viernes, 5 de diciembre de 2008

Golpe de efecto


De todos los capítulos relacionados con la revolución nicaragüense, contra la dictadura somocista, el episodio del asalto al Palacio Nacional está entre los más atractivos, de los más atrayentes, entre los que más simpatías despiertan. Sin duda alguna fue un golpe de efecto que dejó boquiabierto al dictador y a cuantos en el país observaban, primero perplejos y después contagiados de patriotismo, al ver como un puñado de muchachos, la mayoría entre 17 y 20 años, ponían en jaque a la dictadura, al sanguinario régimen, que no esperaba aquella osadía rebelde en el propio salón del hogar dictatorial. Es muy probable que un ataque a las entrañas de la dictadura, al corazón gubernamental, no lo esperara nadie, ni el propio dictador inmerso en su confianzuda entronización, por esa razón quizás salió a pedir de boca para los valientes guerrilleros. Si se analiza bien la Operación Chanchera se puede llegar a la conclusión de que era una actitud kamikaze, nadie en su sano juicio pensaría escapar con vida de aquel infierno sin salida, de un numero importante de posibilidades solo una estaría a favor de un resultado positivo para los asaltantes. Eso dice que fueron muchos condicionantes los que se mezclaron para que el coctel revolucionario concluyera no solo en su justa composición si no que además dejara para el futuro, el más inmediato, el regusto, la necesidad de repetir aquella acción, el enfrentamiento, el alzamiento contra la injusticia y contra tantos años de opresión y crueldad.
Fue como decirles a los nicaragüenses que se podía, que no era imposible salir de aquel infierno, que valía la pena luchar y que la recompensa estaba al alcance de la mano. Fue una contagiosa animosidad que prendió mecha en todos los estamentos sociales y que estalló en una revolución popular hartos de aquella injusta situación. No se puede decir que fuera el acontecimiento esencial, no, hubo también otros de notable importancia, pero el golpe llevado a cabo por aquellos 25 combatientes, con Edén Pastora, el Comandante Cero al frente, jugó un papel significativo para que el alzamiento popular saliera exitoso en una de las aventuras heroicas que recoge Nicaragua en su historia. Tampoco se podría decir que la coincidencia de pensamiento llevó a los guerrilleros al éxito de su empeño, pues existían tres tendencias, los acontecimientos posteriores rompieron aquella unidad que les llevó a terminar con la dictadura, la mayoría de sus componentes acabaron en desacuerdo con el FSLN, o más bien con Daniel Ortega, que a la postre robó los sueños de una Nicaragua libre en pos del progreso, usándolos como una copia dictatorial del derrocado régimen y para sus propios intereses. Pero lo importante por encima de todo lo hizo la necesidad de unir fuerzas sin mirar el precio a pagar, el ejemplo de que el ser humano aparca sus ideales propios para unirse a otros en contra de quienes les oprimen.
En la única ocasión en la que pisé la gran sala rectangular, escenario del épico episodio, el silencio invadía su espacio vacío, roto por la presencia de un piano color negro en uno de los laterales cortos, único testigo de mi visita y que en otro articulo hablaré de él, junto a Otto Estrada que me guiaba por el edificio. La imaginación es una aliada generosa cuando se trata de fabricar el pasado y colocarlo ante nosotros como si de una película se tratara, cuarenta años después de los acontecimientos me permitía escuchar y ver, en mi imaginación, la incursión, cuando irrumpió vestido de militar y con el rifle Garand en mano el Comandante Cero en la sala repleta de políticos del régimen que se encontraban aquel día de asamblea. Más de tres mil personas estaban presentes en el Palacio Nacional en el momento de los hechos, entre trabajadores, periodistas y publico que acudió a gestionar algún documento, pues por entonces el edificio reunía distintas oficinas y ministerios.

No había pasado más de media hora desde el comienzo de la sesión en la cámara de los diputados, de la que era presidente el primo del dictador Anastasio Somoza Debayle, Luís Pallais Debayle, cuando los asaltantes se esparcían por todas las estancias del edificio y se escucharon gritos. Era el momento en que entraban en el salón de sesiones vestidos de militares, con uniforme copiado a los de la EEBI, Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, hasta el punto de que fueron confundidos con los militares de Somoza. El terror se apoderó de los rostros de los políticos cuando, tras unas ráfagas disparadas al aire, pudieron comprobar que se trataba de una operación del FSLN. Todos fueron obligados a tirarse al suelo, políticos, periodistas y publico en general, y pasados unos minutos de comprobación de identidades, varios diputados fueron atados de pies y manos. En ese momento los asaltantes, que provenían de distintas regiones del país y que hasta esos momentos no conocían detalles del operativo, se cubrieron el rostro con su particular pañuelo rojo y negro, el Comandante Cero se dirigió a Luis Pallais y le ordenó que llamara a su primo el dictador y le comunicara la situación, las condiciones que exigían y la puesta en marcha de las negociaciones. Entre las condiciones exigidas estaban la mediación del Arzobispo de Managua, Monseñor Miguel Obando y Bravo, y los Obispos de León y Granada, monseñores Manuel Salazar Espinoza y Leovigildo López Fitoria, además de varios embajadores.
El primer planteamiento que se exigió a la llegada de los representantes eclesiásticos fue el cese de las hostilidades desde el exterior, que suspendieran los disparos hacia el edificio. Eran al rededor de las tres de la tarde del martes 22 de agosto de 1978 cuando Dora María Téllez, comandante dos, inició la primera conversación con los intermediarios y les entregó varios documentos con las peticiones del comando. En los documentos se señalaban los nombres de la Dirección Nacional del FSLN, presididos por Daniel y Humberto Ortega Saavedra y Víctor Tirado López, los que se encontraban en Costa Rica y alejados del riesgo que suponía la operación; el nombre del comando "Rigoberto López Pérez", el justiciero del anterior dictador y padre del que ejercía como tal en aquellos momentos, y el del operativo "Muerte al Somocismo, Carlos Fonseca Amador". A continuación se exigía amnistía para todos los presos políticos que reflejaba la lista, la publicación de los documentos en una serie de cadenas de radio y televisión, medios escritos y diez millones de dólares; la mediación de varios embajadores y medios aéreos para salir del país.

Entre los días martes y miércoles los mediadores eclesiásticos acudieron en varias ocasiones del Palacio Nacional a la explanada de Tiscapa, donde el dictador Somoza tenía su despacho, se sumaron a la mediación los embajadores de Costa Rica y Panamá y se pusieron en conocimiento las víctimas por parte de los dos bandos, hubo muertos y heridos, entre los últimos un guerrillero del comando, Lorenzo Hernández, el numero 62. Existieron momentos de tensión en los que los asaltantes amenazaron con asesinar a un diputado si no ordenaba el alto el fuego, el cual llamó al dictador a petición propia y surgió efecto. Después fue el periodista de origen cubano el amenazado si no se retiraba la Guardia Nacional a más de 300 metros de distancia. Hubo muchos momentos de tensión que estuvieron a punto de provocar una masacre. Pero a las siete de la tarde los asaltantes permitieron que abandonaran el Palacio muchas personas, en especial mujeres, niños y enfermos. Fueron 45 horas interminables lo que duró el asedio y toma del edificio y al final del miércoles Somoza cedió.
Algunos de los nombres reclamados se confirmaron que fueron asesinados tiempo atrás, de los diez millones solicitados se quedaron en medio millón de dólares, Venezuela envía un avión, un Hércules de la Fuerza Aérea y Panamá otro avión Electra de COPA. El jueves 24 se inicia una sesión especial y en ella Edén Pastora pronuncia un discurso donde acusa al régimen somocista de solo entender el lenguaje de las armas y tomó la bandera del país que se situaba tras de sí, diciendo que se la llevaba y que solo la devolvería cuando Nicaragua fuera libre. A continuación Fue Dora María la que se refirió a las razones de la lucha armada por parte de los sandinistas; cerraron con unas palabras dos periodistas presentes en los acontecimientos. Cuando se preparaba el comando para la retirada y huida hacia el aeropuerto descubrieron a un sobrino del dictador escondido entre los retenidos en el edificio y lo sumaron a los rehenes que les acompañaron en dos autobuses camino del aeropuerto, el ministro de Gobernación y varios diputados, primero trasladaron al guerrillero herido y a continuación fueron ocupando los buses en medio de los aplausos de los presentes. La Carretera Norte se adornaba de una multitud al paso de los guerrilleros que entusiasmada aplaudían. Fue un golpe a la dictadura y una acción de cara al resto del mundo que habría una nueva realidad para la libertad.

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