martes, 4 de noviembre de 2008

El último mambo del dictador

Nunca fui partidario de la violencia, siempre pensé que ésta es el lenguaje de los no inteligentes, de los represores, de los cobardes, pero hay situaciones que si no es por ella, por la despreciable violencia, las páginas de la historia se habrían escrito de manera diferente, con otros tintes, para buenos y para malos resultados.
Entiendo que sino hubieran sido por las armas, por personajes que con su protagonismo y decisión en un momento crucial y determinado de la historia hicieron uso de tales herramientas siniestras, algunos dictadores asesinos se hubieran marchado de este mundo como los toreros triunfadores, por la puerta grande, a hombros de sus incondicionales y entre vítores.
Son muchos los dictadores que sucumbieron ante la bala heroica de un ciudadano oprimido por el opresor de turno, que se llegaron a creer casi inmortales, embriagados de poder usurpado a los pueblos, pero despertaron del delirio justo cuando la realidad no tenía marcha atrás, cuando las puertas del infierno se abrían de par en par en un viaje sin retorno a los listados de la historia donde se amontonan los responsables de las injusticias, el asesinato, la represión y la muerte de tantas almas inocentes. Los dictadores son una especie de diablos sin alas ni rabo, sin cuernos ni biergo o tenedor, pero por su sangre corre el odio, el desprecio, la venganza, la ira y la maldad en forma de egoísmo y a raudales. El dictador no tiene reparo ante nada que obstruya su propósito, su interés, su fin, no importa ni el método ni la herramienta para conseguir su meta propuesta, la natural de un miserable que no siente respeto ni aprecio por cuanto palpita ante sí.
Para mi desgracia y experiencia también me tocó vivir los últimos coletazos una dictadura cruel, la de un fascista que consiguió sobrevivir oprimiendo a su pueblo más de 40 años, varias generaciones de españoles sufrieron en la piel, en su sangre, en su amor propio, en su orgullo, los caprichos de un genocida asesino responsable de miles, de cientos de miles, de millones de personas inocentes, que murieron o tuvieron que huir al exilio, dejando atrás a sus familias, sus sueños, sus anhelos, para nunca más recuperar lo perdido en el mejor de los casos, en el peor pagaron con su vida los sueños de grandeza de un dictador, al que la iglesia católica paseaba por las calles de mi país bajo palio como una divinidad.
A diferencia de otros, este dictador nuestro, no tuvo quien a bien le alojara una heroica bala entre sus podridas y malignas entrañas, épica actitud que nos hubiera liberado de tanto mal, de tanto sufrimiento y castigo inmerecido. Franco murió en su cama mientras sus víctimas se pudrieron en las cunetas, en las fosas comunes desperdigadas por el territorio español, olvidadas en muchos casos por el miedo. Aún hoy se buscan los cuerpos de miles de víctimas que sacaron de sus hogares en la noche para nunca más volver, en una época marcada por el terror y la muerte, capricho de un dictador.
Pero por justicia no todos se van de rositas, los hay que al despedirse son víctimas de sus mismos manuales de comportamiento y cumplen con este refrán sabio que dice: "quien a hierro mata a hierro muere". Eso sí, cuando se marchan, o los echan, lo hacen dejando atrás un reguero de sangre y desolación como seña de identidad. El oficio de dictador ya no es provechoso, por mucha maldad que aglutine un alma, los pactos con el diablo no son rentables hoy en día y más temprano que tarde la balanza de la justicia ciega antepondrá su veredicto para que ni se perpetúe en el poder ni huya a otro lugar con las alforjas repletas de crueldades y desvalijos.
La historia de Nicaragua, como la española, sabe mucho de dictadores, de opresiones y opresores, de injusticias, con o sin castigo, pero a diferencia de la nuestra, la pinolera tiene entre sus héroes a quien cegó la vida del tirano a costa de la suya propia, como un gesto generoso para su pueblo, como un regalo que no así consiguió liberarlo de sus ataduras, porque como un mal endémico, crónico, la herencia dictatorial pasó a su hijo, heredero de la misma sangre, de la misma crueldad e igual de sanguinario.
Rigoberto López Pérez es uno de los héroes de Nicaragua, o Sandinolandia, como me gusta llamarla con todo el respeto, por quien también dedicó su vida a la dignidad del pueblo nicaragüense. Cuenta la historia que el heroico poeta dio fin y al traste con la vida y planes del dictador Anastasio Somoza García en la Casa del Obrero de León. Era el 21 de septiembre de 1956 y se celebraba una fiesta, la convención del partido liberal que proclamaría de nuevo a Somoza García su candidato para las nuevas elecciones, una pantomima electoral resuelta de antemano. Marcaban entre las 7´30 u 8 de la noche cuando Somoza entraba en el recinto, alegre, saludando y departiendo con sus incondicionales, entre una comitiva impresionante, que ya le tenían por reelegido como nuevo candidato. Nada suponía un presagio en aquella noche cálida, en la sala se colocaba la mesa principal con manteles blancos, donde quedaría ubicado, sobre un suelo a manera de tablero de ajedrez en el que Rigoberto daría minutos más tarde jaque al dictador. El techo de bajareque lo sostenían dos columnas de madera maciza y al rededor del tirano los uniformados que lo protegían y los civiles más allegados. Sonaba la orquesta Occidental Jazz y los guardias se acercaron a la banda para pedirle que tocaran un mambo, el dictador quería lucirse y salió a bailar con la novia de la Casa del Obrero, una linda muchacha llamada Mirian Pérez. Acabado el mambo y el lucimiento del protagonista se dio por iniciada oficialmente la fiesta y Somoza se fue a su mesa, a recibir a la gente que le quería saludar, a pedirle favores o a pagárselos.
La fiesta continuaba y Rigoberto López Pérez, al rededor de las nueve y media de la noche, bailaba con una chica a la que no recuerdan quien era, Hotel Santa Bárbara, una movida pieza de jazz. Vestido con una guayabera blanca de manga larga y unos pantalones azul marino, su madre dijo tiempo más tarde que quiso ir a la muerte vestido con los colores de la bandera de Nicaragua. De repente, entre los acordes de la música, el poeta sacó un revolver y le disparó cinco tiros al dictador, de los que cuatro impactaron en su cuerpo, en ese instante en el que las balas se alojaban en el cuerpo del tirano, un cabo de la Guardia Nacional le dio un culatazo en la nuca con su arma y seguidamente una lluvia infernal acribillaron al héroe que cayó fulminado en el instante. Su cuerpo lo arrastraron hasta un jeep y se lo llevaron a Managua, nunca más se supo nada de él, de su cuerpo. En cambio, al dictador, se lo llevaron a Panamá herido de muerte, en un avión de los Estados Unidos, ofrecido para la ocasión. Pero fue inútil, Somoza perdió su última batalla a manos de un joven poeta, del que se dice era un hombre calmo, que no se molestaba por nada, que era tímido y que rara vez hablaba de política, aunque se tenía por liberal, centro izquierda.
El arma del crimen nunca se supo quien la introdujo en el recinto, aunque siempre se sospechó que fue una mujer, incluso existe una teoría que dice que esa mujer fue una prostituta del barrio de San Felipe, porque el día anterior Rigoberto estuvo por la zona y hasta allí llegó la Guardia Nacional, a llevarse muchachas porque creían que una de ellas pasó el arma en la Casa del Obrero. La represión posterior fue tremenda, más de 500 personas fueron detenidas y torturadas sospechosas de conspiración en el asesinato. También la madre del joven poeta y su hermano y hermana de 14 años estuvieron 40 días detenidos, bajo torturas.
Sin duda la biografía de este héroe nacional da para mucho más, pero mi intención no es otra que la de resaltar lo significativo e importancia de este personaje que bien merece un lugar privilegiado en la historia de Nicaragua. Con el asesinato del dictador no acabó la dictadura, la continuó su heredero, su hijo Anastasio Somoza Debayle, pero su generosa actitud ante la vida bien vale el agradecido reconocimiento para la historia de la libertad.

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

No hay comentarios:

Publicar un comentario