martes, 27 de enero de 2009

¡Arriba el telón!


En otras ocasiones he dejado bien claro lo que para mí significa las artes escénicas, de todas las expresiones artísticas la que mejor y más agrupa. Cualquiera de las restantes y diversas formas de expresión tienen cabida y pueden formar parte de una única función, exposición o representación teatral. Desde la música a la literatura, de la pictórica a la danza, pasando por otras de segunda fila como pueden ser escenografía, vestuario o maquillajes... la representación teatral, es una de las artes más antiguas, una expresión artística que no está fuera de ningún pueblo, de su cultura, incluidos los más recónditos, los más ancestrales, y con tanto protagonismo como lo puede tener hoy en día, desde los clásicos griegos, romanos, asiáticos, etc.
Se podría decir que el arte teatral o el cinematográfico son la misma cosa, el primero en vivo y en directo y el segundo "enlatado", pero si así lo aceptáramos estaríamos equivocados de todas todas, sería como plasmar un paisaje o un retrato en dos soportes y técnicas distintas, la pictórica o la fotográfica, nada tiene que ver una con la otra, aunque las dos pudieran parecer hermanas e incluso, en ocasiones, llegar a formar parte de la misma obra artística, se me ocurre, por ejemplo, las fotografías coloreadas o el collage. Son dos maneras diferentes de interpretar, la teatral requiere una expresión más exagerada, en todos sus conceptos, en la vocalización, en los movimientos... en cambio, en el séptimo arte, en el cine, todo es "más natural", incluso hasta los silencios tienen más importancia. Aunque si lo analizamos bien el silencio forma parte del teatro puro, primitivo, ¿que es sino la mímica? La expresión más rudimentaria y no por eso la más pobre.

A lo largo de mi vida y en épocas distintas el arte siempre ha estado presente, en diferentes expresiones, desde colaborar en el programa de radio de Manolo Valverde, en Radio Popular de Córdoba en los primeros años 80, la pintura artística o el teatro. Nunca fui maestro de nada pero siempre aprendiz de todo, y con respecto al teatro mi experiencia se limita a la mímica, fueron unos años, los de mi juventud, en los que las ansias y el deseo de conocer otras tierras o pueblos me llevaron a la aventura y, en jornadas en los que el trabajo no aparecía, la mímica fue un recurso que me dio muchos días de comer. El artista o trabajador del arte, siempre me mereció un respeto adicional a cualquier trabajador, no porque necesariamente esté hecho de un molde distinto, sino por lo que tiene de kamikase, vivir del arte es sinónimo de malvivir, pocos son los afortunados que lo hacen produciendo arte, en cualquiera de sus expresiones, por ese motivo mi admiración por los que, contra vientos y mareas, se arriesgan a sabiendas de lo complicado que significa tomar ese camino.

En Nicaragua también tiene una importancia bien acentuada el teatro, la interpretación, no hay más que mirar en su cultura y encontrarse de cara, de faces, con El Güegüense, del que escribí un artículo algunos meses atrás y que se recoge en estas Miradas Impacientes. Patrimonio de la Humanidad, una expresión popular que muestra parte de la historia y costumbres, que año tras año se ha interpretado y conservado generación tras generación y que se tiene como una de las primeras obras teatrales tras la colonización, mezcla de lo existente y lo llegado del viejo continente. Pero ya se sabe que, aunque cuando lo hace tiene otros matices, donde no hay paz no existe mucho tiempo para la cultura, no por eso la cultura nicaragüense es pobre, aún teniendo los enfrentamientos violentos a flor de piel a lo largo de su historia como nación.
En mi último viaje a Nicaragua, en la visita que realicé a León, regresaba caminando después de conocer las ruinas de la iglesia de San Sebastián y el museo de La 21, cuando tuve un encuentro que me trasladó por momentos a España, a cualquier país mediterráneo, ante la fachada del teatro municipal de León, Teatro José de la Cruz Mena, un entierro se cruzaba con toda su comitiva. Los leoneses, amigos y familiares del difunto lo acompañaban en su último viaje, en silencio y con respeto, caminando a lo largo de la calle, cuesta abajo, con el teatro de fondo y la caída de la tarde iluminando con tonos dorados el escenario natural, al igual que una tragicomedia mil veces vista y con conocimiento del desenlace. Si no fuese por el respeto al fallecido y sus familiares, el encuentro bien pudiera representar un pasacalles de la vida misma, una representación realista donde el guión es un clásico que no necesita ensayo.

El teatro municipal de León es declarado Patrimonio Histórico y Artístico Nacional, esto dice de la importancia que tiene para no solo los leoneses, también para todos los nicaragüenses, que tienen en este edificio un punto de referencia cultural de primer orden. Su fachada principal mezcla dos estilos bien diferenciados y armonizados, el barroco, o influencias, de la colonia y el posterior neoclásico de la independencia. En aquella ocasión, febrero de 1884, en la que se colocó la primera piedra, Rubén Darío leyó y dedicó a su tío, Pedro J. Alvarado, promotor de la empresa, el poema "Del arte", en un acto histórico, en lo que significaba la creación del primer teatro nicaragüense. Un edificio que costeó la municipalidad y se encargó de diseñar el arquitecto costarricense Luís Cruz y que al año siguiente fue inaugurado, provocando un florecimiento en las artes y la cultura como nunca antes. Pero su historia a lo largo de este siglo pasado, su existencia, fue paralela a la de la propia Nicaragua, llena de sucesos que una y otra vez vieron al teatro municipal resurgir de sus propias cenizas. Distintas restauraciones por distintos motivos y un pavoroso incendio en 1953 dejan en pie del antiguo teatro solo los muros exteriores, hasta que de nuevo, en 1883, se inicia el proceso de reconstrucción y con ayuda de Hamburgo, Zaragoza, Suecia, Holanda y la cooperación española, recobra la vida cultural para el que fue ideado, con nuevos y modernos equipos de sonido, iluminación y tecnología punta. El segundo en importancia después del Teatro Nacional Rubén Darío de Managua

Pero si los continentes, los teatros de Nicaragua, son importantes, los contenidos, los actores y actrices nicaragüenses, no quedan en segundo plano. La calidad de los intérpretes es bien reconocida y dentro de sus fronteras hay nombres con una trayectoria bien marcada. Pero también los hay que ya no pertenecen solo a la interpretación de pinolandia, sus nombres se rotulan en los carteles mas laureados y acompañados de nombres del Olimpo cinematográfico, quizás los haya más identificados, de más calidad, pero lo que si está claro es que el nombre de Barbara Carrera no es desconocido para los amantes de las artes escénicas. Nació en Bluefields, en la costa atlántica, en 1945, su madre de ascendencia europea y su padre embajador, de ascendencia inglesa. Llegó a Memphis a los once años y, después de cinco años estudiando en un convento de esta ciudad norteamericana, a los diecisiete comenzó su carrera como modelo. Su primer trabajo importante como modelo fue en 1972, en el papel publicitario de Chiquita Bananas, pero antes, en 1970, debutó en el cine en una película mala de taquilla, "Puzzle hundimiento de un niño". Pero ¿quien no tuvo malos comienzos? En 1984 obtuvo nominación para los Globos de Oro por su interpretación en James Bond, "Nunca digas nunca jamás" junto a Sean Connery y Kim Basinger, entre otros. Pero en su dilatada carrera como profesional, además de sus más de cuarenta películas y series televisivas como "Dallas", le acompañan nombres tan importantes y de la talla de Burt Lancaster, Michel York, Laurence Olivier, Peter OToole, Peter Strauss... Sin duda una estrella del "filmamento", que de la tierra pinolera salió al mundo, para conquistarlo, y pasear el nombre de Nicaragua por todos los escenarios y pantallas del planeta.













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