sábado, 1 de noviembre de 2008

Para vivir y para morir

¡El muerto al hoyo y el vivo al bollo!
Saben que soy muy amigo de los refranes, no por eso mi refranero es amplio, lo normal, eso quiere decir para Andalucía, mi tierra de nacimiento, que es bastante. Soy descendiente de campesinos, o si lo quieren llamar gentes que vivió del y para el campo, este es uno de mis orgullos heredados, nada existe más noble y digno que las manos que trabajan el campo.
Los refranes, en otros tiempos en que la falta de información, la incultura, el analfabetismo, era lo normal en el medio rural, existía un lenguaje que pasaba de generación en generación, eran los conocimientos adquiridos oralmente que servían para conocer los cambios de tiempo, los meses para sembrar, para la recogida de los frutos... una enciclopedia necesaria y útil que ha llegado hasta nuestros días y que tenía una frase para cada ocasión, no solo para lo relacionado al campo, sino para todos los ámbitos sociales, el mundo animal y hasta para cada enfermedad y sus remedios, en caso que los hubiera.
Pero este artículo no irá hoy destinado a los refranes sino a uno en concreto, al que encabeza el escrito y que se refiere a lo necesario para vivir y para morir, los mercados y los cementerios, el vivo a seguir alimentándose y el muerto a enterrarlo.
Hoy, día de los difuntos, es el más adecuado para hablar del lugar en donde nos apartamos una vez que la vida se nos esfumó, donde solo acudimos a honrar a nuestros seres queridos que nos dejaron y que pasaron a mejor vida, esta manera de llamar a la muerte, "mejor vida", no sé si para algunos es la más correcta pero en cierto modo se deja de padecer, eso sí, a cambio de perder la relación con los seres queridos, pero nada en este mundo es completo, ni siquiera la muerte.
Creo conveniente comenzar por lo primero, la vida, los lugares donde encontramos lo necesario para vivir y que llamamos mercados, para lo segundo, para la muerte, lo dejaré para el final, siempre hay tiempo para la parca.
Decía un amigo de Tenerife, de las Islas Canarias, José Lorenzo Ferreira, que la mejor manera de conocer un pueblo es visitar sus mercados y cementerios. En los primeros se apreciará como viven los lugareños, sus costumbres, necesidades prioritarias y el valor e importancia que le dan a las cosas. Los campos santos en cambio reflejan parte importante de su cultura, la relación con sus antepasados, sus mayores, la nobleza y el respeto a sus costumbres.
Desde entonces, desde los primeros años 80, siempre que visito un lugar acudo como mínimo a los mercados, es verdad que los cementerios no me atraen en demasía, solo en determinadas ocasiones y cuando lo requiere el respeto a los seres queridos, familiares y amigos.
En mis visitas a Nicaragua seguí la premisa de mi amigo tinerfeño y en los primeros días acudí a conocer algunos mercados, son famosos por ser los más amplios de Centroamérica, en concreto el Oriental y el Huember. El primero es descomunal, una ciudad llena de pasajes y tenderetes donde se pierde el norte... y si me apuran cada uno de los puntos cardinales, si no se conoce. Tengo que resaltar que los mercados siempre fueron un lugar donde los rateros, ladronzuelos, y gente de mal vivir se encuentran como pez en el agua, pero esto no es un condicionante propio de los mercados nicaragüenses, en todas partes del mundo sucede igual. De todas maneras, y antes de continuar, tengo que dejar claro que nunca sufrí un percance, nunca me asaltaron, ni nunca padecí una mala experiencia, ni por mercados, ni por lugar alguno de Nicaragua, incluso por lugares donde mis amigos nicaragüenses me aconsejaron no visitar, por el alto índice de delincuencia. Este es un mal que sufren muchos países, pero bien es sabido que por ahora, aún, es posible caminar tranquilamente por las calles de Managua, u otras ciudades pinoleras. Nicaragua puede presumir de ser el país más tranquilo de la zona centroamericana, con respecto a la delincuencia y la violencia, este detalle dice mucho de la manera de ser del nicaragüense.
El mercado Roberto Huember es mi favorito, me gusta ir al Huember, pero me gusta acudir caminando. Quien conozca Managua y lea lo que digo quizás se eche las manos a la cabeza ante lo que les voy a decir, pero caminar me gusta y lo hago siempre que puedo. El hotel que siempre escojo, o que me acoge, está situado cerca del centro comercial Metrocentro, eso es el centro de Managua, tomo la dirección hacia la carretera de Masaya y en la segunda via a la derecha, donde se sitúa un conocido supermercado, me desvío dirección la principal de Altamira. Me gusta pararme en los puestos de fruta y comérmelas troceaditas en su bolsa, piña, papaya, plátano, sandía... sin prisa, continúo y al primer cruce con otra avenida sigo por la izquierda, hasta llegar al Roberto Huember. Ya se que es un paseo largo, cansado para muchos, pero depende de la prisa y la intención que se lleve, para mí es un placer este recorrido por la mañana, antes de que el sol se suba por el horizonte y se vuelva prepotente e insolente.
El mercado Huember es el segundo más grande de Managua y el segundo de toda Centroamérica, pero mucho más pequeño que el Oriental. En él se puede encontrar de todo, de todo lo que imaginen, antigüedades, artesanía, muebles, ropa, juguetes, carnes, pescado, verduras, frutas, especias, quesos... es increíble. Es una aventura pasear por entre los puestos, dentro del recinto o al exterior. Es costumbre del nicaragüense comer en la calle, fuera de sus hogares o restaurantes. En cada rincón, vía, o las aceras, se multiplican y aparecen puestos de comida tradicional nicaragüense, Nacatamales, tajadas de plátano fritos, chicharrones de cerdo, arroz, yuca, ensaladas... en los mercados es lo mismo pero llevado a la desmesura, a la expresión más amplia del concepto, en contenido y variedad.
El colorido está presente en cada espacio, diría que el Huember es puro color, sus verduras y frutas inundan, invaden, todo lo que la vista puede ofrecer, algunas conocidas por estos lugares de la vieja España y otras nuevas para mis sentidos, además del plátano, de la banana, las naranjas, pomelos, aguacates, cocos, la yuca, el maíz, los frijoles, caña de azúcar, mandarinas, café, durazno o melocotón, limones, piña, mango... existen las desconocidas para mi ignorancia que ya no lo son tanto, el zapote, toronja, calala, guineos, capulines, coyolitos, fruta de pan, guayaba, jocote, granadilla, limón dulce, nancites, nísperos (distinto al español), sonzapote, tamarindo, tigilote... enorme la variedad que se ofrece al consumidor y que agasajan con su colorido en todas las tonalidades, colores vivos que como una trampa atraen a la vista, al gusto, para ser consumidos y nunca quedar desencantados.
Los olores enamoran, hechizan, embriagan, al paso entre café, cacao, canela, clavo, pimienta chapa, chiles, jícaro, pinol, pinolillo, jamaica, orégano, linaza... es un mundo de olores fantástico, incomparable, nada igual como pasearse entre los puestos repletos de especias autóctonas y otras adaptadas a la cultura gastronómica y herbolaria de Nicaragua.
Como decía al principio, el mercado no es otra cosa que la desmesura en el carácter nicaragüense ampliado desde la calle con trato amable, atento, cordial, que a cada paso las mujeres ofrecen sus productos con frases cariñosas: ¿que deseas mi amor, que buscas mi rey? ¿Que necesitas...? Pero los hombres no se quedan atrás en atención al cliente: ¿que busca el señor, guayaberas, cotonas, cerámicas... que necesita papito? Mientras se camina por entre la zona de artesanías, muebles, hamacas, cueros, maderas talladas...

Para la muerte no se precisa mucho, al menos para los muertos. Otra cosa son las costumbres, la cultura en este apartado que llega al final de la vida. Ya he repetido infinidad de veces que lejos de parecer que la cultura española y la nicaragüense se sitúan en las antípodas, es todo lo contrario, es más lo que nos identifica que lo que nos distancia. También en la muerte, en los cementerios, en la manera de tratar respetuosamente a nuestros difuntos, que se les visita independientemente de la fecha propicia y en cualquier día del año. Solo en una ocasión pisé campo santo nicaragüense, aunque sí los avisté desde el exterior, fue en Chinandega, acompañando a mi gran amigo Silvio, al que me une una gran amistad. Su madre falleció hace algunos meses y fue un alago poder rezar ante su tumba, ya he dicho por activa y por pasiva que no soy creyente, pero de igual manera le rezo a mi padre que en paz descanse, no por mis creencias sino por respeto a las suyas o por si le sirviera de algo para bien en el otro mundo. No hay diferencias patentes entre los cementerios nicaragüenses y españoles, al menos en el sur, en los nuestros se levantan algunos nichos, bóvedas, y todo se viste de blanco, en cambio, entre los nicas todo está a ras de suelo, sembrado de cruces y pintado de vivos colores, como las calles, las plazas, las ciudades. Es la manera de entender la muerte y la vida, con llamativos colores pero con idéntica luminosidad y el mismo respeto que se ofrece en los cementerios andaluces.







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