las que compiten por sobreponer sus maneras y, por qué no, sus contenidos. La que encabeza Fidel Castro, obsoleta y fracasada, que después de tantos años no ha conseguido sacar a su país de la pobreza, todo lo contrario, es un monstruo moribundo que da sus últimos coletazos, enganchado a la maquina de respiración artificial que se llama Chávez y a la que se han enganchado erróneamente otros países pobres sin pensar que no es más que pan para hoy y hambre para mañana, o lo que es lo mismo, subirse al carro de un autoritario iluminado tratando de iluminarse a su costa. Pero es como darse con un canto en los dientes, de Chávez solo sacarán de provecho el discurso populista que los mantendrá en el trono de los charlatanes, el pueblo quiere soluciones y con hambre no es fácil de convencer.

La otra corriente, la que apoyo y me parece más inteligente, es la discreta, la que se basa en la democracia, la que cuenta con todas las capas sociales del país, la que trabaja discretamente por el bien de los pueblos, la que no recorta libertades, y la que consigue resultados. Brasil, Chile, Argentina... son algunos de los países que tienen gobiernos de izquierdas y consideradas las economías mas emergentes del continente, sin duda esta corriente tiene un padre, el del socialismo pacifico, Salvador Allende. No voy a entrar en biografía, ni en los acontecimientos que rodearon a su asesinato, jamás aceptaré que un hombre que da ese discurso último, con esa entereza, sabiendo que son sus últimas horas, quizás minutos los que está viviendo, se suicidó de la manera que pretenden hacernos creer. El asesinato lo convirtió en mártir y mito, ejemplo a seguir y de honorabilidad, trataron de mostrar al mundo todo lo contrario que en realidad era. Cuando escucho sus discursos, en la ONU, en la Universidad de Guadalajara, México, no me queda más remedio que aceptar lo que representaba, el hombre honrado que dio su vida por los trabajadores y por los pobres de su país.

Pondré un ejemplo de como entendían la lucha las dos corrientes, de diferente manera, son las palabras que mantuvieron Fidel Castro y Salvador Allende, cuando el revolucionario cubano visitó Chile durante tres semanas. Recorrió todo el país y eso molestó a la Unidad Popular, con la que llegó al poder Allende, por ese tiempo comienzan los primeros síntomas de desabastecimiento, miles de mujeres se manifestaron ante la falta de alimento y el líder cubano quiso ver de cerca la manifestación, esta circunstancia hizo que manifestara su escepticismo ante la vía pacifica de Allende. Según un ex funcionario de la Cancillería Chilena, Fidel Castro quedó impresionado por la manifestación y en la recepción posterior instó a Allende a reprimir a los manifestantes con mano dura. A lo que encontró una respuesta con sequedad del dirigente chileno, "aquí yo soy el presidente". Aún así, en un documento con unas recomendaciones privadas a los lideres de Unidad Popular, Fidel dijo: "Existen muy pocas posibilidades de construir un estado marxista en Chile si no se usa la violencia". Al despedirse, en el Estadio Nacional, dijo: "Regreso a Cuba más revolucionario, radical y extremista de lo que vine". Como si alguna vez dejó de serlo, esto demuestra el significado de pueblo para uno y otro, para el cubano represión y para el chileno el respeto a las libertades.







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