martes, 2 de diciembre de 2008

Oyanka, la princesa montaña

La leyenda de El Dorado va unida a la conquista o invasión de los pueblos americanos por parte de los españoles y la iglesia católica, cuando Colón se confundió y sin pretenderlo se encontró de faces con todo un continente habitado por innumerables pueblos indígenas con su propia cultura y costumbres. Las costumbres son el reflejo de lo que una cultura es, la manera de ser, de pensar y de actuar. Nada tiene un valor definido para la humanidad más allá de lo que se valora por las necesidades propias de esa cultura, hoy generalizadas, globalizadas en su mayoría, y con unos parámetros de valores adaptados a esas necesidades que demanda la sociedad. Son muchos los objetos, sustancias o productos, que han representado la medida de valor a lo largo de la historia y en cada una de sus culturas, dependiendo de la demanda, desde la sal en época del Imperio Romano, de la que todavía hoy utilizamos su significado cuando nos referimos al sueldo por nuestro trabajo realizado, el salario, hasta el cacao en el nuevo continente.
Si nos ponemos a analizar fríamente cual era el sentido de aquella expedición que cambió el rumbo de la historia tropezaremos con que su finalidad no era otra que la de abaratar costes en el comercio, la inversión que supuso poner en marcha el descabellado proyecto que Colón capitaneara era comercial, más que de conquistar nuevas tierras, los reyes católicos ya habían conseguido su meta marcada, la de arrebatarle a los musulmanes las tierras ocupadas desde muchos siglos atrás, a lo que se empecinan en llamar reconquista algunos historiadores. Nunca antes en la historia de España fue constituida como tal, como nos lo intentan hacer ver. Los católicos nunca representaron a la sociedad española al completo hasta ese momento, eran comunidades independientes dentro del mismo territorio, ocupado por los romanos en la historia más cercana a los hechos. El punto de mira en la aventura de las carabelas fue la India, sus especias, la mercancía que traían a través de Asia, Oriente Medio y Europa, la idea de acercar esos productos por el Atlántico soportada en la teoría que el almirante descubridor defendía, que la tierra era redonda.

Pero sucedió lo inesperado, descubrieron que se interponía en su camino un continente entero, vivo, que latía en medio de la inmensidad oceánica, con su propia cultura, sus propios valores y desiguales necesidades. Una pepita de oro no tendría un valor superior a una piedra, un canto rodado, si el ser humano no tasara al metal amarillo con un valor determinado, al igual que un espejito no tenía el mismo valor para los dos continentes, en las nuevas tierras no se conocían esos objetos. La historia podría haber contado que hubo un comercio entre culturas si la actitud de los invasores hubiera sido diferente, que no hubo engaño, que no robaron, masacraron y arrasaron con todo lo que encontraron, pero irremediablemente la conquista fue acompañada de todos esos ingredientes mezquinos. La búsqueda de El Dorado no fue otra cosa que la ambición, la avaricia, lo que para los indígenas no suponía más que unos adornos brillantes, casi como los espejitos, para los invasores era la avaricia, el poder, era el valor que la cultura occidental había dado al oro, no lo que valía realmente.
Buscando información sobre Matagalpa, departamento de Nicaragua, he encontrado una leyenda que no he tardado en decidirme para hacerla mía y contarla, me sucedió como a Colón, buscaba otros temas y me encontré con lo inesperado. La he escogido para acompañar a esta reflexión, para hablar, escribir, de la cultura matagalpina, y porque he encontrado en ella unos puntos en común conmigo, con mi ciudad, con Córdoba. Lo cierto es que Córdoba y Nicaragua van unidas por muchos puntos en común, por el nombre de la moneda del país, por el apellido del fundador de Nicaragua, de León y Granada, por la procedencia del fundador, Francisco Hernández de Córdoba... son más detalles que quizá en otro momento enumeraré, pero en este caso es la relevancia en varios protagonistas de la leyenda lo que me ha empujado a relatarla.

El escenario se sitúa en el valle de Sébaco, municipio del departamento de Matagalpa, y según cuenta el historiador matagalpino, Eddy Kühl Arauz, en su libro Matagalpa y sus Gentes, esto que les empiezo a contar sucedió en este lugar por 1590, en Sébaco, que significa en Náhuatl "Cihua coatl", Mujer Serpiente. Bajo el liderazgo del cacique Yamboa y a orillas de la laguna Moyoá vivía un pueblo de indios matagalpas que se dedicaban a la agricultura y a la pesca que les proporcionaba la laguna, el cultivo del maíz, el cacao, yuca, el tamarindo y distintas frutas que eran la base de su dieta. Y entre los animales que cazaban se encontraban el pavón, la codorniz, guatusa, guardatinaja y el venado. De los metales solo trabajaban el oro por su ductilidad y por su brillante belleza, lo extraían de una cueva que encontraron al norte, en las montañas. Se cree que se comunica una cueva a orillas del Río Grande que actualmente pertenece a la finca El Tamarindo de Oro con otra cerca de la Trinidad, Estelí, pero cuando se dieron cuenta que la ambición era desmesurada guardaron el secreto para que los españoles no se apropiaran de ella. Al principio, cuando los soldados comenzaron a aparecer por aquellos lugares fueron bien recibidos por el cacique, pero cuando los soldados descubrieron que algunas indias relacionadas con Yamboa lucían collares con grandes pepitas de oro tan grandes como las semillas del tamarindo todo cambió.
Al mismo tiempo y al otro lado del Atlántico, en Córdoba, habitaba una familia cuyo padre Joseph López de Cantarero, teniente de la armada española, fue enviado a la entonces provincia de Nicaragua y reportado muerto en la región de Sébaco en un combate con los indígenas, ni que decir tiene que la noticia tardó algunos meses hasta que llegó a la ciudad andaluza. Por esos días su único hijo tenía apenas 13 años de edad y su viuda, María de Albuquerque, habló con Fray Domingo del convento de los padres franciscanos, cercano a su domicilio, para que admitieran a José, para estudiar y más tarde convertirse en sacerdote ante la falta de porvenir, pues el salario de su marido dejó de recibirlo. José resultó ser un muchacho listo y no perdió el tiempo, aprendió latín, geografía, historia, oratoria, cánones sagrados y teología. Pero cuando le faltaban varios meses para ordenarse descubrió que su vocación no era la de sacerdote. Entonces habló con su madre y le expuso su deseo de acudir a los lugares donde su padre había fallecido y realizar sus sueños aventureros por las nuevas tierras, la madre lloró desconsolada pero aceptó la decisión de su hijo que embarcó en Cádiz rumbo al nuevo continente. Llegó a León y en esta ciudad se quedó varios meses hasta que se alistó como escribiente para las guarniciones que fueran a Sébaco.
Una vez en su nuevo destino investigó sobre la muerte de su padre y pudo comprobar que el culpable fue un capitán, cuando a una indias les robaron unas piezas de oro y los indios reaccionaron dando muerte a unos soldados a los cuales el capitán había ordenado defender al ladrón militar. El susodicho capitán comprometió a su tropa que acabó con el teniente y varios soldados por ambicioso. Pero el capitán también murió cuando intento forzadamente encontrar la cueva donde se hallaba el yacimiento de oro. A José le atraía la hija del cacique, Oyanka, y la manera de acercarse a ella fue haciéndolo también hacia los más cercanos al cacique. Les propuso enseñarles el castellano al tiempo que él también se interesaba por la lengua de los matagalpas y la joven india terminó por enamorarse de José. Oyanka era una jovencita de 17 años, de piel morena y ojos cafés ámbar, de cuello largo y sensual, de facciones finas y cabello largo. José se enamoró de ella pero no perdió su propósito de enriquecerse, cosa que intentó convenciéndola y tras hacerle juramento de guardar el secreto tomaron el camino de la cueva donde su padre el cacique extraía los Tamarindos de Oro. Sin decírselo a nadie caminaron dos horas hacia las montañas, al poblado de La Trinidad, donde se encontraba la cueva secreta, encendieron una tea de ocote y penetraron en la cavidad, donde los murciélagos revolotearon asustados y las culebras se arrastraron buscando refugio.
El joven cordobés pudo apreciar como en una veta de cuarzo se notaban adheridos unos grandes granos del brillante metal, casi al alcance de la mano, con poco esfuerzo y un cuchillo consiguió arrancar siete pepitas del tamaño de las semillas del tamarindo y las guardó. De vuelta regresaron al poblado cuando oscurecía y el cacique se figuró donde fueron los dos jóvenes, cosa que le disgustó y mandó detener al novio y a su hija encerrarla. No podía eliminar a José por miedo a la reacción de los soldados pero conocía la incursión de unos indios caribe por el río Yagüare, les envió un mensaje y les propuso que si no atacaban a su pueblo le entregarían a un joven español de muy alta posición para que pidieran rescate por él, Y así fue, el cacique envió a una avanzada de indios e hicieron el trato. La joven princesita se deprimió tanto cuando conoció la noticia y con la privación de libertad, que dejó de comer y se negó hasta que su padre hiciera regresar a su joven amante. Nadie pudo evitarlo, se durmió para siempre recostada sobre su espalda y después de cuatrocientos años se convirtió en montaña, donde se la puede ver recostada frente a su pueblo de Metapa, Sébaco, El Guayabal, La Trinidad, Chagüitillo, Carreta Quebrada y por siempre en una eterna espera.







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