domingo, 28 de diciembre de 2008

La 21, casa de los horrores

Como se suele decir, aquella tarde, "maté dos pájaros de un tiro". Fue en la segunda quincena del mes de octubre, en un agradable paseo por la ciudad de León, prolifera en descubrimientos culturales e históricos. Bien podría haber recogido todas las impresiones en un mismo escrito, pero dejaría atrás un buen puñado de inquietudes, de sensaciones que no cabrían en un solo comentario. En ocasiones, en muchas ocasiones, pasamos por delante de edificios, lugares, y no echamos en cuenta lo que atesoran, lo que encierran entre sus paredes, sobre sus suelos, y basta con ponerse al corriente de lo allí acontecido en otro tiempo para que los sentidos, los cinco, activen la guardia y sin dar tregua se sitúen en alerta para, como equipos de medición, ponernos en relieve ante nuestra imaginación sus luces y sus sombras, silencios y sonoridades, sus misterios y olvidos. Fue aquella tarde cuando descubrí "La 21", nombre extraño, inusual, fuera de lo común para identificar a una cárcel, una casa de los horrores que a la vez de presidio fue manicomio.

La historia contemporánea de Nicaragua ha necesitado y dispuesto de cárceles, como todos los pueblos. La historia de la humanidad está unida a estás instituciones que, lejos de suponer un centro de recuperación o entendimiento, se convirtieron en un lugar para la destrucción del ser humano. Quien entra inocente o ha cometido un solo error sale delincuente, y quien ingresa de esta condición se transforma en peligro social prácticamente irrecuperable. El pensamiento de cada individuo es único, pero dentro de esta manera especial de pensar de cada uno existen puntos en común, que con respecto a las cárceles, yo me sumo a los que opinan que una cárcel tiene que jugar el papel de transformar, de reciclar, de recuperar, y cambiar el concepto que la sociedad tenemos de los infractores de las leyes o reglas del juego, sobre las que nos regimos. Las sociedades democráticas, y en especial en las últimas décadas, han dado paso de gigantes en relación a la manera de pagar la deuda con la sociedad, lejos quedan aquellos espacios infrahumanos, donde los reos se amontonaban día tras día y noche tras noche, apiñados como escoria, como inmundicia, rodeados de alimañas, entre enfermedades, abusos y torturas. Los centros penitenciarios de hoy en los países democráticos, aunque de todo queda por esos mundos donde el respeto a la vida humana vale menos que un plato de comida, han cambiado sus posturas respecto al trato y a la manera de pagar la pena, no es lo mismo para un reo enfrentarse a un futuro oscuro e incierto que a la posibilidad de comenzar de nuevo, de sobreponerse al tropiezo que supuso un error, de lo que nadie es ajeno, e integrarse a la rueda de la vida con todas la opciones que los demás.

Digo dos pájaros... porque fue en la misma tarde en la que visité las ruinas de la iglesia de San Sebastián. Son dos espacios, dos lugares en común, uno frente al otro, viendo pasar ante sí los acontecimientos que siempre ocuparán un lugar en la historia de este país. No cabe controversia en aceptar los siglos por delante que la iglesia de San Sebastián se alzó ante los terrenos que ocuparon la cárcel, La 21, pero también se puede entender que lo vivido y sufrido en el antiguo manicomio no tiene comparación, no solo con el templo religioso, sino con otro edificio de cualquier característica del país. Tanto uno como otro forman parte del escenario real donde se desarrollaron los acontecimientos que sucedieron en los últimos días de la dictadura de los Somoza y tanto uno como otro, guardan la memoria de un pueblo que, como agarrado a sus cimientos, mantienen vivo el recuerdo y la situación, en forma de monumento, de símbolo, en el caso de San Sebastián y de museo en lo que fue la cruel casa de los horrores.

La cifra con la que se conoce a esta antigua cárcel, es la que dio fecha a su edificación, corría el año 1921 cuando se construyó y por tal año se le conoce, aunque ejerció como tal hasta el derrocamiento de la dictadura, símbolo e instrumento de represión, tortura y muerte. El recuerdo de mi paso por La 21 no me trae a la memoria celdas, barrotes, u otros símbolos relacionados con lo que fue, simplemente no existían, al contrario, mi primera impresión me situó en cualquier pueblo o rincón de Andalucía, un amplio patio, con arboles en su interior, arriates y un pozo en lugar privilegiado del patio, junto a lo que parecían piletas de lavar la ropa. Pero más allá de todo eso estaba lo pasado, en aquel remanso de paz se podía escuchar, en otro tiempo, a los presos torturándolos entre los gritos y quejidos de los enfermos mentales. Hoy forman parte de la memoria y del pasado las torturas que se llevaban a cabo, pero sin olvidar en que consistían, para que tales atrocidades no caigan en el olvido y no se repitan. En ocasiones las víctimas eran colgadas de los pies, desnudos y dentro del pozo, hasta el fondo, donde los dejaban por varias horas con los cuerpos apoyados sobre sus cabezas. Pero dentro del cinismo su limite no existía, les inyectaban drogas, estimulantes, para que las víctimas no se desmayaran y perdieran el conocimiento mientras los torturaban; les limaban los dientes con limas metálicas; y parece que el agua estaba dentro de sus prioridades en los reglamentos de tortura porque, en ocasiones, les hacían tragar grandes cantidades de agua salada y después los golpeaban en el estomago o los empapaban y los bañaban en agua con sal para a continuación dejarlos sobre cables eléctricos; sin embargo una de las que me parecen más crueles era cuando les hacían tragar un botón atado de un hilo y le obligaban a ingerir liquido hasta el limite, después iban tirando del hilo para sacar el botón mientras provocaban tremendos dolores y sangrientas heridas, desgarramientos, en el tubo digestivo.


Por fortuna todo aquello pasó a mejor vida y hoy, desde el 31 de octubre del 2000, es abierto como complejo cultural de León, donde se mezclan el pasado con documentos sobre el penal y figuras de pasacalles representativos de Nicaragua, entre leyendas, mitos y tradiciones de la ciudad universitaria. Hay varias versiones del por qué surgió La Carretanagua, por supuesto en todas representa a la muerte y son pocos los nicaragüenses que desconocen alguna historia o cuento donde La Carretanagua es la protagonista. La carreta es el instrumento de carga que más ha contribuido a la producción de Nicaragua y llegó para suplantar a las mulas y a los muleros en las largas y agotadoras jornadas de trabajo sacando las cosechas de las zonas montañosas a las ciudades. Aún hoy es un instrumento imprescindible de transporte en algunos lugares, en especial en regiones rurales.

La Carretanagua tiene una expresión mítica, es una carreta fantasma que sale por las noches provocando un ruido infernal. Representa a la muerte. Un esqueleto ataviado de túnica blanca agarrando las riendas de dos bueyes escuálidos, flacos y con las costillas marcadas, que tiran de la carreta. Nunca da vueltas en las esquinas, cuando llega a ellas desaparece y continua oyéndose caminar por otra calle, nadie quiere encontrársela por lo que significa, la próxima muerte de alguien. Cuando preguntan por alguien ya fallecido es normal encontrarse por respuesta que "se lo llevó La Carretanagua". Las versiones van desde la que dice que fue introducido por los españoles, cuando querían sacar el oro de Nicaragua estos lo hacían a medianoche haciendo el ruido característico y así los indios, por miedo, no salían, evitando que los asaltaran y robaran. Hasta la que cuenta que, en la colonia, los españoles obligaban a los indios a trabajar en largas jornadas en las minas que muchas veces le llevaban a la muerte, los indios huían hacia las montañas para esconderse y cuando los atrapaban, cazándolos acompañados por perros, los traían amarrados a las estacas de las carretas, por lo que los indios la identifican con la muerte cuando la escuchaban en la montaña.







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