viernes, 24 de octubre de 2008

Masaya, lugar de venados





La cocina tradicional nicaragüense es rica, en sabrosa y en variedad de platos. Podría decir que al contrario que en otros países, en los que el frío obliga a tomar bastantes calorías, en este trozo de Centroamérica debería de existir una gastronomía más liviana, mas acorde con la temperatura que marca el termómetro durante todo el año, en las zonas costeras clima tropical de una media de 25´5ºC y en el interior entre 15ºC y 26ºC, pero no es así, hay para todos los gustos.
El plato nacional, o más conocido, es el gallopinto, que consiste en arroz y frijoles fritos con cebolla, acompañados de tajadas de plátano frito, queso frito, huevos revueltos o fritos y ensalada de repollo, normalmente. Pero existen variedades en el acompañamiento. Es un plato que se otorgan y atribuyen tanto Costa Rica como Nicaragua, pero lo cierto es que se extiende por todo el Caribe, Colombia, Venezuela... eso sí, cada uno con su toque original que los hace diferentes.

Mis costumbres andaluzas en el desayuno son muy diferentes, el aceite de oliva en una tostada de pan con no demasiada levadura y un tazón de café con leche me aportan energías para enfrentarme a la mañana con garantías de no desfallecer y aguantar hasta el mediodía, hora del almuerzo. Pero aquí todo es distinto, la primera vez traje conmigo una botellita de aceite para el desayuno pero al cuarto día me hice nicaragüense en cuanto a la primera comida del día. El gallopinto con dos huevos fritos me ponen a cien cada mañana, su aporte energético me permite conocer a pie Managua, es como mejor se conocen las ciudades, hasta el punto de que no hay zona de la ciudad que no haya pateado.

La ciudad de Masaya la visité el año pasado y guardo buenos recuerdos, por todo, por sus gentes, su alegría, su mercado de artesanía, el más amplio de Centroamérica. Así que, después del súper desayuno nica, me dispuse a tomar un microbus que me llevara hasta allí. No está lejos, algo más de media hora, 28 km, y con buen clima soleado el paseo fue placentero; tres días seguidos sin llover es un gustazo, todo se transforma y parece un país diferente cuando las nubes se esconden y el celeste ilumina el verde que brota por cualquier rincón.

El mañana de la ciudad, como todas las nicaragüenses, se perfuma de maíz, de tortillas recién hechas, a café, a jícaro, a fruta, a canela, a mil aromas que flotan entre los nicas, entre los niños que acuden a la escuela, entre los barrenderos, los que acuden a su trabajo, entre carros tirados por mulas, sobre los zanates que revolotean buscando semillas...
El despertar de Nicaragua es despertar a pueblo, a tiempo perdido que permitía a los rayos de sol introducirse por entre los plátanos, las piñas, el jocote, la papaya, la naranja, la pulpa del tamarindo y el cacao.
La ciudad de Masaya tiene algo que no posee Managua, por provinciana, su historia a flor de piel, sus casas antiguas, sus comercios rancios de edad pero alegres de renovados. Atrae su mezcla de antaño y la globalización, sus marcas y artículos gringos, de Asía, de Europa, que se cuelgan sobre estantes de otras épocas y el encanto embriaga al viajero que ve como los últimos modelos de telefonía móvil coquetean con los plátanos y las piñas o los cepillos de barrer hacen compañía a las yucas y los mangos.
El mercado de artesanía de Masaya es un disfrute para los sentidos. La pintura original nicaragüense se distingue desde lejos, no es solo la imagen colorista de Solantiname sino la de toda Nicaragua, sus paisajes alegres del archipiélago alegran el alma y ponen un sello de personalidad en los puestos enredados entre la vegetación ornamental del mercado, cerámica, cuero, madera tallada, guayaberas, cotonas, hamacas, sombreros...
Antes de hacer algunas compras decidí pasarme por la plaza de San Miguel, un remanso de paz sonoro, porque la paz no es sinónimo de silencio, pero si de tranquilidad, auspiciada por la algarabía de los niños que acudían al colegio, tomé asiento en uno de sus tenderetes, su terraza, y sorbo a sorbo fui paladeando el tiempo que pasaba por mi existencia como nunca antes, plácido y extrañado por lo que algunos rincones del planeta nos pueden ofrecer aún hoy en día.

Masaya es derivado del Náhuatl y viene de la palabra Mazalt, que significa venado, y la partícula Yan que denota lugar, es decir, "Lugar de Venados". Pero también es conocida por varios nombres más, originalmente era Villa fiel de San Fernando, o la Ciudad de las Flores por la diversidad de estilos y colores que se cultivan. También por La Cuna del Folclore nicaragüense porque casi todos los bailes folclóricos del país nacen de ella.
Masaya es la expresión máxima del mestizaje nicaragüense, pero uno de los barrios principales de la ciudad, Monimbó o Niquinohomo, conserva la identidad étnica a través de los tiempos. Fue el año pasado cuando pude comprobarlo, acompañado de mi amigo Silvio me dijo: Observa el rostro de estas gentes, son los autóctonos más puros de toda Nicaragua, los indígenas precolombinos. Realmente sus expresiones, sus rasgos denotaban pureza y sus facciones evidenciaban una raza apartada del mestizaje.
Monimbó quiere decir en español "cerca del agua", es un barrio situado cerca de la laguna Masaya y del volcán del mismo nombre, también llamado Popogatepe, en chorotega "montaña que arde", los cinco cráteres que forman el conjunto de la laguna y el volcán están constituidos en un parque natural y cuenta con un museo de vulcanología interesantisimo.

De la historia de esta ciudad se cree que fueron los nisquirianos los primeros pobladores de estas tierras, anterior a la colonización española. Fue aquí donde surgió el encuentro entre Francisco Hernández de Córdoba con el cacique Nicarao, un encuentro pacifico como el carácter de los masayenses, cuya tradición oral cuenta que lejos de enfrentarse al español, el cacique, le ofreció una de las muchas mujeres exquisitas de la tribu. El cacique lo amparó amistosamente, aceptando la fe católica y permitiendo que muchos de su tribu se bautizaran. Nacarao más tarde envió a los conquistadores al cacique Diriangen, pero este atacó a los soldados españoles y les obligó a recularse.

A diferencia de otras repúblicas donde la sangre corrió luchando, el nicaragüense es epítome de la integración pacifica de etnias y culturas hispánicas y amerindias. De esta tierra salen hermosas artesanías, rica gastronomía, su pinolillo, su tiste, su chicha y sus marimbas gloriosas en la percusión del folclore nicaragüense, que dice: ¡Al sonar de la marimba se desborda el Monimbó!







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