martes, 7 de octubre de 2008

La novia del Cocibolca


Llevaba solo dos días en Managua y paseaba por entre los pasillos de una librería, echaba de menos vestigios históricos, no es que Managua no tenga historia suficiente como para recrearse en ella e incluso para cansarse, pero el terremoto de 1972 fue cruel con todo, no solo con vidas humanas, acabó con todo lo que a golpe de siglos fue construyendo la capital nicaragüense, únicamente un puñado de edificios quedaron en pié y pocos de ellos históricos precisamente. Tal vez acostumbrado a vivir en una ciudad con un pasado pletórico de culturas y con un legado artístico que se muestra detrás de cada esquina, en cada rincón y a cada paso, la ciudad de Managua, aunque con suficiente ofertas culturales, necesitaba para mi gusto un aporte histórico que tenía pero no a la vista. Ya estaba entre mis planes visitar la ciudad de Granada, es más, le pedí a mi amigo Silvio que me acompañara, él había vivido en esta ciudad en la infancia y adolescencia y nadie mejor para enseñarme la ciudad más antigua de América fundada por los españoles.
De pronto, al doblar la esquina de uno de los pasillos de la librería, topé de frente con un libro significativo para este artículo o relato, el libro era Los años de Granada, del universal nicaragüense Ernesto Cardenal. No dudé en unirlo, sumarlo, a varios libros más de autores centroamericanos que escogí a lo largo del entretenido paseo por entre libros, tengo que reconocer que no se me puede dejar solo en una librería, todos los libros que veo me parecen pocos y si por mí fuera le compraría la librería al librero de turno.

Comencé a leerlo aquella misma tarde, salí del hotel y me dirigí al centro comercial cercano, Metrocentro, subí a la primera planta y entré en La Casa del Café. Café y del bueno se encuentra a cada paso por Managua, pero en esta cafetería es distinto, sabe distinto, la oferta de café es amplia y el lugar en sí muy agradable, recogido, nada especial, pero el ambiente tranquilo y las vidrieras a los pasillos comerciales del centro invitan a la relajación, por lo que lo elegí para mi rato de lectura a media tarde. Literalmente me enganchó Ernesto Cardenal con su libro, la sencillez de su escritura lo hace casi familiar, como sino estuviera leyendo, más bien sentía que él me contaba parte de sus años vividos en Granada entre aromas humeantes del café, canela y vainilla. En varios días di por terminado el contenido del libro y resultó como una comida incompleta, con la sensación de inacabado, de que algunos capítulos más eran necesarios para sentirse lleno, ese al menos fue mi parecer pero tratándose de Cardenal uno puede estar leyendo hasta sufrir una indigestión, hasta olvidarse de que tenemos vida propia y que también parando de leer un rato se puede continuar viviendo.
El encuentro con aquel libro y su contenido abrió aún más el apetito de mi curiosidad por conocer "La Sultana de América", es así como también se la conoce, en relación con su homónima andaluza, de donde provienen parte de mis antepasados. La cercanía en el tiempo de la mal llamada reconquista, para mi punto de vista, del reino de Granada, último territorio musulmán en la península ibérica por conquistar, influyó en el nombre para su fundación en 1524, 32 años más tarde de la expulsión de los árabes del territorio español y de la llegada de Colón al "Nuevo Mundo". Al contrario que León, otra ciudad hermana y artística, con la que rivaliza históricamente y con tendencias castellanistas, Granada tiene apariencia morisca y andaluza.
Al fin de semana siguiente nos fuimos a Granada y realmente era como esperaba, un inmenso y exquisito decorado colonial y neoclásico instalado en otro mundo, en otra época. La América profunda que siempre imaginé se esparcía ante mis ojos como si de un regalo se tratara, con su presumida y elegante arquitectura colonial conservada a lo largo de los años y sus colores cálidos, vivos, como las gentes de este rincón del mundo, alegrando la mirada.
Un ligero recorrido por la ciudad nos llevó al hotel, soltar las maletas y sin mediar palabra al respecto a cumplir con la visita obligada, un saludo al Cocibolca, o lago Nicaragua. El lago más grande de América latina se derramaba a los pies de Granada como un enamorado entregado a su novia, vestida hermosamente y complaciente por las suaves caricias de agua dulce que bañan sus orillas. El impresionante espectáculo panorámico mostraba la silueta de los dos volcanes que forman la isla de Ometepe, el Concepción y el Maderas, que se asemejan a los pechos de una mujer. La península de Asese ofrecía un recoleto trozo del paraíso adornado de pequeñas embarcaciones sobre el lago que invitaba a recorrerlo sin prisas y con el volcán Mombacho como testigo mudo, durmiente, a lo lejos y adueñándose del horizonte.

El lago Cocibolca es el único del mundo que alberga en sus aguas tiburones de agua dulce y peces sierra, el río San Juan le asiste de desaguadero y el Tipitapa lo comunica con el lago Managua, o Xolotlán. Los españoles le llamaban el mar dulce, por su inmensidad, nunca se divisa la otra orilla y, como en un mar, la vista se pierde en la línea de agua que dibuja el horizonte.
La historia de esta ciudad acumula episodios de todo tipo, sus calles han visto pasar los acontecimientos más significativos de Nicaragua e incluso llegó a sufrir la ira del filibustero Willian Walker, que la incendió en 1856. De igual modo salió damnificada la iglesia convento de San Francisco, una de las iglesias más antiguas del continente y que se restauró y recuperó en 1967. Dentro del perímetro se conservan expuestas las estatuas de la isla Zapatera, una colección de más de 30 piezas escultóricas chorotegas pertenecientes a la cultura mesoamericana precolombina.

Esta ciudad de ensueño también se le conoce por la Ciudad de los Poetas, Joaquín Pasos, José Coronel Urtecho, Ernesto Cardenal, Carlos Martínez Rivas, son hijos de la novia del Cocibolca y hasta el mismísimo Rubén Darío vivió en el centro de la ciudad.
Como cualquier viajero quise guardar en mi cámara de vídeo todo lo que emergía a mí alrededor tratando de que nada se me escapara... pero eran tantos los rincones y tanta belleza acumulada que resultaba casi imposible agarrarlo todo. Mi retina, feliz, se recreaba en cada detalle y a la par que la suave brisa y los aromas a otros tiempos invadían mis sentidos, la sultana me enamoraba, me hechizaba, como en un cuento de las mil y una noches o como lo llamaría el propio Darío, con sus encantos miliunanochescos.
Después de dos jornadas en Granada regresé a Managua. Allí traté de guardar las imágenes en el ordenador pero con tan mala suerte que al intentarlo borré todo lo grabado, solo dos fotografías recuperé de mi paso por este lugar y una canica de cristal que encontré en el suelo en medio de la plaza de la Independencia y que llevo siempre en mi bolsillo del pantalón, lo demás quedó en mi retina, en mi memoria, como un hermoso recuerdo de una de las ciudades mas lindas que puedan existir.






http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

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