domingo, 18 de enero de 2009

Hijos del Wanki


El legado cultural y natural que los pueblos indígenas nos dejaron para el disfrute de la humanidad es de incalculable valor. No es nuevo esto que digo ni tampoco será la última vez que lo resalte, es necesario que no olvidemos que los cuadernos de campo, las vivencias, de estos nuestros antecesores en todo el mundo son la mejor guía para la convivencia y el respeto con el medio ambiente, nadie mejor que ellos tienen la solución, el remedio, para poner fin al deterioro sistemático que sufre nuestro planeta. Olvidarnos del verdadero significado del ser humano es el peor de nuestros errores y por lo tanto el mayor de nuestros fracasos, nuestro ego, nuestra vanidad, la prepotencia como especie nos ha llevado a creernos lo más importante en este hábitat que acoge otros mundos, con otras especies y protagonistas distintos, al margen de nuestro universo particular. Creer que nuestra supremacía es tan evidente nos ha hecho caer en el desprecio más ridículo contra todo lo que se mueve, late o respira, sobre el planeta azul. Cada día que pasa por nuestra historia, la del ser humano, se escribe más irresponsable, cada vez más absurda y a cada acto más irrespetuosa.

Al principio de nuestro caminar nuestros dioses no usaban aditivos ni conservantes, eran ecológicos como la propia madre Tierra, el padre Sol, u otros dioses menores, todos ellos relacionados con los elementos naturales, agua, fuego, aire... pero a la par que pasaba el tiempo y nuestras necesidades se transformaban en otras distintas, hasta los propias divinidades evolucionaron a nuestra imagen y semejanza, nos fuimos distanciando del hábitat natural para inventarnos otro soporte donde nuestra existencia luciera con distintos colores, más a nuestro antojo, más a la medida de nuestro prisma, enorme error al pensar que nuestra especie era superior al entorno que la creó y del que formamos parte. Es evidente que ya cruzamos el ecuador de lo permitido, de las reglas naturales, y la cuenta atrás cada vez marca con claqueta a ritmo más rápido. Pero lo peor es que no solo no ponemos remedio sino que, impasibles, observamos como nos acercamos al declive de todo lo que nos creó y nos acogió en nuestro perverso y destructivo periplo, por este único sistema posible para el desarrollo de la vida de nuestra especie.

Gracias a los mal llamados países del tercer mundo o subdesarrollados, aún nos queda donde mirarnos y recuperar de lo perdido, relativo a la convivencia sostenible, con el entorno y con nuestros iguales. "No hay mal que por bien no venga", dice otro refrán, de los que soy tan amigo y de los que tanto se aprende. Pero parece que cuanto más sabemos o conocemos de menos aprendemos, es la prepotencia ridícula que nos pone al borde del precipicio y todavía nos creemos estar a vuelta de todo. Posiblemente, el tribunal de lo justo, de lo ético y lo equilibrado, nos ponga en el banquillo de los acusados, señalados por las leyes naturales y por las básicas de comportamiento, donde la naturaleza vestirá con toga y los países pobres recibirán el beneplácito quedando absueltos de toda culpa, mientras que a las naciones desarrolladas se les otorgará la herencia del progreso vestida de caos y destrucción, producida por un ansia y egoísmo sin control. Es allí, en los lugares remotos, vírgenes, donde hay que poner la mirada, para poder ver cual es la receta que nos enseñará a poner reparo y ser respetuoso con el medio ambiente.

Los Mayagna son uno de esos pueblos indígenas, de los que sabemos que existen en el mundo pero que rara vez supone algo más allá que un llamativo exotismo cargado de entrañables reconocimientos efímeros, que nos caen simpáticos pero que tampoco hacemos mucho más por socorrerles cuando las condiciones para la supervivencia son insuperables. Pensamos, cuando aportamos alguna ayuda para socorrerles, que lo hacemos caritativamente, que esa aportación es benéfica para la ayuda a los necesitados, nada más lejos de la realidad. Deberíamos de contribuir no por altruismo, sino por lo obligado que nos corresponde. Gracias a ellos se mantiene el equilibrio en esos lugares remotos, donde respetan a la naturaleza, donde mantienen vivos los ecosistemas que nos permiten continuar viviendo y respirando en este planeta, ¿que ocurriría si estos pueblos irrespetaran al medio ambiente como nosotros hacemos? Lo nuestro no debe limitarse a una contribución altruista sino a un canon por permitirnos a nosotros continuar con nuestro modo de vida.
La Reserva Bosawás, entre otros, es el medio natural donde viven los Mayagna, una de las tribus que sobreviven en la costa atlántica de Nicaragua, que mantienen sus costumbres, su cultura y hasta su idioma. Los Mayagna son un pueblo admirable por lo que supone sobrevivir en condiciones de pobreza en la mayoría de los casos, pero que nos enseñan orgullosos como, aún así, hay que tratar a la naturaleza, al entorno donde se desarrollan como pueblo, inteligentemente, cuando se trata de cuidar y respetar el enclave que permitió vivir a sus antepasados y a ellos mismos, enclave que pretenden preservar para las generaciones venideras de su pueblo. Los hijos del agua, del río Wanki o río Coco, se desparraman por sus orillas que sirven de frontera natural con Honduras, acompañándolo en su cause por el departamento de Jinotega, en caseríos indígenas, donde sus vecinos son las manadas de monos congos, tucanes, gavilanes, ardillas... que se apresuran a dar la bienvenida a los aventureros que se prestan a recorrer las milenarias aguas en lanchas fuera borda. Son 8.000 indígenas pertenecientes a esta tribu los que existen, aproximadamente, no solo en el entorno del río Coco, también por las orillas de otros ríos del RAAN(Región Autónoma del Atlántico Norte) e incluso por el RAAS(Región Autónoma del Atlántico Sur) se concentran pequeñas comunidades muy dispersas. En general la Comunidad Mayagna se encuentra entre los más marginados de todos los pueblos indígenas de Nicaragua.

Hasta hace pocos años los Mayagna vestían como lo hicieron sus antepasados, del tuno, un árbol del que sacaban prendas y utensilios, ropa, cobijas, colchas, hamacas... hoy aún conservan sus costumbres respecto al tuno pero han cambiado en la manera de vestir. La medicina, en la mayoría de los casos, continua siendo la tradicional, la que se obtiene de las plantas del bosque. Las costumbres en la caza son regladas, solo se mata un animal y debe de ser macho, no hembras. Tampoco se pueden cortar muchos arboles cuando se hace la trocha y lo que se va cortando hay que sembrarlo de nuevo. Los cultivos tradicionales son el maíz, banano y pijibaye que acompañan a la dieta de chancho de monte, venado, guardatinaja, guatuza, pava, pavón y pescado. Pero también es verdad que estas costumbres van cambiando forzadas por los tiempos, el gallo pinto, el arroz, la yuca, entre otros, son alimentos que van sustituyendo a los de siempre, costumbres nuevas que se adquieren y que se fusionan con las ancestrales pero que en todos los casos son respetuosas con la naturaleza.
Los mayagnas han dejado de ser un pueblo que solo hablaba su lengua, el sumo, para abrirse a otros idiomas, como el español o inglés, algunos de sus miembros acuden a la universidad e incluso los hay que ocupan profesiones y puestos importantes en empresas, pero para esto tienen que emigrar a otros puntos del país, son un pueblo pobre y en su comunidad solo disfrutan de primaria y secundaria, no hay becas. Las mujeres mayagna, constituidas en asociación, trabajan la artesanía de tuno y los cultivos del cacao y el achiote, a los que sumarán nuevos proyectos de desarrollo económico y cultural. No es fácil todo el empeño y el esfuerzo que ponen en el intento de que su comunidad se desarrolle, la falta de carreteras, accesos por el que distribuir y sacar las mercancías que puedan producir y vender, es un problema que se une a la salud, donde no tienen más que una auxiliar, ni siquiera enfermera profesional, por lo que el riesgo siempre está presente. Son muchas razones y motivos por lo que comunidades indígenas, como la Mayagna, tienen y deben de ser apoyadas, son los mejores valedores de que el respeto a la naturaleza es un hecho, cuidadores de un entorno que gracias a ellos y otros aún todavía podemos respirar en este planeta. Son a ellos a los que tenemos que imitar y de los que tomar ejemplo, que lejos de saltarse a la torera las leyes básicas de la naturaleza la toman como referencia para continuar viviendo con el futuro en el horizonte.













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