domingo, 9 de noviembre de 2008

El cantor de Somoto

Las partidas para promocionar un país, o nación, ocupan un apartado relevante, es necesario, casi obligatorio, promocionar los encantos nacionales para venderlos. De ello dependen muchos puestos de trabajo, muchos ingresos, que se sumarán a lo presupuestado y que no es otra cosa que lo que representa en inversión para el progreso. Esta comparación, casi infantil que me viene al pensamiento, es como si de un negocio familiar se tratara, para que la familia progrese es necesaria la aportación de todos sus miembros, sacar partido a las cualidades y condiciones mejores de cada uno, sumado a los recursos propios. Un negocio, al nivel que se tercie, anda mejor respaldado por una buena publicidad, hasta el punto que solo la publicidad puede convertir una ruinosa empresa comercial en una estupenda, fantástica, compañía empresarial. Diría que es casi más importante cómo se vende que el producto comercial en sí.

Para eso están los comerciales, los publicistas, los propios vendedores, los que ponen en valor los productos, los que invaden los mercados y consiguen que todo el mundo los conozca. Hay un refrán... Sí otro, que es bastante conocido, supongo que también por tierras pinoleras. Este refrán dice: "Cría fama y échate a dormir". Una vez que se conoce el producto, y encima es aceptado, se tiene mucho ganado. Sólo hay que esperar al cliente, al comprador, lo difícil ya se superó, ya se conquistó el mercado y a partir de ahí todo es mucho más fácil. Por eso contar con un buen vendedor es tan importante, o más, que presumir de producto, mejor aún si lo que se vende es buena calidad, entonces la competencia no debe de asustar, ni siquiera luchar porque elijan a otro producto similar, tan solo es necesario no "dormirse en los laureles" y no perder el tren del progreso.

Las riendas de un país no son muy diferentes a las de un negocio comercial, por supuesto que mucho más complejo, gobernar una nación no es vender tortillas de maíz en el mercado, pero sí tiene mucha relación entre sí, es vender las mejores tortillas, la mejor calidad, al mejor precio y la manera de venderlas, con alegría, simpatía, la atención al cliente es fundamental.

Posiblemente estarán pensando que les voy a contar un rollo maquiavélico, relacionado con vender y comprar, que no se lo salta un galgo, es muy probable que así sea, pero en todo caso no se tratará de vender tortillas en el mercado. En este mundo en el que todo se compra y se vende, y que dependemos tanto de las relaciones comerciales, no podemos olvidarnos de los que llevan con honor, con dignidad, el nombre de nuestros países a cualquier parte del mundo y que, con su trabajo, con lo que mejor saben hacer, publicitan y promocionan el nombre de nuestras patrias mejor que nadie. Son la viva imagen de nuestros pueblos y en ocasiones se convierten en la bandera que nos representa. Estos embajadores no están pagados con nada, su precio es incalculable y nunca se le está lo suficientemente reconocido.

Nicaragua no tiene, ni tuvo, y difícilmente lo tendrá, un embajador como Carlos Mejía Godoy. No todos los pueblos tiene la suerte de contar con un representante del calibre de este cantautor que con su música ha llenado el corazón de tantas personas en el mundo, de los que nos comunicamos con la misma herramienta y de los que no. La herramienta del idioma es la llave para entrar y entender mejor la manera de ser de un pueblo, pero la música, la música no tiene barreras, es un idioma universal que se puede entender en cualquier rincón del planeta sin la necesidad de conocer un idioma determinado. Para unos y para otros, para los hispano parlantes y para los que no, Carlos Mejía Godoy ha sido y es el icono, el símbolo que se ha parado sobre la situación en el mapa, no sólo geográficamente. Las canciones de Carlos son el pueblo mismo, su historia, sus costumbres, la manera de ser de los nicaragüenses se proyecta en su figura que con dignidad, respeto y calidad artística ha dejado satisfecho y emocionado a cuantos hemos disfrutado de sus canciones, por el sentir y la forma de enfrentarse al mundo y a los acontecimientos el pueblo de Nicaragua.

Sería injusto no hacer mención de su hermano menor Luis Enrique, pero reconociendo su valor y aportación a la música y folclore nicaragüense, no es el caso o tema que me trae hoy. Con todos mis respetos, Carlos es una de las figuras más importantes que vieron la luz en Nicaragua, pero no sólo en el país centroamericano, para toda la música latina representa una de sus máximas figuras, un exponente imprescindible para entender lo que representa el folclore en la cultura Latinoamericana. La carrera artística de Carlos no se limita a crear unas hermosas canciones, con un no menos hermoso mensaje. Detrás de cada acorde, de cada estrofa, vive una cultura, un estudio pueblo a pueblo, rincón a rincón de Nicaragua. La nueva canción latinoamericana, los nuevos cantautores, tienen en este noble nicaragüense la claqueta que marca sus ritmos, la poesía que guía la expresión musicada, Mejía Godoy es el padre de la nueva canción de cantautor en todo el continente. Nadie como él ha sabido transmitir los sentimientos, la manera de ser de su pueblo, le ha cantado a la vida, al amor, a la guerra, a la revolución, a la injusticia, a la sin razón y a lo cotidiano, a la muerte y a lo heroico... Tampoco se entendería la revolución sandinista sin su aportación, es el trovador de la historia contemporánea de Nicaragua, pero además nos ha mostrado, nos ha enseñado todo lo que atesora la patria de Sandino.

Mi adolescencia queda más lejos de lo que desearía pero más cercana de lo que aparenta, parece que fue ayer cuando sonaba por todas las radios y televisiones del país, de España, sin excepción, aquella simpática canción, "son tus perfúmenes mujer", interpretada por los no menos simpáticos, Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. La imagen de sus componentes vestidos a lo popular nos parecía, como poco, exótico. Sus cotonas coloristas y sombreros no eran los ponchos u otros atuendos folclóricos de Sudamérica acostumbrados a ver. Su alegre melodía y la manera de ponerla en escena era un soplo de aire fresco, recién salíamos de una cruel dictadura, la de Franco, y los representantes nicaragüenses nos animaron, nos alegraron la existencia con su alegre y simpática canción.

Lo normal, lo que cabía de esperar, es que pasado ese éxito pasajero nunca más se volviera a escuchar, ni siquiera oír hablar del tipo del acordeón y los de, supuestamente, aquel pueblo con nombre tan extraño y a la vez simpático, Palacagüina. Pero nos sorprendieron de nuevo, con María de los Guardias, Clodomiro el ñajo, con la Misa Campesina Nicaragüense, de la que hicieron versiones hasta las palomas de los parques. Había algo más detrás de aquellas melodías alegres, el contenido de su poesía poco a poco nos hizo descubrirnos ante ella, la humanidad de sus temas y lo que representaba nos destapó para nuestro regocijo la cultura de Nicaragua, una extraña y desconocida hasta entonces, para un pueblo que salía al exterior, que habría las ventanas para airear el país, que olía a rancio de tantos años en la represión política y social.

El último escalafón para conquistar nuestras simpatías y nuestros corazones, hasta el del último de los españolitos, fue Quincho Barrilete, canción ganadora del festival de la OTI en 1977, conocer la historia de aquel niño, de aquel personaje que parecía salido de la imaginación pero que personalizaba a muchos niños de la maltratada Nicaragua, nos hizo identificarnos y llenarnos de orgullo que alguien cantara al mundo la entereza de un niño, que nos daba ejemplo con su actitud, para enfrentarnos a las vicisitudes de la vida.

Quincho Barrilete se podría llamar realmente Luis Alfonso Velásquez, de 9 años, luchaba contra la dictadura de Somoza como otro ciudadano más, tomaba escuelas e iglesias junto a sus compañeros de clase y a esa edad tomó un día los micrófonos durante un congreso estudiantil. Existe un vídeo, donde sus palabras se recogen grabadas y que dice así: "Compañeros, ya es tiempo de despertar, podemos ver a los niños campesinos durmiendo en sus tapesquitos de madera y comiendo tortilla con sal; por eso les hablo para que haya una patria libre. ¡Patria libre o morir!" Ni que decir que esto fue suficiente motivo para convertirse en blanco de la Guardia Nacional, de los paramilitares somocistas que, días después, al salir de una reunión clandestina, un franco tirador le disparó en la cabeza y un jeep de la guardia le pasó por encima de su fragil cuerpo. A sus 9 años de edad.

Carlos Mejía Godoy, que nació en Somoto, departamento de Madriz, el 27 de junio de 1943. Hijo de un músico popular, constructor de marimbas, y de una maestra de escuela y artesana del pan, Carlos y María. Es la mejor enciclopedia que puedan comprar, sus canciones enseñan más de Nicaragua, de sus costumbres, su cultura e historia reciente, que cualquier libro nicaragüense contemporáneo, es la voz pinolera, es el pueblo con un acordeón en sus manos y una guitarra descansando junto a la marimba.

Nadie, ningún político, con o sin aires dictatoriales, como es el caso de Daniel Ortega, podrá nunca ensuciar su nombre ni trayectoria, porque los representantes que elige el pueblo con su cariño y los convierte en su bandera, como es el caso de Carlos Mejía Godoy, nadie los puede derribar de su pedestal, salvo el mismo pueblo. Todo lo contrario sería agrandar su leyenda, airear más la bandera de Nicaragua, la misma que nos enseñó a respetar con sus canciones cuando el hoy presidente del país estaba preso por robar bancos a mano armada, y todavía no conocía el significado de lo que representaba el cantor de Somoto, el de un digno y noble país.




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