miércoles, 8 de octubre de 2008

¿Soy racista?


¿Quien no se ha preguntado alguna vez si somos racistas? Probablemente todos habremos querido indagar en nuestro subconsciente preguntándonos si ese mal que afecta a la humanidad también forma parte de nosotros, si esa actitud de desprecio hacia los otros es parte de nuestro comportamiento y si en nuestra manera de pensar entra esa posibilidad. Con toda seguridad habremos encontrado una respuesta a nuestro gusto pues nadie se considera racista, salvo algunos energúmenos que la toman como excusa pero que realmente solo son miserables personajes que sus complejos como personas les llevan a la violencia y a volcar su ira e inseguridad contra los más débiles. Es difícil encontrar atentados racistas contra personas cometidos por un solo sujeto, la mayoría de las ocasiones son grupos superiores a las víctimas que suelen normalmente ir en solitario o en minoría. Esta es la prueba de su cobardía, de su poca seguridad en sí y de la poca valía personal con que se auto valoran. No son capaces de enfrentarse a sus peligros con las mismas armas que sus elegidos para provocar dolor, necesitan una víctima que ofrezca poca o nula resistencia ante la ofensa y que obligatoriamente sea inferior en todos los sentidos, su finalidad es el sufrimiento a los demás, la marginación, necesitan sentirse superiores para cubrir sus complejos, para enmascarar sus frustraciones y el fracaso que representan como individuo, por lo tanto estos racistas y excluyentes no son más que enfermos sociales, víctimas de sus propias ideologías.

Volviendo a las "personas normales" y dejando a un lado a los racistas violentos, la respuesta a la cuestión de si somos racistas es simple y repetitiva, uno pensará que todos somos diferentes y que habrá personas más excluyentes que otras, es posible, pero mi opinión es casi general, todas las personas responderíamos de manera parecida. Como señalaba anteriormente pocos salvo los energúmenos se aceptan racistas, la respuesta generalizada es: ¡Yo no soy racista pero los gitanos no me gustan! Otros dirán: ¿racista yo? A mi me caen bien todas las razas... pero los moros...
Todos tenemos alguna etnia o colectivo que no son de nuestra simpatía, quizás eso no se le pueda llamar racista pero lo es. Estamos generalizando, señalando a una raza, otra cosa sería que no te cae bien el gitano cual o el moro tal, entonces iría dirigida tu antipatía a una persona en concreto.

Yo soy racista, no me enorgullezco de ello pero así me considero, no por una etnia en concreto, ni siquiera por tiempo indefinido, en ocasiones son una raza la que no ha sido de mi agrado, sin embargo puedo ser gran amigo de uno de sus componentes. Bien podría decir que no lo soy y que algunos individuos por su manera de comportarse no son de mi agrado, pero no es así, mi pensamiento es que todos, sin exclusión, somos racistas indistintamente del grado. Otra cosa sería aceptarse como tal, pues creo que lo que nos hace no ser racista es luchar contra eso, contra lo que la naturaleza humana ha puesto en nosotros, el sí y el no, el pro y el contra, el ser racista o no serlo, este es el dilema. El racismo como la xenofobia, la homofobia, o cualquier otra fobia indistintamente que vayan dirigidas a la aceptación del otro no es más que miedo, inseguridad, es parecido a los energúmenos violentos pero algo más civilizado, la exclusión al que viene de fuera no es más que el miedo a que nos quite los privilegios de los que disfrutamos, si se trata de otros colectivos es por la intolerancia a sus costumbres que pueden ser la mayoría de las veces contrarias a las nuestras, es el egoísmo, es el miedo, es la inseguridad lo que provoca esta injusticia social.

Sin embargo el racismo no es propio de una raza en concreto, no es propiedad de la raza blanca, aunque la historia la haya marcado como responsable de tanta injusticia, el racismo emerge en cada cultura y sociedad independientemente del color que tenga. Lo más llamativo quizás sea el cruel trato al que fueron sometidos los negros en Estados Unidos, pero antes fueron esclavos en Europa y en la propia África, lo que deja claro que no fue el color lo primero sino el respeto propio a sus congéneres, a los de su propia especie. La marginación no tiene color, ni cultura, es la condición humana y su necesidad de doblegar a otros con el fin de la superioridad, es el egoísmo lo que nos lleva al racismo y a las fobias por el camino de la intolerancia y la exclusión.

Son evidentes los problemas de integración de los gitanos en nuestra sociedad, por ejemplo, aunque cada vez sean menos, su lucha contra las barreras sociales se refleja como injusticia por parte de los payos o no gitanos que somos mayoría y que marcamos las reglas del juego social, sin embargo ellos mismos no permiten que los ajenos a sus costumbres se entrometan en ellas, son sus normas las que rigen y hay que acatarlas, por lo que eso deja entrever que existe otro tipo de exclusión, de racismo por ser diferente. También en la India existen castas que denigran y excluyen a otros por leyes sociales aún siendo de su propia raza o cultura. Entre religiones, entre países, entre sexos... el racismo solo es nombre determinado a un tipo de exclusión o marginación, no es la raza en sí lo que provoca esa intolerancia.

En España hemos tenido racismo de todos los colores y en todas las épocas, ni siquiera tenemos el derecho que se creen tener los italianos cuando se preguntan si son racistas, después de las evidentes pruebas antisociales que en estos días pone en entredicho al país trasalpino. El presidente Berlusconi y sus socios fascistas de la Liga Norte han instalado en la sociedad la xenofobia a los gitanos, a los rumanos, a cualquier tipo de emigración con normativas anti humanitarias, en todos los niveles sociales se levantan las voces a favor del fascismo y la ultra derecha se ha puesto no solo de moda sino que se ha convertido en una aceptación cotidiana. Algunos de los más afamados futbolistas de los primeros equipos se declaran simpatizantes del fascismo y los hay hasta que muestran sus consignas de tiempos de Musolini, esto es la imagen que dan a los menores, a la juventud que venera a estas figuras del deporte, son sus ídolos y en ellos se fijan, su actitud es la que tomarán como referencia para el futuro.

Una muestra con resultado mediático como ninguno otro, en la sociedad española, es el caso de la dominicana Lucrecia Pérez, que murió asesinada por unos fascistas cuando se refugiaban del frío en una discoteca abandonada y viviendo de la mendicidad. Era el 13 de noviembre de 1992. Aquella fría noche Lucrecia y sus compañeros tomaban una sopa que otros compatriotas, con algo de más suerte y con trabajo, les habían llevado, entraron cuatro encapuchados y dispararon indiscriminadamente. El resultado de aquel atroz atentado racista fue una persona muerta y otro herido de gravedad. Una bala destrozó el corazón de la joven dominicana, 32 años, sin ver cumplido su sueño, el de poder encontrar un trabajo digno que le permitiera sacar adelante a su pobre familia. Hipotecó su vida para poder costearse el billete de avión, primero a Nueva york, parís, Bilbao y en tren hasta Madrid. No llevaba dos meses en España y su sueño se truncó por la ira de cuatro desalmados, tres menores de 16 años y un guardia civil de 25 que detuvieron cuando estaba de servicio días más tarde. La despidieron del primer trabajo que encontró por que no sabía lo que era un grifo, una lavadora, un ascensor... no vino a pedirle a España el oro que robaron en América, ni siquiera a pedirle explicaciones de por qué los trataron de esa manera tan vejatoria a lo largo de siglos, solo vino a buscar un digno puesto de trabajo que honradamente le ayudara a dar de comer a sus hijos y a su pobre marido campesino que recolectaba tomates cuando recibió la noticia. Los españoles no tenemos buena memoria, somos los hijos de un país emigrante, que tuvieron que salir de nuestra tierra para que las bocas de sus hijos comieran y nuestra vergüenza ni siquiera nos obliga a tratarlos con respeto, el mismo que un día desearon nuestros padres para ellos en otro país lejano.

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

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