martes, 9 de diciembre de 2008

¿Quien causa tanta alegría?


No hay que indagar mucho tratando de encontrar conexiones y puntos en común entre la religión latinoamericana y la española, y en concreto con la andaluza. Es fácil deducir que los colonizadores eran españoles y por lo tanto lo implantado eran las costumbres y religión que ellos profesaban. Esto es una lógica si a grandes rasgos nos dejamos llevar por lo que supone englobar la realidad del país invasor, no ya del invadido, pues lo anterior quedó suplantado por lo nuevo o como poco camuflado bajo un manto católico que con el tiempo ahogó las antiguas creencias. Los lazos que nos unen a los andaluces y a las nuevas tierras conquistadas es que nosotros, una gran parte del sur de España, también formamos parte de esas llamadas "tierras conquistadas", más cercanas a los invasores que el continente americano pero igual de invadidas, si es así como se le puede llamar a un pueblo que tiene que huir a la fuerza ante otras culturas, por la invasión de otros pueblos, o quedarse y sufrir el exterminio de sus creencias y forma de vida. No se puede olvidar que 1492 es el mismo año en que los Reyes católicos dan fin a la conquista, para mi punto de vista nunca reconquista, de los reinos musulmanes de la Península Ibérica y la llegada de Colón al continente americano. Es el principio y el final de dos empresas, dos capítulos de la historia de España que van unidas entre sí.

También es de lógica y entendimiento aceptar que hubo de ser más fácil la reconversión a la fe del cristianismo a los pobladores de los territorios peninsulares conquistados que a los pueblos allende los mares, entre otras cosas por el conocimiento debido a la cercanía y por ésta misma. En cambio para las culturas americanas se me antoja un mundo nuevo, radical, venido de muy lejos e intolerante. La similitud para imponer la religión en ambas tierras, la andaluza musulmana y la precolombina, tiene las mismas maneras de coacción, el terror fomentado por parte de un Dios perverso, vengativo, intolerante y casi mentalmente enfermo o mafioso, ahora te amo y al rato te castigo, o si crees en mí estás protegido y de lo contrario destinado al infierno guiado por la espada sanguinaria del conquistador. Nuestros antepasados sufrieron las mismas injusticias por parte de la iglesia inquisitiva de Torquemada, extendida hasta el último rincón hispano y, si la historia de la colonización americana es llamativa por lo inhumana, de la misma manera en los territorios ibéricos se cometieron injusticias hasta doblegar al invadido y someterlo al yugo opresor del catolicismo.

Cualquiera que lea estas palabras podría pensar que profeso el islam, o quizás el judaísmo, no, de sobra es conocida mi irreligiosidad, agnosticismo o ateísmo, como lo quieran llamar, pero mi creencia en la inexistencia de dioses no está reñida con el respeto a quien es creyente, en cualquiera de las divinidades, aunque también es verdad que la creencia obligada no la comparto, ni la acepto, creo en la libertad del ser humano hasta el extremo de elegir a sus dioses.


Pero como no se trata de lo que yo creo o lo que dejo de creer sino de lo que compartimos, expondré que de la misma manera llegaban las imágenes en Andalucía o en América. En los pueblos costeros siempre aparecía una imagen religiosa flotando en sus aguas para que los pobladores las recogieran, después, seguidamente, aparecían los religiosos confirmando el milagro y que el Cristo o la Virgen encontrada pedía que la adorasen. De la misma forma de actuar los caminos se llenaban de apariciones, en olivos, en encinas, en recodos del camino, en recovecos de las rocas... Cualquier lugar era propicio para la aparición de una imagen y sino se inventaban, y lo que comenzaba como una forma extraña en cualquier sitio acababa siendo un altar para la adoración de la supuesta figura imaginada.

Las creencias de los pueblos no es cosa que surge de la noche a la mañana, aunque sí es cierto que acontecimientos puntuales que coinciden sin explicación pueden atraer a los débiles de espíritu, a los ignorantes y, convertirse en un milagro que a la postre, a los años, aún con explicación científica, ya es difícil de desmontar o desacreditar ese hecho. Pero lo normal es ganarse la fe del no creyente o del infiel paso a paso, poco a poco, y son las generaciones las que dan seguridad a esa creencia establecida, es muy difícil, casi imposible, tratar de que un creyente deje de serlo de un día para otro, aunque si es más probable debido a que lo enseñado no corresponde con la realidad, pero para entonces, para cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde para la mayoría, pues la creencia ya esta anclada en lo más profundo de nosotros y no nos imaginamos caminar sin esa guía.

Cierto es que en las sociedades desarrolladas es cada día más difícil encontrar fieles, seguidores de las religiones que andan de capa caída, son malos tiempos para la fe. Solo en países donde el hambre, la miseria o las enfermedades hacen estragos las religiones son poderosas en las mentes de las personas, eso no es debido a otra cosa que a la inseguridad, al miedo que infunden esas situaciones lamentables en el mundo. Las religiones son doctrinas que se fundamentan en las desgracias, necesidades y el control de los pueblos, las religiones son el arma más mortífera para el progreso de las sociedades y la libertad de sus componentes.

Esto puede llevar a malos entendidos y antes que esto suceda me apresuro a negar que Nicaragua u otro país latino, herederos de la religiosidad española que aún hoy tiene tanto peso en la sociedad, sean naciones subdesarrolladas, en absoluto, la fe no está negada con el desarrollo pero este último si va de la mano con la libertad en las creencias.

Volviendo atrás, a lo que nos une, alego la fe mariana de nuestros pueblos, la capital de nuestra comunidad andaluza, Sevilla, es conocida por "la tierra de María santísima" y la adoración por la madre de Jesús es una realidad extendida por entre las ocho provincias que componen Andalucía, la expresión popular se vuelca con la figura femenina, casi tan importante o más que el propio icono crucificado. Y así, de esta misma manera de profesar, Nicaragua se desvive por María Purísima, es la expresión del pueblo que tiene en la madre a su componente más idolatrado, nada es el hijo sin la madre, es la fuente de todo, de la misma vida.

La Gritería o la fiesta de la Purísima Concepción de María, se ha extendido por todo el territorio nicaragüense como una algarabía, un júbilo, que el pueblo celebra en las casas y en las calles, en cualquier rincón se alzan altares donde La Purísima se venera con gran devoción, con un grito que todos conocen y que es pieza fundamental de la celebración. ¿Quien causa tanta alegría? A lo que todos responden a coro: ¡La Concepción de María! La gente acude a cada casa, a cada acera, a cada coche, donde se alce un altar para rezar, cantar y gritar. Se reparten caramelos, refrescos, juguetes, comida, regalos en general al sonido de los truenos producidos por los petardos, cohetes pirotécnicos, y el olor a pólvora quemada. Esta versión nicaragüense comenzó a celebrarse en la ciudad de León, en el año 1742, pero fue en 1857 y motivado por tanta aceptación de feligreses en la iglesia de San Francisco, en la que los frailes franciscanos regalaban dulces y caramelos a los asistentes, que monseñor Godiano Carranza animó a visitar casa por casa y a alzar en ellas altares, a la vez rezar, cantar y gritar a la virgen. De León se fue extendiendo a otras ciudades y hoy es una hermosa fiesta de alegría, participación y generosidad, única en Latinoamérica, y que su pueblo le dedica a la que es Patrona Nacional de Nicaragua.



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